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Lalos Gaztaminza

Recuerdos y vivencias de una supernumeraria del Opus Dei


Con mis hijos

LLORAR Y REIR EN FAMILIA

El motivo de este relato es una carta que hace aproximadamente dos meses envié a la prensa. Para mi sorpresa, al día siguiente, una amiga me llamó por teléfono para decirme que la había leído. Me sorprendió la rapidez de respuesta, tanto por parte de la redacción del diario que seleccionó mi carta entre otras muchas, como por parte de mi amiga para dar acuse de recibo. Todavía más sorpresa fue oírle decir:

-La hemos leído, mi madre y yo y hemos llorado...¡

-Pues yo no tenía intención de hacer llorar a nadie. Claro que lo comprendo, porque yo también soy llorona. Confieso que me emociono con mucha facilidad, así que en el fondo no me chocó la reacción de mi amiga y su madre. Me quedé pensando:

-¡Buena la vas a organizar, Lalos!

Resulta que cuando escribí la carta, llamé a otra amiga para que me ayudara. Yo la había escrito a mano y necesitaba pasarla a ordenador y hacer el envío. Mi amiga tenía los e-mail de varios periódicos y mi carta estaba dando la vuelta a media España. Exagero un poco, pero sí que había llegado por lo menos a diez periódicos.

Desde entonces he recibido infinidad de llamadas. Ahora mismo, cuando me he puesto a rumiar estas ideas, me ha sonado el móvil:

-Lalos he leído tu carta y te quería decir algo...

A partir de ahí empieza una conversación más o menos larga, pero siempre con contenido.

Con tanto preámbulo ya he debido despertar la curiosidad del lector/a,¿sobre qué tema trata la carta?

Sobre el dolor, así de claro, así de escueto, así de punzante... Y he podido comprobar los interrogantes que el ser humano lleva dentro: ¿soy capaz de sufrir? ¿qué haré yo cuando el sufrimiento entre en mi vida?. Y, si ya lo estamos experimentando:¿este sufrimiento por qué, para qué?...

Parece ser que con mi carta puse un dedo en la llaga. Claro que antes alguien había puesto su dedo en la llaga mía.

Soy madre de familia. Se da la paradoja de que soy la quinta de siete hermanas y mi propia familia está formada por cuatro hombres y una mujer. Mi marido, Joaquín, mis tres hijos Joaquín, Rodrigo y Manuel; yo soy la única mujer. Ahora podría arrebatarme la vena feminista o caer en el victimismo. Pues no: ni cuando era la quinta, ni cuando soy la única me ha tentado esa postura. El mundo está hecho de hombres y mujeres con carencias y riquezas en unos y otros.

Por lo que veo a mi alrededor, y yo misma experimento, a los padres de ahora nos preocupa un montón preparar muy bien a nuestros hijos para infinidad de cosas: por supuesto en primer término los estudios -¡las notas!- y a eso añadimos: varios idiomas, deportes, tecnologías, algún instrumento musical... Un poco de todo. Es lógico, la competitividad es cada vez más fuerte y, además, con la entrada en Europa, las fronteras no existen y los chicos tienen que estar preparados para vivir en cualquier lugar del mundo.

La pregunta que me hago es si además de todos estos conocimientos, sin duda necesarios, aprenden a ser personas. A vivir mirando hacia alrededor, más allá de los propios límites, contemplando la vida como un espectáculo en el que sucedenmuchas cosas y en el que participamos todos. Los hijos se hacen personas cuando aprenden a vivir, en primer lugar, a través de la vida de sus padres,

 

LA ESCUELA QUE ENCONTRÉ

Digo que encontré porque no fue cosa mía, me fue dada y nunca lo agradeceré bastante.

Como he dicho soy la quinta chica. Me figuro que mi familia esperaba desesperadamente un chico,llegué yo y fui muy bien/venida. Mi nombre -María de los Angeles- se convirtió en Lalos y lo sigo siendo para todos. El apelativo familiar te configura como alguien único. De hecho pocas veces necesito el apellido cuandollamo por teléfono o cuando preguntan por mí mi familia o amigos.

Nací y pasé mi infancia en San Sebastián, que también tiene su apelativo -Donostia en su versión auténtica y Donosti en la más coloquial- y que yo considero también ciudad única. Aunque esto le pasa a todo el mundo con el lugar donde nace y pace.

Mi padre -Fermín Gastaminza- era médico. Le venía de tradición familiar, no directamente de su padre, pero sí de su abuelo, tíos, primos; de su padrino,José María Gastaminza Lacarra.Entre ellos estaba Uvaldo Gastaminza, hermano de mi abuelo, que fundó el oncólogo de San Sebastián; dos hijos suyos fueron también médicos. Como se ve toda una saga de generación en generaciónsigno de un gen que hay en la familia Gastaminza para ejercer una medicina muy humana. Como yo no soy médico, puedo decir que fueron todos ellos modélicos, con verdadera pasión por su trabajo.

Mi tío José Mari Pagola, también médico,hizo un magnífico tandem con mi padre. Tenían la misma edad ysu afinidad fue completa. Los vascos son muy socarrones. A mi padre y a mi tío les llamaban San Cosme y San Damián. Cada uno tenía su consulta, pero compartían dos cosas: el aparato de rayos y el coche. Así que después de pasar cada uno su propia consulta salían juntos para hacer las visitas a domicilio. Para ellos no había horas. Algunos enfermos han contado más tarde que en lugar de cobrar, les dejaban dinero debajo de la almohada.

Con esto está claro que nuestras familias -me refiero a la nuestra y a la de mis primos Pagolas- nunca brillaron por su opulencia. Las consultas no tenían aspecto de museo; eran muy normales ymuy pulcras. Las dos familias compartíamos también el coche y los planes domingueros. Teníamos más bien poco, pero no nos faltaba nada para ser francamente felices. La ciudad nos brindaba playa en verano; montes para trepar y para gozar del mejor espectáculo natural, ¿y qué decir de las olas saltando en el Paseo Nuevo? bien pertrechados con una gabardina, buenas corridas hacíamos. Mi padre nos advertía cuando nos llevaba en el coche: "Si lloráis, os volvéis a casa"; así que valientes y sin pestañear aguantábamos las olas.

En nuestros planes domingueros nos habituamos también a ver a los enfermos. Nuestros padres no dejaban sus visitas por ser fin de semana, sobre todo si sabían que algunos estaban solos, necesitados de compañía.

Esto es lo que llamo mi escuela. No la elegí, me vino dada y la agradezco.

 

EL CESTERO

Uno de los enfermos que recuerdo se llamaba José. Estaba paralítico y nos recibía en su casa, sentado en la silla de ruedas y cubierto con una mantita de cuadros. Mientras lo escribo me doy cuenta, que bastante parecido a como estoy yo ahora. Todo llega en la vida.

Mi padre había estudiado en elcolegio de los jesuítas de San Sebastián. En el patio, esperando la entrada y salida de los chicos, estaba el cestero. En aquella época -no sé ahora- llamábamos así al vendedor de chucherías para los niños: caramelos, barras de regaliz zara, bolas de anís, chufas en remojo... La mayoría eran mujeres, cesteras, pero en este caso era un hombre, José. Los chicos hacían mil perrerías para conseguir robarle algo sin que se enterasen los curas.

Mi padre le defendía. Esta fue la historia que vivió de niño. Pero, una vez terminada la carrera de medicina, abrió consulta en San Sebastián -entonces los médicos no hacían MIR- y el primer paciente que llamó a su puerta fue José, el cestero. Se había metido a albañil y tuvo un accidente arreglando un tejado. José fue uno de los pacientes que entró en la escuela de mi vida.

Y con él entró también su mujer, Araceli. Una navarra/navarra, con garbo y arranque, de cuerpo menudo y alma grande. Por las mañanas, desde bien temprano, limpiaba las oficinas de El Diario Vasco. El resto del día sacaba adelante una familia numerosa, incluida su madre que se había quedado ciega. Vivían en un sexto piso sin ascensor.

En aquella época, ni tan siquiera se pensaba en suprimir las barreras arquitetócnicas para aliviar a las personas impedidas. Araceli cogía a su marido y escalón a escalón llegaba al portal, allí tenía la silla de ruedas, y ¡de paseo!, nunca le faltó a José su paseo con Araceli. A la vuelta se repetía lo mismo, pero hacia arriba, ¿de dónde sacaba fuerzas Araceli?, la fuerza del cariño, que todo lo hace posible.

Araceli influyó muy directamente en mi vida porque cuando yo nací, mi madre estuvo mal de salud y fue Araceli la que se ocupó de mis primeros años.

Ahora pìenso hasta donde puede llegar un personaje que pasa inadvertido: el cestero que vende chucherías a los niños en la puerta del colegio.

 

EN FAMILIA

Vivían con mi familia unas tías abuelas por parte de mi madre. Mis abuelos tenían su casa en el mismo edificio, pero en otro piso. A todos los queríamos muchísimo. Pero yo diría que hacia mis tías sentíamos una especie de veneración: eran unas mujeres alegres, elegantes, muy cultas. Cumplían al cien por cien su papel de tías.

Unas personas que están siempre cerca y a la vez con la suficiente lejanía para arreglar una tragedia doméstica entre padres e hijos. Disponibles para un niño enfermo. Era un regalo vivir con ellas. Ahora pienso en el sacrificio de mis padres, con una familia tan sumamente extensa, pero lo importante es que no se notaba; ni a mi madre trabajando sin horas, ni a mi padre, rodeado de infinitas mujeres.

La vida familiar tenía dos características muy definidas: una la alegría. Ayudaba el ambiente festivo de la ciudad en aquellos años, al que los donostiarras nos sumábamos sin esfuerzo : los bocadillos de chistorra en la Plaza Constitución el día de Santo Tomás; la tamborrada del 20 de enero, día de San Sebastián; la semana grande, alrededor del día de la Virgen de agosto, con los fastuosos fuegos artificiales sobre la bahía; las escapadas a Igueldo para pasar por el laberinto misterioso y montar en la montaña rusa, por cierto el encargado de este carroussel era vecino de nuestra casa de verano en Igueldo y paciente de mi padre, así que para nosotros aquellas vueltas vertiginosas con subidas y bajadas al borde del mar resultaban gratis.
También nos invitaba a pasear por su caserío en un pacífico caballo percherón.

Y, junto a esa alegría natural, a la vez en mi familia se notabala gran humanidad que genera el cruce generacional. Abuelos, padres. tíos, nietos, primos... cada uno tenía su propio lugar. Nos queríamos. Todos contábamos con todos. Y también cantábamos muchísimo con buenas voces, como es propio de esa tierra.

 

UN MOMENTO ESPECIAL

Nunca olvidó mi padre que un día de la Virgen de Lourdes se fue voluntario a la guerra, junto con su primo Santi Pagola, hermano de José Mari. Terminada la contienda, entre los años cuarenta y cincuenta, participó con frecuencia en peregrinaciones a Lourdes, como médico. Incluso testimonió la curación de una enfermera italiana que se curó de un cáncer de huesos.

En mi recuerdo ha quedado cómo íbamos todas sus hijas a despedirle a la estación y después a recibirle, deseando que nos contarasus vivencias de esos días.

Cuando fuimos mayores participamos nosotras también como enfermeras voluntarias de las peregrinaciones.

Me ha quedado un recuerdo muy vivo de una de las veces. Yo tendría alrededor de 19 años. Estábamos en la explanada con nuestros enfermos. En primera fila vi a una mujer que acompañaba a una persona -no supe calcular su edad- totalmente deforme. Le faltaban brazos y piernas, la cara no se podía definir...Sentí un estremecimiento. Era el momento de la bendición y salió el sacerdote con el Santísimo. Quien haya ido a Lourdes sabe que es un momento de máxima devoción y emoción: Cristo pasa verdaderamente entre los enfermos, situados en lugar preferente.

Cuando el sacerdote daba la bendición con la custodia, oí una voz y dirigí la mirada. Era la acompañante de aquella persona deforme que le decía piropos: "¡preciosa!.. ¡mi vida!...", tal vez para despertarle y hacerle tomar consciencia. De una forma vivísima sentí la realidad de lo que es el alma. Aquel cuerpo maltrecho, informe... era un ser vivo para Dios que le bendecía y para su madre que le amaba, transcendía la enfermedad y veía en él una interioridad viva, riquísima.

Cuando un recuerdo se graba en el alma con tanta fuerza pienso que Dios te da una gracia y a la vez te pide algo. Tal vez por eso los enfermos ocupan un lugar muy importante en mi vida.

En Lourdes aprendí muchas más cosas. Nosotras íbamos acompañando a los enfermos.Pero un grupo de señoras voluntarias se ocupaban de la limpieza y con la mayor naturalidad limpiaban los retretes de los enfermos contagiosos. La calidad de estas personas -heroicas- se me quedó muy grabada. Lo nuestro era mucho más sencillo.

También, por mi inexperiencia, me ocurrieron cosas divertidas. Una noche había un gran jaleo en la sala de los hombres. Por lo visto alguno roncaba y los demás se quejaban. Me tocó entrar a apaciguar los ánimos. Al salir uno me dijo:

-Señorita, traígame una guitarra.

Yo, un poco cansada, le contesté: Sí, y un violín.

Cuando lo conté a mis compañeras me explicaron: "Es que llaman así a la bacinilla". Me dije para mi misma: "Lalos ya has metido la pata, mejor que no te metas a enfermera". Comprendo que me gusta, pero mi forma de acercarme al dolor, a la enfermedad, no ha sido profesional, sino vital. Y también una necesidad que radica en mi interior desde mi infancia, desde que conocí a José y a muchos otros.

 

LA FOTO DEL ABRAZO

Está en un rincón muy especial de mi casa, donde tengo las fotos de los que quiero y se han ido. En una de ellas se ve a mi padre recibiendo un fuerte abrazo, con gran humanidad.

El que le abraza es San Josemaría Escrivá. Mi padre aprendió mucho de él. En la foto se nota que están viviendo un momento de mucha alegría por la expresión de los que les rodean. Lo normal es que entre santos uno se encuentre a gusto y haya buen humor.

Se conocieron por medio de mi tío Jose Mari que estudiaba en Madrid y allí tuvo ocasión de frecuentar un Centro de la Obra. No tengo muchos datos de todo lo que ocurrió, pero sé que mi tío pidió la admisión como Supernumerario. Mi padre estudiaba en Valladolid y como el Fundador de la Obra hacía viajes a esta ciudad castellana -donde yo vivo ahora- se conocieron y también mi padre fue Supernumerario del Opus Dei.

Así que el ejercicio de la medicina, que tanto les apasionaba, se convirtió para mi padre y para mi tío en forma de llegar a Dios y de acercarle muchas personas.

Yo vi siempre a mi padre trabajar duro. Incluso cuando le dio un infarto; tuvo un año sabático, libre de pacientes, consultas... pero pensó que de una forma más tranquila podía especializarse en Alergología y se matriculó en un curso de la Universidad de Navarra, donde tenía muy buenos amigos.

Precisamente, pasado algún tiempo,en un Congreso sobre esta especialidad en la Clínica universitaria de Navarra, le repitió el infarto, esta vez de forma fulminante. Era el 1 de junio de 1973. Murió allí, con todos sus amigos médicos que a pesar de su sabiduría no pudieron hacer nada. Entre ellos estaba el muy querido Don Eduardo Ortiz de Landázuri. Dios nos lleva cuando hemos terminado nuestra tarea en la tierra. La vida de mi padre estaba realizada: con su vida de trabajo y su escuela de humanidad nos dejaba la mejor herencia.

 

ENFERMEDAD EN PRIMERA PERSONA

 

Convivir con la enfermedad y apreciar a los enfermos no es lo mismo que padecerla en primera persona.

Yo no contaba con ella. Desde que me casé vivimos en Valladolid; tenemos buenos amigos, una vida bastante cuajada porque los años han ido pasando. Vivo feliz con mi marido y mis tres hijos, sorteando las dificultades y problemas normales en la vida. Y quiero añadir un importante motivo de felicidad. yo también soy Supernumeraria del Opus Dei.

La enfermedad llegó de pronto, de un día para otro, en enero de 2004. Me dijeron que aquello que yo había notado, era cáncer y así empecé la rueda de consultas, tratamientos, operaciones.Lo que había vivido en vida ajena se convertía en protagonista de la mía.

El cáncer se ha popularizado, así que no hace falta decir más. Yo era una de tantas y tantos que viven una experiencia que marca la vida propia y la del entorno más próximo.

Hablando con una amiga, me decía que en esta vida cuando estás bien, te toca bailar y bailas; vas de excursión y te pones el chándar. Estásen ello. Hacemos una cosa y nos centramos, separamos el resto. Y cuando llega la enfermedad, te sumerges en ella y, sin duda,pesa.

Es cierto, te metes en la rueda y parece que en tu vida nos hay otro tema. Yo me planteé: No quiero vivir la enfermedad como algo triste. Y le pedí a Dios que me diera el don de la alegría, que no perdiera el optimismo, que me caracteriza. Que no me faltara el comentario socarrón y la risa en los ojos.

Me acordé de la enferma de Lourdes y pensé:Yo también llevo un tesoro dentro. Lo que importa es el alma. Y le dije a Dios que yo le entregaba mi cuerpo "para lo que Tú quieras". Inmediatamente me sentí útil para la Iglesia, para el mundo, para mi familia. El alma da sentido a todo, desde lo más profundo puedo darme a Dios y a los demás.

Tal vez por esto quiso Dios que yo tuviera aquella vivencia tan fuerte en Lourdes. En la vida los acontecimientos van cobrando sentido en su momento.

La gente me pregunta de donde saco la fuerza y es el momento de hablar, de explicar, aunque no todo el mundo entiende. La enfermedad me ha dado motivo de comunicarme con las personas y, además, he descubierto que me escuchan, algo que es muy difícil de conseguir.A veces comento que cuando esté sana -yo creo firmemente en mi curación- voy a sentir el síndrome de Estocolmo porque me he acostumbrado a sacar partido a mi enfermedad. Esto no es más que unabroma, uno de los comentarios socarrones que me salen solos.

 

 

INTENDENCIA FAMILIAR

Teniendo en cuenta que sólo cuento con mis queridísimos hombres, éste fue mi primer problema. Y aquí es cuando surgió lo mejor. El empeño común por sacar la casa adelante. Estaba claro que yo no podía.

Joaquín, mi marido, empezó a preparar las cenas. Yo pensaba que si no moría con el tratamiento, podía morir con aquellos macarrones, o aquellos purés... Por fin encontré a Iluminada, una mujer dominicana, que haciendo honor a su nombre, vino como una verdadera luz a cuidar del bienestar familiar. Sobre todo del mío porque, aunque no me devolviera la salud, me aportaba la paz de ver todo en su sitio, a su momento.

Joaquín se ha hecho un maestro en desayunos. Cada día, antes de irse al trabajo, a las 6,45 de la mañana, me trae la bandeja con todo detalle. Le digo que no necesito tostadas, pero él insiste: "Sí, sí te las hago con pan natural que entran mejor". Cuando llega por las tardes del trabajo, le oigo faenar por la cocina preparando de víspera el desayuno de los chicos que entran pronto en el colegio. Hay que darle un diez en desayunos. ¿Quién dice que los maridos no colaboran? lo que necesitan es encontrar su oportunidad, o su necesidad.

Los chicos también hacen todo lo que pueden. A su medida, pero yo veo que todos aportan y que mi familia no se ha cerrado y nadie se siente infeliz. Para ellos mi enfermedad ha sido escuela de vida. Me doy cuenta de quecultivan también el comentario gracioso y ponen la chispa. Me emociona mi hijo Rodrigo cuando entra en mi cuarto con los brazos abiertos: "¿Cómo estás princesa!"... Me lo llego a creer, aunque ya la quimio ha hecho sus conocidos efectos, que no se pueden evitar, pero sí paliar: con la sonrisa, el sentido del humor, que merece la pena mantener.

Me gustó una reacción de Manuel, el más pequeño. En una conversación familiar surgió un comentario que tiene su vertiente verdadera:

-Os tenéis que hacer la idea de que el mundo de ahora es así, los enfermos no tienen cabida...

Manuel saltó con la rapidez de sus catorce años.

-¡Qué tontería!. Si tuviera un amigo enfermo iría todos los días a verle y no le dejaría solo.

El mayor, Joaquín, se había marchado a USA antes de presentarse mi enfermedad. Nos planteamos qué hacíamos y decidimos no decirle nada. El chico había ido a abrirse camino en un momento muy crucial y no era momento de detenerle. Prescindir de mi hijo mayor en esos momentos fue lo que más me costó. Sin embargo Joaquín no pasó por alto lo que ocurría en casa y, al recibir una fotografía nuestra que le mandó uno de sus tíos, llamó para preguntar qué me pasaba. Creíamos que no se notaba nada, pero las distancias aguzan la sensibilidad también de los muy jóvenes.

No es verdad que los chicos pasen pasen de todo.

 

DOBLE ADMIRACIÓN

Ahora, que ya han pasado unos cuántos meses, me doy cuenta de un sentimiento, en cierto sentido nuevo, que ha surgido en mi familia: la admiración. Yo admiro a Joaquín, mi marido,porque se ha adaptado a mi situación y pone todo de su parte. Joaquín me admira a mí -esto es más difícil de explicar- porque ve que yo le admiro. Piensa, por lo visto, que yo con lo mío ya tengo bastante.

La admiración despierta un amor nuevo. Hace ver algo que antes no se veía, porque estaba latente y no tenía oportunidad de manifestarse. Tiene algo de sorpresa agradable. "¡Mira de lo que es capaz!, te dices por dentro y por fuera lo manifiestas con un semblante más alegre o con detalles que antes no tenías.

Es una de las aportaciones positivas que ha tenido la enfermedad en mi vida. No es que sea necesaria para despertar estos sentimientos, pero la rutina diaria, la vida sin relieves -cuestas escarpadas a veces- lleva a una existencia chata. Necesitamos que algo nos sacuda y despierte para descubrir muchas maravillas que nos rodean.

Ahora que tantas familias se rompen y las relaciones humanas se hacen difíciles, pienso en la buena experiencia de despertar la admiración por aquel detalle positivo que veo en el otro. Se trata de descubrirlo y de darle la oportunidad de realizarlo. Hay que amar y dejarse amar, ayudar y dejarse ayudar. La vida, y sobre todo la enfermedad,es conjugar verbos en activa y pasiva.

 

QUITARSE LA ROPA

No voy a hablar de la rutina medica: "quítese la ropa y póngase esta bata". Así una vez, otra y cientos.

Con la enfermedad te quitas otra ropa que no es material. Algo vital te falla y empiezas a desprenderte de planes, proyectos. Ya no sales a cenar con aquellos amigos. Se te hace grande salir a la calle. Te cuesta leer, te molesta la televisión y la radio.

Es un proceso de desprendimiento. Vas dando lo tuyo hasta que te das tú misma y te quedas sin nada.

Lo pones en manos de Dios. Todo en sus manos y tú te desprendes. Una vez que das el cuerpo, con su limitación, el alma queda libre. Cuando vienen estos pensamientos, recuerdo mi experiencia en Lourdes y noto cómo se unen los acontecimientos de la vida. Aquella madre amaba tanto a un ser deforme, en el que no se veía nada. Dios en el silencio de la explanada, Dios estaba allí. Como ahora está en mi vida, tantas veces solitaria y silenciosa.

Como el dolor antes o después nos llega a todos, es importante aprender y enseñar a desprenderse, desde pequeños. Hoy la gente joven está acostumbrada a tener, suman, multiplican pero ¿dividen, por lo menos entre dos, lo que tienen?

Va muy bien acercarles a la escuela del dolor ajeno: visitas a familias sin recursos -¡los inmigrantes!- hospitales infantiles, residencias de ancianos. Surge la sintonía humana. Aquel dolor se hace un poco mío. Y cuando me toca sufrir comparto con otros mi propio dolor. Yo sigo agradeciendo la escuela del dolor que en mi infancia viví.

 

CONTAGIAR RISA

Se habla tanto de problemas de salud, que hasta se receta la risa como una terapia, "risoterapia". Como es un fenómeno contagioso, me imagino las risotadas que se oirán en los lugares donde los supuestos o verdaderos enfermos se reunen para reír juntos. Es verdad que se mueven los músculos, se estira la cara ydesaparacen unas arrugas para formarse otras menos agresivas. No tengo nada en contra de la risoterapia, sobre todo si hay experiencia de que cura.

Pero no la he necesitado, ni tampoco la necesito ahora. Para mí la risa es algo natural, que sale espontánea en momentos acertados. También la podemos provocar para disolver algún conflicto. La vertiente cómica de algunas situaciones evita tragedias.

Me ha ocurrido hace poco. Una de las reacciones secundarias de la medicación me ha hecho engordar de forma llamativa. No es nada cómodo y por supuesto que estoy poniendo todos los medios para recuperar mi ser, pero mientras tanto me ocurre de todo. Por ejemplo en una cafetería me incrusté en la silla yera imposible ponerme de pie. La situación era de reír o llorar, así que opté por reírme y conseguí contagiar a unas cuantas personas. Pero si yo no empiezo, nadie se atreve y entonces sí que hago el ridículo.

Hay muchos tipos de risa: espontánea, simulada, nerviosa, limpia, sarcástica, cristalina, ¡de conejo!.. Hay tantas risas como personas; cada uno tiene su propio modo de reír. Los animales no ríen, aunque los franceses hayan inventado "La vache qui rit", así que ya que la risa nos caracteriza como seres humanosdebereflejar humor inteligente, buen corazón, educación. Es un condimento que arregla los platos y hace la vida sabrosa. Es bueno reír en familia. Reír juntos une enormemente porque indica simpatía común, identidad en la forma de entender la vida. Los ratos de risa se recuerdan siempre y cuando pasa el tiempo con nostalgia.

Me ha impresionado mucho más que alguien de la talla intelectual del Cardenal Ratzinger -nuestro actual Benedicto XVI- se haya fijado en este ingenio de la risa. Merece la pena detenerse en lo que dice:

"En otro tiempo, fue propio de la liturgia barroca el risus paschalis, la risa pascual. El sermón pascual debía contener una historia que provocara la risa, para que la iglesia resonara con alegres carcajadas. Ésta podía ser una forma algo superficial y exterior de alegría cristiana. Pero ¿acaso no es realmente algo muy hermoso y apropiado que la risa se convirtiera en símbolo litúrgico? Y ¿no nos agrada que en las iglesias barrocas, desde el juego de los angelotes y de los ornamentos, nos siga llegando el eco de la risa con que se proclamó la libertad de los redimidos? Y ¿no es signo de una fe pascual que Haydn dijera de sus composiciones eclesiásticas que, con el pensamiento de Dios, había sentido tal alegría que `yo (prosigue), como quisiera expresar palabras de súplica, no podía reprimir mi alegría, sino que exteriorizaba mi ánimo gozoso y encabezaba los Miserere, etc., con Allegro´.

 

Y TAMBIÉN LLORAR...

Ya he dicho que en ocasiones soy llorona. Los adolescentes de mi época nos entreteníamos oyendo cantar a Nat King Cole aquello de "Tus lágrimas son perlas que caen al mar..."

Luego te das cuenta que el llorar no es siempre poético, ni lo haces al borde del mar... No, muchas veces lloras sola, con mucho cuidado de que tus lágrimas no transciendan y hagan sufrir a otros. Pero es muy difícil ocultar que se ha llorado: nos traiciona sobre todo el brillo de los ojos, aunque echemos mano de un colirio.

Así que no hay que atormentarse por ocultar las lágrimas, incluso podemos aliviar a los que no se atreven a hacerlo. Las personas que lloramos con facilidad tenemos una válvula de escape formidable porque es un gran desahogo.

Hay personas tan incapaces de llorar, que sufren mucho. Tuve una amiga que sufría una falta total de lágrimas. La vida le trajo grandes penas y ella parecía dura y fuerte. Ni una lágrima, aunque el sufrimiento le abrumaba.

Me contó algo que a ella le había impresionado y a mí también. Hizo un viaje por Asturias y dentro del itinerario había una visita a Covadonga. En la Cueva de la Virgen se puso a rezar de forma confiada y, no sabe cómo, la Santina -pequeñina y galana-le hizo el regalo de las lágrimas. La verdad que es un recinto de gran belleza natural, pero abrupto y rocoso, poco sentimental. Allí ella lloró las lágrimas de su vida y salió más confortada que nunca.

Las lágrimas necesarias no son debilidad humana, sino un surtidor necesario para el alma. Merecen repeto yni hombres ni mujeres debemos reprimirlas siempre. Distinto es que yo sea llorona y recuerde las canciones de Nat King Cole de mi adolescencia.

Cuando llega una enfermedad de verdad aprendes a medir las lágrimas. Necesitas entrenamiento, pero es importante mantener la buena cara. Hace un buen papel lo que yo llamo pintura de guerra. Un poco de maquillaje, elcolorete, la barra de labios ¡Y aquí no ha pasado nada!

 

LA CARTA

Desde las primeras líneas he hablado de la carta. Creo que es momento de desvelar su contenido. No es ninguna pieza literaria porque no me dedico a escribir y me costó hilvanarla; en ella he condensado algunas de las ideas que van saliendo en mi relato.

Esta es la versión que envié a la prensa y que se fue publicando en distintos periódicos:

 

CARTA A JOAQUÍN

 

 

Querido Joaquín: 

Muchas gracias por todos los desvelos, ayudas y cariño que has puesto durante mi enfermedad. ¿Te acuerdas cómo ayer oímos en la radio, hablar sobre la eutanasia, ésta que está tan de moda?

Pues, te quiero decir qué agradecida estoy de que de no me hayáis quitado del medio tú y mis íntimas amigas, que me han visto sufrir.

La verdad, me podías haber dado "cianuro" para que no sufriera, pero qué agradecida estoy de que no lo hayáis hecho.

¿Sabes Joaquín? Me gusta lo vida. Tú, bien sabes, que teniendo esta fe que nos han transmitido nuestros padres, y Dios nos ha concedido, la verdad que lo hemos llevado bastante bien.

¡Qué diferente hubiera sido sufrir sólo por sufrir!, en cambio, hemos podido ofrecer el dolor, la enfermedad y tú, toda la atención, en silencio, por tantas cosas y personas.

Sí, Joaquín, se puede sufrir y mucho, pero con alegría, sin que se note mucho. Te das la pintura de guerra por la mañana y hasta te ven buena cara. Qué agradecimiento tan grande tengo, a todos los médicos, enfermeras y sanitarios, que en silencio, han disimulado verme sufrir, incluida Iluminada que todos los días me ha cuidado con todo cariño.

Pues sí Joaquín, el dolor, el sufrimiento, hace crecer en virtudes y en AMOR. Por eso quiero animar a todos los que están como yo. Que-como decimos en mi tierra-“Tarde no es, prisa no tengo, viento no hace, pues hala..."

 

Una noche mi marido y yo escuchando la radio habíamos oído hablar de la eutanasia. Yo pensé "una vez que se aprueba la ley, ya no sabes qué puede pasar... ¿la próxima seré yo?". Es lo que piensan muchas personas mayores, por todo lo que se lee, se oye y se ve a través de los variados medios de comunicación que no nos ahorran noticias trepidantes. Es cuando se me ocurrió agradecer a los que me habían visto sufrir y, sobre todo, me habían animado, me habían cuidado, en vez de decir "esta pobre, ya está bien de sufrimiento..."Necesitaba decirlo... y escribí la carta con mi tono y mi forma.

Como he dicho mucha gente me llamó por teléfono y hablando con algunas personas he detectado un miedo grande al sufrimiento. Me llamó la atención la llamada de una señora,un domingo a las 10 de la mañana. Había leído la carta por la noche, antes de acostarse,me dijo que no había podido dormir:

-Toda la noche he estado pensando en el sufrimiento. Esto que tú dices es para algunas personas...

-No, también es para ti -le expliqué-, es para todos los públicos. Siento que no hayas dormido porque mi idea es precisamente lo contrario: animar a los que sufren y animar también a los que estan alrededor.

Me llamó también un amigo descreido y me dijo que había llorado. Es gente que me conoce y saben que soy una persona vital. Pero precisamente por eso escribí.

En rehabilitación me encontré con una monja. Mientras hacíamos los ejercicios, en chándar, cruzamos unas palabras; me dijo que me veía contenta y alegre. Yo, sin más palabras le dije:

-Mire, meta la mano en mi bolso y saque un papel de periódico.

Leyó la carta y quiso llevársela. Al día siguiente me comentó:

-Quiero decirte que la madre superiora la leyó delante de toda la comunidad.

Por lo visto también a las monjas les había hecho reflexionar.

 

Es más fácill que la que se admire sea la propia madre. Mi madre me dijo quehabía guardado la carta y por la noche hace oración sobre el sufrimiento. La gente mayor piensa que se les acerca la hora... Y por mucha fe que tengan, sienten miedo. Ella dice: "yo también procuro ofrecerlo".

Hubo quién se asombró porque dirigí la carta a mi marido. Los propios amigos de Joaquín lo comentaban. Por lo visto lo normal es que las mujeres se conviertan en víctimas indefensas de la insensibilidad de los hombres. Por supuesto que, en muchos casos, es una realidad. Por eso es importante demostrar lo contrario, que también, en muchos casos,es una gozosa realidad.

Sufrir con una perspectiva sólo humana es muy gordo, muy denso, se puede decir que insoportable. Por eso en la carta agredezco el don de la fe, que a Joaquín y a mí nos ha venido de Dios, a través de nuestros padres. Los cristianos veneramos el crucifijo, la Cruz. Con la enfermedad te entrenas en venerarla todavía más, comprendiendo el sentido que tiene.

Pero a la Cruz no se sube de golpe, se sube poco a poco. En el día a día vas teniendo experiencias: dolor físico, dolor psicológico, dolor familiar... Y junto a ello el gozo de poder amar precisamente por medio del dolor. Es lo que quise expresar en la carta: lo ofreces por otras personas; das amor y recibes amor. Así, a pesar de las horas de soledad, no te conviertes en un ser aislado y solitario.

EL TELÉFONO

Me ha servido de medio de enganche. El teléfono es formidable para ahuyentar la soledad. No es cuestión de estar colgada, ni en convertirlo en una necesidad, pero yo procuro tenerlo cerca.

Para la gente es agradable que conteste pronto. Sobre todo las personas que están deseando oír mi voz. Por la voz se detectan muchos sentimientos. Mi madre, mis hermanas, que viven en otras ciudades, me llaman con frecuencia. Y también personas muy amigas.

Hay otras que se retraen porque piensan que pueden molestar. Yo diría que, en la duda, es mejor la llamada. Lo digo por la experiencia de horas y horas sin hablar con nadie.

Cuando estás enferma, la vida se detiene para ti. Los demás siguen el ritmo vertiginoso, los horarios de trabajo, colegios, compras, reuniones, cenas... Y el tiempo se convierte en un bien escaso. Sin embargo, también se da el fenómeno inverso. He podido advertir la necesidad que tiene la gente de hablar: personas que me llaman porque saben que estoy aquí, apartada dela vida habitual, con mucho tiempo disponible.Me llaman y hablan y hablan.

Con esta experiencia del teléfono he aprendido una nueva forma de compañía. Cerca de mi casa hay una residencia de la tercera edad donde tengo una amiga nonagenaria, que pasa horas y horas de soledad. Se le hace muy cuesta arriba. Antes yo podía ir a verla con frecuencia y le llevaba rosas de mi jardín; algunos residentes me llamaban la "animadora oficial".

Pero ahora, como he perdido movilidad, no me atrevo a ir. Se me ocurrió suplir llamándole por teléfono a las doce del mediodía,hora del Angelus, para rezarlo con ella. A la vez intercambiamos un rato de conversación, algunosdías me dice: "Hoy estoy muy apagada". Yo procuro darle motivos para seguir adelante pidiéndole que rece por personas que lo necesitan todavía más que ella. Cuando nos despedimos comenta. "Me has dado motivos y me has cargado las pilas". Noto cómo se anima con un detalle que cuesta muy poco.

No quiero ponerme dramática porque no me va en absoluto, pero es una realidad la soledad de un enfermo. Para los demás la vida corre y nadie puede perder su tren. Y tú misma no quieres detener a nadie. Y así pasas horas y horas. Tiempo para pensar, para rezar, para pedir. Este ritmo interior da sentido a la vida.

REHABILITACIÓN

La rehabilitación es una práctica sanitaria que está muy al día y es muy eficaz. Sin embargo me ha resultado costosa porque supone salir de casa y enfrentarte de nuevo con el ambiente hospitalario. Allí, esperando tu turno, encuentras de nuevo el dolor. No el tuyo que lo llevas contigo y ya lo tienes asumido: el dolor ajeno en sus distintas facetas, el dolor de cada uno: el de una persona que ha sufrido un accidente, el de la madre que acompaña a un niño. Procuro estar atenta a cada historia que es muy diferente y hablo con ellos en la medida que puedo.

En el Hospital Clínico de Valladolid la capilla está en la sexta planta. Es una pequeña aventura subir porque los ascensores, sobre todo por la mañana, van a tope y por sobrecarga a veces se quedan entre piso y piso.

Es curioso porque, aunque a todos nos da miedo, nadie quiere bajar porque es difícil conseguir entrar. Yo subo siempre que voy a rehabilitación porque a las 12 se celebra la santa Misa y el horario me encaja de forma perfecta. Allí puedo unirme al sacrificio de Jesucristo en la Cruz. Esta idea que tiene una fuerza muy grande viene recogida en el Catecismo de la Iglesia católica:

"En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo es también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda y adquieren así un valor nuevo. El sacrificio de Cristo presente sobre el altar da a todas las generaciones de cristianos la posiblidad de unirse a su ofrenda."

 

Es una verdad muy grande, que todos los que somos católicos debemos saber. Benedicto XVI en su reciente viaje a Colonia ha animado a los jóvenes a leer el compendio del catecismo, yo me doy cuenta que el conocer las grandes posibilidades que nos da la fe es una gran ayuda para afrontar lo difícil y costoso; en mi caso, la enfermedad.

Cuando termina la Misa, ya es la hora de rehabilitación. Como mi marido y mis hijos están en pleno horario laboral, allá voy yo sola, aunque inmediatamente estoy acompañada por personal, pacientes y acompañantes.

Esta etapa me ha marcado mucho. He encontrado a personas totalmente a la deriva, sin comprender el motivo de sus sufrimientos.Gente que se levanta por la mañana sin Dios. Un día se me saltaron ls lágrimas. Tenía a mi lado a una señora desesperada porque su marido estaba paralítico y sin habla. Comentaba que en la vida, cuando no hay dinero, las desgracias superan y que para ella se estaban dando las siete plagas de Egipto.

Intervine en la conversación y le dije.

-Yo no sé si soy pobre o rica, pero llevo año y medio con cáncer. Y al que he tenido cerca, a mi lado,ha sido a Dios, no me ha abandonado en ningún momento. Ha sido mi apoyo. No se preocupe que yo rezaré por usted.

Continuamos hablando y le ofrecí ayuda para alguna gestión burocrática que agradeció mucho.

Los profesionales de la rehabilitación consiguen maravillas. Se les ve trabajar con entusiasmo. Hay un chico joven que imita el sonido de una tropeta y canta con voz alegre, escuchando te distraes y, aunque solo sea un momento, olvidas tu mal. Pero el trabajo requiere tiempo y esfuerzo. La voluntad del paciente es esencial y para ello hay que conservar una razón de esperanza. Por eso, en mis ratos de espera pensaba que también es importante rehabilitar las almas, despertar en ellas lo más valioso: el fondo espiritual que todos tenemos. Me volvía a cabeza la imagen de la enferma de Lourdes que sin tener apenas presencia corporal despertaba la ilusión y el cariño de su madre.

PARA TERMINAR: GRACIAS SANTO PADRE

A la luz de la vida y de la muerte de Juan Pablo II todos hemos aprendido mucho. Él también tuvo su escuela de dolor de niño y de joven. Invito a leer alguna de sus biografías para conocerle mejor.

Sin embargo el dolor nunca amargó su alma, al contrario forjó su humanidad, su amor, su comprensión. Por eso pudo escribir una Carta Apostólica sobre el sentido cristiano del dolor humano, fechada el 11 de febrero de 1984 -¡día de la Virgen de Lourdes!-, por eso afrontó la enfermedad y la muerte con grandeza de corazón. Y por eso conectó hasta el final con la gente joven comunicándoles, con buen humor, la alegría de servir a los demás.

Es la escuela que quiero para mis hijos y para toda la gente joven.

Precisamente en un libro -o película- que a ellos les gusta -"El señor de los anillos- hay unas líneas que he entresacado. Merry, uno de los hobbits está herido, Aragorn explica:

-Pero son males fáciles de reparar, tan fuerte y alegre es el espíritu de tu amigo. El dolor no lo olvidará, pero no le oscurecerá el corazón, y le dará sabiduría".


 

 

 

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