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Mi amigo de (casi) cien años

José López Lengo.

Entrevista de J. M. Cejas


José López Lengo


"Yo soy uno de aquellos -comenta José López Lengo- que fueron llamados a la viña en la hora undécima, y al final de la jornada percibieron igual salario que los contratados en la hora nona… y al rayar el día.

El Dueño, que pagó lo estipulado a los que habían vendimiado agotadoramente bajo el bochorno canicular, les reprochó su avariciosa protesta en demanda de una retribución proporcional.

No estoy legitimado para opinar en el contencioso, puesto que soy parte interesada, aunque entiendo que tampoco debo silenciar mi gratitud al que me distinguió con su largueza, ni puedo dejar de recordar afectivamente al que me benefició con su inmensa misericordia; de lo contrario me tendría por un renegado sin esperanza, y así no quiero reconocerme ahora que, tras procelosa travesía, oteo la otra orilla a escasas singladuras.

He tenido en la vida el afecto y el servicio de los que me llevaron a la Piscina de Siloé una y otra vez, sin que yo diera valor al gesto, al sentido y alcance de la intención. Lo asumía como normal y merecido hasta que una singular luminaria dio relieve a los términos. Veamos..."


Años cincuenta

-¿Cuándo conoció el Opus Dei?

-Corrían los años cincuenta. Yo estudiaba entonces tercero de Derecho en Granada, y vivía sumido en la aura mediocritas del ir aprobando y procurar amores, cuando se organizó una liga universitaria de fútbol. Yo jugaba con los de mi curso y un sábado concertamos un partido con algunos residentes y amigos del Colegio Mayor Albaycín, una residencia del Opus Dei que había impulsado san Josemaría en aquella capital del Sur varios años antes.

Como la escuadra deportiva de los residentes y amigos de la formación albaycinera era deficitaria en jugadores, mi equipo les hizo un préstamo: el alicantino Peña, un “tercerolo” y el que suscribe. El partido se mantuvo igualado hasta mediada la segunda parte, en que me tocó sacar un córner. Lo lancé bombeado, y Peña, dando un gran cabezazo ¡ordenada mente y duro cráneo!, logró que el balón alcanzara la red. Fue el gol de la victoria, 1-0.

Pero la alegría duró poco: al lunes siguiente, mis compañeros de curso, indignados por la eficacia deportiva de los tres desertores del equipo, nos impidieron entrar en clase de Administrativo; lo que a mí me supuso repetir en septiembre, por acumulación de faltas a clase

Recuerdo que los residentes del colegio Mayor nos invitaron a merendar en la Residencia y después, a hacer una Visita al Santísimo. Y poco más recuerdo, salvo la afabilidad de los residentes, el buen orden de las estancias, y la lectura de El valor divino de lo humano que me prestó uno de ellos.

Años después, veraneando en Torre Nueva, un pueblo de Granada, un amigo de mi hijo, ahora numerario, le dio a leer Camino. Pero fui yo quien lo leyó, no él. Aquellas páginas me hicieron reflexionar y, junto con la Imitación de Cristo, lo incluí entre mis lecturas habituales. Las consideraba buenas herramientas para mejorar en las lides netamente humanas, sin reparar en la proyección espiritual: el fragor de lo cotidiano me atenazaba.

 

A punto de jubilarme

-¿Y luego?

-Transcurrió el tiempo, y cuando vivía en Madrid y estaba ya a punto de jubilarme, orillando los sesenta años, un amigo mío, paisano de Motril, mi pueblo, supernumerario del Opus Dei, me requería frecuentemente para pasear al salir del despacho. Siempre, como de pasada, me proponía que hiciéramos una vista al Santísimo en alguna de las iglesias que encontrábamos al azar

Pienso ahora que había poco de azar en aquellos encuentros. Un día me invitó a ver una película sobre las enseñanzas cristianas de san Josemaría en un centro del Opus Dei. Y así fue pasando el tiempo: seguimos hablando de Dios y un día me propuso ser cooperador.

Acepté; me gustaba cooperar con tantas iniciativas nobles; pero presentía en el horizonte de mi alma la posibilidad de una entrega a Dios y aquello me asustaba: en aquellos momentos no estaba dispuesto a dar más. Por eso, a partir de entonces rehuía a aquel buen amigo: no atendía sus llamadas y eludía los encuentros.

Pero él no se desanimaba, y un día fue más allá y me propuso hacer un curso de retiro espiritual: naturalmente me negué en redondo.

Yo pensaba que con eso se había acabado la presente historia, pero mi amigo volvió a invitarme. Esta vez acepté, como excepción. Fuimos a Molinoviejo, una casa de retiros que hay cerca de Segovia. El sacerdote era don José Miralles. Aquellos días fueron decisivos y me removieron espiritualmente. Confesé, comulgué y desde entonces considero a mi pertinaz amigo un fiel aliado de mi Ángel de mi Guarda.

 

Mi amigo de casi cien años

-¿ Y ahora?

Actualmente visito todas las semanas a un amigo mío que cumplirá el 23 de marzo próximo, si Dios quiere, los cien años de edad.

Jugamos a las cartas y hablamos de lo divino y de lo humano, entre cinquillo y cinquillo. Rezo para que Dios le ilumine y yo sepa ser también un buen aliado de su Ángel de la Guarda -como lo fue mi amigo supernumerario conmigo- para acercarlo a Cristo, que siempre se hace con nosotros el encontradizo.

Y aquí estoy, al final del periplo, viendo venir los ochenta años, con el cuerpo ajado y menguante, pero con el fervor del enamorado, y la ilusión del joven, diciendo cada nuevo día: ¡aquí me tienes Señor!

 


 

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