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Julio Herrero, padre de nueve hijos
abuelo de veinticinco nietos,
supernumerario del Opus Dei de Palencia




La vida de mi hermano Julio fue sencilla y corriente; pero él supo convertirla en algo muchas veces heroico. Nació en un pueblo pequeño de Castilla, de una familia profundamente cristiana, y siendo adolescente, se trasladó con su familia a la capital de provincia, Palencia. Allí hizo sus estudios y desde muy joven se puso a trabajar.

Tenía un gran sentido del deber en su trabajo como funcionario de un Ministerio. Conoció el Opus Dei en los años sesenta, lo que le ayudó a realizar su trabajo cara a Dios y en servicio de los demás. Era un ejemplo de funcionario eficiente, que atendía a los demás con solicitud.

Para mejorar su posición profesional, estudió por las noches la carrera de Derecho sin dejar su trabajo por el día.

Se casó y tuvo nueve hijos. En los años cuenta y sesenta sacar adelante una familia numerosa era un asunto un tanto difícil. ¡Cuántas estrecheces y apuros supo pasar para educarlos! Intentó inculcarles los valores y virtudes que él luchaba por vivir. Se puede decir que él fue un empresario de una empresa familiar para la que contó con la ayuda callada y eficaz de su esposa, actuando como copiloto.

Consideró al Opus Dei como a uno más de sus hijos y con ayudó a sacar la labor apostólica del Opus Dei en Palencia con gran generosidad .

Tenía un gran sentido del humor, que ejerció hasta el final de su vida, haciendo bromas con el bastón que necesitaba, cuando las fuerzas le flaqueaban. Porque cuando se jubiló de funcionario, ejerció “otra profesión” que el Señor le deparó: aceptar numerosas enfermedades y limitaciones.

Él, que había sido un hombre bien plantado y fuerte, vio mermada su fortaleza y estuvo en una silla de ruedas, desde la que sonreía a sus numerosos amigos con los que se encontraba. No dejaba su confesión semanal arrastrando los pies y casi sin fuerzas.

Lo mismo hizo para asistir a los medios de formación del Opus Dei hasta pocos días antes de fallecer. Su cuerpo se fue debilitando, pero su fortaleza de alma le hizo sobrellevar su enfermedad sin apenas quejarse. Se identificó con la voluntad de Dios hasta el último momento.

Su entierro fue una manifestación de fe y de cariño hacia él, y numerosas personas de la ciudad acudieron para acompañarle, a él que siempre vivió con discreción y sencillez.

 

María Isabel Herrero


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