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Bartolo Llorens, poeta joven
Historia de un año en el Opus Dei

(Catarroja, Valencia,13.III.1922 –31.V.1946)



Un recuerdo de plenitud

Hay amigos que se van durante los años de juventud y permanecen para siempre en el recuerdo. Yo no conocí a Bartolomé Llorens, pero por la huella que ha dejado en varios amigos míos, Bartolo, como le llaman todos, debió ser uno de ellos. Un recuerdo de plenitud, de fruto maduro, de las horas felices de juventud.

Había nacido en 1922 en Catarroja, a pocos kilómetros de Valencia. Su madre era cristiana y practicante; su padre, un sastre blasquista y anticlerical. Estudió en el Instituto-Escuela, en el ambiente laicista de la Institución Libre de Enseñanza. Hizo Filosofía y Letras en la Universidad Literaria de Valencia, donde fue un estudiante apasionado, vitalista y trabajador, que se declaraba no creyente, aunque en su intimidad experimentaba una gran sed de Dios.

En Valencia fue alumno deDámaso Alonso, con elque encontraría de nuevo en Madrid en 1943, cuando se trasladó para estudiar Filología Moderna en lo que entonces se llamaba Universidad Central.Formó parte de la tertulia literaria que tenía lugar en casa de Vicente Aleixandre, y conoció a Gaos, Castillo Puche y en especial a Carlos Bousoño, futuro Académico de la Lengua, con quien entabló una honda amistad.

 

Un recuerdo de Carlos Bousoño

“Éramos compañeros de curso –recuerda Carlos Bousoño- , y Dámaso Alonso nuestra máxima admiración. (...) Yo escribía Subida al Amor y leía con frecuencia a Bartolomé los poemas que iba escribiendo. Sus comentarios eran siempre inteligentes y llenos de vida. Pues para nosotros lo mismo los problemas culturales que los artísticos eran vida, palpitantes trozos de vida y no secas referencias eruditas o recreativas. Bartolomé Lloréns era ya un auténtico sabio, dentro de su jovencísima juventud, sobre todo, en lingüística.

Hubiera sido -estoy seguro de ello- uno de nuestros primeros filólogos, y hoy lo tendríamos en la Academia, sin duda ninguna, como lo está nuestro otro compañero de curso, Fernando Lázaro Carreter, que compartía con nosotros la mismaaula damasiana y el mismo fervor por el maestro.

Pero aparte de las conversaciones lingüísticas, yo recuerdo, sobre todo, nuestros encendimientos poéticos, al leer juntos El Cementerio Marino, de Paul Valery, cuyas estrofas nos sabíamos de memoria los dos; así como los versos de los poetas que iban surgiendo y de los maestros que nos rodeaban.

Bartolomé Lloréns vivía en la Residencia Cisneros, donde también vivían otros amigos míos: Tena (en la actualidad embajador), Camblor y Rodrigo Carvajal (hoy catedrático en la Facultad de Derecho), amén de Eugenio de Nora, poeta, como todo el mundo sabe.


Todos coincidíamos con frecuencia en casa de Vicente Aleixandre, cuya poesía era para nosotros un maravilloso ejemplo. ¡Qué gran papel tuvieron Dámaso y Vicente en la España de entonces, tan desposeída y huérfana por los cientos de miles de españoles exiliados a causa de la guerra, muchos de los cuales eran la flor y nata de aquella cultura que España supo alcanzar con esfuerzo y gloria a lo largo del siglo!

Recuerdo las reuniones en la casa de Vicente los domingos, la alegría que allí imperaba, el afecto profundo que a todos nos unía, la ilusión de empezar a escribir, que experimentábamos como un destino frenético y deslumbrante, un ansia de ser, no famosos -eso no contaba para nada-, pero sí escritores, escribir y procurar hacerlo bien: la felicidad de que la poesía existiese, que ayer hubiésemos leído un maravilloso poema de éste o de aquél, amigo nuestro o no, porque ese matiz no era del caso.

Todo estribaba, sencillamente, en la juventud y estela de generosidad que le es propia, cuando aquella existe en su pureza y no está desvirtuada.”

 

Un joven poeta

Durante ese periodo Lloréns escribió varios poemarios: Hojas sin árbol, Fuga, Tránsito por la tierra... Sus versos reflejan la fuerte tensión espiritual de su alma, que atravesaba un periodo de crisis, y se hacía preguntas que no encontraban respuesta, como se trasluce en este poema que escribió en las Navidades de 1944:

Vedme, miradme todos.

soy un hombre desnudo y con las manos vacias

que viene ya de vuelta de todos los sistemas.

Un cansancio de sueños martiriza mi frente

y el corazón me duele con sangre de verdades.

 

En marzo de 1945 un dominico, el Padre Aguilar, capellán del Cisneros, le propuso hacer ejercicios espirituales. Y durante aquellos días se produjo la conversión espiritual que anhelaba secretamente:

La soledad, la noche en que vivía,

el hondo desamparo y desconsuelo,

la triste esclavitud que me perdía,

son ahora presencia, luz sin velo,

son amor, son verdad, son alegría,

son libertad en Ti, Señor, ¡son Cielo!

 

Como fruto de ese encuentro con Cristo se planteó una entrega total a Dios. El Padre Aguilar le aconsejó que fuese a LaMoncloa, una residencia dirigida por personas del Opus Dei. Pocos meses después, tras hablar con su amigo Vicente Fontavella en Valencia, decidió pedir la admisión el 27 de marzo de 1945.



La misma alegría de siempre, pero más alta, como iluminada

Durante esta nueva etapa de su vida Bousoño encontró a Bartolo con “la misma alegría de siempre, pero más alta y como iluminada. Me contó su experiencia y me hizo leer una serie de sonetos que había escrito como consecuencia de la remoción de su conciencia. “Son muy clasicotes”, me indicó con modestia.

Los leí y mi emoción iba creciendo a cada paso. Los poemasestaban llenos de verdad y, por tanto, de auténtica poesía. Desde entonces le ví de otro modo. No sólo iba a ser un gran científico de la lengua, sino también un verdadero poeta, que ya estaba anunciando su gran sensibilidad antes de este súbito florecer de ahora, pero que, pese a todo, me sorprendió”.

Siguió estudiando con tenacidad y los resultados académicos –Sobresaliente- le permitieron optar al Premio Extraordinario. Durante el curso siguiente se trasladó a vivir Moncloa. Fue un periodo de plenitud y de alegría en el que fue asimilando el espíritu del Opus Dei.

Durante el verano comenzó a trabajar en una tesis doctoral sobre la lengua de los pescadores de la Albufera de Valencia.

“Y de pronto -continúa evocando Bosuoño-, la gravísima enfermedad: tuberculosis laríngea avanzada. Yo le fui a ver a Catarroja. Me recibió con la misma alegría de siempre: “Me voy a morir”, me dijo con naturalidad, y añadió: “¡Pero qué fácil es morir! Lo difícil es vivir y ser fiel cada día a la honda creencia.

Yo estaba asombrado. Bartolomé no tenía el menor miedo, el menor dolor. Seguimos hablando de otras cosas ajenas a la grave noticia. No estaba triste ni parecía pensar en el asunto. Cariñoso, interesado por todo, y por todos como siempre. De sí mismo no hablaba, pero su entusiasmo no había menguado, ni su íntima felicidad.

Yo me marché con el corazón destrozado y lleno de admiración, y de no se qué extraños pensamientos. Bartolomé Lloréns era mucho más grande de lo que yo había esperado de él. Su obra magna no era necesario escribirla: la había realizado ya en su propio ser, de un modo hondo, completo”.

Viajaron a Catarroja muchos fieles del Opus Dei para cuidarle y atenderle. Un día fue a verle el Fundador, que le animó a pedir por su curación y al mismo tiempo, a aceptar la voluntad de Dios con alegría.

 

Tu recuerdo, Bartolo

El día 30 de mayo de 1946 Bousoño le envió un libro de poemas que acaba de publicar, junto con esta carta que Bartolo nunca llegó a leer: “Tu recuerdo, Bartolo, será siempre para mí puro y ejemplar. Dentro de mi corazón estarás siempre, siempre, siempre, como el motor de todos mis actos más nobles.

Me has dado un ejemplo, un ejemplo de Vida, de carácter, de desinterés, de generosidad para con tus amigos y para con Dios; un ejemplo que no olvidaré nunca. Cuando los años pasen, y yo sea un viejo, si es que llego a serlo, recordaré los días de la juventud, y en ellos te veré tan humano, tan juvenil y cargado, tan rico de dolor y alegría, que tu visión me hará olvidar las tristezas del mundo”.

En la noche del 31 de mayo Bartolo esperaba serenamente la muerte. En un determinado momento le hizo a su madre un gesto de despedida con la mano. Sonrió y le dijo, casi susurrando: m´em vaig, me voy. Poco después falleció.

Como había escrito en 1946, Bousoño no le olvidó nunca. Muchos años después, en febrero de 1993, evocaba su figura, una de esas figuras inolvidables de los días de la juventud.:

“Muy pocos días después recibí la noticia. Mi amigo había muerto. Cuando se iba a cerrar el féretro (...) llegó mi nuevo libro de poemas dedicado a él. Se titulaba Primavera de la muerte”.

 

José Miguel Cejas

 


En la red: Serie de poesía Bartolomé Llorens

Bibliografía:

RODRÍGUEZ, Manuel J., Dios en la poesía española de posguerra, 1977. BOUSOÑO, Carlos, Prólogo a Bartolomé Lloréns. Antología Poética, 1993. POVEDA, Juan Ignacio, Bartolomé Llorens. Una sed de eternidades, 1997.

Fuentes: Testimonio oral de Julián Urbistondo.


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