Joffé: Encontrarás dragones.Trailer.Todo sobre la película. Escrivá

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Josemaría Escrivá,
un puente entre las dos orillas
en la España de 1930

 


Conferencia de  Santiago Martínez Sánchez

Granada, lunes 21 marzo 2011

Ira de hermanos, ira de diablos. En agosto de 1936, procedentes de Sevilla, las tropas sublevadas combatían y asesinaban a sospechosos en su camino por Extremadura. No podían quedar sospechosos en la retaguardia: había mucha prisa y mucho odio. Al terminar la guerra, el alcalde de Reina, un pequeño pueblo de Badajoz, respondía así una petición del fiscal instructor de la Causa General en esa provincia:

«En el sitio Valle de la Zuranga cerca del Cordel y a la derecha del Arroyo y a la izquierda de la carretera en una zanja fueron enterrados los cadáveres de siete hombres una zanja y en el mismo cordel uno. En la Humbría [sic] de la Alcornocosa también se encuentra enterrado otro hombre. Detrás del cortijo de Malpica y en un cerro se hallan enterrados los cadáveres de dos hombres. En el Arroyo de Malpica y en dirección por cima de la Fuente se encuentran enterrados los cadáveres de cinco hombres.

Y en un cerro junto al Molino de la Lobita existe igualmente enterrado el cadáver de otro hombre. Los cadáveres a que me refiero fueron enterrados en el mes de agosto de 1936 en zanjas que fueron abiertas para este fin y desde entonces hasta la fecha no hay noticias de que a las sepulturas mencionadas les [sic] haya tocado nadie […]. Dios guarde a V. S. muchos años. Reina 26 de Mayo de 1941. El Alcalde»[1].

Tampoco tuvo suerte el cura Celestino Gallego Sánchez en aquel verano de 1936. En la recta final de la República, su vida no estaba siendo nada fácil en el pueblo donde vivía. Alarmado, el sacerdote escribió a su obispo de Madrid porque las cosas se le complicaban. Así decía, el día 28 de junio de 1936:

«Después de haber pintado las fachadas del Templo y Casa Rectoral con infamantes rótulos, como Muera el clero, abajo los curas, muera la religión […], después de sufrir miles de improperios, insultos y provocaciones sin que yo conteste una sola palabra, sin haber tenido el más pequeño rozamiento con nadie en los años que aquí ejerzo la cura de almas, en esta fecha he recibido por correo una carta anónima cuyo texto literalmente dice:

»“Madrid, 27-6-36. Camarada cura ésta [es] para comunicarte que antes del día 5 de Julio tienes que marcharte de Paracuellos sino [sic] por consiguiente nosotros nos encargaremos de ponerte cuatro bombas en tu casa. Te lo advertimos y toma nuestro consejo, sino [sic] por el contrario ya sabes lo que te espera. Porque somos fieles a nuestra promesa. Ya lo sabes[,] si quieres bien tu pellejo coge los trastos y nada más”»[2].

El Obispo Eijo Garay sólo escribió a lápiz en la carta: “que envíe el anónimo original”. Ni que huyera del pueblo, ni que denunciara las amenazas, ni que las investigara él. Quería el anónimo. Pero el cura no se lo envió. Tampoco cogió sus trastos y se fue de Paracuellos, como le pedían.

Durante la guerra civil 334 sacerdotes de la diócesis de Madrid-Alcalá fueron asesinados por quienes se llamaban a sí mismos camaradas.  En la ciudad que había recibido ilusionada a la nueva República cinco años atrás, ser cura se había convertido en un oficio mortal.

Este relato habla de un sacerdote que sobrevivió a la guerra: Josemaría Escrivá. Alguien al que la época le influyó mucho. Alguien que pudo influir poco en la marcha general de las cosas durante esos años. Y alguien que, como veremos, adoptó ante la agitación del momento una actitud sorprendente que merece la pena conocer e imitar.

2. Madrid


El Madrid de 1927 iba camino del millón de habitantes. Por cierto, allí y en todo el país, se fumaba y se conducía sin límites. Aunque el hábito de fumar estaba mucho más extendido y era mucho más barato que el de conducir, claro. De ahí que los madrileños utilizasen más el económico tranvía o las dos únicas líneas del metro, Sol-Ventas y Sol-Cuatro Caminos[3].

La ciudad se agitó con la marcha de Miguel Primo de Rivera en 1930. Un sarampión de republicanismo salpicó entonces a la clase política, que engrosó aprisa nuevas formaciones antidinásticas surgidas como setas en un humedal. Alfonso XIII se quedó solo, sin mejor opción que confiar el gobierno a militares, el general Berenguer primero y luego el almirante Aznar, que procedía geográficamente de Cartagena y políticamente de la luna, según escribió alguien con sorna y malicia. La República que vino en abril del 31 se aplaudió y recibió con euforia en Madrid.

El Madrid obrero se alojaba en el extrarradio: en Tetuán, Puente de Vallecas, Peñuelas o Cuatro Caminos. Por esas calles embarradas, llenas de charcos y luego de insultos, Josemaría Escrivá anda en sus primeros años en la capital (llegó allí en 1927), para atender y consolar a enfermos y pobres en casuchas, chabolas y tugurios, o en los hospitales donde se hacinaban los enfermos entre olores a orina, excrementos y cuerpos malolientes.

Los emigrantes llegados con la esperanza de prosperar vivían allí hacinados en viviendas insalubres, muchas veces sin empleo. Sus colocaciones precarias no les aseguraban ni a ellos ni a sus hijos el pan, la escuela o la más básica atención médica.

El hambre, más que el analfabetismo, era moneda corriente en el cinturón obrero de Madrid, donde campaban a sus anchas socialistas y anarquistas de la CNT. Todos odiaban a los ricos y a sus cómplices (el clero) a la espera del desquite. En esos barrios se recibió con entusiasmo desbordante la llegada de la II República el 14 de abril de 1931.

3. España


El Gobierno provisional que tomó las riendas de la joven República no perdió el tiempo. En unas pocas semanas acometió una extensa labor legislativa: una gigantesca poda para poner en marcha el Estado sobre bases nuevas. España, en efecto, necesitaba reformas. Los problemas eran innegables: desigualdades económicas; injusticias sociales; un ejército desmesurado; la unión entre Iglesia y Estado, que parecía un dogma de fe y era sólo una herencia de viejos tiempos, que no tenían porqué ser eternos; un Estado centralista que apenas dejaba autonomía a las regiones del país; etc.

Muchas diferencias había entre los anarquistas y los socialistas, y entre éstos y los liberales de centro izquierda de Azaña. Pero todos compartían una premisa: que el proyecto de una España nueva, a la altura del momento y de las realidades europeas, pedía enterrar la vieja España clerical.

La Iglesia era tan cosa del pasado como la Monarquía. Si España ya no era un reino, debía dejar de ser católica. El resultado –se prometía– sería un oasis, una España moderna y dinámica, a la altura de países como Rusia, Francia o Inglaterra (según el modelo de cada cual).

Así pues, las nuevas autoridades elevaron a política de Estado su beligerancia anticatólica. La Iglesia era el enemigo: si antes, con la Monarquía, hubo armonía y facilidades (aunque también no pocos roces con los monarcas españoles o sus gobiernos y ministros) ahora, con la República, habría colisión y enfrentamiento y, de vez en cuando, hasta buena voluntad.

La luna de miel de la República acabó con los incendios de templos en Madrid y otras ciudades españolas los días 10 y 11 de mayo del 31. Sobre esos incendios se han escrito ríos de tinta. Baste decir que hubo dos perspectivas opuestas, hostiles e irreconciliables ya desde el principio. Por ejemplo, la revista satírica La Traca escribió a raíz de los incendios:

«No queremos analizar si los incendios fueron obra de los extremistas o de los agentes monárquicos; lo que sí afirmamos es que esas inmundas madrigueras, albergue de vagos, focos de sensualidad, centros de vicio y corrupción, tiempo ha que debieron ser desalojadas, desinfectadas y convertidas en escuelas. En el siglo de la velocidad, la vida contemplativa no tiene razón de ser»[4].

¿Cuál era la otra visión, diametralmente opuesta? Pues se escribió, por ejemplo, en El Siglo Futuro, también en estas fechas:

«Los elementos perturbadores, los incendiarios, los profanadores del templo del Señor, los destructores de las imágenes y de los vasos sagrados, son nuestros feroces e irreconciliables enemigos. Por anticatólicos y por perturbadores del orden público y de la tranquilidad social»[5].

Con su pasividad en defender los templos –que no merecían la sangre de un solo republicano, dijo Azaña– la República se enemistó a los católicos, que comprobaron que ya había acabado la época en que el Estado resolvía sus problemas. Más bien, a la Iglesia le venían las dificultades del nuevo poder, al identificar éste, con torpeza, República y anticatolicismo como algo consustancial.

La Constitución anticlerical de diciembre de 1931. En 1932, la expulsión de los jesuitas, la ley del divorcio, y la secularización de los cementerios. En 1933, la ley de confesiones y congregaciones religiosas. La revolución de Asturias en 1934 y la crispación de la primavera del año 36, con varios centenares de muertos en riñas políticas. Todos esos eventos persuadieron a los católicos españoles de la incompatibilidad entre aquella República y su religión. La vida pública, que se volvía más y más agresiva, más y más violenta, dificultaba al católico de a pie a seguir los consejos del padre dominico Gafo, de 1931: «la mansedumbre, la no resistencia al mal y la predisposición al martirio o al aniquilamiento silencioso […]. Todo, antes que el menor episodio […] de guerra santa, eso, nunca»[6].

Entre 1931 y 1936, entre la ilusión y el colapso, los demonios de la pasión andaban ya sueltos por el cuerpo de España. Y la ola de odio que se expandió por aquel Madrid como un voraz incendio, estrujó con su fuerza a muchos, entre ellos a Celestino Gallego, el párroco de Paracuellos asesinado en aquel pueblo el 28 de julio del 36[7].

Por desgracia, el odio no se cebó sólo con el clero y los católicos. Dos Españas se odiaron a muerte en la guerra, queriendo saldar cuentas pendientes. Y así, obreros, sindicalistas, masones, nacionalistas vascos, etc. fueron también perseguidos y asesinados por españoles de orden. Por desgracia, el rencor ni cesó en 1936 ni tampoco en 1939, al final de una guerra cainita que muchos miopes –a derecha e izquierda– vieron como la mejor ocasión de purificar España de sus enemigos.

4. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei


En este clima cada vez más enrarecido aparece Josemaría Escrivá. A aquel Madrid que mudaba de piel llegó Josemaría Escrivá en 1927. Lo hizo para emprender sus estudios de doctorado en Derecho por la universidad central. Era el cabeza de su familia tras la muerte de don José, su padre. Por eso, su madre y hermanos emigraron también a la capital de España en el otoño de aquel año 27.

La etapa que comenzó entonces en Madrid, al fundar un año después el Opus Dei importa aquí por la mutua influencia del contexto social español en la persona de Josemaría Escrivá y en el inicio del Opus Dei entre los jóvenes que le rodeaban.

¿Quiénes le rodeaban, exactamente? Sabemos que Josemaría llegó a Madrid como un forastero más: esto es, con pocos recursos y apenas contactos. Que primero fue conociendo a otros curas, que vivían con él en la residencia sacerdotal de la calle Larra, o que veía por la calle o en la facultad de Derecho. Que, como capellán del Patronato de Enfermos, llevó consuelo espiritual y humano a miles de personas pobres y marginales.

En definitiva, que al principio estuvo rodeado de gente sin hacienda –por eso, también muy cercanos a él– y que, tras fundar el Opus Dei en 1928 comenzó a buscar personas jóvenes, universitarios, convencido de que podían entender y expandir más rápidamente un mensaje, el del Opus Dei, que era para todos, incluidos los barrios marginales que tan bien conocía.

Católicos y anticlericales del momento creían por igual que la realidad se mejoraría desde arriba, con leyes que guiasen los hábitos sociales. El Estado y su conquista lo era todo. Por el contrario, Josemaría Escrivá comenzó a divulgar un mensaje que acentuaba lo singular, lo concreto: el católico, cada católico, ha de hacer un esfuerzo serio por alcanzar la santidad en sus actividades diarias. ¿Se entiende así que no se arrimase a formaciones o personajes políticos o eclesiásticos destacados?

También por eso eludió la carrera académica en la universidad. Por eso no escribió en un periódico o lanzó «un “escrito programático” exponiendo, por ejemplo, la situación del cristianismo en general, el de la Iglesia Romana en particular y las medidas que se deberían tomar para promover una entrega total de los laicos, sobre todo teniendo en cuenta la situación especial en España y considerando también los consejos evangélicos, [etc. etc.]»[8]. Tenía talento para el trato social, la universidad o la prensa. Pero prescindió de esas iniciativas legítimas porque quería influir en la sociedad mediante personas convencidas, una a una, de un mensaje que entonces sonaba muy raro a la gente de a pie, el de la santidad personal.

El 2 de octubre de 1928, solía decir, vio el Opus Dei. No está muy claro el contenido de ese ver, salvo que lo que Dios quería, debía querer hacerlo él. ¿Vio una realidad hecha, acabada, como la vemos nosotros hoy: el Opus Dei extendido por todo el mundo, entre toda clase de gentes?

No lo sabemos. De hecho, eso lo vio (o volvió a ver…) más tarde, el 21 de enero de 1933: «Terminada la clase, fui a la capilla con aquellos muchachos, tomé al Señor sacramentado en la custodia, lo alcé, bendije a aquellos tres…, y yo veía trescientos, trescientos mil, treinta millones, tres mil millones… blancos, negros, amarillos, de todos los colores, de todas las combinaciones que el amor humano puede hacer»[9], nos dice él mismo.

Escrivá, en definitiva, vivirá y explicará a sus seguidores que un Dios vivo, que actúa y les protege, era más decisivo que hechos tan fortísimos como el anticlericalismo de las leyes o el odio salvaje de la guerra civil.

5. Una decisión sorprendente


De entre los muchos testimonios de gente que le trató en los años 30, tenemos éste, de un estudiante universitario, Pedro Casciaro. Nos revela a un Escrivá ni traumatizado por la responsabilidad de cumplir una misión divina, ni encogido por las circunstancias adversas de tiempo y lugar. Nos dice Casciaro sobre su primer encuentro con él en 1935: «me esperaba un curita espiritualista y algo raro, […], y me encontré con un sacerdote joven, de treinta y tres años, vigoroso, cordial, simpático, muy espontáneo y natural, que me infundió, desde el primer momento, una gran confianza y, al mismo tiempo, un respeto muy superior al propio de su edad»[10].

También José Romeo, uno de sus primeros seguidores en el Opus Dei, menciona su «carácter abierto, el aspecto cordial y la simpatía arrolladora que caracterizaron su personalidad durante toda su vida»[11].

Habría entonces que preguntarse si san Josemaría no era consciente de cómo estaba el patio o, si se quiere, si los acontecimientos de fuera le cambiaron por dentro. Y, a la vista de los siguientes tres episodios (entre muchos otros que nos relata él mismo) ocurridos en el verano de 1931, hay que concluir que sabía perfectamente qué pasaba y que las cosas le influían muy directamente:

Primero. Camino al cementerio de la Almudena, unas madres con sus chiquillos llenaban de agua sus cántaros y botijos. Un niño le vio y gritó: “¡un cura, vamos a apedrearlo!”. «Cerré el breviario, que leía [–nos cuenta–], y me encaré con ellos: «“¡sinvergüenzas! ¿eso os enseñan vuestras madres?”»[12].

Otro. Por esas mismas fechas, en la calle Lista, relata que un obrero le dijo al verle pasar: «“una cucaracha ¡hay que pisarla!”. Muchas veces voy haciendo los oídos sordos al insulto. Esta vez no pude. “¡Qué valiente –le dije–, meterse con un señor que pasa a su lado sin ofenderle! ¿ésa es la libertad?”. Le hicieron callar los demás dándome sin palabras, la razón. Unos pasos adelante, otro albañil quiso de alguna manera explicarme el porqué de la conducta de su compañero. “No está bien, pero, ¿sabe usted?, es el odio”. Y se quedó tan tranquilo»[13].

El último. En la plaza de Chamberí, alguien «me tiró a la cabeza un puñado de barro, que casi me tapó una oreja. No chisté. // Más: el propósito, de que vengo hablando, es apedrear a esos pobres odiadores con avemarías. Creí que el tal propósito era muy firme, pero antes de ayer por dos veces falté, armando jaleo, en lugar de tener mansedumbre»[14].

Su fuerte temperamento protestaba con estas réplicas callejeras, indignadas y dolidas, que se concentran en los primeros meses del nuevo régimen. Lo significativo no es que se enfadara (eso, más bien, parece comprensible), sino este propósito, del 18 de septiembre de 1931:

«Tengo que agradecer a mi Dios un notable cambio: hasta hace poco, los insultos y burlas que, por ser sacerdote, me dirigían desde la venida de la república (antes, rarísima vez) me ponían violento. Acordé encomendarles, con una avemaría, a la Ssma. Virgen, cuando oyera groserías o indecencias. Lo hice. Me costó. Ahora, al oír esas palabras innobles, se me enternecen las entrañas, por regla general, considerando la desgracia de esa pobre gente, que, si obra así, cree hacer una cosa honrada, porque, abusando de su ignorancia y de sus pasiones, le han hecho creer que el sacerdote, además de ser un vago parásito, es su enemigo, cómplice del burgués que los explota. ¡Tu Obra, Señor, les abrirá los ojos»[15].

Estas palabras son una clave de la conducta personal de Escrivá durante la República. Esas nuevas y amargas experiencias le hicieron reflexionar y rezar, decidiendo ser más sosegado y comprensivo. En adelante, tratará de actuar así y de enseñarlo a sus primeros seguidores y amigos. Estamos, pues, ante alguien que doma su carácter en unas circunstancias completamente adversas. Alguien cuyo carácter evoluciona.

Este esfuerzo por ponerse en el lugar del otro, para hacerse cargo de su background, por encontrar un rayo de luz donde otros veían solo enemigos implacables, debió de costarle no poco, por su temperamento impetuoso. Pero ese aprendizaje le fue muy útil. A base de esfuerzo y oración, pudo transmitir esa actitud, persuasiva y eficazmente, a las personas que se relacionaban con él, en su mayor parte, jóvenes universitarios a partir de 1931. Muchos le hicieron caso pero Josemaría Escrivá no logró cambiar las voluntades politizadas de algunos de aquellos chicos, como veremos.

En definitiva, Escrivá intentó superar un análisis estrictamente político-religioso de los acontecimientos españoles. Secundando el mensaje recibido sobre la santidad personal al alcance de todos, procuraba actuar y enseñar a actuar según otra mentalidad, más elevada: la de ver a Dios detrás de los acontecimientos, por incomprensibles y dolorosos que fueran.

De ese modo la política religiosa del momento no le conducía a la crítica, a la indignación, a la pasividad o, por el contrario, a un activismo desenfrenado que apartaba de cumplir los propios deberes: sacerdotales en su caso, o profesionales en el de los chicos con los que hablaba. Ante esos hechos intentó rezar y comprender, y así procuró enseñarlo a otros.

6. “Estacazo y tentetieso”


El Opus Dei, según escribe, “abriría los ojos” a los anticlericales… pero no solamente a ellos. En agosto de 1932 dos estudiantes a los que dirigía espiritualmente, Adolfo Gómez y José Manuel Domenech, acabaron en la Cárcel Modelo por participar en un frustrado Golpe de Estado monárquico. Allí les visitaba san Josemaría con frecuencia. En enero del 33 ingresaron también en la prisión algunos anarquistas, de posturas políticas y religiosas diametralmente opuestas. El joven sacerdote animó a Domenech y a Gómez a «hacer amistad con ellos. Siguieron su consejo y los dos grupos terminaron jugando al fútbol [en el patio de la cárcel], no unos contra otros sino en equipos mezclados.

Juan Jiménez Vargas había hablado una vez con Josemaría Escrivá en 1932, en la calle Martínez Campos, a la salida del metro. La conversación fugaz le causó buena impresión, pero nada más. A Vargas le preocupaba la situación del país, como a tantos jóvenes católicos. Por eso –nos dice–, «“la actitud exclusivamente religiosa de don Josemaría no resultaba demasiado atractiva para gentes de pocos años [como él mismo] que consideraban la situación de España como un grave problema religioso (…), pero que no veían otra solución que la política, y por eso estaban metidos de lleno en un activismo orientado a la solución violenta de todo»[16].

Pasó un año entero sin que ambos volvieran a verse, hasta que charlaron por segunda vez el 4 de enero de 1933: luego Jiménez Vargas fue al primer círculo, empezó a charlar regularmente con él y a rezar, a dar catequesis a la barriada de Los Pinos y pidió su admisión en el Opus Dei. Y el fogoso Vargas, que militaba en la AET (Asociación Escolar Tradicionalista), asumió poco a poco que un católico no debía arreglar los problemas a tiros o a mamporros.

Pero algunos de sus amigos no pensaban del mismo modo. Su compañero de clase Vicente Hernando Bocos (Boquitos le llamaba cariñosamente san Josemaría) también asistió al primer círculo en enero de 1933. Según recuerda, el sacerdote

«nos disuadía a los estudiantes para que no nos polarizáramos en la política, pues le daba pena “que jóvenes tan buenos nos dedicáramos principalmente a la política, porque la política agostaba”. Me decía, como consejo personal, que tenía que estudiar mucho, para llegar a ser algo. […]». Y prosigue: «Fue aquella época años de dura lucha política, incluso violenta. D. Josemaría nos decía: “hay que ser tenaces y constantes en lo que se siente, pero sin herir a nadie”. Yo le decía: “No me convence lo que Vd. dice, porque yo lo que quiero es 'estacazo y tentetieso’”»[17].

Ricardo Fernández Vallespín recordaba muy bien su primera charla con s. Josemaría, el 29 de mayo del 33:

«El Padre me habló de las cosas del alma, no de los problemas políticos; me aconsejó, me animó a ser mejor; pienso que también recibió mi confesión […]. Recuerdo perfectamente, con una memoria visual, que antes de despedirme, el Padre se levantó, fue a una librería, cogió un libro [La Historia de la Pasión, de Luis de la Palma] que estaba usado por él y en la primera página puso a modo de dedicatoria: que busques a Cristo, que encuentres a Cristo, que ames a Cristo»[18].

En esas fechas finales de mayo de 1933 en España los católicos sólo hablaban de la ley de confesiones y congregaciones religiosas que, entre otras disposiciones, impedía que las órdenes religiosas pudieran dedicarse a la enseñanza. La ley ya estaba aprobada por el Parlamento y debía ser sancionada por el presidente de la República, Alcalá Zamora, que parecía remiso a hacerlo. Y esa incertidumbre agigantaba los rumores.

En tales circunstancias, es tan llamativo que san Josemaría sólo le hablase de “las cosas del alma” como coherente con el mensaje que predicaba. Sin embargo, ¿es que no le importaban las duras consecuencias que tendría la ley para la Iglesia y su influencia social, que era lo que la ley quería eliminar de cuajo? ¿Estamos ante una persona insensible al drama que se estaba representando? En realidad, hacía lo que estaba en su mano por ayudar a la Iglesia, que era formar en las virtudes cristianas a los jóvenes que tenía en sus manos, y tratar de evitar con su consejo y con su ejemplo que cayeran en radicalismos tan propios de la juventud y del tiempo que corría.

Una prueba de lo que digo es la misma residencia DYA, Derecho y Arquitectura. DYA comenzó a funcionar en diciembre de 1933, en la calle Luchana de Madrid, tras las segundas elecciones generales de la República ganadas por la derecha. Es muy interesante que el sacerdote colocase bien a la vista en la sala de estudio de la Academia las palabras de Jesús: “un mandamiento nuevo os doy, que os améis los unos a los otros”. Trabajar y comprender a los demás por amor a Dios. Eso es lo que ofrecía a los estudiantes de los años 30 Josemaría Escrivá. Así llegarían a Dios y así evitarían caer en el sectarismo maniqueo del momento –de izquierdas y de derechas– con final de trayecto en el odio y con paradas en la indiferencia o en el rencor.

Ricardo Fernández Vallespín, su primer director, decía de DYA que «tenía un ambiente “de paz, de amor de Dios y de serenidad ante las circunstancias adversa del ambiente político y social”»[19]. Por eso, Escrivá les decía a los estudiantes que allí no se hablaba de política y que DYA era un lugar de encuentro de gentes de tendencias políticas diversas[20].

Él mismo no hablaba de política. Acogía a gentes de un espectro ideológico plural. Enseñaba a valorar la diversidad, a rechazar el espíritu de cuerpo, a huir de soluciones únicas. Y esto, a contracorriente de la propaganda del momento, que machaconamente insistía en la unidad obligada de los católicos en la arena política.

7. Conclusiones


Josemaría Escrivá –como tantos millones de españoles de uno y otro signo– afrontó la tentación del fanatismo, de la exclusión y del odio durante aquel tiempo. Su ejemplo de serenidad prendió en los primeros del Opus Dei en esos años difíciles. En la intensidad del drama y en la posibilidad de la muerte, Josemaría luchó por sobrevivir sin odiar. Una actitud de amor a todos (sólo hay una clase, la clase de los hijos de Dios), que le ayudó para no exigir a los vencidos ningún ajuste de cuentas.

Josemaría animó a sus amigos y familiares a superar la crispación del momento. Lo importante era el esfuerzo por trabajar bien cada día, por cumplir los deberes de cada uno. Lo decisivo, entonces, no era la política ni la agitación social. Cuando lo urgente era un activismo generalizado, su apuesta parecía menos útil a corto plazo, pero fue una opción más constructiva a larga vista para la sociedad española.

Como otras personas honestas de uno y otro bando (y como los santos en la historia), san Josemaría tuvo en aquellos difíciles tiempos recursos humanos y espirituales para superar sus propios dragones, en la vida cotidiana y en la guerra civil. Dragones hoy día contra los que todos luchamos.


[1] Francisco Espinosa Maestre, “Julio de 1936. Golpe militar y plan de exterminio”, en Julián Casanova (coord.), Morir, matar, sobrevivir. La violencia en la dictadura de Franco. Barcelona, Crítica, 2002, 79.

[2] José Luis González Gullón, El clero en la Segunda República. Madrid 1931-1936, Burgos, Monte Carmelo, 2011, 415.

[4] José Luis González Gullón, “El clero en Madrid durante la segunda República”, tesis doctoral defendida en la Universidad de Navarra, 2007, 246.

[5] José Luis González Gullón, El clero en la Segunda República, 280.

[6] José Luis González Gullón, El clero en la Segunda República, 282.

[7] Antonio Montero Moreno, Historia de la persecución religiosa en España 1936-1939, Madrid, BAC, 1961, 808.

[8] Peter Berglar, Opus Dei. Vida y obra del Fundador Josemaría Escrivá de Balaguer. Madrid, Rialp, 1988,81.

[9] John F. Coverdale, La fundación del Opus Dei. Barcelona, Ariel, 2002, 113.

[10] Pedro Casciaro, Soñad y os quedaréis cortos. Madrid, Rialp, 1994, 23.

[11] José Romeo, testimonial.

[12] Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei. Vol. I, ¡Señor, que vea! Madrid, Rialp, 1997, 361.

[13] Andrés Vázquez de Prada, El Fundador, 361.

[14] Andrés Vázquez de Prada, El Fundador, 364.

[15] Andrés Vázquez de Prada, El Fundador, 365; John F. Coverdale, La fundación, 80.

[16] Peter Berglar, Opus Dei, 133.

[17] Testimonial de Vicente Hernando Bocos.

[18] Pedro Rodríguez, Camino. Edición crítico-histórica. Madrid, Rialp, 2002, 539-540.

[19] John F. Coverdale, La fundación, 149.

[20] Cfr. John F. Coverdale, La fundación, 129.

 


 

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