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¿Quién fue Escrivá?

II Parte



V. FUNDACION DEL OPUS DEI. 1928

2 de octubre de 1928

En la mañana del 2 de octubre de 1928 Escrivá supo al fin que era aquello por lo que rezaba desde hacía años. Mientras realizaba unos ejercicios Espirituales en la Casa Central de los PP. Paúles de Madrid, en el barrio de Chamberí, vio —en palabras suyas— el Opus Dei, camino de santificación para los hombres y mujeres del mundo en medio de las realidades temporales y fermento de vida cristiana en todos los ambientes.

Ese día tuvo la idea clara general de su misión: la iluminación sobre toda la Obra.Madrid ha sido mi Damasco —escribía— porque aquí se han caído las escamas de los ojos de mi alma (...) y aquí he recibido mi misión.

Nunca había sospechado que Dios quisiera que fundara algo. Aquello fue una irrupción insospechada de la Gracia en su vida y la consecuencia de una serie de dones, que llevarían a de hombres y mujeres a vivir el Evangelio con plenitud, siguiendo los pasos de los primeros cristianos.

Este carisma, que Escrivá vio en aquel 2 de octubre de 1928, fue perfilándose en su alma a partir de entonces con trazos cada vez más claros y definidos, gracias a las sucesivas y numerosas luces que Dios le fue dando.

Los comienzos

Esas sucesivas mociones interiores le ayudaron a profundizar en el espíritu del Opus Dei para transmitir la singularidad del carisma que había nacido en su alma.

  • El 14 de febrero de 1930, mientras celebraba la Eucaristía en casa de doña Leónides García San Miguel, comprendió que debía poner en marcha la labor del Opus Dei con mujeres.

  • El 16 de octubre de 1931, durante un viaje en tranvía por las calles de Madrid, experimentó “la profunda certeza, la alegría y la paz de ser en Cristo, como Cristo, hijo de Dios. Comprendió que la filiación divina debía ser fundamento del espíritu del Opus Dei. Sentí la acción del Señor, que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba! Pater!

  • El 14 de febrero 1943, cuando celebraba la Eucaristía en un centro de mujeres del Opus Dei decidió fundar la Sociedad sacerdotal de la Santa Cruz, con lo que se realizaba algo que había visto con nitidez en su alma: que el Opus Dei es un fenómeno ascético y apostólico con unidad de espíritu y de régimen, una realidad eclesial, esencial y orgánicamente constituida por laicos y sacerdotes, trabajando en mutua cooperación. Tras las experiencias pastorales de los comienzos, comprendió que los sacerdotes del Opus Dei debían proceder de los mismos laicos de la Obra.

 

Algunos rasgos del espíritu del Opus Dei

  • Escrivá recordaba a los fieles laicos su vocación bautismal, su llamada a la santidad y su misión en el mundo y en la Iglesia, junto con la necesidad de vivir verdaderamente como hijos de Dios en Cristo; como otros Cristos.

  • Animaba a seguir a Cristo con docilidad plena a las inspiraciones del Espíritu, cultivando el arte de la oración, con una vida de sacrificio, enraizada en la Eucaristía —la Misa y la Hostia Santa—, raíz y centro de la vida interior.

  • Recomendaba la plegaria personal, el encuentro cotidiano con Jesús en la mesa del Pan eucarístico, la confesión frecuente, el rezo del Rosario, etc. En ese plan de vida cristiana, adaptable a las circunstancias más variadas, la devoción a la Virgen ocupa un lugar importante.

  • Mostraba la grandeza de la vida ordinaria, recordando el valor santificador de las realidades cotidianas; y enseñaba a buscar la santidad en el cumplimiento de los propios deberes, alentando a los cristianos a llevar una vida contemplativa en medio del mundo.

  • Consideraba el trabajo como el lugar central de las realidades que hay que santificar. Entendía por “trabajo bien hecho” el que se realiza en servicio de los hombres, con afán de colaborar en la tarea creadora de Dios. El arma del Opus Dei –explicaba-no es el trabajo: es la oración. Por eso convertimos el trabajo en oración y tenemos alma contemplativa.

  • Animaba a vivir el Evangelio con espíritu de comunión y libertad. Soy amigo de la libertad —recordaba— porque es un don de Dios. Eseamor a la libertad está unido, en sus enseñanzas, a un fuerte sentido de la responsabilidad y de la autonomía del cristiano en la sociedad civil.

  • Fomentaba un apostolado de amistad y confidencia. Entendía la evangelización propia de los laicos como la participación en la obra de la Creación y de la Redención. Subrayaba que ese afán por dar a conocer a Cristo a los demás debe ir ligado al deseo de resolver las necesidades materiales del entorno en que se vive con responsabilidad personal.

  • Todos estos aspectos —la amistad con Dios, la santificación de las realidades temporales, el empeño evangelizador— se funden en sus enseñanzas en lo que denominaba unidad de vida. Hay una única vida —decía— hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser—en el alma y en el cuerpo— santa y llena de Dios.

Ése era el horizonte existencial que proponía a los cristianos, en virtud del bautismo que habían recibido: la santidad.

 

Opus Dei, Obra de Dios

Contaba con la aprobación y el aliento de la autoridad diocesana. Era Obispo de Madrid don Leopoldo Eijo y Garay, que demostraba afecto hacia el Opus Dei y su joven fundador. Escrivá era consciente de la magnitud de la empresa que Dios le pedía. Sabía que, como receptor y portador del carisma fundacional, sólo era un instrumento en las manos de Dios. Tenía yo veintiséis años, la gracia de Dios y buen humor: nada más. Y tenía que hacer el Opus Dei.

Glosaría con frecuencia esta idea: el Opus Dei no era un empeño humano ni la respuesta de un sacerdote a los problemas eclesiales de una época determinada. Él —Josemaría Escrivá— estaba ligado a una época, a unas circunstancias, a un lugar, a unos condicionantes históricos. El Opus Dei no; es un querer de Dios que trasciende los siglos. Diría muchas veces, maravillado y sorprendido ante la omnipotencia divina: ¡aquí se ve la mano de Dios!

El Opus Dei no era obra suya —recalcó en numerosas ocasiones; no era el resultado más o menos feliz del plan de acción. Todo era fruto de la Gracia, que quería contar, sin necesitarla, con la colaboración humana.

 

VI. EN EL PATRONATO DE SANTA ISABEL. 1931

Es menester que sea santo

Durante los años siguientes fue capellán —desde 1931 a 1934—, y Rector después —desde 1934 a 1946—, del Patronato de Santa Isabel. Gobernaba la Iglesia el Papa Pío XI.

Se conocen muchos datos personales de esta época gracias a los Apuntes íntimos que Escrivá iba redactando, en los que reflejaba su experiencia interior y su trato con Dios.

Estos Apuntes no son propiamente un diario, sino un recurso del que se servía para su examen personal y su oración, y contienen textos expresivos que reflejan sus períodos de hondo trato con el Señor, sus etapas de aridez, sus afanes, sus estados de ánimo, sus inquietudes, sus primeras tentativas apostólicas y sus puntos de vista sobre diversas cuestiones. Dan fe de las numerosas mociones que recibía de Dios, al que trataba por la vía del abandono: el camino de lainfancia espiritual, mientras sentía en su alma: es menester que sea santo y padre, maestro y guía de santos.

Y ponen de relieve la dureza de aquellos comienzos. Durante los primeros seis años de la Obra —escribía— me encontraba casi solo. Fueron años fuertes, duros.

Puso su confianza en Dios. Estoy segurísimo del poder sin límites de la oración. Se apoyaba en el dolor convertido en plegaria de los enfermos que atendía, a los que pedía que rezaran y ofrecieran sus sufrimientos por una intención: el Opus Dei.

Mientras tanto, tras el advenimiento de la II República el 14 de abril de 1931, el ambiente de Madrid se fue haciendo cada vez más hostil hacia la religión, especialmente en los barrios extremos en los que Escrivá desarrollaba su trabajo sacerdotal.

Una fecha significativa de este periodo fue el 11 de mayo, día en que tuvo lugar la quema de conventos, que se fueron sucediendo en otras ciudades como Sevilla, Málaga, Valencia, Murcia, etc.

Comenzó la persecución, afirmó Escrivá, con aliento profético.

 

Enero de 1933

El 21 de enero de 1933 dio la primera clase de formación del Opus Dei. Sólo asistieron tres estudiantes. Me vinieron sólo tres. ¡Qué descalabro!: ¿verdad? ¡Pues no! Me puse muy optimista, muy contento, y me fui al oratorio (...); expuse a Nuestro Señor en la Custodia y di la bendición a aquellos tres. Me pareció que el Señor Jesús, Nuestro Dios, bendecía a trescientos, trescientos mil, treinta millones, tres mil millones..., blancos, negros, amarillos, de todos los colores, de todas las combinaciones que el amor humano puede hacer.

Al día siguiente, 22 de enero, comenzó una catequesis en una barriada muy pobre de Madrid, Los Pinos. Eran los primeros pasos del trabajo apostólico del Opus Dei.

Vinieron los primeros miembros y comenzaron a perfilarse algunos rasgos de lo que sería el Opus Dei en el futuro: en esas actividades participaban personas de perfiles humanos y profesionales diversos: un pintor, un escultor, un dentista, estudiantes de Medicina, Derecho o Arquitectura, empleados de banca, dependientes, oficinistas, funcionarios, menestrales...

Muchos de los que le rodeaban no entendieron su mensaje, tan evangélico como renovador. ¿Todos santos? ¿Santos en medio del mundo? Algunos, aunque lo comprendían, tras un periodo de entusiasmo, no perseveraban. Y entre los que perseveraban hubo varios que murieron muy pronto, —a los pocos meses o al año tras conocer el Opus Dei- como José María Somoano, Luis Gordon o María Ignacia García Escobar.

Somoano era un sacerdote diocesano de treinta años nacido en Asturias, que se incorporó a los afanes de Escrivá en enero de 1932 y falleció santamente —posiblemente envenenado por odio a la fe— en julio de ese mismo año.

Luis Gordon era un joven ingeniero, que dirigía una maltería en Ciempozuelos. Hombre ejemplar y de vida santa, falleció a causa de una rápida enfermedad en noviembre de 1932.

María Ignacia García Escobar era una cordobesa, enferma de tuberculosis desde hacía muchos años, que estaba ingresada en el Hospital del Rey. Pidió la admisión en abril de 1932 y falleció, con fama de santidad, tras grandes sufrimientos, en septiembre de 1933, atendida espiritualmente por el fundador.

Entre los primeros miembros estaba Isidoro Zorzano, al que Escrivá conocía desde sus años en Logroño, que se incorporó al Opus Dei el 24 de agosto de 1930, cuando trabajaba como ingeniero en Málaga.

DYA: Dios y audacia

El Opus Dei era un querer de Dios: esa certeza espiritual llevaba a Escrivá a trabajar con la confianza de que el Señor haría realidad el Opus Dei a pesar de las debilidades humanas.

En noviembre de 1933 puso en marcha la Academia DYA para estudiantes universitarios. Las iniciales tenían dos lecturas: la evidente era Derecho y Arquitectura; para el fundador había otra, de significado más profundo: Dios y audacia.

En DYA, en la sede de la calle de Ferraz, el 7 de julio de 1935 pidió la admisión en el Opus Dei Álvaro del Portillo, un estudiante de ingeniería de veintiún años que colaboraría estrechamente con el fundador en la dirección del Opus Dei.

Poco a poco, durante esa primera mitad de los años treinta, fue disponiendo de un puñado de hombres entregados, y en el verano de 1936, el fundador pensó que había llegado el momento de iniciar la expansión en Valencia y París, y comenzó a hacer los preparativos.

 

 

VII. LA PERSECUCIÓN RELIGIOSA

Años de prueba. 1936

Pero el 18 de julio de 1936 comenzó la guerra civil en el país y se desató conjuntamente una persecución religiosa, que en su primera fase fue especialmente virulenta. Murieron multitudes de católicos a causa de la Fe.

Como tantos sacerdotes, Escrivá sufrió las consecuencias de la persecución. Fueron tres años de sufrimientos, oración intensa y confianza en la Providencia. Tuvo que refugiarse en sucesivos lugares de Madrid para salvar la vida: en hogares de amigos (para los que albergar a un sacerdote suponía firmar su sentencia de muerte), en una Clínica; y por fin, tras numerosas peripecias, en la Legación de Honduras, donde permaneció, en condiciones materiales muy penosas, desde el 14 de marzo hasta el 30 de agosto de 1937.

En la Legación padeció lo que la Mística denomina noche oscura del alma; y su cuerpo acusó el peso de los sufrimientos de tal manera de tal manera —llevaba meses de hambres, tensiones continuas y peligros de muerte— que cuando fue a verle su madre no le reconoció a primera vista, por lo demacrado que se encontraba.

Un refugiado de esa Legación, Rodríguez-Candela, recuerda su actitud en aquel periodo: “Era asombrosa su ecuanimidad para enjuiciar unos hechos que por su gravedad afectaban enormemente a todos”. “Nunca se pronunció con odios ni con rencor enjuiciando a nadie (...). Le dolía lo que estaba sucediendo (...). Y cuando los demás celebrábamos victorias, don Josemaría permanecía callado”.

En septiembre de 1937 pudo salir a la calle gracias a la documentación que le proporcionaron en la Legación. Durante esos días, relata Álvaro del Portillo, “escuchó confesiones por la calle, o pasando de una casa a otra; no se arredraba ante el peligro de muerte que corría si alguien le descubría, le identificaba como sacerdote y le denunciaba”.

A comienzos de octubre abandonó de Madrid. Atravesó los Pirineos a pie —desde el 19 de noviembre al 2 diciembre de 1937—, y logró llegar a la otra zona del país, todavía en guerra, donde alcanzó lo que buscaba: ejercer su ministerio sacerdotal con libertad.

 

Olvidar y perdonar

En esta fotografía se le ve junto con Álvaro del Portillo, en Valencia. En aquel periodo turbulento, Escrivá no se alineó a favor de ninguna formación política y guardó una sorprendente serenidad en tiempos de apasionamiento ideológico: no se alineó ni con los militares insurrectos, que acabaron provocando un levantamiento y se autodenominaron "nacionales"; ni con los republicanos de diversos signos ideológicos, que se autodenominaron "leales". Escrivá estaba, por su condición sacerdotal, con los brazos abiertos a todos. En medio de un clima de odios y rencores mutuos, alentó a todos a olvidar y perdonar.

Recuerda Pedro Casciaro, hijo de un Presidente Provincial del Frente Popular, que “nunca hablaba de política: quería y rezaba por la paz y por la libertad de las conciencias; deseaba, con su corazón grande y abierto a todos, que todos volvieran y se acercaran a Dios”.

Demostró una certera lucidez histórica en una época en la que triunfaron varios regímenes totalitarios en Europa y en España se impuso un régimen dictatorial de carácter personalista. En 1941, un conocido suyo, Díaz-Ambrona, le comentó durante un viaje en tren que acababa de llegar de la Alemania nazi, donde había creído captar cierto miedo entre los católicos. “Pero como a muchos españoles —escribe Díaz-Ambrona—, se me ocultaban los aspectos negativos del sistema y de la filosofía nazi, deslumbrados por la propaganda de una Alemania que se presentaba como la fuerza que iba a aniquilar por fin al comunismo. Y quise saber su opinión”.

A Díaz-Ambrona le sorprendió la respuesta tajante de Escrivá: “me habló, con mucha fuerza, en contra de ese régimen anticristiano, con un vigor que ponía de manifiesto su gran amor a la libertad. Hay que hacer notar que no era fácil encontrar en España, por aquel entonces, a personas que condenasen con tanta contundencia el sistema nazi y que denunciasen con tanta claridad su raíz anticristiana. Por eso, esa conversación, en aquel preciso momento histórico, en el que no se conocían aún todos los crímenes del nazismo, se me quedó profundamente grabada”. Seguir leyendo

 

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