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¿Quién fue Escrivá?

I Parte



 

He escrito varios libros sobre Escrivá, con diversos enfoques, que se suman a la amplia bibliografía sobre su figura.

En este perfil biográfico –que he elaborado expresamente para esta página web- intento mostrar de forma sintética los rasgos más significativos, a mi juicio, de su personalidad.

 

I. UN CHICO NORMAL. 1902-1915

Barbastro. 1902

Escrivá nació el 9 de enero de 1902 en Barbastro, una localidad aragonesa de 7.000 habitantes, cabeza de partido, sede episcopal y núcleo comercial relativamente importante, formada por pequeños propietarios, que gozaba de una prosperidad que contrastaba con la situación general del país, abrumado por la pérdida de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam.

Los padres de Escrivá—José Escrivá, dueño de un negocio de tejidos, y Dolores Albás— procedían de familias de la zona (el propio Barbastro, Fonz, Aínsa, Perarrúa, Peralta de la Sal). Entre los numerosos parientes —su padre tenía cinco hermanos y su madre trece— había un tío paterno sacerdote; dos tías maternas religiosas, y dos tíos maternos sacerdotes. Todo esto contribuyó a que recibiese una buena educación tanto en su casa como en el colegio de los Escolapios donde hizo el Bachillerato.

Adriana Corrales, amiga de la infancia, lo define “un chico normal en el pleno sentido de la palabra”.

Hizo la Primera Comunión el 23 de abril de 1912. Recuerdo aquellos blancos días de mi niñez —recordaba años después —: la catedral, tan fea al exterior y tan hermosa por dentro... como el corazón de aquella tierra, cristiano y leal, oculto tras la brusquedad del carácter baturro.

Tuvo una infancia feliz, pero marcada por el sufrimiento: en los años 1910, 1912 y 1913 murieron sucesivamente, por enfermedad, tres de sus cuatro hermanas. Esto puede sorprender hoy, porque, como recuerda el historiador alemán Berglar, “en nuestros países occidentales, casi no podemos imaginarnos lo que significa una elevada mortalidad infantil; pero entonces casi no había familia en la que la muerte no entrara en el cuarto de los niños; en ocasiones repetidas veces”.

 

La quiebra económica. 1914

A finales de 1914, pocos meses después del comienzo de la I Guerra Mundial, quebró el negocio de su padre, copropietario de la sociedad Juncosa y Escrivá. Aunque José Escrivá no era responsable de la quiebra, prefirió arruinarse antes que dañar económicamente a terceras personas. Esta decisión marcó la trayectoria vital de su hijo y constituyó una referencia constante a lo largo de su vida. Habría podido quedar en una posición brillante para aquellos tiempos —recordaba Josemaría Escrivá— si no hubiera sido un cristiano y un caballero.

Algunos parientes cercanos no entendieron su modo de proceder y se lo recriminaron duramente, tomándolo como excusa para no ayudarle. Al fin, tuvieron que cambiar de ciudad y comenzar desde cero. A comienzos de 1915, José Escrivá, con cuarenta y ocho años, encontró trabajo como dependiente en un comercio de tejidos de Logroño, La Gran Ciudad de Londres.

Soy muy barbastrino —le contaba Escrivá años después por carta al alcalde de Barbastro— y trato de ser buen hijo de mis padres.Déjame que te diga que mi padre y mi madre, aunque hubieron de salir de esa tierra, nos inculcaron, con la fe y la piedad, tanto cariño a las riberas del Vero y del Cinca.

Recuerdo, concretamente de mi padre, cosas que me enorgullecen y que no se han borrado de mi memoria, a pesar de que me fui de ahí a los trece años: anécdotas de caridad generosa y oculta, fe recia sin ostentaciones, abundante fortaleza a la hora de la prueba bien unido a mi madre y a sus hijos.

II. RESPUESTA A UNA LLAMADA. 1915-1920

Y fuimos adelante

En septiembre de 1915 la familia entera estaba instalada en Logroño, una ciudad de 25.000 habitantes que atravesaba un buen momento comercial gracias a las exportaciones al extranjero. Muchos países de Europa se encontraban en guerra y necesitaban productos agrícolas.

Poco a poco, los Escrivá fueron estabilizándose económicamente. Carmen estudió Magisterio y Josemaría hizo tres años de Bachillerato en el Instituto.

Y fuimos adelante. Mi padre, de un modo heroico, después de haber enfermado del clásico mal —ahora me doy cuenta— que según los médicos se produce cuando se pasa por grandes disgustos y preocupaciones. Le habían quedado dos hijos y mi madre; y se hizo fuerte, y no se perdonó humillación para sacarnos adelante decorosamente.

A pesar del ambiente belicista de aquellos años —el país, aunque oficialmente neutral, estaba dividido entre anglófilos y germanófilos— Josemaría se manifestó siempre enemigo de la violencia. Violencia nunca —diría con frecuencia años después— ¡no sirve ni para vencer ni para convencer! Rezaba especialmente en aquel tiempo por los católicos irlandeses; no porque estuviera en contra de Inglaterra —precisaba—, sino porque deseaba que gozaran de libertad religiosa.

Todos estos sucesos forjaron su carácter de adolescente, haciéndole madurar; y, como señala Vázquez de Prada, hicieron que los Escrivá se unieran estrechamente: la muerte de las hijas, la quiebra económica, la incomprensión familiar, fueron golpes duros cuyo sentido comprendió Josemaría años después: El Señor iba preparando las cosas me iba dando una gracia tras otra, pasando por alto mis defectos, mis errores de niño y mis errores de adolescente.

 

Huellas en la nieve

En las Navidades de 1917-1918, durante una nevada, un hecho aparentemente anodino cambió el horizonte de su vida. Josemaría tenía quince o dieciséis años; y al contemplar en la nieve las huellas de los pies descalzos de un carmelita, experimentó en su alma una inquietud divina y un fuerte deseo de entrega. Otros hacían tantos sacrificios por Dios y él —se preguntó— ¿no era capaz de ofrecerle nada?

Solicitó a un carmelita, el P. José Miguel de la Virgen del Carmen, una orientación espiritual. Tras conversar con él y meditarlo, decidió hacerse sacerdote. Mi Madre del Carmen —recordaba— me empujó al sacerdocio. Yo, Señora, hasta cumplidos los dieciséis años, me hubiera reído de quien me dijera que iba a vestir sotana.

Le parecía que era el mejor camino para estar enteramente disponible a aquella Voluntad de Dios que había intuido en su alma —un algo que estaba por encima de mí y en mí—, y cuyo alcance desconocía. ¿Y luego? Ya vendría lo que fuera...

 

Los barruntos

Lo que fuera. Aquellas Navidades fueron el comienzo de una etapa de preparación interior, que duraría hasta 1928: sugerencias veladas, intuiciones en el alma, mociones sobrenaturales y presentimientos que denominaba, con expresión aragonesa, barruntos.

Sus padres secundaron su aspiración al sacerdocio, aunque trastocase las expectativas familiares en aquella difícil coyuntura. En el curso siguiente, 1918/19, Josemaría comenzó los estudios eclesiásticos en el Viejo Seminario de Logroño, como alumno externo, al igual que los alumnos que tenían familia en la ciudad.

Sufrió el desprecio que su elección provocaba en algunos. Yo recuerdo con qué cara de lástima —y como mirándome por encima del hombro— se fijaban en mí los compañeros de Instituto, cuando, al terminar el bachillerato, comencé la carrera eclesiástica.

Durante este periodo se perfilaron los rasgos de su personalidad: era un joven de temperamento fuerte, apasionado, impetuoso a veces; de carácter decidido, resuelto y enérgico, que sufría —y a veces se rebelaba interiormente— ante la incomprensión que padecía su familia.

En lo espiritual, su trato con Dios fue adquiriendo intimidad y hondura. “Desde joven —afirma Ambrogio Eszer, relator general de la Congregación para las Causas de los Santos— el Señor le condujo a través de experiencias místicas que le llevaron aalcanzar las cumbres de la unión transformante: locuciones interiores, purificaciones y consolaciones que le hacían “sentir” en toda su humildad, la acción impetuosa de la gracia, y que, como todos los verdaderos místicos, acompañaba con un rigurosísimo esfuerzo ascético”.

 

III. SEMINARIO Y PRIMEROS AÑOS DE SACERDOCIO. 1920-1927

En el Seminario de Zaragoza. 1920

En 1920, a los dieciocho años, se trasladó al Seminario Pontificio de San Francisco de Zaragoza, para completar la carrera eclesiástica en la Universidad Pontificia de San Valero y San Braulio. La ciudad rondaba los 150.000 habitantes y atravesaba un periodo turbulento de su historia, con numerosos asesinatos, insurrecciones anarquistas y brotes de pistolerismo.

Allí se planteó el tipo de sacerdote que deseaba ser. No quería ser sacerdote para ser sacerdote, el cura que dicen en España. Y tenía veneración al sacerdote, pero no querría para mí un sacerdocio así. Esta incertidumbre le llevó a un proceso de crisis y maduración interior, en el que le ayudaron especialmente Gregorio Fernández, Vicerrector del Seminario de Logroño, y luego, José López Sierra, Rector del Seminario de San Francisco de Paula, de Zaragoza.

En 1922, cuando tenía veinte años, el Cardenal Soldevila, Arzobispo de Zaragoza, le nombró Inspector del Seminario de San Francisco de Paula. En este encargo puso de manifiesto, junto con sus dotes de gobierno, una gran flexibilidad: no era amigo de normas rígidas, ni de asfixiar a los seminaristas con prohibiciones sin importancia.

Intuía mientras tanto que el Señor quería algo: pasaron muchos años sin saber qué era.Y suplicaba a la Virgen: ¡Señora, que vea! ¡Señora, que sea!

En 1923, al terminar cuarto curso de Teología, con permiso de sus superiores y cumpliendo un antiguo deseo de su padre, comenzó a estudiar Derecho en la Universidad de Zaragoza. Esta formación intelectual en una Facultad civil constituye una clave importante de su personalidad: fue siempre un universitario de profunda mentalidad jurídica.

Tuvo como profesores a juristas prestigiosos como José Pou de Foxá, Juan Moneva o Miguel Sancho Izquierdo. Recuerda Luís Palos, un compañero: “Tenía una mentalidad muy abierta, un espíritu universal”. Otro amigo, Domingo Fumanal, lo retrata como “un cristiano de cuerpo entero: tanto en su vida interior como en su vida práctica; tanto en lo grande como en lo pequeño. Era un “romántico” de Cristo: un enamorado de Cristo; un hombre de fe total en el Evangelio”.

 

Ordenación sacerdotal. 1925

A media mañana del 27 de noviembre 1924, cuando faltaban pocos meses para su ordenación sacerdotal, falleció su padre, con 57 años, a causa de un derrame cerebral. Josemaría se convirtió inesperadamente en el cabeza de familia, en un momento económico muy delicado.

Guardó especial gratitud a las personas que le ayudaron en aquel trance, como Daniel Alfaro, un sacerdote que le prestó el dinero necesario para sufragar los gastos del entierro.

Pocos meses después, el 28 de marzo de 1925 se ordenó sacerdote en la capilla del Real Seminario de San Carlos, de Zaragoza. Tenía veintitrés años. Dos días más tarde, el 30 de marzo, celebró su primera Misa en la Capilla del Pilar.

Sólo asistieron a la ceremonia su madre, sus hermanos Carmen y Santiago, un pariente lejano y siete u ocho amigos. Las ausencias pusieron de manifiesto las contradicciones familiares.

 

En Perdiguera y Zaragoza. 1925-1927

Nada más ordenarse sacerdote estuvo durante poco más de mes y medio —desde el 31 de marzo al 18 de mayo de 1925—, en la parroquia de Perdiguera, un pueblo de 870 habitantes, a veinte kilómetros de Zaragoza.

Recordaba un vecino del pueblo, Teodoro Murillo: “De los sacerdotes que han pasado por el pueblo es don Josemaría quien ha dejado en mí, y no sabría decir exactamente por qué, un recuerdo imborrable. Era muy alegre, con un humor excelente, muy educado, sencillo y cariñoso”.

Al regresar a Zaragoza se ocupó de una capellanía en la iglesia de San Pedro Nolasco, regida por los Jesuitas. Mientras tanto, continuaba sus estudios de Derecho, daba clases particulares para sostener a su familia, y era profesor de una academia privada, el Instituto Amado.

 

IV. PRIMER AÑO EN MADRID. 1927

Capellán del Patronato de Enfermos.

En enero de 1927 terminó Derecho y en abril se trasladó a Madrid para realizar la tesis doctoral. Corrían los últimos años de la dictadura del general Miguel Primo de Rivera y se planteaba con toda su crudeza, al igual que en muchos países de Europa, la cuestión social.

Durante los años siguientes, hasta 1931, desarrolló su ministerio en la capital-una ciudad de 800.000 habitantes-como capellán del Patronato de Enfermos, creada por Luz Casanova, Fundadora de las Damas Apostólicas. Atendió a centenares de enfermos en sus casas y en los hospitales; a ancianos desvalidos; a marginados; a niños de la calle; a personas sin techo y sin hogar. En el Patronato de Enfermos —escribió— quiso el Señor que yo encontrara mi corazón de sacerdote.

Consumió esos años de su juventud en la atención de las personas más pobres y necesitadas de las barriadas extremas, en ambientes de gran miseria material y espiritual. Recuerda una Dama Apostólica, Asunción Muñoz: “Había, muchas veces, que legalizar su situación, casarlos, solucionar problemas sociales y morales urgentes. Ayudarles en muchos aspectos. Don Josemaría se ocupaba de todo, a cualquier hora, con constancia, con dedicación, sin la menor prisa, como quien está cumpliendo su vocación”.

 

Una imagen grabada en el alma

Atendía a enfermos de otros hospitales, como el General, el de la Princesa o el del Rey. Muchos de ellos eran tuberculosos y se exponía al contagio. Evocaba un médico del Hospital de la Princesa: “en todas las salas que entraba eran enfermos contagiosos, y más de una vez se le avisó del peligro que corría en el trato con los enfermos, y siempre contestaba, con simpatía y sonriente, que él estaba inmunizado a todas las enfermedades”.

“Guardo esa imagen grabada en el alma —me contaba José Ramón Herrero—: el Padre, arrodillado junto a un enfermo tendido en un pobre jergón sobre el suelo, animándole, diciéndole palabras de esperanza y aliento… Esa imagen no se me borra de la memoria: el Padre, junto a la cabecera de aquellos moribundos, consolándoles y hablándoles de Dios… Una imagen que refleja y resume lo que fueron aquellos años de su vida”.

Además, para sostener a su familia —que se reunió pronto con él en Madrid—, daba clases de Derecho por las tardes en la Academia Cicuéndez, frente a la Universidad Central. Seguir leyendo

 

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