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¿Quién fue Escrivá?

V Parte



XII. TIEMPO DE PRUEBA

El inmediato Postconcilio

 

Escrivá alentó a las mujeres y los hombres del Opus Dei a difundir las enseñanzas conciliares con fidelidad al Magisterio; y dio las indicaciones oportunas para llevar a cabo la reforma litúrgica que había decretado el Vaticano II, moviendo a los fieles cristianos a prestar obediencia incondicional al Papa.

Estad muy cerca del Pontífice Romano —recomendaba en 1965— il dolce Cristo in terra: seguid al día sus enseñanzas, meditadlas en vuestra oración, defendedlas con vuestra palabra y vuestra pluma.

Vivió durante este tiempo particularmente unido al corazón del Papa, que estaba abrumado, como tantos fieles, por la situación que atravesaba la Iglesia. Es lo que se llamó “crisis postconciliar”.

Esa crisis, que hundía sus raíces en épocas anteriores al Concilio, se produjo en una hora del mundo particularmente compleja: revoluciones, guerras, fuertes cambios sociales y culturales, ataques a la institución familiar, contestación juvenil, quiebra de modelos culturales...

Se manifestó con especial fuerza en la segunda mitad de los años sesenta y durante las décadas siguientes; y tuvo diversas manifestaciones en el ámbito de la práctica religiosa, de la teología, de la liturgia y de la pastoral.

El fundador sabía, por su conocimiento de la historia de la Iglesia, que los años que siguen a un Concilio —como escribió en 1965— son siempre años importantes, que exigen docilidad para aplicar las decisiones adoptadas, que exigen también firmeza en la fe, espíritu sobrenatural, amor a Dios y a la Iglesia de Dios, fidelidad al Romano Pontífice.

Fue un tiempo de paradojas: mientras unas Iglesias particulares se enfrentaban con el avance del marxismo, en otras se difundía un espíritu permisivo y materialista, que se traducía, en ocasiones, en actitudes próximas al protestantismo liberal. Se produjeron numerosas defecciones sacerdotales y religiosas, y se agravó un fenómeno que había analizado con preocupación el Concilio: “crecientes multitudes se alejan prácticamente de la religión”.

 

¡Optimistas! ¡Alegres!

El dolor de Escrivá por el estado en que se encontraba parte del Pueblo de Dios se tradujo en afanes de reparación y en un ofrecimiento constante por la Iglesia. Pero no perdió ni la alegría, ni el dinamismo apostólico ni el optimismo. Dios le concedió algunas locuciones interiores —fenómeno místico común en las almas santas— que le animaron decisivamente a la confianza y la oración incesante. El 5 de mayo de 1970 escuchó en su alma unas palabras: Si Deus nobiscum, quis contra nos?, que le confortaron, recordándole la protección constante de Dios a su Iglesia. El 6 de agosto de 1970, cuando se preparaba para celebrar la Santa Misa, sintió interiormente la fuerza de esta exclamación del libro de Isaías: Clama, ne cesses! Esto le llevó a redoblar sus súplicas por el Pueblo de Dios. El 23 de agosto de 1971 tuvo la fuerte necesidad de acudir a la intercesión de la Virgen, al sentir esta invitación: Adeamus cum fiducia ad thronum gloriae, ut misericordiam consequamur.

 

Estos tiempos malos pasarán—decía—, como ha pasado siempre (...). ¡Optimistas, alegres! ¡Dios está con nosotros! Por eso, diariamente me lleno de esperanza. La virtud de la esperanza me hace ver la vida como es: bonita, de Dios. La esperanza nos da una nueva perspectiva de todas las cosas. Tenemos la obligación de cultivar en nuestra alma esa virtud teologal.

 

XIII. VIAJES DE CATEQUESIS. 1970-1975

Peregrinación y catequesis

Desde 1970 a 1975 realizó numerosos viajes de catequesis y peregrinación a Santuarios de la Virgen, por la Península Ibérica, Francia y numerosos países de América, donde habló de Dios a decenas de miles de personas.

Le acompañaban habitualmente en esos viajes Álvaro del Portillo, que le sucedería al frente del Opus Dei; y Javier Echevarría, actual Prelado. Aquí se les ve rezando el Rosario en el Santuario argentino de Luján.

Escribía el Siervo de Dios José María García Lahiguera: “Precisamente en los últimos años de su vida, cuando tenía que sentir por fuerza el peso de tantos años de labor esforzada, se vio acuciado a darse aún más, desgastándose físicamente en una abundante labor de predicación, en viajes de catequesis agotadores, queriendo poner de su parte todo lo que en su mano estaba para contrarrestar tantas voces disonantes que, bajo capa de renovación conciliar, van difundiendo ideas claramente heréticas, que causan profundos dolores al Santo Padre”.

Su catequesis, hecha siempre con sencillez —Escrivá era enemigo de solemnidades— se desarrollaba habitualmente en torno a una peregrinación mariana y los temas se adecuaban a las diversas circunstancias de los oyentes.

Algunos de esos temas versaban sobre:

  • la llamada universal a la santidad.
  • la fidelidad a la Iglesia y a sus enseñanzas.
  • la unión con el Papa.
  • la necesidad de los sacramentos.
  • la grandeza de la familia cristiana.
  • la cultura de la vida, basada en el respeto a la vida humana y a la dignidad de la persona desde la concepción hasta su ocaso natural.
  • el verdadero sentido de la liberación cristiana, según los principios de la doctrina social de la Iglesia.
  • la importancia de la vida de oración y los sacramentos, especialmente la Eucaristía y la Reconciliación.

 

1970. Primer viaje a América: México

Estuvo en México desde el 15 de mayo al 22 de junio de 1970, y del 16 al 24 de mayo hizo una novena en la Basílica de Guadalupe. En los días siguientes habló de Dios a miles de hombres y mujeres, entre ellos muchos indígenas, venidos de diversos estados de México, Canadá, Estados Unidos, de los países de América Central, Puerto Rico, Venezuela, Colombia y Argentina. En esta fotografía se le ve con campesinos mexicanos:

Un año después, el 30 de mayo de 1971, hizo en Roma la Consagración del Opus Dei al Espíritu Santo, al que tenía profunda devoción.

 

1972. Viaje de catequesis por la Península Ibérica

Desde el 4 de octubre al 30 de noviembre de 1972 estuvo en diversas regiones y ciudades de la Península Ibérica: Pamplona, Bilbao, Madrid, Oporto, Andalucía, Valencia y Barcelona.

Eran viajes de catequesis, con una finalidad exclusivamente pastoral, en los que habló de Jesucristo a miles de personas: De mí, que soy sacerdote de Jesucristo —decía el 28 de octubre en el barrio de Vallecas de Madrid— no esperéis más que palabras cristianas. Yo no sé hablar más que de Dios, porque mi oficio es ése.

“Recuerdo —escribe Javier Echevarría— que en varios de aquellos encuentros, a la vez numerosos y entrañables, trató con frecuencia de la confesión, de la maravilla del perdón de Dios que se manifiesta en este sacramento”.

Visitó en esos viajes algunos conventos de clausura, para pedir que rezaran por sus intenciones. Les decía a unas Carmelitas descalzas de Cádiz: Son muchos los conventos y monasterios, en todo el mundo, que tienen con nosotros esta unión espiritual. Nos hacen participar de sus bienes espirituales, que son tantos, y nosotros les hacemos partícipes de nuestro trabajo apostólico. Por eso, me siento entre vosotras como un hermano entre sus hermanas.

 

1974. Segundo viaje de catequesis por América

En 1974 realizó su tercer viaje de catequesis por América, desde el 22 de mayo al 31 de agosto. Tuvo encuentros personales y multitudinarios con todo tipo de personas en Brasil, Argentina, Chile, Perú, Ecuador y Venezuela.

Conocía los fuertes desequilibrios económicos y sociales que sufrían algunos de esos países, y ante determinados panoramas de pobreza y marginación, recordó a los que le escuchaban las exigencias del compromiso cristiano en toda su radicalidad, previniéndoles ante una espiritualidad individualista e indiferente a la suerte de los demás.

En Brasil —dijo en uno de sus primeros encuentros en este país en el que estuvo desde el 22 de mayo al 7 de junio— hay mucho que hacer, porque hay gente necesitada de lo más elemental. No sólo de instrucción religiosa —hay tantos sin bautizar—, sino también de elementos de cultura corriente. Los hemos de promover de tal manera que no haya nadie sin trabajo, que no haya un anciano que se preocupe porque está mal asistido, que no haya un enfermo que se encuentre abandonado, que no haya nadie con hambre de sed y de justicia, y que no sepa el valor del sufrimiento.

A los que podían ayudar especialmente a esas personas menos favorecidas desde el punto de vista económico, les insistía: Hay que intensificar las labores con obreros y campesinos. Hemos de ayudarles, con calor humano y afecto sobrenatural, a que adquieran la cultura necesaria para que puedan sacar de su trabajo más fruto material, y lleguen a mantener la familia con mayor desahogo y dignidad. Para eso no hay que hundir a los que están arriba; pero no es justo que haya familias que estén siempre abajo.

En Santiago de Chile —donde residió desde el 28 de junio al 9 de julio— tuvo veinticinco encuentros de catequesis, muchos de ellos multitudinarios, con preguntas y respuestas. Atendió además a un buen número de familias y mantuvo más de veinte reuniones y sesiones de trabajo con personas del Opus Dei. Alentó a los chilenos a entenderse entre sí; a respetar las opiniones ajenas; a superar las fracturas sociales con sentido de solidaridad y sensibilidad cristiana.

Tuvo que cambiar sus planes de viaje, porque en Perú contrajo una grave afección pulmonar que le obligó a guardar cama. Días después, no repuesto del todo, quiso seguir con su predicación, aunque hablar le suponía mucho esfuerzo.

Llegó el 1 de agosto a Ecuador. En Quito le afectó gravemente el mal de altura. Los médicos le aconsejaron que suspendiera todas sus actividades y regresó a Roma.

 

1975. Tercer viaje de catequesis por América

Estuvo de nuevo en tierras americanas, por tercera y última vez, desde el 4 al 23 de febrero de 1975. Viajóa Venezuela, donde hizo un vibrante anuncio del Evangelio, a pesar de su delicado estado de salud.

“Su alma —comentaba Álvaro del Portillo— tiraba del cuerpo de un modo asombroso; la parte espiritual predominaba de tal manera sobre la parte somática que, no obstante su edad madura, le permitía esa actividad desbordante (...) durante la segunda y la tercera catequesis en América. Nadie puede entenderlo de otra forma”.

El 15 de febrero, con el parecer favorable de los médicos, partió para Guatemala, donde cayó enfermo a los pocos días de su llegada. Tenía mucha fiebre y afonía. Los médicos diagnosticaron los comienzos de una broncopulmonía y el 22 de febrero, tras unos días de reposo, tuvo que interrumpir con su catequesis y regresar a Roma.

El cardenal de Guatemala quiso acompañarle hasta el aeropuerto, y antes de salir, en el oratorio de un centro del Opus Dei, le pidió, de rodillas, la bendición, consciente de que era la bendición de un sacerdote santo: “En la presencia de Jesús Sacramentado y de estos hijos suyos —le dijo—, no me muevo de aquí hasta que no me dé la bendición”.

El fundador se la dio y pocos minutos después partió por última vez de tierras americanas.

 

Las últimas "locuras"

En esta última década de su vida se advertían ya las manifestaciones de lo que serían las corrientes ideológicas dominantes del último cuarto de siglo XX, como el ateísmo, la indiferencia religiosa, el racionalismo, el cientifismo, la reducción del saber a simple ideología, etc.

En este periodo Escrivá llevó a cabo lo que denominaba sus últimas locuras. Fueron locuras de fe y amor a Dios. Una fue la construcción, en medio de graves dificultades económicas, del actual Seminario internacional de la Prelatura del Opus Dei, en Cavabianca, un lugar cercano a Roma.

Otra locurafue el Santuario mariano de Torreciudad, en el Alto Aragón, concebido como un lugar de amor a la Virgen, oración, penitencia y formación.

Desde el 23 al 26 de mayo de 1975, durante su último viaje fuera de Roma, peregrinó —por tercera vez y última en su vida— a este Santuario de Torreciudad, que estaba a punto de ser inaugurado.Se inauguró siete semanas después, el 7 de julio de 1975, con un funeral por su alma.

 

Pedía a la Virgen que Dios concediera a los que acudieran allí un derroche de gracias espirituales (...) que el Señor querrá hacer a quienes acudan a su Madre Bendita ante esa pequeña imagen, tan venerada desde hace siglos. Por eso me interesa que haya muchos confesonarios para que las gentes se purifiquen en el santo sacramento de la penitencia y -renovadas las almas- confirmen o renueven su vida cristiana, aprendan a santificar y amar el trabajo, llevando a sus hogares la paz y la alegría de Jesucristo: la paz os doy la paz os dejo. Así recibirán con agradecimiento los hijos que el cielo les mande, usando noblemente del amor matrimonial, que les hace participar del amor creador de Dios; y Dios no fracasará en esos hogares, cuando El les honre escogiendo almas que se dediquen, con personal y libre dedicación, al servicio de los intereses divinos.

Pasó largos ratos de oración y plegaria junto a la Virgen de Torreciudad. Sentía ya que se acababa su peregrinar terreno, que se le hacía de noche; y deseaba vivamente la contemplación del rostro de Cristo: Vultum tuum requiram Domine!, ¡Quiero ver tu rostro Señor!, repetía con frecuencia en su oración.

 

 

XIV. SIEMPRE RECOMENZANDO

Bodas de oro en el sacerdocio

El 28 de marzo de 1975, Viernes Santo, se cumplió el cincuenta aniversario de su ordenación sacerdotal. No quiso que se hiciera celebración alguna en aquel día, en el que hizo un largo repaso de las bondades de Dios en su vida y especialmente en sus cincuenta años de sacerdocio: Todo lo hecho hasta ahora es mucho, pero es poco: en Europa, en Asia, en Africa, en América y en Oceanía. Todo es obra de Jesús, Señor nuestro. Todo lo ha hecho nuestro Padre del Cielo

A la vuelta de cincuenta años —continuó diciendo, mostrando que seguía luchando contra sus propios defectos y limitaciones, esforzándose por querer más a Dios—, estoy como un niño que balbucea. Estoy comenzando, recomenzando en cada jornada. Y así hasta el final de los días que me queden: siempre recomenzando.

 

26 de junio de 1975

El 26 de junio de 1975 celebró la Eucaristía por la mañana —ofreciéndola por la Iglesia y por el Papa, como de costumbre— y marchó a Castelgandolfo, donde tuvo un breve encuentro con mujeres del Opus Dei.

Vosotras —les comentó—, por ser cristianas, tenéis alma sacerdotal, os diré como siempre que vengo aquí. Podéis y debéis ayudar con ese alma sacerdotal, y con la gracia de Dios, al ministerio sacerdotal de nosotros, los sacerdotes. Entre todos haremos una labor eficaz. Sacad motivo de todo para tratar a Dios y a su Madre Bendita, Nuestra Madre, y a San José, nuestro Padre y Señor, y a nuestros Ángeles Custodios, para ayudar a esta Iglesia Santa, nuestra Madre, que está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en el mundo en estos momentos. Hemos de amar mucho a la Iglesia y al Papa. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio a su Iglesia y al Santo Padre.

Se sintió repentinamente mal y regresó a Roma. Falleció muy poco después, a causade un ataque cardíaco, hacia las 12 del mediodía, cuando entraba en su habitación de trabajo en la Sede Central del Opus Dei.

El 27 de junio fue sepultado en la Cripta del Oratorio de Santa María de la Paz, actual iglesia Prelaticia. Sobre su tumba se pusieron las fechas de su nacimiento y muerte, y una inscripción —El Padre—, como le llamaban y le siguen llamando miles de personas en los cinco continentes.

Fue beatificado en 1992 y canonizado diez años después, el 6 de octubre de 2002 en la Plaza de san Pedro, por Juan Pablo II. En la fotografía se observa la multitu que llenaba la Plaza de San Pedro y la Via de la Conciliación, hasta el Tíber.

La fiesta litúrgica de san Josemaría se celebra el 26 de junio. Regresar al primer capítulo

 

JoséMiguel Cejas

 

 

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