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José Luis Gross Jessing, supernumerario del Opus Dei


 


José Luis Gross era un médico malagueño muy conocido en nuestra ciudad, donde nació el 23 de abril de 1918. Se acercó al Opus Dei cuando tenía 76 años.

En 2002 le diagnosticaron un cáncer, y aceptó someterse a operaciones y tratamientos que le repelían mucho. Desde entonces tuvo una estampa de san Josemaría en su salita, que se sustituyó muy recientemente por otra que incorporaba una reliquia, y que le acompañó en su lecho de muerte junto al crucifijo. Falleció cristianamente, lleno de agradecimiento a Dios.

Era todo un caballero: en su trato con los demás, en su trato con Dios y en su apasionado ejercicio de la medicina. Tenía gran categoría humana y buena cultura, era cuidadoso, pulcro y sobrio. Todavía se recuerda en la ciudad que hace casi medio siglo pasaba con su moto y los vecinos de los barrios menos favorecidos salían a la calle para saludarlo. Era llamativo que siempre, también en casa, iba correctamente vestido.

Amó profundamente a su esposa, que pidió la admisión al Opus Dei después que él, y a sus hijos y nietos; deseaba ardientemente que, especialmente los más jóvenes, estuvieran cerca de Dios y los encomendaba para que fueran buenos cristianos.

Apoyándose en su gran corazón y en su carácter alegre, fuerte y exigente, supo hacer de su vida una ocasión de servicio a todos, sin transigir en lo importante y sabiendo pedir perdón si creía que se había equivocado o que se había dejado llevar por el carácter.

Su hijo Arturo dijo estas palabras al terminar la ceremonia:

 

 

En estos momentos, habiendo recibido al Señor, y diciendo adiós a nuestro padre, nos sale del Corazón, con mucha intensidad, la palabra gracias

Querido Papá:

ya sabes que estoy aquí, dándote las gracias, en nombre de todas las personas a las que has hecho tanto bien.

Los 60 años de Matrimonio que habéis cumplido tú y mamá, han sido una gracia de Dios para vosotros, para nosotros, vuestros hijos, y para tantas personas, empezando por los nietos, a quienes habéis dejado un testimonio imborrable, que nos ha marcado para siempre, para bien.

Tu labor de médico, con tu entrega vocacional a cada enfermo, a cada persona que acudía a ti, convertía cada una de tus intervenciones en un servicio, en un gesto de caridad. La máxima satisfacción que te querías llevar, y que te llevabas, era el ver sanar al enfermo.

Recuerdo aquella ocasión, en la que tras duro trabajo personal y médico, saliendo de la casa del enfermo, tuviste que parar la moto en que viajabas, para secarte las lágrimas que te impedían seguir, al darte cuenta de que los vecinos salían a las puertas y ventanas moviendo sus pañuelos en señal de gratitud.

Entré nosotros hay muchos de tus pacientes jóvenes, que vienen para seguir agradeciéndote todo el bien que les hiciste. Además los que no han podido venir, cuando se enteren de tu subida al cielo, elevarán una oración de gratitud, y te seguirán pidiendo ayuda, ahora desde tu lugar de privilegio.

Hermanos, demás familiares y amigos, que mucho han recibido de ti, también te agradecen todo el amor que les has dado. Pero, para todos tus hijos, lo mejor es que has sido un buen padre, el mejor de los padres. Sólo con tu presencia desaparecían nuestros males, nuestras angustias, nos dabas paz.

Has estado siempre pendiente de nuestras necesidades, y deseoso de dejarnos en herencia los más altos valores, comenzando por el de la honradez, que siempre nos subrayabas.

Especialmente has estado siempre ocupado, y también preocupado, por el bienestar espiritual de cada uno de nosotros; y no has dejado, hasta el final, de ejercer esa paternidad espiritual, queriéndonos transmitir, con tus palabras y tu testimonio, el verdadero sentido de la vida, que se encuentra en Dios, en Jesucristo.

Con tu oración, siempre junto a mamá, y tus consejos, a cada uno de tus hijos y nietos, hasta en los últimos momentos de tu vida en la tierra, nos has dejado el testimonio de un auténtico cristiano. Papá, a través de tí, hemos podido vislumbrar cómo es nuestro Padre Dios. Y por eso te damos las gracias.

Por último quiero dar las gracias a todos aquellos que te han ayudado. Son muchos: sacerdotes, religiosas y tantos amigos que a lo largo de tu vida te han ayudado; que han compartido contigo alegrías y penas; y a todos los que recientemente, y en especial en los últimos días, te han ayudado y atendido física y espiritualmente.

Gracias Dios mío, porque Tú eres el origen, la fuente de tanto amor que hemoscompartido con papá, y que seguimos compartiendo con él, aunque físicamente no lo veamos.

Querido Papá, ya ves que no tienes que preocuparte por mamá, tu máxima inquietud para cuando faltaras. Porque tú, ahora, la cuidarás de una forma especial, y porque lo que nos habéis transmitido a vuestros hijos y nietos, no ha caído en saco roto. Nos cuidaremos mutuamente, lo mejor posible, hasta que volvamos a encontramos contigo. Gracias, Papá.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nota leída por uno de sus hijos al final de la misa.

 


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