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Uno de los primeros miembros del Opus Dei

Luis Gordon Picardo
(Cádiz, 1898 — Madrid, 1932)


Bahía de Cádiz


Luis Gordon nació el 20 de agosto de 1898 en Cádiz, en el seno de una familia profundamente cristiana. Su padre, Juan Gordon, provenía de una familia inglesa establecida en España en el siglo XIX, entre cuyos ascendientes se cuentan San Pedro Arbués, varias figuras de la nobleza inglesa y el mismo rey Eduardo III de Inglaterra.

Los Gordon tuvieron dieciséis hijos. Uno de ellos se ordenó sacerdote —Angel Gordon— y cuatro de las hijas fueron religiosas: una Reparadora, dos Carmelitas y otra —Rosario— Oblata de Cristo Sacerdote.

Luis estudió en L'Ecole de Brasserie de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Nancy (Francia) una especialidad que no existía en España: ingeniero cervecero. Dirigía una maltería en Ciempozuelos propiedad de su padre, cuando conoció al Fundador del Opus Dei. Pidió la admisión a comienzos de los años treinta y es uno de los primeros miembros del Opus Dei.

Los que le conocieron lo definen como un hombre "de una alegría serena, muy cordial en su trato y reciamente piadoso", que, “además de sacar adelante la maltería y de realizar un buen trabajo profesional —como cuenta su sobrino, Luis Gordon Beguer—, llevó a cabo una intensa tarea social y asistencial con los obreros, entre los que era muy querido; y con los marginados y enfermos de los hospitales”.

En una ocasión un obrero de la maltería, un hombre política y socialmente muy radicalizado, que estaba internado en un hospital, se quedó asombrado al ver que aquel hombre joven que le cuidaba y le lavaba las heridas era el mismo ingeniero de la maltería.

En los comienzos del Opus Dei, cuando acompañaba a san Josemaría en una de sus frecuentes visitas a los hospitales, en aquel caso en el Hospital General, se dispuso a limpiar un orinal usado como escupidera.

“Vi que palidecía tremendamente —recordaba Escrivá—, pero se dirigió a un pequeño cuarto del hospital, donde había un grifo y unas brochas para lavar esas cosas.

Lo seguí, pensando que podía caerse redondo al suelo, y me lo encontré con la cara radiante de alegría. En vez de utilizar las escobillas, metía la mano para limpiar bien el orinal. Me quedé muy contento y le dejé hacer. (...) Después, me contaba que había pensado: ¡Jesús, que haga buena cara!”.

San Josemaría lo definió con estas palabras: "discretísimo, caritativo hasta el despilfarro, humilde, mortificado y penitente..., hombre de eucaristía y de oración”.


Madrid, 1932

Murió santamente en Madrid, tras una breve enfermedad, asistido hasta el último momento por san Josemaría, el 5 de noviembre de 1932.

Había caído gravemente enfermo tiempo atrás de una dolencia pulmonar que le había provocado fuertes dificultades para respirar. El mal se había ido agravando y falleció entre grandes dolores ofrecidos al Señor.

"Al amanecer -comenta su sobrino, Luis Gordon Beguer- don Josemaría dijo que ya estaban en el alba y que podía celebrar la Santa Misa en el oratorio".

San Josemaría escribió sobre su figura esta nota necrológica:

 



LUIS GORDON Y PICARDO.
(+ 5 — Noviembre — 1932).

Descansó en el Señor, al amanecer del 5 de Noviembre de 1932. —¡Otro!

Nuestra Madre se lo ha llevado también en sábado. —Ya tenemos dos santos: un sacerdote y un seglar...

Por cierto que José María S. dejó manifestada por escrito, la impresión agradable que le produjo el carácter de nuestro h. Luis.

Buen modelo: obediente, discretísimo, caritativo hasta el despilfarro, humilde, mortificado y penitente..., hombre de Eucaristía y de oración, devotísimo de Santa María y de Teresita... padre de los obreros de su fábrica, que le han llorado sentidamente a su muerte.—

El Señor quiso que al consolarnos del óbito de nuestro José María hablando con Luis, dijéramos: "Si a ti o a mí nos llamara Dios, ¿qué íbamos a hacer, desde el cielo o desde el purgatorio, sino clamar una y otra vez, y muchas veces y siempre: ¡Dios mío!... ¡ellos!... mis h.h. que están luchando en la tierra..., que cumplan tu voluntad... ¡allana el camino, acelera la hora, quita los obstáculos... santifícalos!?—

Y nuestro h. Luis asentía, porque esta consideración es necesaria consecuencia de la real y fortísima fraternidad espiritual que une a los C.B., fraternidad que tan prácticamente sabía él vivir.—

¡Con qué entusiasmo estará cumpliendo ahora su obligación de h. nuestro!—

Sírvanos de consuelo esta seguridad, y amemos la Cruz, la Santa Cruz que pesa sobre la Obra de Dios.— Nuestro Gran Rey Cristo Jesús ha querido llevarse a los dos mejor preparados, para que no confiemos en nada terreno, ni siquiera en las virtudes personales de nadie, sino sólo y exclusivamente en su Providencia amorosísima.—

El Amor Misericordioso ha echado otro grano en el surco... y ¡cuánto esperamos de su fecundidad!—

J. Mª

 




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