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Franz Koenig, cardenal de Viena. Opus Dei: un mensaje provocador


 








Retrato de Freda Reiter. Síntesis de las declaraciones televisivas del Cardenal Koenig, una de las grandes figuras del Concilio Vaticano II

Yo conocí al Fundador del Opus Dei durante el Concilio Vaticano II. Me invitó a comer a su casa gracias a algunos contactos personales que yo tenía con varios miembros del Opus Dei. Luego, con el paso de los años, estuve almorzando muchas veces con él.

Tenía un trato humano muy natural y simpático, y a través de esas conversaciones y de los contactos sucesivos, fui conociendo la historia del Opus Dei, Sin embargo en aquellas comidas él no me hablaba mucho del Opus Dei, ni se refería casi nada a su vida personal. Hablábamos sobre todo del Concilio, de los problemas de aquellos tiempos, de la situación de Austria; y especialmente, del Este de Europa, algo que al principio me sorprendió.

Yo había hecho algunos viajes por el Este. Durante uno de ellos, en Yugoslavia, sufrí un accidente. Recuerdo perfectamente que le pregunté al Señor, en la pequeña habitación en la que me estaba recuperando: “Dios mío, ¿qué significado tiene este accidente en mi vida?". Entonces caí en la cuenta -mejor dicho, recibí una inspiración- de que yo, como Arzobispo de Viena, debía preocuparme también por esos países del Este. Aquello significó para mí -podríamos decirlo así-, como el comienzo de mis contactos con el Este de Europa, que propicié a partir de entonces de forma sistemática.

Entonces pervivían los problemas de uno de esos regímenes con el cardenal Mindsenty, al que visité por encargo del Papa. También me acuerdo del cardenal Wisinscky, de Varsovia y de otros cardenales… Esto enlaza con el tema del que estaba hablando: el gran interés que mostraba el fundador durante aquellas comidas por la situación de esos países que estaban bajo dominio comunista.

Me pareció un sacerdote muy simpático, que enfocaba los temas de los que habábamos con muy buen humor. Me entendí enseguida con él. Con el paso del tiempo fui conociendomás a fondo su pensamiento, sobre todo en las cuestiones que me interesaban especialmente como el apostolado de los laicos (un aspecto fundamental de su espíritu), que después, en el Concilio Vaticano ll, en concreto, en el documento Lumen Gentium, jugó un gran papel, (es un capítulo que yo considero esencial), ya que el Concilio resaltó especialmente ese apostolado dentro de la misión de la Iglesia para el futuro.

Otro aspecto que me interesaba especialmente era su concepción de la radicalidad del ser cristiano en la vida cotidiana. Esa concepción está en relación inmediata con su visión del apostolado de los laicos, que me parecede un gran interés para todo. Lo considero una “provocación” incluso para aquellos que se encuentran lejos de la fe, que se interrogan por ella o buscan respuestas para su vida.

Su enseñanza fundamental muestra cómo se puede alcanzar la perfección cristiana con toda su radicalidad. Estas palabras pueden parecer obvias, pero cuando uno entra a fondo en la materia comprende que no se trata sólo de unas palabras bonitas: el fundador enseña un camino concreto para realizar esa perfección, un camino para poner en práctica esas exigencias radicales del cristiano desde la mañana a la noche.

Es lógico que el Opus Dei haya encontrado ataques y dificultades. Tanto la fe como la Iglesia se encuentran expuestas de modo permanente a los ataques, porque la fe y la Iglesia constituyen también una “provocación”. Por eso, casi todas las instituciones de la Iglesia, más o menos desde comienzo de su tiempo fundacional, han sufrido dificultades parecidas. En el caso del Opus Dei, estas dificultades resultan especialmente comprensibles, ya que la radicalidad de su mensaje -aspirar a la perfección cristiana en la vida cotidiana- resulta algo muy provocador, dentro y fuera de la iglesia.


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