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Shohei Kimura, sacerdote japonés del Opus Dei



Shohei es el primogénito de los Kimura. Su nombre completo significa “hombre tranquilo que vivía en un pueblo con bosque”.

"Me bauticé a los 12 años -contaba en una entrevista realizada con motivo de su ordenación sacerdotal-. Este hecho lo debo a muchas personas. Destacaría en primer lugar mis padres, a los dos. Mi madre, que se convirtió cuatro años antes que yo, gracias a una amiga, rezaba el Rosario con frecuencia y recuerdo que tenía mucha devoción a la Virgen de Guadalupe, no sé por qué, pero recuerdo que le tenía muchísima devoción. Fue ella quien me presentó a un sacerdote que empezó a enseñarme el catecismo.

También quiero resaltar la importancia de mi padre porque es un hombre que ama la libertad. Aunque es ateo y no le gustaba que me convirtiera, defendió siempre mi libertad frente a algunos familiares que veían la conversión de mi madre y la mía como una traición. Mi conversión era un hecho aún más grave al ser yo el primogénito. Sin embargo, mi padre siempre salió en mi defensa. Cuando empecé a recibir las primeras clases del catecismo, decía a los que me echaban en cara mi "traición": “Dejadle, si el chico quiere convertirse, se convertirá”. Este amor a la libertad de mi padre lo considero importantísimo.

Me impresionó que el párroco, el padre Gustaf Banbael, de Scheut, Congregación del Corazón Inmaculado de María, viniese todos los sábados a mi casa para enseñarme el Catecismo. Cuando él no podía venir, venían unas monjas que yo había visto algunas veces en la parroquia. Para las distancias de Japón, la parroquia estaba lejos de mi casa. Por eso me impresiona recordar la constancia con la que durante casi tres años me enseñaron el catecismo. Les estaré siempre muy agradecido.

Cuando cumplí trece años, mi familia se trasladó a otro barrio de Osaka. En esa parroquia conocí al padre Josef Heriban. Era un sacerdote salesiano tranquilo, cariñoso, que transmitía mucha paz. Recuerdo perfectamente a este sacerdote belga porque fue de gran ayuda para mí. El me dió consejos muy valiosos.

Un día me regaló un libro que me atrajo muchísimo, hasta el punto de ver clara mi vocación profesional: ser profesor. Era una biografía de san Juan Bosco, que me hizo desear tener vida de piedad y sobre todo dedicar mi vida a la enseñanza. Por eso luego fui a la universidad, donde estudié filología inglesa. Allí un amigo me hizo conocer el Opus Dei, y vi que ser de la Obra era lo que Dios me pedía.

El ejemplo de santidad de muchos sacerdotes que en el Japón trabajan en unas circunstancias objetivamente muy difíciles. El padre Banbael no era una excepción. He conocido más sacerdotes como él. De todos ellos puedo decir que nunca me sentí coaccionado a dar ningún paso, sino más bien me sentía atraído. Por eso yo diría que eran santos: eran un ejemplo maravilloso de amor y sacrificio, un ejemplo que me atraía mucho".

En su ordenación sacerdotal estuvo presente un grupo de su parroquia “Ibaraki”, con el padre Inoue a la cabeza. “Me ha emocionado saber -contaba- que vienen a mi ordenación feligreses de Ibaraki, una zona del Japón en la que, debido a las persecuciones, ha habido muchos católicos clandestinos entre los siglos XVI-XIX”, Y añadí:“Quizás no es exagerado decir que mi vocación cristiana la debo también a ellos”.


Sus parientes y amigos reaccionaron bien ante su oprdenación: Esto se debe -explicacaba- a que en Japón se valoran mucho las profesiones que están centradas en los demás. Por ejemplo la de artesano, la de profesor, etc., se consideran santas. He recibido tres cartas de amigos, dos no creyentes y un católico: son tres cartas de agradecimiento y de felicitación. Ellos captan que la profesión que voy a realizar es para los demás, porque un buen sacerdote no puede quedarse con nada. Nuestro modelo es Cristo.

Además, estoy muy feliz de que mi padre venga a la ordenación. No me lo esperaba. También valoro el esfuerzo de dos hermanos que han decidido venir. En Japón no es fácil faltar al trabajo, luego hay que recuperarlo hasta el último minuto. Como es lógico, echaremos de menos a mi madre, que murió hace 10 años. Mi madre quería que yo fuera sacerdote y rezaba por mí. Ella me respetaba completamente, pero recuerdo que de vez en cuando me decía: “Shohei, ser sacerdote es algo muy bonito y muy grande”.


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