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Esta es mi historia


Relato de Marta Jolón, indígena cakchiquel, la primera mujer centroamericana del Opus Dei.

En el libro "un mar sin orillas" se recoge una versión sintetizada de este relato, que aquí se expone íntegramente.


Paisaje guatemalteco


 

San Juan Alatenango

Yo nací en San Juan Alatenango, que es un pueblo muy bonito, y no es porque sea mi pueblo. Alatenango quiere decir abundancia de elotes. Mi papá se llamaba Juan Pablo y mi mamá Berta Yacht. Yo me llamo María, aunque me conocen por Marta. Soy indígena cakchiquel, de una raza que descendemos de los mayas.

Yo no sé cuántos habitantes tenía mi pueblo cuando yo nací. Lo que sé es que sólo se llegaba allí por una carretera de tierra. En aquel tiempo tenía la iglesia junto a la plaza y el mercado, y un pequeño parque dedicado a Rufino Barrios, donde han puesto ahora el servicio de correos, y poco más.

Mi papá se quedó huérfano desde pequeño. Era indígena, como mi mamá.

En mi pueblo había una división entre los ladinos, que son los que llevan las tiendas y los negocios y no hablan lengua, y los indígenas, que se dedican sobre todo a cultivar maíz y hablamos lengua. Y no había matrimonios entre ladinos e indígenas. Mi papá se crió con su madrina, que no sabía nada de lengua, mientras que mi mamá sólo hablaba lengua. Tuvo que aprender y para ella fue un gran esfuerzo

Mi mamá siempre habló lengua con mi abuela, pero a mí no me la enseñó, porque mi papá tenía miedo de que luego no aprendería bien las letras en la escuela, como unos primos que teníamos, que hablaban confundiendo las dos lenguas.

Mi pueblo era muy bonito, pero muy pobre. Todas las señoras tejían a mano, en sus telares; y antes de casarse se hacían los dos trajes que iban a usar. Yo aprendí también a tejer, y medio le ayudaba a mi mamá, a la que le gustaba mucho tejer pajaritos. Tenía todo lo necesario para el telar, y usaba unas espinas grandes en lugar de alfileres.

 

Vídeo de la ciudad de Antigua, Guatemala



Mi pueblo

 

Ésta es una fotografía mía de aquella época. En mi casa vivíamos según la costumbre cakchiquel.

Mi abuela vestía una falda azul claro con rayas horizontales tirando a blanco, que se llama morga, con una faja colorada y un huipil blanco, con franjas verticales, y pajaritos en hilera en medio. Era la tradición. Pero ya en aquellos tiempos se empezaban a buscar otros colores, y los hombres comenzaron a quitarse el traje, y se vestían como los ladinos.

Entonces en mi pueblo se cosechaba sólo maíz y frijol. Ahora se cosecha también café, porque con las erupciones del volcán hay muchas tierras que ya no son fértiles. El volcán es terrible: una vez hubo una erupción que duró unos cinco días.

Era un temblor continuo. Se veían muy cerca los ríos de lava, que gracias a Dios no llegaron hasta el pueblo. Y yo no hacía más que decirle a mi mamá: ¡por qué no nos iremos a vivir a otro lado! Y ella me contestaba:

-Aquí nos puso Dios, aquí nos quedaremos.

En esa época había poca escuela para las mujeres, porque los hombres pensaban que no tenían que ir a la escuela, y sólo iban los hombres. Gracias a Dios, mi papá prestó el servicio militar, y allí se dio cuenta de la importancia que tenía saber al menos un poco de letras, y dijo que si él se casaba nos pondría a todos en la escuela.

Nosotros fuimos doce de familia, yo soy la cuarta. Pero mis hermanos mayores murieron, así que me convertí en la mayor y me tuve que encargar de todos los hermanos.

Y poco más recuerdo de la infancia en mi pueblo. Lo que sí puedo decir es que era un pueblo muy religioso. Mi mamá me enseñó las primeras oraciones, al amanecer y al anochecer. Y había muchas fiestas. Cuando yo era pequeña, un grupo de personas escogidas, con vida ejemplar, se dedicaban a recaudar limosnas y organizar la fiesta del patrón, que es San Juan Bautista. En esa misma fecha celebraban la fiesta del Corpus Christi, porque el sacerdote sólo venía cuando recibíamos la Primera comunión.

Era una fiesta muy hermosa. Teníamos que pasar un examen con una Hermana de la Caridad, que venía para comprobar que estábamos preparadas. Pero como el sacerdote venía tan poco teníamos que esperar mucho. Por todo esto, yo no hice la Primera Comunión hasta los diez años.

Era muy bonita también la Cuaresma. Sacaban un nazareno con la cruz, todos los viernes por la tarde, y cuando llegaba la Semana Santa llegaba un sacerdote que confesaba a todo el mundo: en la mañana, a las niñas, y en la tarde, a primera hora, a las señoras; y ya casi en la noche, a los señores.


Semana Santa en Guatemala

Desde el Jueves Santo ya no tocaban las campanas, sino la matraca, que es un instrumento de cuatro cajones con forma de cruz, y tiene unos palos intermedios que al chocar producen mucho ruido. A mi me gustaba mucho esa fiesta. La iglesia tenía olor a incienso, a corozo, a la flor de la palmera.

Ponían alfombras en todo el camino, desde la salida de la iglesia, por todo el pueblo, y la gente con más centavos hacía sus alfombras de aserrín y ponían recortes de flores, de cruces, de rosas y venados. Otras gentes hacían las alfombras con una flor amarilla, la chilca, y una planta, el trébol, que lo ponían haciendo grecas.

También eran muy bonitas las fiestas de la Navidad. Se ponía un nacimiento en la iglesia, con la Virgen con un sombrero al igual que San José, que llevaba un tecomate al hombro, y sus alforjas. Y cada quién iba trayendo unas flores distintas. Recuerdo la primera Misa de Navidad a la que fui, cuando era patoja.

Regresé indignada. Al empezar la Misa empezaron a quemar cohetes, y sonó un tambor grande en el atrio, y la chirimía; y luego, a mitad de Misa, otros señores volvieron a tocar esos instrumentos. Yo, al oir tanto relajo, con los pitos de agua, no lo entendí, y me pareció que era irreverencia. Ya luego me explicaron, que no era malo, que era la costumbre celebrar así la Navidad.

Durante ese tiempo vine una vez a la capital. Me trajo la maestra, Olga Jesús Ochoa Barrios, que era una señora muy buena y muy piadosa. Le tenía mucha devoción a la Sagrada Familia y tenía en su casa un pequeño escaparate dónde todas las noches le encendía una candela a Jesús, María y José. Era una persona muy culta y le gustaba que todo el mundo aprendiera. Y tan generosa que se desprendía de su sueldo para ayudar la escuela.

Vivía sola porque su hija trabajaba en Puerto Barrios. Y como no tenía más familia en el pueblo, me pidió favor para que la acompañara por las noches. Y me trajo a la capital -me dijo- para que me fijara en las cosas buenas. Me llevó a ver el mapa en relieve para que viera como era Guatemala.



En la capital

Mi mamá tenía idea que cuando yo terminara cuarto grado, que es la primaria, ya no iba a seguir estudiando, para ayudarla. Mi papá en cambio decía que, si yo tenía capacidad, debería seguir estudiando. Entonces doña Olga dijo que yo, si quería, podía seguir: que ella me daría clases particulares y que después me podía ir a Puerto Barrios con su hija para enseñarme más.

A mi mamá esto no le gustó nada, pero mi papá dijo que me daba permiso para irme con ella. Y yo ya estaba dispuesta a irme a Puerto Barrios, cuando hubo una familia en el pueblo que celebraron una Misa en acción de gracias por el matrimonio de sus hijos. Eran familiares de mi papá y nos invitaron.

Fuimos. Las señoras se encargaron de preparar la comida y los hombres muy pocos fueron a Misa. El sacerdote, antes de terminar la Misa, dijo que, por favor, no nos fuéramos, que iba a dar una noticia.

Nos dijo que en la capital había una casa donde vivían personas de fe, y que allí había unas señoritas que estaban entregadas a Dios y que las patojas que tuvieran deseos de aprender más y quisieran ir a la capital, esas señoritas les podrían enseñar los trabajos de la casa y muchas cosas buenas. Dijo que iban a estar bien cuidadas. Dijo que allí nos enseñarían a tratar a Dios, y dijo que había Padres que iban a confesar y que había Misa todos los días.

Desde ese momento me entró una inquietud por ir. No sé por qué, pero me entró una inquietud por ir. Y hacía apuestas con mi hermana de que iría a la capital y me quedaría.

Platiqué con mi papá y le conté lo que había dicho el Padre. Otro señor le dijo: "Juan Pablo, eso es de Dios, aprovecha que tu hija tiene esa inquietud". El siguió sin decir nada. Otro señor dijo: "eso sería bueno si se juntaran dos o tres patojas, porque eso puede que sea una organización llevada por los gringos; hay que cuidar, no vaya a ser que sean protestantes". Otro dijo: "si han dicho que hay Misa, y hay confesión, no pueden ser protestantes".

Entonces hablé con una amiga y le dije: "¿por qué no le dices a tu papá que mi papá me quiere mandar a la capital y yo le cuento lo mismo al mío y se ponen de acuerdo y se reúnen?". Mi mamá nunca me tocó ese tema. Las mujeres en mi pueblo no opinaban.

Le pregunté a mi papá si yo podría irme, y me dijo: "si Dios quiere sí; no creo que si ves que son protestantes te quedes con ellos".

Hablaron los papás y dijeron: "si esto hay que hacerlo, mejor hacerlo ya, para qué van a estar las patojas inquietas". Y nos dijeron que nos veníamos a la capital enseguida.

Cuando iba a venirme a la capital no dormí en toda la noche. Y es que entonces no era como ahora. Antes sólo venían a la capital las personas que tenían negocios, o las regatonas, que son señoras que compran los productos en la costa del Pacífico y los vienen a revender al pueblo.

Vinimos en camioneta. Sólo había dos en el pueblo, una mala y una buena, que la llamábamos la Reina, y era de una señora a la que no le gustaba que se la mancharan. En esta había que pagar más, por lo que sólo la ocupaban las señoras que se quería distinguir un poco. Nosotros nos vinimos en la otra, que la llamábamos San Carlos. La camioneta nos llevó hasta la misma puerta de la casa, en lanovena calle. Y hasta que no abrieron las señoritas, no nos dejó.

Yo iba con el corte, que es como llamamos al traje cakchiquel. Era un corte muy bonito, de colores muy alegres, porque mi mamá me dijo que como yo soy morena, que mejor buscara colores vivos.

-¡Si no -me decía riendo- te vas a ver como los anates!

Manolita Ortíz

Niña guatemalteca

Los anates son unos pájaros muy negros que hay aquí en Guatemala. Llegué alrededor de las diez de la mañana, y salió la directora, que se llamaba Manolita Ortiz. La recuerdo perfecto. Iba con una falda roja y una blusa blanca. Nos saludó muy contenta y nos dijo: "Qué alegría, qué alegría, ¿de dónde son ustedes? Y nos trató muy bien.

Yo siempre digo que a veces, con un sólo golpe de vista, se conoce a las personas. Unas veces sí, otras veces no. Pero aquella vez sí. Me di cuenta de que, por la forma de comportarse y de tratarnos, Manolita era muy distinta. Tenía algo especial. No sabía como explicarlo, pero aquella señorita española no hacía diferencias, ni nos trataba de otro modo por ser indígenas.

Yo estaba acostumbrada a las diferencias: en mi pueblo, como en todos, hay esa separación entre indígenas y ladinos; y a veces, aunque los patojos ladinos no erandignos e sacar un cien en la escuela, como algunos maestros tenían un interés -porque los papás de esos patojos tenían carro y en un momento de necesidad les podían pedir favores, o porque tenían las tiendas del pueblo- pues les trataban distinto que a nosotros. Esa es la verdad.

Y eso a mí me molestaba, porque a veces hacíamos composiciones de poesías, y los maestros premiaban al patojo ladino que más faltaba o que llegaba más tarde, cuando había otros patojos indígenas mucho mejores y con mejor caligrafía...

Sin embargo, Manolita no era así. Nos trataba por igual. Y me presentó a otras señoritas bien amables, que nos saludaron diciendo: "qué alegría, cómo están, pasenadelante", y nos preguntaron de dónde éramos y cómo habíamos venido. Esa simpatía, y ese respeto por las personas, sin hacer diferencias, me gustó mucho.

Luego me enseñaron el oratorio, que era muy pequeño. Es como si lo estuviera viendo: entraba uno y a mano derecha había un cortinaje, y unas vidrieras, y en el fondo estaba un cuadro, sin marco, de la Virgen del Carmen, con la cabeza inclinada sobre el Niño Jesús.

Yo estaba tan entusiasmada con quedarme que no estuve muy pendiente de las reacciones de mi padre. El otro señor, que se llamaba Vicente Chock, que era un señor católico ejemplar, franciscano, o sea de la tercera orden de San Francisco, dijo que confiaba en las señoritas y que nos dejaban en buenas manos.

Se fueron contentos, y nos quedamos sólo dos de las tres que veníamos: a la tercera no la recibieron, porque era muy pequeña. Yo me había imaginado que allí habría muchas muchachas, y clases de 40 alumnas, por lo menos, y cosas por el estilo; y pensaba qué escritorio iba a ocupar, y qué me iban a enseñar; y traía mi cuaderno de mapas que mi papá había ido a comprar a La Antigua; y plumillas y tintero. Y mi mamá me había comprado, además, lana y agujas, porque su ilusión era que aprendiera croché.

Sentí entonces que alguien estaba cantando el himno nacional y pensé: ¡qué bueno! ¡Por allá están las niñas, a ver a qué hora las conozco! Pero fui y la que cantaba era una que pasaba por la calle. Allí todo era muy pequeñito: había una cocina y después de la cocina, el cuarto nuestro, muy pequeño también, de dos literas nada más. Había una empleada para las labores de la casa, y otra muchacha que había venido igual que nosotras, para aprender, de San Martín Gilotepec. ¡Y yo , que me esperaba una gran escuela!

No me podía ni imaginar que aquello eran los comienzos de la labor con mujeres del Opus Dei en Guatemala; que les faltaba de todo, porque estaban empezando. Yo no sabía nada del Opus Dei. Y además, aquello era tan pequeñito, que no parecían los comienzos de nada.

Se ve que la empleada de San Martín Jilotepec no tenía ninguna intención de quedarse, porque a las pocas horas de haberla conocido, me llevó aparte y me dijo, bajando la voz, con tono misterioso:

-Mira, las señoritas son muy buenas y te van a querer, pero ¡cuidado! ¡cuidado! Vos mejor aprendé lo que podás, pero no te vayas a comprometer y mejor regresáte para el pueblo.



Prefiero opinar por mí misma

A mí no me han gustado nunca los misterios, ni que me amedrenten y me metan miedo. Prefiero siempre opinar por lo que ven mis ojos. No sabía de qué me hablaba, pero aquello no me gustó. Además, ya me había dicho mi papá que si eran protestantes, no iba a ser tan tonta de quedarme con ellos. Y además, no eran protestantes, porque tenían oratorio, con la Virgen. Y le dije:

-Pues yo no sé qué haré; primero voy a conocer esto, porque sólo estoy entrando...

Y me dediqué a enterarme muy bien de lo que era aquello. Primero investigué por toda la casa: fui muy fácil, porque había muy poco para investigar: todo era muy pequeñito, una cocina donde todo estabajunto, la loza y todo; y sólo eran tres señoritas, Manolita, Aurora Peiró y otra que trabajaba en el INCAP, que sólo por la noche la veíamos. Todo era nuevo y muy distinto de mi pueblo; todo me asombraba. Tenían la figurita de un sapo y yo estaba intrigada para ver que tenía dentro. Y tanto lo miré y lo remiré... que lo rompí.

Yo me había imaginado que habrían venido muchas muchachas para aprender, como nosotras, y le preguntaba a la señorita Auro Peiró dónde estaban las demás, y cuándo las íbamos a conocer. Y Auro Peiro, me decía siempre, riéndose:

-Ya verá cómo vendrán: ¡prontito, prontito...!

Yo no la entendía. Estaba algo decepcionada, esa es la verdad. ¡Yo, que esperaba un colegio grande, y todo montado...! ¡Y estaba todo por hacer!

¿Y ustedes, por dónde van?

Otro día le comenté: "En la escuela estábamos ahorita con Suramérica, porque Centroamérica ya lo pasamos. ¿Ustedes, por dónde van?

Aquello le hizo mucha gracia. Y debió pensar que estaban comenzando la labor del Opus Dei en Centro América, y eran sólo tres, y estaban sólo en Guatemala, y les quedaba Honduras, y El Salvador, y Nicaragua, y Costa Rica, y me dijo:

-Ay... ¡nosotras estamos más retrasadas!

Pero me lo decía muy contenta, porque estaba segura de que se empezaría "prontito, prontito". Entonces no la entendía las bromas que hacía. Pero me gustaba mucho la alegría de aquellas mujeres. Y cuando le preguntaba por las otras muchachas, me decía:

-No se preocupe, Marta, que pronto las va a ver. Ya verá como, si Dios quiere, pronto las va a ver...

Me sorprendió. Se las veía tan contentas, con tanta fe... Y un día, por fin, vi... a tres muchachas del Opus Dei, que habían venido de México. Me invitaron un domingo a salir de paseo. Me gustaron mucho aquellas tres muchachas. Tenían la misma alegría que las señoritas. Y además eran muy abiertas, y muy preocupadas por mí, porque la pasara bien, y por saber cosas de mi pueblo. Y además, éstas no andaban con secretos. ¡Ni andaban atemorizándome, como la otra, con tantos misterios!

Durante el paseo me explicaron que eran del Opus Dei; es decir mujeres totalmente entregadas a Dios en su profesión, que son los trabajos del hogar, y que cuidan de su casa, como tantas mujeres del mundo; su casa son las casas de la Obra. Fue muy divertido: estuvimos jugando un partido figurando el basquetbol, porque no teníamos canasta. Con una de ellas, Amalia Riola, fue con la que más me entendí. Era de la cocina.

Me habló de Dios y de hacer el trabajo bien, con mucha perfección, con sentido profesional, con afán de servicio a los demás y me dijo la necesidad de ofrecérselo a Dios. A mí, la verdad, la cocina nunca me ha llamado la atención, pero la forma de ser de ella, y lo que me contó de la Obra, me gustó mucho.

La otra se llamaba Cecerina Miranda y se encargaba de planchar. Como era un poco mayor no platiqué mucho con ella. La otra era Josefina Saucedo, que se ocupaba del lavadero y servía la mesa.

Aquello me gustó: encontrar a Dios en el trabajo. Pero en un trabajo bien hecho,porque fui fijándome del modo en que trabajaban, y se veía que lo procuraban hacer bien, y es que lo hacían por amor a Dios. Por ejemplo, Manolita era muy trabajadora y muy rápida: ella solita hacía la limpieza de la casa en un pis pas, mientras que yo, entonces... ¡uy!, me tomaba toda la mañana para hacer la limpieza. Y ella lo hacía todo enseguida, con baños incluidos. Me estuvo enseñando, y un día me dijo, medio en broma, medio en serio:

-Pero Marta, ¿cómo siendo tan joven, tarda usted tanto en limpiar? ¡Si fuera vieja, como yo! A las diez de la mañana ya lo tengo todo terminado y guardado; y son las once y usted todavía no ha acabado...



Poco a poco...

No era vieja, era broma, me lo decía para que me apurara más; porque yo estaba acostumbrada a trabajar lento, lento... Esas palabras me animaron mucho, porque ella, que era una señorita española, distinguida, muy bien educada y con carrera, no tenía reparo en hacer lo que fuera. En aquellos tiempos los elementos de limpieza eran muy poquitos, y ella se ponía de rodillas, y hacía el trapeado del suelo, sin que se le cayeran los anillos, como dice el refrán...

Y así fui viendo, poco a poco, como llegaban estudiantes. Y cómo fue ampliándose la residencia Verapaz, donde al principio sólo había una residente. Al principio no entendía esa palabra -residente-; no sabía qué quería decir cuando hablaban, con tanta ilusión, de las "futuras residentes". Luego me lo explicaron. Y me fueron contando muchas más cosas del Opus Dei. Pero con la que más platiqué fue con Amalia, que trabajaba en la cocina.



Platicando con Amalia

Madre guatemalteca

Amalia era la que me contaba más cosas. Me hablaba sobre todo de la santificación del trabajo.

-¿Sabes? -me decía-, es que si uno hace este trabajo bien, y lo ofrece a Dios, uno se hace santo.

-¿Santo? -le decía yo, mientras secábamos los platos, haciéndome la tonta, como que no entendía, a ver qué salidas tenía. -¿Santo, de cuáles?

-Santo como Isidoro -me decía-, que la Iglesia ha abierto su proceso de Beatificación.

Y me empezaba a hablar de Isidoro: un hombre del Opus Dei; un trabajador que con su trabajo corriente, de todos los días, bien hecho, ofrecido a Dios, había logrado llegar a la santidad.

-¡Bueno! -la pinchaba yo-, ¡eso sería Isidoro! ¡Pero ustedes...! ¡Y pasarse la vida siempre haciendo lo mismo, y lo mismo...! ¡Vaya aburrimiento!

-¡Pero que va a ser aburrido! Es aburrido si no se pone amor; y si no se pone amor no se encuentra a Dios. Pero una se pone a preparar unos tamales, por ejemplo, se los ofrece al Señor, y ...

-¡Unos tamales! ¡Pero qué cosas dices!

Aunque hacía como que no la hacía caso, me gustaba mucho lo que me decía Amalia, y admiraba como se manejaba en su cocina, con todas las cajoneras pintadas de blanco, siempre tan limpias. Y me agradaba ver cómo trabajaba, con esmero, siempre contenta. Y admiraba también cómo le quedaban las camisas a Cece, muy cuidadas siempre, y cómo mantenía su plancha reluciente . Y como llevaba Josefina el lavadero. Y me sorprendía ver, a pesar de ser tan jóvenes, lo mucho que sabían de las cosas de su trabajo. Y admiraba -pero por dentro, eh, sin decirlo- no sólo cómo lo hacían, que ya era mucho, sino por qué lo hacían:

-"Mirá -me dijo un día Amalia-, es que nosotras no hacemos estas cosas por las personas a las que servimos, sino por Dios. Que aquí, en el planchero, en la cocina, donde Dios a uno le llame, es donde nos quiere santas.

-¡Y dale con la santidad!, decía yo.

-¿Pero tú sabes lo que es ser santo? Es tratar a Dios en lo de todos los días, es quererle con locura, pero haciendo lo que tienes que hacer lo mejor hecho que puedas, sirviendo a los demás, como esa lámpara que hay en el Sagrario, no es otra cosa. ¿Tú cómo te has imaginado?

-Pues no sé. Yo pensaba que los santos eran como los de la iglesia de mi pueblo, que están cada uno quietecitos en su hornacina.

Pero por dentro no pensaba así. Cada vez que iba al oratorio contemplaba la lámpara del Sagrario, consumiéndose poco a poco... y me fui planteando ser del Opus Dei, y entregarme a Dios por entero. Pero aquello me asustaba, porque... ¡eran tan pocas! y ¡quedaba tanto por hacer!

-¡Ya cambiarán las cosas -me dijo Amalia cuando se lo comenté-. Se irá a muchos países, por toda Centroamérica, ya verás. Ya verás cómo todo esto va a crecer: ¡no vamos a ser siempre cuatro!

-Sí..., pero ahora sólo sois cuatro.

-Tú no te plantees eso -me contestó-. ¡Tenemos tantos años por delante! Si Dios te llama, ilusiónate, porque luego, cuando una dice que sí, Dios lo ayuda a uno.

-¿Y mis papás? ¿Y en el pueblo? Seguro que no lo entienden.

-Tus papás son muy buenos y seguro que van a entender...

Un día lo vi claro. Y me decidí. Y le dije a Auro:

-A mí me gustaría también ser hija del Padre que está en Roma.

-Entonces -me dijo, sin hacerme mucho caso- pídeselo a Isidoro.

Aquello me desconcertó. ¡Pues vaya! ¡Pues vaya! -pensé-. ¡Y yo que me creía que me iban a dejar ya...! Y resulta que... además de no hacerme mucho caso, ¡me hacían esperar!

-¿Y cómo se lo pido?

-¡Pues como quieras! Le dices que quieres ser hija del Padre que está en Roma. Pero para eso tienes que crecer mucho -me dijo riéndose-, tienes que comer muchos frijoles y crecer. Ahorita no. Tú, tranquila.

-Bueno -le dije yo, aunque no me gustaba demasiado aquella espera-,ya me dirán cuándo puedo ser.

-Sí, sí, ya te llamaré.

Y así quedó el asunto. Yo quería ser del Opus Dei, aunque me daba pena pensar lo que pensarían mis papás. Pero me tranquilicé, porque ellas parecía que no tenían prisa. Luego, cuando me hice de la Obra, me di cuenta que me habían hecho esperar para que madurara. Mientras tanto, Manolita me contaba cosas de la Obra y me leía cosas de Molinoviejo, de Roma y del Padre. A mí me gustaban mucho las cosas que me leía, aunque entonces no sabía ni donde estaba Molinoviejo, ni donde estaba Roma. Pero sí que advertía ese cariño especial del Padre por nosotras.

Un día de 1956 Auro empezó a hablarme de los ejercicios. En mi pueblo cuando se decía que sevan a hacer ejercicios, pues era que se iban a jugar. Y ella me decía:

-Este fin de semana, viernes, sábado y domingo, hay ejercicios. ¿Te vienes?

-¡Ah!, muy bien -le dije muy contenta- Voy a preparar la pelota.

Se rió mucho, y así me enteré lo que eran los Ejercicios Espirituales. Allí recé mucho. Auro nos leía los libros espirituales y Manolita nos servía la mesa, porque decía que durante esos días no debíamos preocuparnos de nada, que lo más importante era rezar y meditar.

 

Mi vocación

El año 57, cuando estaba el señor Idígoras en el poder, hubo rumores de que iba a haber un golpe de estado. Entonces vino mi papá por mí para llevarme de nuevo al pueblo. Entonces yo sí temblé, porque yo estaba felicísima allí, y no quería volverme al pueblo por nada del mundo, pero pensé: "yo nunca le he llevado la contra a mi papá, ¿qué voy a hacer?", porque además, yo sabía que aquella era mi vocación y aunque los quería mucho a mis padres, no quería volverme al pueblo...

Y se vino por mí en el único carrito que tenía. Yo le dije que no hacía falta que me fuera al pueblo, que no iba a pasar nada, que estábamos en manos de Dios, que íbamos a rezar y que si acaso pasaba algo, ya me iría. Entonces me dijo mi papá:

-Está bueno, pero si pasa algo no respondo.

Y gracias a Dios no pasó nada. Y yo en cartas les iba explicando lo que era la Obra, trabajo, y el amor a los padres que me enseñaban aquí, y la devoción a la Sagrada Familia. Les explicaba que ellos también podían ofrecer su trabajo a nuestro Amo. Así fue descubriendo mi papá que el Opus Dei era de Dios todo.

Y cuando quise comprometerme con el Opus Dei, me dijeron: si quieres ser del Opus Dei, se lo tienes que decir a tus papás. Obra con libertad. Pero si quieres ser, antes se lo tienes que decir.

Me llevaron en carro, Victoria López Amo, Auro y yo, que me la pasé mal todo el camino, porque pensé ¿por dónde empiezo? ¿Qué digo? ¿Qué me dirán? Y al llegar mi papá no estaba: se había ido a trabajar a las faldas del volcán de Lacatenango, y era difícil localizarlo cualquier día de la semana. Le había dicho a mi mamá que el día que llegara lo más seguro es que no iba a estar él.

Yo iba con la idea de que me iban a regañar, y pensaba que me iban a decir que no, incluso me acuerdo que llevaba unos Evangelios preparados donde se habla del Niño Jesús en el Templo y dice Jesús a la Virgen María y a San José: "¿No sabéis que yo debo ocuparme de las cosas de mi Padre Celestial?", porque yo estaba convencida de que cuando Dios llama, seguirle es lo primero. Y me había rezado lo que decirle si se oponían.

Cuando llegué a casa, mi mamá estaba tortiando. Me besó, lo dejó todo y empezamos a platicar; y hablando, hablando, yo no me atrevía a hablarle de mi vocación, porque no podía. Hasta que le conté que había decidido hacerme del Opus Dei.

Yo creo que mi mamá se lo esperaba. Y no me dijo nada. Pero la señorita Victoria quería estar bien segura de que yo obraba con libertad y de que mis papás sabían bien lo que hacía. Y le dijo: "como usted sabe Marta está en una casa de Dios y ella ha decidido que va a servir a Dios toda su vida, pero ella quiere saber si ustedes están de acuerdo o no"

Yo no sé qué tanto entendió mi mamá de lo que yo le conté, pero ya sabía mucho por mi papá, con todas las cartas que yo le había mandado. Y en pocas palabras le dijo:

-Mire, señorita: ya ella nos ha explicado todo, y su papá me dejó dicho que lo más seguro es que cuando ustedes vinieran él no iba a estar, y como no hay tiempo para ir a buscarlo hasta el monte, él me dejó dicho que cuando llegaran, si pedían algún permiso especial, que el permiso suyo ya lo tienen. Pero dijo que nosotros no la hemos echado de la casa, y que si ella libremente se fue, muy bien, pero que con Dios no se juega. Entonces si un día ella lo piensa de otro modo y lo quiere dejar, que sepa que no es culpa nuestra.

Esa fue toda la respuesta. No dijo lo que ella pensaba, porque allá por costumbre las mujeres no tienen que opinar mucho, sólo tienen que asentir a lo que dice el marido...

Yo estaba conmovida, y no dije nada. La que estaba muy emocionada era la señorita Victoria, que me decía durante todo el camino: qué madre tienes, qué madre tienes. Y cuando llegamos a la capital yo vine que no sabía si estaba soñando o era realidad todo lo que había pasado.

 

Como un soldado en batalla

Tiempo más tarde hablé con mi papá, que me dijo: "Hija mía, si te entregas a Dios, pensá que tu vida es como la de un soldado en batalla". Eso no sé de donde se lo sacó él. Y añadió: "Y cuando uno está en una guerra, si se pone a pensar en su pueblo lo matan. Si estás allí, no andes pensando que pasa en el pueblo, porque esas cosas le quitan la fuerza a uno para estar dónde tiene que estar. Y yo me imagino esa Obra como un ejército, donde si uno no tiene metida la cabeza es que no sirve.

Yo estaba cada vez más entusiasmada con el Opus Dei. Aquel era mi camino. Aquello era lo que Dios me pedía. Aunque me hicieron esperar mucho. "Tranquila, tranquila", me decía Auro. Pero yo estaba deseando, hasta que el 14 de septiembre, que es la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, fuimos a ver el desfile de los colegios mayores, con los cadetes, por la sexta avenida; y cuando volvimos del desfile y terminamos de almorzar, serían entre las dos o las tres de la tarde, Auro me preguntó:

-¿Marta: ¿Sigues con la idea de ser hija del Padre de Roma?

Y yo le dije enseguida, muy contenta:

-Ah, yo sí, ¡Claro que sí!

-Bueno -me dijo-, pues yo pienso que ya es hora. Si quieres, como las cosas serias se ponen por escrito, escribes tú una carta, con tus palabras, al Padre que está en Roma, pidiendo ser de la Obra.

No pasé de diez líneas, y eso que me gusta escribir. Pero estaba muy emocionada y muy contenta, y no me salían las palabras.

Yo no pensaba que iba a ser la primera vocación de Guatemala... pero, meses más tarde, cuando hice la Oblación, me dijeron:

-Usted es la primera en hacerlo.

Y el 10 de abril de 1959 me fui a México para conocer a otras mujeres del Opus Dei, y para conocer más el espíritu de la Obra. Estuve en Montefalco, que ahora es una escuela agrícola, y una Escuela de Economía Doméstica, y una Escuela Femenina, y una casa de retiros, y una Escuela Normal, pero que entonces no era más que un lugar inmenso lleno de ruinas y maleza, con serpientes y alacranes por todas partes.

Allí estaban también comenzando. Sólo estaba reconstruida la Iglesia, y la residencia sólo tenía unos cuartos que los adaptaban para cuando había cursos de retiro. Allí, aunque aún planchaban con carbón, poniendo varias hornillas en un lugar dónde les daba el viento, estaban muy bien organizadas: en la tarde preparaban como tres hornillas y diez planchas alrededor, porque al salir, aprovechaban para planchar. Me llamaba la atención las grandes cantidades de sábanas que había, porque había un curso de retiro y luego otro, y otro, y otro, sin interrupción.

Al principio yo llevaba las cuentas, en tal grupo vinieron diecinueve, en tal grupo veinte... y le daba gracias a Dios, porque aunque estaban comenzando, ya me daba cuenta de lo grande que estaba la Obra. Después creció tanto que llegó un momento en que ya no pude seguir esa cuenta.

Nos dieron a leer algunos artículos en los que el Padre hablaba de los trabajos del hogar, y los relacionaba con el trabajo de las santas mujeres de Palestina. Recordaba el Padre que la vida de la iglesia en sus comienzos contó siempre con la ayuda de las mujeres, que dieron su vida y sus bienes. Aquello era un horizonte nuevo: no era simplemente dejar bien apañada la casa, para que luzca bien: era un apostolado, un servicio hecho directamente a Jesucristo, como elde aquellas santas mujeres de Palestina...

Y había que hacerlo bien, con perfección, sin ir a la buena de Dios, al buen tun-tun, como nos decía Victoria, sino con sentido profesional. Pero sobre todo había que hacerlo lo más perfecto posible para ofrecérselo a Dios. Por que, allí, fieles en las cosas pequeñas, nos necesitaba el Señor...

Debíamos ser muy mujeres -nos decía el Padre- con gracia de madre, de hermana mayor, y teníamos que crear un ambiente de hogar, de hogar modesto, pero arreglado, amable, limpio, donde resplandeciera el amor de Dios...

Allí venía un sacerdote que nos daba una clase que la llamaban apologética, y un poco de historia de la Iglesia, y algunas clases más. Y vino don Emilio Palafox, el Consiliario, y nos dijo lo que decía el Padre de nuestro trabajo en la Administración: que es el oficio más sobrenatural, porque facilita toda la labor apostólica. Decía el Padre : “sois en la Obra pieza fundamental. Por eso, debéis ser muy santas. Debéis estimar vuestra vocación como un tesoro, porque sin esa profesión vuestra no se podrían hacer muchas labores; más aún, sin vosotras no se podría hacer nada".

Nos dijo también don Emilio que teníamos que saber un poco de todo y que teníamos que tener interés por todo, por ejemplo por las clases de Geografía, que a mí me gustaban mucho. Y nos recordaba en que nosotras teníamos una vocación específica, profesional y humana: las tareas del hogar y la administración de la casa; y que por eso debíamos intentar superarnos en nuestro trabajo, y santificarlo, lo mismo que debe santificase en su vocación profesional un arquitecto, un médico o un ingeniero. Y nos decían que con el tiempo todo aquello que estábamos aprendiendo lo enseñaríamos a los demás. Y a mí me parecía un sueño...

Y desde siempre, a saber por qué, me hacía ilusión ser telefonista, y atender la portería. No sé si es porque me gusta mucho escribir, y hablar y platicar con la gente...

 

¡A Costa Rica!

Pocos años después, el 18 de diciembre de 1960 me fui a Costa Rica a comenzar la labor. El Padre hablaba siempre de servir a la Iglesia en todo el mundo; de extender la Obra por todas partes; y nos llegaban tantas noticias de los que comenzaban en Japón, a Kenia y estos lugares, que yo tenía una gran ilusión por ir a comenzar en lugares nuevos. Y me dije: ¡quiero ir a Costa Rica! y... ¡tengo que ir a Costa Rica!".

Y un día le dije a don Bernardo, un sacerdote del Opus Dei: "Yo quiero ir a Costa Rica". -"¿En serio?", me dijo. -"¡Sí, sí, en serio" -le contesté, porque yo tenía una ilusión tremenda. -"Está bueno" -me aseguró- "Yo lo voy a tener en cuenta". Y ya con eso me dio a entender que lo estudiarían. Y el 7 de diciembre de ese mismo año me preguntaron si seguía queriéndome ir; yo le dije que naturalmente que sí, y me fui el 18 de ese mismo mes.

Allí estaban viviendo ya don Fernando Sáenz, y don José Luis Masot, dos sacerdotes del Opus Dei, que nos habían contado muchas cosas del país. Se fueron allí e parece que el ocho o el nueve de agosto del 59, que en ese tiempo era la fiesta del Santo Cura de Ars.

Nos recibieron en el aeropuerto unas supernumerarias, madres de familia, como doña Isabel Terán de Artiñano y doña María de Romcer. Estaban bien contentas, porque el Opus Dei era una novedad.

Y lo bonito fue que cuando llegamos estaba el refrigerador con suficiente comida como para tres días: las señoras nos habían hecho las camas para todas, y estuvieron pendientes de nosotras, de que estuviéramos bien, y de que no nos faltara nada. Comenzamos un centro en el barrio Escalante, que se llamó Beragua. Despuecito allí fueron los primeros cursos de retiro para universitarias.

Yo comencé a tratar a muchas empleadas del hogar, y les transmitía la preocupación por formarse bien, en todos los aspectos, también en el profesional. Pero no fue fácil al principio, y costó que cuajara, porque no tenían mucha inquietud por los estudios. Ya se sabe que los principios no suelen ser fáciles. A pesar de todo, intenté hablarles de Dios y de que fueran a algunas clases culturales.

Con san Josemaría

En los años 70 empezaron a salir películas del Padre, que recogían la catequesis que había dado en España y Portugal. A mí me daba la impresión de que era como muy grande, no sé si por el enfoque que le dan a las cámaras. El caso es que me lo imaginaba grande.

Por eso cuando vino a Guatemala, en 1975, con el Cardenal, me puse muy nerviosa; porque había tanta gente que quería verle, y hubo muchos cambios de planes: nos habían dicho primero que almorzaba, después que ya no, después que sí, y yo estaba un poco destanteada, hasta que una numeraria que conocía al Padre me dijo:

-No se preocupe, que el Padre es una persona sencilla.

Aquello me sorprendió. Yo pensaba que, antes de que viniera, íbamos a tener una especie de clase, y nos iban a decir: el Padre se va a sentar aquí, con el Padre hay que estar pendiente de esto y de lo otro, y no sé qué más: ¡a saber lo que me había imaginado yo!

Por eso le pregunté: ¿y no nos va a entrenar un poquito, por si viene el Padre y le hago cualquier tontería? Entonces me dijeron:"Mire Marta, usted hágalo todo igual que siempre, sólo que el Padre va a estar con ustedes...".

Pero aquello no me acababa de convencer. Yo trataba de ser consciente de los momentos que estaba viviendo, y me decía a mí misma: "Marta, Marta, vas a conocer al Padre, vas a conocer al Fundador de la Obra", para ver si así me entraba en la cabeza lo importante que era. Y cuando vino, en la comida del mediodía le serví un vaso de agua para que se le quitara el calor del viaje y entonces me dijo, mirándome, con mucho cariño:

-Gracias, hija mía, que Dios te bendiga.

Ya he dicho antes que, a veces, en un solo un momento, con una sola frase, se conoce a fondo a una persona. Hay gestos que le retratan a uno de cuerpo entero ¿verdad? Eso es lo que me pasó: ese "gracias" del Padre, lo sentí como elde una persona que agradecía de verdad, porque no espera que le sirvan. No era un detalle de educación, sin más: esa fue la impresión que me dio a mí.

Y en ese momento sentí, además, como si todo los pensamientos que tenía antes se me desarmaran, porque yo esperaba encontrarme con no se qué figura importantísima y vi, en aquellas palabras, en aquel modo de agradecer, que el Padre era un hombre profundamente humilde. No sé como explicarlo; pero a mí lo que me llamó la atención sobre todo fue lo santo y lo humilde que era el Padre.

Luego, en la refacción, el Padre me habló. Le sacamos primero unos churros y algo caliente que había preparado. Y luego entré con el agua. Y cuando ya me iba, me dijo, más o menos estas palabras:

-Hija mía, tienes que estar muy contenta; y que sepas que te voy a enviar la cruz de palo.

Es una cruz que se da a las primera personas del Opus Dei de cada país. "Gracias, Padre", le dije balbuceando. Aquello me sorprendió y me di cuenta de que el Padre sólo con verme lo había relacionado todo ya sabía quién era yo.

Luego en la noche estaba el Padre con el Cardenal cenando. El Padre tenía dieta, pero quería comer de forma que no se notara, para no obligar a los demás a comer menos. Me avisaron en la cocina: "seguramente el Padre le va a decir que sirva primero al Cardenal; usted haga lo que le digan". Y así fue; llegué y el Padre dijo: "primero, el señor Cardenal". Me fui al cardenal y me dice: "primero, el Padre". Y me tuvieron así, de uno para otro. Yo no estaba nerviosa, pensaba: "bueno, aquí ellos deciden...".

Y en ese momento, cuando estaba esperando a ver qué decidían, el Padre me dijo con mucho cariño:

-Ven acá, hija mía, que además a ti te tengo que mandar la cruz de palo. Cuando la tengas la miras con cariño, le das un beso y la guardas con cuidado.

Todo esto me lo dijo muy despacio, con mucho cariño, que se me grabó en el alma para siempre, y es como si le estuviera escuchando ahora. Y en ese momento el Cardenal alzó su mano y dijo: "Padre, yo también tengo la cruz que usted me mandó".

Esa semana que fue alegre y a la vez un poquito triste, porque el Padre se enfermó y ya no pudo atender a tantas personas. Yo rezaba mucho y pensaba: "tenemos al Padre a pocos metros y a saber si le tendremos otra vez en Guatemala".

Cuando me decían, en los comienzos, y estábamos muy pocas, que pusiéramos atención a lo que nos enseñaban, porque luego lo tendríamos que enseñar a otras que vendrían después, yo lo creía, por fe; pero así ha pasado, gracias a Dios; y cuando comenzó Zunil, y me tocó dar clases sobre lavandería para las patojas.

Ahora esas enseñanzas se han desarrollado mucho... Se estudiadietética, economía, arte, decoración, cocina... todo con sentido profesional. Nuestro Fundador comparaba la cocina con un taller de arte, con un laboratorio de alto nivel, en el que hay que equilibrar bien los alimentos y condimentarlos con sabiduría para tenerlos en su punto...

Ahora las patojas tienen que tener por lo menos el tercero básico, y les enseñan todos los trabajos de la casa, con las técnicas más avanzadas, porque tienen aparatos electrodomésticos, tanto en la cocina como en la zona de comedor, en la lavandería... pero en los comienzos no; recuerdo que en Montefalco, como no había de nada, teníamos que lavar en unos los lavaderos que había al estilo pueblo, que ni techo tenían. Pero a pesar de todo, a mí aquello me gustaba mucho, por la alegría que vi en las que vivían allí, y fui muy feliz.

 

San Josemaría en Guatemala

 



En Roma, para la ordenación de don Álvaro

En enero de 1991 fui a Roma para la ordenación de don Álvaro como Obispo. Comenzaron a llegar de todas partes del mundo. ¡Qué alegría! ¡Qué saludos! ¡Qué abrazos! "¡Si estás igual que siempre!" -se decían unas a otras- "Si, si... igual que siempre ¡pero con veinticinco añitos encima!, contestaban entre bromas y risas. Llegaron de Australia, de Estados Unidos, de Alemania, Inglaterra, Kenya, Japón, Filipinas... de todas partes, y aquello era saludarse continuamente; Algunas al entrar al planchero, se quedaban sorprendidas: ¡pero si todo sigue igual que hace 25 años!

Al día siguiente fuimos al Vaticano, que me impresionó profundamente. La Basílica de San Pedro estaba totalmente llena. Seguí la ceremonia desde el crucero, a mano derecha, cerca de la estatua de Santa Elena; pero, a pesar de tener tan buen lugar -por supuesto que de pie-, no me fue posible ver todo, porque de muchas partes de la ceremonia ni me dí cuenta, hasta que vi el vídeo...

La ceremonia duró tres horas, y la verdad es que como San Pedro es tan grande, no pude ver, por ejemplo, dónde estaba situado el coro, sólo que cantaban muy solemne; y como al entrar nos habían dado unos libritos para seguir la ceremonia, traté de no distraerme, porque como había mucha gente de todo el mundo, a veces daban ganas de quedarse viendo para todos lados.

Había gente de todas las partes del mundo. Por ejemplo había una que llevaba un turbante muy grande, de un color llamativo, que como era muy alta tapaba la visión.

Encarnita

Después la vi en la tertulia con don Álvaro Padre en el Aula Magna de Villa Sacchetti y me contaron que era de Nigeria. Había otra africana con un vestido muy bonito, de muchos colores, que luego me enteré que era de Costa de Marfil...

Una noche estuvimos de tertulia con Encarnita Ortega, una de las más antiguas en la Obra, que estuvo contándonos como fueron los comienzos de la Obra. Hablaba con tanta fuerza y con tanta vibración de aquellos años que daba la impresión de que todo hacía poco tiempo que había pasado.

Nuestro Fundador les hablaba de que la Obra tenía que extenderse por todos los países de la tierra y ellas tuvieron fe en Dios y en el Padre, aunque cuando comenzaron a ir desde Madrid a Valladolid aquello les parecía el fin del mundo...

Encarnita Ortega habla sobre el Fundador del Opus Dei

 

 

 

“Eran muy pocas -nos contaba- y no tenían nada. Pero nuestro Padre vivía de fe; y les seguía diciendo que tenían que ir a París, a Londres, a Nueva York... y que vendrían a la Obra personas de todas las razas, y todas las profesiones y les repetía "soñad, soñad y os quedaréis cortas".

Mientras lo decía yo miraba a las que estábamos allí, de todas las razas, de todos los países... Los sueños de nuestro Padre se habían cumplido. Pero Encarnita nos animó a seguir trabajando para que muchas más almas se encontraran con el Señor: "¡sigamos soñando, sigamos soñando -nos decía- que además ahora nuestro Padre, desde el Cielo, nos ayuda mucho más".

Contó muchísimas cosas más, pero no las recuerdo bien: ¡fueron días tan intensos, de tanta emoción! Lo que me llamó la atención de Encarnita es que, habiendo pasado tantos trabajos y tantas penalidades, tenía un vigor y una fuerza especial; tenía una juventud que se le traslucía en el rostro, y que se manifestaba en su vibración por todo lo de la Obra... Se veía que no había dejado de soñar... que seguía con el corazón lleno de ilusiones, como cuando era una jovencita que escuchaba ilusionada al Padre en primeros aquellos años de Madrid...

Ahora

Ahora trabajo como telefonista, que es lo que siempre me ha gustado. Y cuando echo la mirada atrás y comparo la labor del Opus Dei en Guatemala, y en Honduras, y en el Salvador, y en Nicaragua, y en Costa Rica... y pienso en las tres o cuatro que estábamos hace unos años en aquella casita tan pequeña... me doy cuenta que el Opus Dei sólo puede ser de Dios.


Nunca me imaginé que se iba a extender tanto y por tantas partes, con todo tipo de gentes del mundo. Y le doy constantemente gracias, muchas gracias a Dios. Porque era verdad lo que me decía Auro, riendo, mientras secábamos los platos, en la cocina, y yo le preguntaba cuando vendrían las mujeres del Opus Dei:

-No se preocupe, Marta, que pronto las va a ver. Prontito, prontito. Ya verá como, si Dios quiere, pronto las va a ver...

 


 

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