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Antonio Gutiérrez, apoderado de una empresa de Aceites de Andújar (Andalucía, España)


Vista nocturna del Santuario de la Virgen de la Cabeza, en Andújar.


Tras el fallecimiento de este padre de familia andaluz, uno de sus amigos escribió estos recuerdos, que transcribo:

Serenidad y armonía

Antonio Gutiérrez falleció repentinamente a los 86 años de edad. Tras la sorpresa inicial pensé que la muerte le llegó después de una intensa y lograda vida espiritual, familiar, profesional y social. Era una de esas personas a las que da gusto oír hablar, porque rebosan serenidad y armonía.

Su trabajo, durante más de 50 años, como empleado al principio y como apoderado al final, en una empresa de aceites le permitió sacar adelante a su numerosa familia y ser conocido en Andújar y en los pueblos cercanos.

Allí empezaba su tarea todas las mañanas después de haber asistido a la Santa Misa en la iglesia de los P.P. Paúles y de haber hecho un rato de oración. En varias ocasiones me llegaron noticias del ejemplo de sus ratos de oración junto al Sagrario. Sin él buscarlo, esta actitud edificaba a cuantos le veían.

Su actividad, llena de vitalidad, estaba salpicada de interés por las cosas de los demás; así brotaban amistades sinceras y profundas. Algunos de sus amigos participaban regularmente en los medios de formación que el Opus Dei les ofrecía en su misma ciudad; y de ese modo, cundía la vida cristiana a su alrededor.


Seis hijos

 

Sus seis hijos recibieron en el hogar de Micaela y Antonio una honda formación cristiana y respondieron generosamente a la llamada del Señor.

Uno de ellos es misionero Paúl y trabaja en una misión en Madagascar y otros tres son miembros del Opus Dei. Todos muy buenos cristianos.

Apoyó su vida sobre sólidos pilares: el trabajo bien hecho; la familia, a la que amaba apasionadamente, y a la que dedicaba su tiempo y sus energías; y Jesucristo y su Madre Nuestra Señora, que para él fueron el motor fundamental de una vida vivida con intensidad, con valentía y con detalles continuos de cariño y amistad.

El funeral, celebrado el 6 de octubre de 2005, precisamente en el aniversario de la canonización de san Josemaría, fue oficiado por diecisiete sacerdotes, la mayoría Padres Paúles compañeros de su hijo misionero.


Estuvo también el párroco y el sacerdote del Opus Dei que habitualmente lo atendía espiritualmente. Muchos miembros del Opus Dei le acompañaron también en la Santa Misa y en el rito de la sepultura.

Las palabras pronunciadas en la homilía por el Padre Rosendo –provincial de los Padres Paúles– reflejaron el sentir de todos: agradecimiento a Dios y a la generosidad de Antonio, que supo poner, en su vida corriente y sencilla, pero con auténtico heroísmo, todos sus recursos humanos a disposición del Señor y de su Iglesia.

Una carta en el diario de Jaén

Uno de sus hijos escribía poco después en el Diario de Jaén:

Mi padre —Antonio Gutiérrez Garzón— nació en Antequera hace 86 años, pero toda su vida la pasó viviendo en Andújar.

Allí en un lejano año de 1952 se casó con Micaela, una mujer extraordinaria que murió con 48 años. Con ella tuvo siete hijos, de los cuales viven seis.

Ahora, de los seis hijos, cinco vivimos en la provincia de Jaén, y bebemos de las claras fuentes de aguas cristalinas de esta bendita tierra andaluza. Tierra de luz y de sol, de belleza y de hermosura, de talento y de arte.

Una tierra de inagotables valores. De esas fuentes, de ese ar-te, de ese “despilfarro” inigualable de valores, bebió mi padre y de allí sacó las fuerzas para hacer el bien.

Pudo, quiso y supo amar

A mi padre lo puedo definir diciendo de él: que pudo, que quiso y que supo amar. Vivió de una manera sencilla, trabajando con constancia durante más de 60 años.

Nunca lo vi apocado por las dificultades, fue un hombre valiente que siempre supo estar a la altura de las circunstancias.

Él, con diecisiete años, participó como soldado en la Guerra Civil Española. Posiblemente, de allí sacara el temple para afrontar en lo sucesivo los aconteceres de una vida difícil. La paz y la armonía emanaban con fuerza de él.

Era un hombre de bien, una persona sencilla, afable, transparente... nunca hizo alarde de nada, vivió la humildad de una forma callada y constante. Tenía un gran espíritu de servicio. Siempre y para todo se podía contar con él.

Como cristiano, un ejemplo a seguir

Como cristiano fue siempre un ejemplo a seguir: su Misa, la oración, el rezo del Santo Rosario... y tantas otras cosas las vivió cada día de una forma normal. Lo normal de las cosas de cada día le llevaban a Dios.

Dios, para él, era un camino seguro. Dios era su guía. Dios era la roca fuerte. Dios era su esperanza.

Vivió inmerso en Dios y de allí sacaba la fuerza para afrontar con optimismo el cada día. Querido padre, tú has sido un padre ejemplar, un hombre de bien. Un iliturgitano que amabas a tu tierra y a sus gentes con un cariño singular.


Devoto de la Virgen de la Cabeza

Fuiste un devoto incondicional de la Virgen de la Cabeza. Para ti, el Cerro del Cabezo era un lugar privilegiado de la geografía andaluza. Un lugar lleno de encantamiento y de un algo muy especial. Allí acudías frecuentemente para contemplar la belleza transparente de una Virgen Morena.


Podría decir tantas cosas, pero quiero acabar diciéndole a mi padre que todos sus hijos le queremos con todo el alma y que, desde su muerte, tenemos el corazón dolorido.

Pero sabemos, querido padre, que estás feliz contemplando la hermosura de esa Virgen y de ese Señor Jesús que en la tierra tanto has amado.

Se ha ido al Cielo...

Otro de sus hijos escribió este poema en su memoria:


Nuestro padre se ha ido al Cielo
saboreando la dicha
de saber que el Opus Dei es el mejor sitio para vivir
y el mejor sitio para morir

Nuestro padre se ha ido al Cielo
saboreando la vida
que Dios le había dado
y gozando del amor de sus hijos

Nuestro padre se ha ido al Cielo
con sus manos y con su corazón
llenos de buenas obras

Nuestro padre se ha ido al Cielo
rezando, lleno de Dios,
vibrante, feliz, lleno de esperanza.



 

 


 

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