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¿Quién fue Escrivá?

III Parte

 

VIII. DE NUEVO EN MADRID. LA GUERRA MUNDIAL. 1939-1946

Expansión por la Península.

Después de pasar unos meses en Burgos, regresó a Madrid, en marzo de 1939. Ese mismo año falleció el Papa Pío XI y le sucedió Pío XII. Comenzó la expansión del Opus Dei por diversas ciudades de España—y muy pronto de Portugal—, con el corazón puesto en los cinco continentes. Los desplazamientos resultaban especialmente penosos en aquel periodo de inmediata posguerra, con medios de transporte muy deficientes.

En octubre de 1944 sufrió un ántrax que puso en evidencia una fuerte diabetes. Eso le causó un malestar progresivo, cansancio, aumento de peso y una sed muy fuerte. A pesar de todo, siguió impulsando la tarea evangelizadora mediante conversaciones personales, acompañamiento espiritual, anuncio de la Palabra y encuentros con todo tipo de personas.

Camino

En septiembre de 193 publicó en Valencia la primera edición de Camino, que alcanzaría gran difusión en todo el mundo. El precedente de Camino fue una modesta publicación de 438 puntos que había editado en Cuenca en 1934 con el título Consideraciones Espirituales. Se cumplieron sus deseos de años atrás: A pesar de sentirme vacío de virtud y de ciencia (la humildad es la verdad..., sin garabato), querría escribir unos libros de fuego, que corrieran por el mundo como llama viva, prendiendo su luz y su calor en los hombres.

Miles de personas se han acercado a Dios o se han convertido gracias a Camino. El caso de May Jinghong Wu, una profesional china, se ha repetido en los cinco continentes: “En un viaje de regreso a Bruselas, desde Beijing, en septiembre de 1995 —cuenta Wu— me senté, en el avión, al lado de una profesora universitaria. Enseguida entablamos conversación... Me aconsejó leer Camino, me escribió el nombre de su autor “Josemaría Escrivá”. Gracias a la Providencia encontré así el camino para llegar a Dios, conocer más la Iglesia Católica y ser útil a los demás”.

Con espíritu de comunión eclesial

Durante esos años de post-guerra los obispos de muchas diócesis, junto con religiosos y religiosas de diversas órdenes y congregaciones —jerónimos, agustinos, escolapios, etc. — pidieron que les predicara Ejercicios Espirituales. Escrivá aceptaba esas invitaciones con espíritu de comunión eclesial, a pesar de su intenso trabajo fundacional y de las enfermedades que padecía. Escribía en julio de 1940: Estoy dando una de esas frecuentes tandas de ejercicios para Sacerdotes, que la Jerarquía me encomienda. ¡Qué alegría siento de servir a la Iglesia! Querría que siempre fuera ése nuestro empeño: servir.

“Nunca quiso recibir ninguna compensación económica —relataba Eliodoro Gil— por aquel trabajo suyo a favor del clero diocesano. Sé bien hasta qué punto el Padre necesitaba dinero para sacar adelante los apostolados de la Obra en aquellos momentos”.

El 22 de abril de 1941, mientras predicaba unos Ejercicios Espirituales en Lérida para sacerdotes, falleció de improviso su madre, Dolores Albás, en la residencia del Opus Dei de la calle Diego de León de Madrid. Tanto ella como su hija Carmen estaban ayudando decisivamente en los comienzos del Opus Dei, a costa de muchos sacrificios personales.

Durante ese tiempo, aunque su salud empeoraba, no aminoró su afán evangelizador. En la fotografía lateral se le ve con un grupo de jóvenes universitarios. Su afán evangelizador no reparaba en sacrificios. Comentaba en agosto de 1941, tras una operación dental, antes de partir para Jaca, donde debía predicar: Me han hecho muchas diabluras en la boca: hasta rasparme un hueso. Tengo la cara muy hinchada, pero ¡es preciso ir a Jaca!, y voy.

“Era un hombre de miras extraordinariamente amplias —afirmaba Pedro Cantero, futuro Arzobispo de Zaragoza— y, en absoluto exclusivistas. Respetaba siempre la libertad para que cada cual eligiese siempre su propio camino y siguiese su personal vocación. Mejor dicho, no sólo la respetaba, sino que sinceramente alababa todo cuanto se promoviese en servicio de Jesucristo y de su Iglesia. Y, desde su sitio, colaboraba con todo lo bueno, según sus posibilidades”.

 

En defensa de la paz

A comienzos de los años cuarenta, cuando deseaba dar a conocer el mensaje del Opus Dei en Europa, la situación comenzó a presagiar el comienzo de la II Guerra Mundial.

España se encontraba bajo la dicatura franquista en situación crítica: los alimentos estaban racionados, el país sufría una fuerte fractura social, y se vivía en un ambiente post-bélico de rencores, venganzas y acusaciones secretas.

Escrivá sufrió las consecuencias de este ambiente: al no pronunciarse, ni personal ni oficialmente, ni a favor ni en contra del nuevo régimen autoritario que se había establecido, pronto surgieron dudas y recelos en torno a su figura y su empeño apostólico. Se desataron las murmuraciones, las acusaciones y las sospechas más fantásticas, algunas en ambientes de la Falange. El absurdo llegó a tal punto que fue denunciado ante el terrible Tribunal para la represión del marxismo y la masonería. La denuncia se quedó en nada, pero da idea del clima del momento.

Su enseñanza —durante ese periodo y siempre— fue olvidar y perdonar. A un militar que le hablaba de venganzas y penas de muerte contra los enemigos, le comentó que deseaba que esas personas viviesen y se convirtiesen.A otro, que deseaba levantar una cruz donde habían asesinado a un pariente suyo, le aconsejó que no lo hiciera, porque —le dijo con toda claridad— le movía el odio hacia los asesinos, y el odio es incompatible con la Cruz de Cristo.

Yuri Antonovich Simonov, director del laboratorio de física nuclear del Instituto ITEP de Moscú, subraya este aspecto de Escrivá como defensor de la paz: “un aspecto importante de las enseñanzas de Josemaría Escrivá es la llamada a la humildad y a la concordia. En oposición a algunas tendencias del cristianismo Josemaría Escrivá, que, en la guerra civil española sufrió en su persona y vio morir a mucha gente, hace un llamamiento a la paz. Nos dice: hay que unir, hay que comprender, hay que disculpar. No levantes jamás un cruz sólo para recordar que unos han matado a otros. Sería el estandarte del demonio”.

Sufrió también ataques procedentes “de parte de algunos eclesiásticos —como señalaba López Ortiz—, que no veían con buenos ojos que se difundiera un apostolado con una espiritualidad que no era la suya y que se dejaban llevar por celotipias”.

Su honra, su honor estaba en entredicho; pero el fundador pensó que debía entregarlo todo para sacar adelante el Opus Dei, un querer de Dios. —Si Tú no quieres mi honra —le dijo al Señor— yo, ¿para qué la quiero?

Corrió la misma suerte de los pioneros que deben abrir páginas nuevas de la historia ante el asombro, el rechazo o el despecho de sus contemporáneos. Como escribía el cardenal Bueno Monreal “en aquella época —estaba aún lejos el Vaticano II— la santificación de los laicos en medio del mundo era, para algunos espíritus menos preparados, algo tan novedoso que parecía herético”.

Su actitud ante esta contradicción de los buenos fue: callar, rezar, trabajar, sonreír. Se esforzaba, en las situaciones más difíciles, por ser sembrador de paz y de alegría, conel convencimiento de que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría, porque la tristeza —decía— es la escoria del egoísmo.

Escribía el 9 de enero de 1939: Todo lo demás (escasez, deudas, pobreza, desprecio, calumnia, mentira, desagradecimiento, contradicción de los buenos, incomprensión y aún persecución por parte de la autoridad), todo, no tiene importancia, cuando se cuenta con Padre y hermanos, unidos plenamente por Cristo, con Cristo y en Cristo.

 

Los tres primeros sacerdotes

No se acababan ahí las dificultades. Se encontraba ante un escollo que parecía insalvable para mostrar la eclesialidad innata del Opus Dei: no existía en el Derecho de la Iglesia un cauce jurídico-canónico que fuese plenamente adecuado al carisma específico de la Obra.

Con la erección canónica de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, el 8 de diciembre de 1943, se solucionó un aspecto importante: la incardinación de los miembros del Opus Dei que se preparaban para el sacerdocio. Gracias a esa solución, Leopoldo Eijo y Garay, Obispo de Madrid, pudo ordenar sacerdotes el 25 de junio de 1944 a tres miembros del Opus Dei: Álvaro del Portillo, José María Hernández Garnica y José Luis Múzquiz.

Tres breves perfiles sobre estos primeros sacerdotes a los que se ve en esta fotografía en el día de su ordenación sacerdotal:

 

Álvaro del Portillo (Madrid, 1914—Roma 1994), ingeniero de Caminos, incorporado al Opus Dei en 1935, se convirtió en la ayuda más firme de Josemaría Escrivá. Permaneció a su lado durante cuarenta años, como su colaborador más próximo. En 1946 fijó su residencia en Roma junto al Fundador. Participó en los trabajos del Vaticano II. En 1975 fue elegido el primer sucesor del fundador. Juan Pablo II le nombró en 1982 Prelado del Opus Dei y en 1991 le confirió la ordenación episcopal. Falleció con fama de santidad el 23 de marzo de 1994. Aquel mismo día Juan Pablo II acudió a rezar ante sus restos mortales. Su Causa de Canonización está abierta.

 

José María Hernández Garnica (Madrid 1913—Barcelona, 1972), ingeniero de Minas, era del Opus Dei en 1935 y comenzó la labor apostólica en numerosos países de Europa: Francia, Irlanda, Austria, Alemania, etc. Falleció con fama de santidad el 7 de diciembre de 1972 y se ha abierto su Causa de Canonización.

 

  • José Luis Múzquiz de Miguel (Badajoz, 1912—1983, EE.UU.), ingeniero de Caminos, había pedido la admisión en el Opus Dei en 1940 y comenzó el Opus Dei en Estados Unidos y trabajó apostólicamente en diversos países del mundo. Falleció en 1983 con fama de santidad.

 

Esa ordenación supuso un nuevo fenómeno pastoralen la vida de la Iglesia: hombres jóvenes —explicaba Escrivá— que ejercen una profesión universitaria, con la vida humanamente abierta para hacer libremente su voluntad, que van a servir, sin estipendio alguno, a todas las almas —especialmente a las de sus hermanos— y a trabajar duramente, porque las horas del día serán pocas para su tarea espiritual.

El encuentro con Escrivá y el Opus Dei fue, para muchas mujeres y hombres, escuela de vida cristiana, taller de oración y camino espiritual para un encuentro íntimo con Jesucristo.

Algunos de estos fieles han dejado un testimonio de santidad, como Isidoro Zorzano, que después de una entrega generosa al servicio de Dios en el Opus Dei falleció santamente en 1943. Cinco años después la Iglesia abrió su Causa de Canonización. Muchos fieles, desde entonces, se acogen a su intercesión.

En esta fotografía se ve a Josemaría Escrivá junto a Isidoro Zorzano, en el último periodo de su vida.

En 1946 el Opus Dei contaba con 268 miembros: 239 hombres y 29 mujeres; y se iban consolidando algunas labores. En 1940 ya había comenzado en Madrid un centro de estudios para varones. En 1947 se puso en marcha otro centro, esta vez para mujeres, en Villaviciosa de Odón, a veinte kilómetros de Madrid. En 1945 inició sus actividades una Casa de Retiros —Molinoviejo— situada cerca de Segovia.

Pero lo decisivo —subrayaba Escrivá— no eran esas realizaciones materiales y humanas, sino la respuesta personal de cientos y cientos de personas ante el anuncio gozoso del Evangelio.

 

IX. EN ROMA Y DESDE ROMA. 1946

La etapa romana

 

El 23 de junio de 1946 Escrivá se trasladó a Italia, donde residiría hasta su muerte. De ese modo, deseaba poner de manifiesto la catolicidad, la universalidad esencial del Opus Dei. Siguió impulsando, desde la Sede Central en Roma, la difusión del mensaje de la Obra en todo el mundo.

Habitualmente solían marchar a cada nació dos o tres personas del Opus Dei, sacerdotes y laicos, que procuraban formar cuanto antes un foco de vivificación cristiana con mujeres y hombres de cada lugar, siguiendo el ejemplo de los primeros cristianos.

Fue una época intensa: en 1949 y 1950 comenzó la labor apostólica en México, Chile, Estados Unidos y Argentina; en 1951 se dieron los primeros pasos en Venezuela y Colombia; en 1953, se fue a Perú y Guatemala; en 1954, a Ecuador; en 1956, a Uruguay; en 1957, a Brasil.

Escrivá oraba y hacía penitencia por cada nuevo país; buscaba las personas más adecuadas; hablaba o mantenía correspondencia con los pastores de cada iglesia local; alentaba los primeros pasos, intentaba solucionar las numerosas dificultades de cada comienzo, etc.

 

Derecho y carisma.

En esta primera etapa, junto con la expansión universal, se dieron nuevos pasos en la búsqueda de un cauce jurídico-canónico adecuado al carisma del Opus Dei, porque la erección canónica de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz en 1943 había solucionado sólo un aspecto de la cuestión.

Fue el comienzo de un largo iter jurídico que duró cincuenta y cuatro años. Durante ese tiempo Escrivá supo conjugar la defensa del carisma con un espíritu de plena obediencia a la Iglesia. Fue un artesano del diálogo, que se esforzaba por discernir con sentido sobrenatural y realista al mismo tiempo, qué era posible jurídicamente en cada momento histórico y qué debía esperar; y así, fue dando los pasos oportunos de forma prudente y gradual.

Era consciente de que su mensaje suponía grandes novedades en la vida de la Iglesia, y que el Opus Dei había llegado con un siglo de anticipación, como le dijeron en la Santa Sede.

Cuando el Cielo juzgue llegada la hora —escribió—, hará que abracemos (...) el cauce por el que tiene que discurrir ese río caudaloso que es la Obra, y que en las circunstancias actuales no tiene todavía un sitio adecuado en el que asentarse: será tarea ardua, penosa y dura. Habrá que superar muchos obstáculos, pero el Señor nos ayudará, porque todo en su Obra es Voluntad suya.

 

Un largo camino

Éste es, a grandes líneas, el largo itinerario jurídico que tuvo que recorrer el Opus Dei durante cincuenta y cuatro años, desde 1928 a 1982:

 

  • 19 de marzo de 1941. El obispo de Madrid, Leopoldo Eijo y Garay, concedió la primera aprobación diocesana del Opus Dei como Pía Unión.

  • 8 de diciembre de 1943. El obispo de Madrid procedió a la erección canónica de la Sociedad de la Santa Cruz.

  • 24 de febrero de 1947. La Santa Sede promulgó la primera aprobación pontificia erigiendo el Opus Dei en instituto secular, fórmula jurídica que aún siendo inapropiada, era la que presentaba menos inconvenientes en ese momento.

  • 16 de junio de 1950. Pío XII concedió la aprobación definitiva del Opus Dei.

  • 7 de diciembre de 1965. El decreto conciliar Presbyterorum ordinis estableció que se podrían constituir en el futuro, entre otras instituciones, “peculiares diócesis o prelaturas personales” para “la realización de tareas pastorales peculiares a favor de distintos grupos sociales en determinadas regiones o naciones, o incluso en todo el mundo”.

  • 6 de agosto de 1966. Pablo VI hizo ejecutiva esta iniciativa del Concilio con el “motu propio” Ecclesiae sanctae.

  • 15 de agosto de 1967. Pablo VI precisó en la constitución apostólica Regimini Ecclesiae universae que las prelaturas personales que se creasen en el futuro dependerían de la Congregación de los obispos, y se erigirían por el Romano Pontífice, tras escuchar el parecer de las Conferencias Episcopales interesadas. Las prelaturas personales son instituciones pertenecientes a la estructura pastoral y jerárquica de la Iglesia.

  • 28 de noviembre de 1982. Juan Pablo II erigió el Opus Dei en prelatura personal de ámbito internacional, mediante la Constitución apostólica Ut sit.

 

 

La santidad del matrimonio.

Otra de las novedades que enseñaba el fundador era la consideración del matrimonio como camino de santidad. Esta enseñanza de raíz evangélica parecía a algunos, en los años cuarenta del pasado siglo, además de una novedad, algo sospechoso: en determinados ámbitos, el estado matrimonial se entendía como una especie de acceso colateral, de segundo orden, en el itinerario hacia la identificación plena con Cristo. Escrivá recordaba la gran dignidad de este sacramento, que manifiesta el amor esponsal de Cristo a su Iglesia.

Tras la aprobación definitiva del Opus Dei, el 16 de junio de 1950 pudieron ser admitidas en la Obra personas casadas. El primer miembro del Opus Dei casado fue Tomás Alvira (1906—1992), un pedagogo aragonés, padre de familia numerosa, que había conocido a Escrivá en 1937 y que había procurado encarnar el espíritu del Opus Dei en su vida desde entonces.

Alvira se esforzó por llevar a la práctica las enseñanzas de Escrivá: el matrimonio es una auténtica vocación sobrenatural. Fue padre de nueve hijos, desarrolló una amplia labor educativa como pedagogo y murió santamente en mayo de 1992.

No tardó en cumplirse lo que le aseguraba el fundador por carta a Alvira en 1948, refiriéndose a los hombres y mujeres casados que vendrían alOpus Dei: Sois el germen de miles y miles. En la actualidad el Opus Dei está compuesto mayoritariamente por personas casadas, a las que la Prelatura proporciona una educación evangélica que les ayuda a actuar conforme al proyecto de Dios entre los aciertos y errores de su vida.

Escrivá no enseñaba un conjunto de normas cristianas de comportamiento, sino un camino de configuración plena con Cristo, un programa de vida cristiana que debe llevar a reflejar fielmente a Jesucristo en las palabras y los hechos. Su deseo fue siempre dejar obrar a la Gracia en la existencia personal, de forma que cada uno —a su modo y manera, en medio de sus propias fragilidades—, se haga uno con Cristo, con plena unidad de vida.

Estas palabras de Ngozi Okpara, una nigeriana conocedora del espíritu del Opus Dei, resumen esta aspiración: “Ahora no puedo señalar la diferencia entre la oración y las actividades ordinarias —comentaba Okpara en 1999— : soy más consciente de la presencia de Dios, y ya no puedo mirar al mundo sin hacer nada, sino que tengo que participar activamente en lo que pasa en la sociedad. Es un desafío. Me he dado cuenta de lo que Dios me quiere y de la infinita misericordia que tiene conmigo”.

Entre los miles de hombres y mujeres casados que vivieron su matrimonio cristiano con el carisma del Opus Dei, puede citarse a Eduardo Ortiz de Landázuri (1910-1985) un médico español, padre de siete hijos, de gran prestigio profesional, cuya Causa de Canonización se abrió en 1998; el pediatra guatemalteco Ernesto Cofiño (1899—1991), padre de cinco hijos, que falleció santamente tras una vida de entrega y servicio a los más pobres y necesitados de Centroamérica; José María Pagola, padre de seis hijos, que falleció santamente en 1959 en San Sebastián; y a tantos otros, como José Serret Borda (1941—1993) un empresario catalán, padre de once hijos fallecido también con fama de santidad.

 

Los sacerdotes diocesanos

En la primavera de 1950 el fundador pensó que Dios le pedía que dejara el Opus Dei para promover una Asociación específica para sacerdotes; pero no fue necesario ese sacrificio, porque ese mismo año comprendió que los sacerdotes diocesanos podían vivir el espíritu del Opus Dei adscribiéndose a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, sin necesidad de crear otra fundación.

“Soy testigo —afirmaba el Siervo de Dios José María García Lahiguera, que fue confesor de Escrivá y cuya Causa de Canonización está abierta— de cómo miles de sacerdotes de todo el mundo han encontrado ahí los medios adecuados para buscar la santidad en el propio ministerio, sin disminuir un ápice —antes bien, reforzando— su diocesaneidad”.

 

“Desde el punto de vista teológico —escribe José Antonio Abad— existe un solo carisma y una vocación única al Opus Dei, tanto para los laicos como para los sacerdotes de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, bien sea que estén incardinados en la Prelatura o en una diócesis. Un solo carisma, una sola y verdadera vocación, un mismo espíritu, unos mismos medios ascéticos”.

La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz cuenta con miles de socios y también con numerosos cooperadores, como Narbal Costa Stencel, obispo auxiliar de Río de Janeiro, que afirmaba: “Ha significado para mí una fuerte ayuda para vivir mi ideal de sacerdocio, para luchar por la santidad y para entregarme con más fe y caridad al trabajo pastoral”.

 

Con espíritu ecuménico

En el Año Mariano de 1950 el Papa Pío XII aprobó la solicitud que Escrivá había hecho en 1948, y reiterado aquel año, para que pudiesen ser admitidas mujeres y hombres, personas no católicas e incluso no cristianas, como Cooperadores en el Opus Dei.

Esta realidad —católicos trabajando codo con codo junto con no católicos o con no cristianos para la consecución de determinados bienes sociales— entró a formar parte del camino ecuménico de la Iglesia ydel diálogo interreligioso.

Las formas de colaboración de las cooperadoras y los cooperadores con el Opus Dei son muy variadas: por ejemplo, muchos conventos de monjas de clausura ayudan con sus plegarias; y hay numerosas personas en todo el mundo con los mismos ideales que Ben Haneman, un médico australiano de religión judía, que comparte con los fieles del Opus Dei su deseo de “inyectar vida espiritual a este mundo nuestro”.

“Soy protestante —declara la profesora checa Hana Svobodová— y colaboro con mi oración e informando a otras personas, por ejemplo a mis alumnos, sobre las actividades de formación humana y cristiana que les pueden interesar”.

Durante su estancia en Guatemala Escrivá tuvo un encuentro con Samuel Camhí, judío de raza y de religión, que cooperaba generosamente con las labores apostólicas. Fue un encuentro muy afectuoso, en el que Escrivá le dijo que le miraba con especial simpatía porque era hebreo, como los tres grandes amores de su vida: Jesús, María y José.

Camhí le manifestó, por su parte, su aprecio y su respeto; y dijo en un acto público: “Agradezco de todo corazón lo que he recibido del Divino Creador del Universo. Los hebreos y los católicos deben cumplir con el mandato divino: Ama a tu prójimo como a ti mismo. El egoísmo humano impide tantas veces que se cumpla; pero si todos pudiéramos disminuir el egoísmo y amarnos más, el mundo cambiaría”.

 

Un mismo afán de santidad

Mientras tanto, se fueron sucediendo hitos significativos en la historia del Opus Dei.

  • El 14 de mayo de 1951 el fundador hizo la Consagración de las familias de los miembros del Opus Dei a la Sagrada Familia.

  • El 15 de agosto de 1951 consagró el Opus Dei al Corazón de María.

  • El 26 de octubre de 1952 consagró el Opus Dei al Corazón de Jesús.

Escrivá empleó sus mejores energías en la formación individualizada de las personas que debían impulsar los puntos de ignición cristiana en cada país. El 28 de junio de 1948 erigió el Colegio Romano de la Santa Cruz, que en el curso 1952/3 contaba con más de cuarenta alumnos.

En todo el mundo

Ha pasado ya medio siglo desde entonces, y muchas personas de los más variados países y circunstancias sociales –gracias a empeños evangelizadores como éstos- han incorporado en sus vidas el carisma del Opus Dei.
Hombres y mujeres de los cinco continentes; casados, solteros, sacerdotes; jóvenes y ancianos; sanos y enfermos; de las profesiones más variadas.
Estas personas están unidas por un mismo afán de santidad: el afán de Dios que presidió la existencia de Toni Zweifel (1938—1989), un ingeniero suizo, miembro del Opus Dei, cuya Causa de Canonización está abierta, que falleció en Zurich en 1989; el mismo afán que llenó la existencia de Terusato Kasimoto (1957—1999) un diplomático japonés converso, que se incorporó al Opus Dei en 1983 y falleció en Ashiya, Japón, en 1999, tras una vida de generosa entrega a Dios.

Les une ese afán de santidad con el carisma del Opus Dei: el resto de las circunstancias —raza, lengua, ambiente, mentalidad, opciones culturales — es muy diverso en las mujeres y en los hombres del Opus Dei en los cooperadores y amigos, como puede atestiguar cualquier persona que conozca la realidad del Opus Dei. Seguir leyendo

 

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