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¿Quién fue Escrivá?

IV Parte



 

La misión de la mujer.

El 12 de diciembre de 1953 se erigió en Roma el Colegio Romano de Santa María. Con esta iniciativa se puso de manifiesto la concepción innovadora de Escrivá sobre la mujer y su misión en el mundo y en la Iglesia. Animaba a la mujer —igual que al hombre— a responder coherentemente a los retos de su tiempo con mentalidad laical y alma sacerdotal, armonizando, cuando fuera necesario, las exigencias de la familia con las del trabajo profesional.

Puso los medios para que las mujeres del Opus Dei adquirieran la misma formación filosófica y teológica que los hombres, con idéntica exigencia (algo bastante insólito en aquel tiempo en la vida de la Iglesia) y las estimuló para que influyeran cristianamente, con decisión, con audacia, en los ámbitos más variados de la sociedad civil.

 

Desde los años treinta del siglo XX numerosas mujeres de todo el mundo se han esforzado por identificarse con Cristo, con el carisma del Opus Dei. Se pueden citar a muchas mujeres testigos de la fe, como Monserrat Grases (1941—1959); Encarnación Ortega Pardo (1920-1995) o Guadalupe Ortiz de Landázuri (1916—1975), doctora en Ciencias Químicas y profesora universitaria. La Iglesia ha abierto la Causa de Canonización de varias mujeres del Opus Dei.

 

Una gran catequesis

Este periodo de la vida de Escrivá está presidido por un empeño: el de proporcionar —en Roma y desde Roma— a las mujeres y los hombres del Opus Dei una preparación ascética, teológica, espiritual y doctrinal adecuada para el anuncio de la Palabra de Dios en el seno de la sociedad de la que forman parte. Deseaba que cada fiel del Opus Dei fuera una mujer, un hombre de oración; un catecismo vivo, acogedor, cordial, en sus palabras y en sus obras.

El Opus Dei, recordaba, es una gran catequesis, hecha de forma viva, sencilla y directa en las entrañas de la sociedad civil. Animaba a los miembros del Opus Dei a ser muy rezadores, servidores de la Palabra, hombres y mujeres que llevan el anuncio cristiano a todos los ambientes, y que se esfuerzan por encarnarlo —en medio de las propiaslimitaciones, defectos y errores— en la vida cotidiana, en los más variados parámetros culturales y sociales.

El fundador enseñaba con su ejemplo, con la teología vivida de su historia personal. En la vida nuestra —decía— si contamos con brío y con victorias, deberemos contar con decaimientos y con derrotas. Esa ha sido siempre la peregrinación terrena del cristiano, también la de los que veneramos en los altares (...). Nunca me han gustado esas biografías de santos en las que, con ingenuidad, pero también con falta de doctrina, nos presentan las hazañas de esos hombres como si estuviesen confirmados en gracia desde el seno materno. No. Las verdaderas biografías de los héroes cristianos son como nuestras vidas: luchaban y ganaban, luchaban y perdían. Y entonces, contritos, volvían a la lucha.

En el mismo sentido, recordaba a los directores del Opus Dei que impulsaban los apostolados que ellos eran sólo instrumentos –libres, responsables- en las manos de Dios, portadores de la gracia a sus colegas de trabajo, a sus conocidos, a su círculo de amistades; por tanto, ninguno debía sentirse imprescindible: ¡Ni yo —decía—, que soyel fundador!

La santidad —recordaba— está en tener defectos y luchar contra ellos, pero nos moriremos con defectos.

Además de los medios espirituales —oración, mortificación— procuraba poner los medios humanos a su alcance para impulsar la evangelización en cada país: estudiaba las circunstancias ambientales de los lugares donde se comenzaba; seguía de cerca el desarrollo de las labores con sus indicaciones y consejos; daba sugerencias; corregía equivocaciones, etc.

Dios bendijo abundantemente su celo apostólico. En 1950 el Opus Dei contaba con 2954 miembros (2.404 varones y 550 mujeres) y Escrivá contemplaba, agradecido al Señor, como decenas de miles de personas acogían con generosidad en su alma la llamada divina al Opus Dei, una vocación peculiar de cristianos corrientes. En esta fotografía se le ve con mujeres del Opus Dei de diversos países y culturas.

El fundador agradecía a Dios que muchas otras personas, cristianos no católicos, o de otras religiones, cooperaran activamente con el trabajo evangelizador, creando espacios de comunión en diversos ámbitos del quehacer humano. Muchas personas del mundo suscriben esta afirmación de Ifeyinwa Awagu, una abogado nigeriana: “Me gusta colaborar para que la inmensa riqueza espiritual de este mensaje pueda llegar a todos los miembros de la sociedad”.

Hizo numerosos viajes pastorales por Europa, y puede afirmarse que, salvo en Inglaterra e Irlanda, puso personalmente en marcha la labor apostólica de Portugal, Francia, Italia y del resto de los países de la Europa Occidental de su tiempo, resolviendo los primeros escollos y dificultades.

Era un contemplativo itinerante como afirma un Decreto Pontificio. Estuvo más de veinte veces en Francia, quince en Suiza, y recorrió por completo, en su afán por propagar el Reino de Cristo, los Países Bajos, Austria y la Península italiana. Hemos llenado las carreteras de Europa —decía— de oraciones, de Avemarías, de jaculatorias, de comuniones espirituales y de alegría sobrenatural, también con canciones humanas llevadas al amor divino.

A lo largo de su vida alentó los comienzos en 32 países de los cinco continentes; y como afirmó Juan Pablo II, “su fidelidad permitió al Espíritu Santo conducirlo a las cumbres de la unión personal con Dios, con la consecuencia de una fecundidad apostólica extraordinaria”.

 

Si tú te dices amigo de Josemaría

En 1953 se instaló en Roma la Asesoría Central de las mujeres del Opus Dei. En 1956 se trasladó allí todo el Consejo General del Opus Dei. En estos años de expansión universal el fundador se dedicó fundamentalmente a transmitir, día tras día, los rasgos esenciales del carisma específico de esta realidad eclesial a los hombres y mujeres que se formaban a su lado; y por medio de cartas, encuentros y viajes, atodos los fieles del Opus Dei y a las personas que siguen a Cristo al calor de sus apostolados.

No hay un alma que pueda quedar excluida de nuestra caridad —decía—. Cuando el cristiano comprende y vive la catolicidad de la Iglesia, cuando advierte la urgencia de anunciar la nueva de salvación a todas las criaturas, sabe que ha de hacerse todo para todos, para salvarlos a todos.

Esa misión evangelizadora con el carisma específico del Opus Dei se ha difundido desde entonces por los cuatro puntos cardinales. Relataba el novelista español José Luis Olaizolaque durante su viaje a Africa en 1998 se encontró en un arrabal de Yamoussoukro (Costa de Marfil) con un grupo de albañiles que tenían honda devoción por el fundador. Estuvieron hablando y le cantaron una canción que habían compuesto sobre su amigo Josemaría. Decía la letra:

Si te llamas amigo de Josemaría
y no amas a los demás,
no eres amigo de Josemaría.

Estos hombres habían comprendido la raíz y el punto central del mensaje cristiano y del espíritu del Opus Dei: el amor a Dios y la caridad con todos.

 

 

X. UN MAR SIN ORILLAS

Lo cotidiano

“Los medios de formación —afirma una estilista florentina, Ilaria Tolossi— me han ayudado a cercarme a la Iglesia y a sacudirme la pereza. Los podría describir como momentos de crecimiento espiritual en los que logro distanciarme lo necesario del ajetreo cotidiano para volver luego, con más ilusión, a afrontar el trabajo, la familia y la relación con mis amigos”.

¿Qué rasgos tiene la formación para la vida cristiana en el Opus Dei? El fundador mostraba siempre, en primer lugar, la primacía de la Gracia y la prioridad de la oración para encontrar a Cristo. Urgía a los fieles del Opus Dei, a los cooperadores y a las personas que participaban en los apostolados, a santificar, santificarse y santificar a los demás, en su trabajo, en su propio amiente, y a ser consecuentes con las exigencias de la vocación cristiana que habían recibido en el Bautismo, viviendo con intensidad la Liturgia y la Palabra de Dios.

Su colaboración personal en la historia de la Salvación –les explicaba- no radicaba en realizaciones fantásticas, sino en la santificación de lo pequeño, de lo cotidiano con victorias y derrotas, en el cumplimiento fiel de los deberes diarios.

“Me ha impresionado —escribía Tatiana Goritscheva, una escritora rusa— la constante llamada de Escrivá a la santidad de lo cotidiano. Tenemos la inclinación a esperar grandes cosas y grandes hechos. Esta tendencia —hasta el delirio de grandeza— es una señal de los proyectos humanos y las ideologías. Pero el cristianismo no es una utopía ni un simple idealismo. (...) El cristiano está llamado, con palabras de Escrivá a hacer de la prosa de cada día verso heroico. Justo en el mismo sentido el starets Paisy Velychovsky llamó al monje “mártir de lo cotidiano”, y Escrivá al camino del cristiano sacrificio escondido.

Recordaba que para llevar a Dios a todas las gentes era necesario escrutar los signos de los tiempos y revitalizar espiritualmente las realidades humanas nobles; siempre con el signo más —el signo de la Cruz—, con el entusiasmo dinámico de las primeras comunidades cristianas; y con la libertad de los hijos de Dios, porque Jesús Resucitado es el secreto de la verdadera libertad.

 

 

Una carta para el Japón.

A pesar de sus numerosos viajes de catequesis, Escrivá no pudo estar en todos los países donde trabajaban fieles del Opus Dei. Sabía que su deber era permanecer habitualmente en la Sede Central, en Roma, impulsando el anuncio del Evangelio por el mundo.

Queridísimos —escribió a los fieles japoneses del Opus Dei el 21 de abril de 1969—: Recibo siempre con mucha alegría las noticias que me mandáis de vuestra labor; y rezo muy frecuentemente para que vuestro trabajo apostólico en medio de ese pueblo, que en su inmensa mayoría aún no conoce a Jesucristo, tenga siempre la eficacia y el garbo de los buenos hijos de Dios.

En los primeros años de expansión universal, el inicio en cada lugar se realizaba necesariamente con personas de otros países. El caso del historiador inglés Jeremy Joyner White es significativo: nació en 1938 en Aldershot, en el seno de una familia anglicana; se convirtió al catolicismo en 1959 y se incorporó como profesor a Strathmore College de Nairobi, una labor apostólica promovida por miembros del Opus Dei en Kenia. Posteriormente pidió la admisión en el Opus Dei y se trasladó a Nigeria, donde comenzó la labor apostólica y falleció en 1990.

 

La acción del Espíritu

El programa, el afán fundamental de Escrivá era secundar la acción del Espíritu en la propia vida y en la de los demás; ayudar a todos los hombres y mujeres a identificar su historia personal con la de Cristo, fundamento y centro de la historia, con plena fidelidad al Magisterio y a los pastores de la Iglesia, con una espiritualidad de comunión, en la belleza de la experiencia cristiana.

Su programa, en definitiva, consistía en buscar a Cristo, conocer a Cristo y amar a Cristo.

Era profundamente sensible a las cuestiones que se debatían en su tiempo, como la lucha contra la pobreza, el subdesarrollo, la marginación o la soledad. Recordó las exigencias cristianas de la caridad y la justicia.

Entre los empeños sociales que encontraron su inspiración en la doctrina social de la Iglesia que Escrivá recordó constantemente, se pueden citar la Fundación Manzano, en Argentina, dirigida a trabajadores del campo; Kenvale College, una Escuela de hostelería australiana; CEFIM, un centro de formación integral orientado a la promoción de mujeres indígenas bolivianas; el Centro Educacional de Sao Paulo, dirigido a jóvenes de Pedreira, uno de los barrios más populosos y necesitados de esa ciudad brasileña; el Centro de Apoyo para la Familia, que opera en barrios marginales de Santiago de Chile; el Centro Médico Monkole, en la República Democrática del Congo; y un largo etcétera.

Estas iniciativas se proponen objetivos diversos, dentro de su común inspiración cristiana. La Escuela Siramá, de El Salvador, capacita a mujeres salvadoreñas de condición modesta, en especial a las que sufren las consecuencias de la larga guerra civil que azotó a ese país. La Veguilla, en Madrid, es un Centro Especial de Empleo para deficientes mentales. Los promotores de Midtown Center, en Chicago, se enfrentan a las secuelas de la violencia y la droga en la juventud de esa ciudad norteamericana; Punlaan School intenta abrir posibilidades de futuro para las jóvenes filipinas; Kimlea Girls’Technical Training Centre proporciona formación a las mujeres de campo de Kenia.

Estas iniciativas, nacidas con el aliento del espíritu del Opus Dei, se cuentan por centenares, y ponen de relieve un decidido empeño cristiano por parte de sus promotores, para vivificar las realidades humanas nobles. La labor apostólica es un mar sin orillas, en expresión de Escrivá: pueden ser instituciones para la protección de la infancia y la atención de ancianos y discapacitados; iniciativas para la prevención de la delincuencia y la droga, y para la formación de la juventud; para la atención de los emigrantes... Sin olvidar las propuestas para la inserción social de marginados, para la atención de niños de la calle o de personas sin techo y sin hogar.

 

En defensa de la familia

Escrivá no consideraba el matrimonio como una simple situación en la vida, sino como una vocación. Había escrito en el punto 27 de Camino muchos años atrás: ¿Te ríes porque te digo que tienes “vocación matrimonial”? Pues la tienes; así, vocación.

Los matrimonios –dijo en otra ocasión— tienen gracia de estado –la gracia del sacramento- para vivir todas las virtudes humanas y cristianas de la convivencia: la comprensión, el buen humor, la paciencia, el perdón, la delicadeza en el trato mutuo. Lo importante es que no se abandonen, que no dejen que les domine el nerviosismo, el orgullo o las manías personales.

Para eso, el marido y la mujer deben crecer en vida interior y aprender de la Sagrada Familia a vivir con finura –por un motivo humano y sobrenatural a la vez- las virtudes del hogar cristiano. Repito: la gracia de Dios no les falta.

Si alguno dice que no puede aguantar esto o aquello, que le resulta imposible callar, está exagerando para justificarse. Hay que pedir a Dios la fuerza para saber dominar el propio capricho; la gracia, para saber tener el dominio de sí mismo.

Han surgido numerosas iniciativas como fruto de la siembra del fundador: escuelas para padres; ciclos de formación prematrimonial; programas de educación familiar, etc. Impulsó, además, a muchos católicos para que alentaran publicaciones con sentido cristiano de carácter familiar, junto con instituciones para la defensa y protección de la familia.

Motivó a los padres de familia para que crearan lugares de encuentro para sus hijos, donde pudieran completar su educación y divertirse de forma cristiana. Y deseaba que los hogares de los miembros del Opus Dei fueran una verdadera iglesia doméstica. La breve existencia de una adolescente madrileña, Alexia González Barros, cuya Causa de Canonización está abierta, muestra la trascendencia eclesial de esa formación cristiana en el hogar con el carisma del Opus Dei.

Colaboran en estos empeños a favor de la institución familiar personas de todo tipo. “Ser cooperadora me ha servido —afirma Bettina Lorenzo, madre de familia filipina— para fomentar mi vida cristiana y me ayuda a enfocar la vida hacia la meta del Cielo: quiero llegar allí con mi familia entera”.

 

En el ámbito de la salud

Alentó a los médicos, enfermeras y personas que trabajan en el marco de la Sanidad a realizar su profesión con la mayor perfección posible, tanto desde el punto de vista humano como espiritual; y sensible ante el drama de falta de atención médica y sanitaria que padecen tantos lugares, promovió también con especial empeño —impulsando la espontaneidad apostólica y la responsabilidad personal de los fieles del Opus Dei, amigos y cooperadores—, la creación de Facultades de Medicina y de Escuelas para la formación de enfermeras y técnicos sanitarios; de hospitales y pequeños dispensarios, especialmente en los países llamados entonces del Tercer Mundo.

La realizaciones —algunas, a nivel corporativo, pero sobre todo como fruto de la motivación personal— que fueron naciendo durante la vida de Escrivá gracias a sus enseñanzas y que se desarrollaron tras su fallecimiento, es tan extensa como variada: unas se dirigen a la rehabilitación de drogadictos; otros trabajan con marginados, con enfermos de SIDA, etc.

Lógicamente, la responsabilidad de esas iniciativas recae plenamente en sus promotores (personas del Opus Dei o cooperadores, que trabajan junto con otras personas, no cristianas o no creyentes): pero hay que poner de relieve el aliento que prestan las enseñanzas de Escrivá a los hombres y mujeres que las han creado, encendiendo sus afanes para construir un mundo más justo, más solidario, más humano.

 

En el mundo de la Ciencia y de la Educación

Escrivá trató a numerosas maestras y maestros, a profesores y personas del ámbito educativo –tanto público como privado-, a los que les recordó siempre su única receta: santidad personal. Miles de personas que ejercen la docencia –cristianos y no cristianos-, en las variadas escuelas, colegios, liceos y universidades del mundo, encuentran en las enseñanzas de san Josemaría una fuente de inspiración, un aliento para su tarea.

Les hablaba de la necesidad de dar una formación integral, una educación en valores que subrayara la igualdad radical de todos los hombres, sin distinción de raza, sexo o condición social.

Una muestra más de los frutos de predicación cristiana son las numerosas entidades educativas —con las fórmulas, estilos y modos docentes más diversos—que nacieron y siguen naciendo, gracias al aliento de miembros o cooperadores del Opus Dei: colegios, institutos, academias, etc. Algunas han sido pioneras –por ejemplo, en algunos países de África- de la integración racial.

Comparten este afán de servicio y vivificación humana y espiritual de la sociedad numerosas personas del mundo. Faysal El-Khalil, ejecutivo de una multinacional, musulmán y cooperador del Opus Dei, que vive en Nigeria y colabora con una iniciativa promovida por fieles del Opus Dei en aquel país —Lagos Business School— declaraba:“Me atrajo de Lagos Business School el compromiso con la educación y su empeño por dar un fundamento ético a todos los quehaceres, también al mundo de los negocios. Sin valores éticos los miembros de una sociedad no pueden progresar”.

Otro cooperador del Opus Dei, Maido Rahula, profesor de Matemáticas en la Universidad de Tartu (Estonia), contaba en este mismo sentido: “Tengo la ilusión de promover reuniones con personas de la cultura, de la política, etc. —también con luteranos como yo— para tratar de profundizar en cuestiones éticas y sobre las inquietudes del mundo actual, de la vida, de la familia”.

 

La justicia social y la solidaridad

No enseñaba Escrivá un cristianismo desencarnado. Al contrario, su predicación lleva a cada persona a plantearse su responsabilidad ante los problemas con los que se enfrenta diariamente, de modo singular en lo que se refiere a la justicia social y la solidaridad.

Es frecuente —puso por escrito en 1932—, aún entre católicos que parecen responsables y piadosos, el error de pensar que sólo están obligados a cumplir sus deberes familiares y religiosos, y apenas quieren oír hablar de deberes cívicos. No se trata de egoísmo: es sencillamente falta de formación. porque nadie les ha dicho nunca claramente que la virtud de la piedad —parte de la virtud cardinal de la justicia— y el sentido de la solidaridad se concretan también en ese estar presentes, en este conocer y contribuir a resolver los problemas que interesan a toda la comunidad.

Se comprende muy bien –escribió el fundador en su libro de homilías Es Cristo que pasa- la impaciencia, la angustia, los deseos inquietos de quienes con un alma naturalmente cristiana, no se resignan ante la injusticia personal y social que puede crear el corazón humano. Tantos siglos de convivencia entre los hombres y, todavía, tanto odio, tanta destrucción, tanto fanatismo acumulado en ojos que no quieren ver y en corazones que no quieren amar.

Los bienes de la tierra, repartidos entre unos pocos; los bienes de la cultura, encerrados en cenáculos. Y, fuera, hambre de pan y de sabiduría, vidas humanas que son santas porque vienen de Dios, tratadas como simples cosas, como número de una estadística. Comprendo y comparto esa impaciencia, que me impulsa a mirar a Cristo, que continúa invitándonos a que pongamos en práctica ese mandamiento nuevo del amor.

Escrivá pudo ver, durante su vida cómo, gracias al aliento del Opus Dei, como fruto responsable del compromiso cristiano de unos hombres o de unas mujeres, fueron naciendo numerosos centros dirigidos a la formación de empresarios con sentido social y cristiano; y para la promoción de obreros en las periferias y barrios de las grandes ciudades europeas, en el medio agrario sudamericano, o en las jóvenes naciones africanas.

Tuvo la alegría de ver también apostolados e iniciativas cristianas creadas por personas del Opus Dei, junto con cooperadores y amigos, con el deseo de revitalizar humana, profesional y espiritualmente el mundo rural. Una modalidad entre muchas son las EFAS (Escuelas Familiares Agrarias).

 

La universidad, la cultura, la comunicación, el deporte

Escrivá subrayó la importancia decisiva de la Universidad en el mundo contemporáneo y trató apostólicamente a muchos universitarios, animándoles a realizar su trabajo con sentido de servicio a toda la sociedad.

En sus encuentros universitarios, o con ocasión de algunos nombramientos de doctores honoris causa, el fundador animaba a los docentes universitarios a ser hombres y mujeres enamorados de la Verdad.

Comentaba en 1972: Es una maravilla comprobar cómo Dios ayuda a la inteligencia humana en esas investigaciones que necesariamente tienen que llevar a Dios, porque contribuyen —si son verdaderamente científicas— a acercarnos al Creador. Las ciencias humanas, desarrolladas con principios y métodos propios, avaloradas con el contraste de la Revelación sobrenatural, contribuyen a resolver de modo adecuado los problemas humanos, espirituales y temporales, de todo tiempo y lugar.

Impulsó también algunas iniciativas en el ámbito de la investigación y de la universidad: colegios mayores, colleges, centros culturales abiertos a todo tipo de personas. Y alentó a crear universidades de clara identidad cristiana en diversos países.

Por lo que se refiere a las Ciencias Eclesiásticas, ya se ha hecho realidad uno de sus sueños: la Universidad Pontificia de la Santa Cruz en Roma.

Algunasde las iniciativas universitarias que nacieron gracias a su impulso, durante su vida, fueron las Universidades de Navarra (España) y Piura (Perú). A comienzos del siglo XXI otras muchas universidades y centros universitarios del mundo — La Sabana (Colombia), Los Andes (Chile), la Universidad de Asia y el Pacífico (Filipinas), y de tantos otroslugares como Argentina, Paraguay, México, Guatemala, etc.— son deudoras de su enseñanza cristiana y de su estímulo espiritual.

Han nacido, además, actividades dirigidas a los profesionales de la Comunicación —ámbito muy presente en las preocupaciones y afanes del fundador—; iniciativas profesionales y apostólicas para los responsables de los mass media — facultades de comunicación, escuelas de radio, cine, televisión, fotografía, etc. —, y para los creadores de la opinión pública; para el mundo del arte y de la moda.

Lo importante, para Escrivá, era el encuentro personal con Cristo: que las personas que sacaban adelante esas iniciativas se santificaran, que encontraran a Dios en su trabajo; y que ese trabajo, realizado con afán de servicio, contribuyese de forma positiva a la sociedad.

La figura Miguel Gil, reportero de guerra de la Associated Press, premio Rory Peck por sus imágenes de Kosovo, que fue asesinado el 24 de mayo de 2000 en Sierra Leona, ofrece un ejemplo de trabajo peculiar. Gil era un cooperador del Opus Dei, que ejerció brillantemente su profesión —estaba considerado uno de los cámaras de televisión mejores del mundo— con profundo sentido humanitario y cristiano, en los escenarios más duros y conflictivos. Contaba uno de sus colegas: “Mientras otros periodistas contaban la guerra desde hoteles, él vivía casi todo el tiempo en Mostar, y cada vez salía y regresaba con medicinas para los niños”.

Otro ejemplo de coherencia y lealtad cristiana es el de Luka Brajnovic Dabinovic (1919—2001), un periodista croata, padre de familia numerosa, miembro del Opus Dei, superviviente de tres campos de concentración, que hizo de su vida un canto al perdón y la comprensión entre los hombres, y que falleció santamente en febrero de 2001. Formó a generaciones de periodistas en el espíritu de la concordia.

San Josemaría puso especial empeño el fundador en la evangelización de personas del mundo de la cultura, a las que urgía especialmente para que vivieran con unidad de vida y diesen testimonio de su fe mediante su síntesis personal de vida, fe y cultura. Conocía bien la influencia que estos hombres y mujeres —artistas, comunicadores, publicistas, profesionales de la comunicación audiovisual— ejercen en toda la sociedad.

Al mismo tiempo que estos empeños, estimulaba a realizar otros apostolados, más cotidianos y al alcance de todos, que diesen a los hombres y a las mujeres del mundo, en cualquier situación de su vida, razón de su fe y de su esperanza.

Recordó a los cristianos que debían vivificar todos los ámbitos de la vida humana con la luz del Evangelio, llevando a Cristo a todos los sitios: desde el mundo del espectáculo, por ejemplo, al del deporte. ¡Y hay que estar en forma! —decía— que la vida tiene toda la belleza y toda la alegría del deporte!.

Muchos deportistas y atletas han testimoniado la influencia positiva del espíritu del Opus Dei en su trabajo. “Como profesor de educación física —afirma Ricardas Kancléris, que trabaja en Lituania— me he dado cuenta de lo importante que es transmitir la vida cristiana a los jóvenes”. Han surgidodiversas escuelas deportivas en varias naciones del mundo que ofrecen junto con la formación técnica una formación cristiana con el carisma del Opus Dei.

La cultura, el deporte, el arte, la universidad: el mensaje del Opus Dei se dirige a cada mujer, a cada hombre: no es sectorial no particularizado. La predicación de Escrivá no se limita a determinadas ocupaciones humanas, y eso explica que personas de las profesiones más diversas hayan encontrado en ella una fuente de inspiración humana y cristiana.

 

 

XI. EL VATICANO II.

El Beato Juan XXIII. Convocatoria del Concilio

El 9 de octubre de 1958 falleció Pío XII. Pocas semanas después, el 28 de octubre de 1958, fue elegido Papa Angelo Roncalli, Patriarca de Venecia, con el nombre de Juan XXIII.

Tres meses después de ser elegido, el 25 de enero de 1959, el nuevo Papa dio a un grupo de Cardenales reunidos en la Basílica de san Pablo Extramuros una noticia insospechada: la convocatoria de un Concilio Ecuménico, la celebración de un Sínodo Romano y la Reforma del Código de Derecho Canónico.

Comenzaba para la Iglesia y para Escrivá —que vivió intensamente aquel periodo— los años del Concilio, que duró –contando los años de preparación- un total de seis años: desde 1959 hasta 1965.

Escrivá acogió con alegría esta convocatoria, convencido de que aquella Asamblea - la gran gracia de la que la Iglesia se benefició en ese siglo, como escribe Juan Pablo II, en su Carta Apostólica al comienzo del Nuevo Milenio -traería muchos bienes al Pueblo de Dios.

Era consciente de la necesidad que tenía la Iglesia de dar una respuesta decidida a los retos con los que se enfrentaba: falta de vida cristiana en grandes sectores de la sociedad; ignorancia religiosa; secularización creciente del mundo industrializado, etc.

Era necesario llevar a cabo, además, una inculturación de la fe en las nuevas comunidades cristianas de África y Asia; anunciar el Evangelio con fe renovada ante la creciente influencia del marxismo en amplias zonas de Europa y América; o —en las sociedades más desarrolladas— ante las contradicciones de un capitalismo cada vez más materializado.

El Concilio se inauguró el 11 de Octubre de 1962. Participaron en él varios miembros del Opus Dei: Álvaro del Portillo, por ejemplo, fue Perito conciliar y con el tiempo, Secretario de la Comisión para la disciplina del Clero y consultor de varias comisiones. Fueron Padres conciliares otros miembros del Opus Dei, como Mons Orbegozo, prelado de Yauyos (Perú) y Luís Sánchez—Moreno, obispo auxiliar de Chiclayo (Perú). Estuvo también presente Mons. Alberto Cosme do Amaral, obispo auxiliar de Oporto, socio de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

Fueron testigos de aquellos trabajos conciliares, por su trabajo en la Santa Sede, miembros del Opus Dei como Salvador Canals, ya fallecido, o Julián Herranz, cardenal en la actualidad y Presidente de la Comisión Pontificia para la Interpretación de los Textos Legislativos.

Durante los años que duró aquella magna Asamblea eclesial, Escrivá tuvo numerosos encuentros con Padres Conciliares, expertos y teólogos, que deseaban conocer su opinión sobre los temas que se debatían en el Aula, atraídos, entre otras razones, por su experiencia en los ámbitos más diversos de la pastoral contemporánea.

Entre los cientos de eclesiásticos que conversaron con Éscrivá durante aquel periodo, se pueden citar, entre muchos otros, a Carlo Colombo —“el teólogo de Pablo VI”, una de las personalidades más conocidas del Concilio—; Julius Döphner, uno de los cuatro Moderadores del Vaticano II; Dell´Acqua; Charles Moeller, Marty; y numerosos pastores y estudiosos presentes en el Concilio.

El obispo de Metz recordaba: “Fue Mons. Claude Flusin, obispo de Saint-Claude, el que me presentó a Mons. Escrivá de Balaguer hacia la mitad de la primera sesión del Concilio. Desde entonces tuve la alegría de escucharle en varias ocasiones. Descubrí en él un hombre excepcionalmente sensible y cercano a los problemas de sus contemporáneos. Estaba a la vez preocupado por el porvenir del mundo y por el futuro del Pueblo de Dios. Era perfectamente consciente de la gravedad de cuanto estaba en juego y demostraba la profunda convicción de que no se podía pensar solamente en algún retoque superficial. Sin embargo, las reformas de estructuras, por sí solas, le parecían insuficientes. Consideraba que sólo un retorno a las fuentes de la fe habría permitido a la Iglesia cumplir su misión en el mundo”.

 

Pablo VI y el Concilio

El 3 de junio de 1963 falleció santamente el Beato Juan XXIII. El 21 de junio fue designado Papa Juan Battista Montini, Arzobispo de Milán, que eligió el nombre de Pablo VI y reemprendió los trabajos conciliares.

Durante las diversas sesiones del Concilio se abordaron cuestiones trascendentales para el Pueblo de Dios, como la reflexión teológica sobre la Iglesia y el Episcopado, la reforma litúrgica, la doctrina sobre el laicado, el diálogo de la Iglesia con el mundo moderno y el movimiento ecuménico.

El 21 de noviembre de 1965 Pablo VI inauguró los edificios del Centro ELIS, centro de formación profesional para obreros, que la Santa Sede había encomendado al Opus Dei en el barrio romano del Tiburtino. Pablo VI, cuya Causa de Canonización se encuentra abierta, consideraba a san Josemaría “uno de los hombres que han recibido más carismas, más gracias de Dios, a lo largo de toda la historia de la Iglesia, y que siempre ha respondido con generosidad, fiel a esos dones divinos”.

Pocos días después, el 8 de diciembre de 1965, tuvo lugar la clausura del Concilio. Se abría un tiempo de esperanzas para la Iglesia.

Mientras tanto, el fundador seguía trabajando intensamente, olvidado de sí mismo, de sus enfermedades y del peso de la edad. En 1966 le diagnosticaron una insuficiencia renal crónica, que fue empeorando con el tiempo, a pesar de los cuidados médicos que recibió.

 

Una de mis mayores alegrías

Tras la Asamblea eclesial se fueron difundiendo por todo el mundo las enseñanzas conciliares. Una de mis mayores alegrías —comentó Escrivá— ha sido precisamente ver cómo el Concilio Vaticano II ha proclamado con gran claridad la vocación divina del laicado.

Como resaltó el Cardenal Franz König, una de las figuras más conocidas del Vaticano II, Escrivá había ido anticipando desde la fundación del Opus Dei muchas de las enseñanzas que en aquellos momentos, gracias al Concilio, se estaban convirtiendo en patrimonio común del Pueblo de Dios.

Según los estudiosos, el carisma del Opus Dei estaba en sintonía profunda con todas las enseñanzas del Concilio Vaticano II, de forma especial en estos puntos:

  • en la necesidad de dar un fuerte impulso al desarrollo de la teología sobre el Sacramento del Bautismo.

  • en la doctrina sobre la llamada universal a la santidad y al apostolado.

  • en el deseo de subrayar la unidad de vida (armonía entre la llamada a la santidad y la vida ordinaria del cristiano).

  • en considerar el trabajo profesional como ocasión y medio de santificación personal y de apostolado.

  • al valorar las características propias del apostolado de los laicos y su participación en la misión de la Iglesia.

  • al establecer los límites legítimos de la libertad personal del cristiano en las cuestiones temporales.

  • al considerar la Santa Misa como “centro y raíz” de la vida interior.

  • al desear la participación activa de los fieles laicos en la liturgia de la Iglesia, especialmente en la Eucaristía.

  • en la invitación hecha a los fieles para que adquieran una profunda cultura doctrinal y espiritual. Seguir leyendo

 

 

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