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Raúl López, sacerdote diocesano, párroco de San Andrés de Giles: ¡gracias al hornero !


 

A la diócesis argentina de Mercedes, creada en 1934 por Pío XI, se le añadió en 1996 el título de Luján, en honor a la Patrona de Argentina que se venera en el hermoso Santuario de estilo neogótico que recoge la fotografía.

Con una superficie de 19.330 km2, la diócesis cuenta con 620.000 habitantes, en su mayoria católicos. Comprende, en la provincia de Buenos Aires, los partidos de Alberti, Carmen de Areco, Chacabuco, Chivilcoy, General Las Heras, General Rodríguez, Junín, Leandro N. Alem, Lobos, Luján, Marcos Paz, Mercedes, Navarro, San Andrés de Giles y Suipacha. Según las últimas estadísticas, tiene 104 sacerdotes; entre ellos, 72 diocesanos.

Uno de esos sacerdotes diocesanos, socio de la Sociedad sacerdotal de la Santa Cruz hablaba de su experiencia en un programa de televisión.


Gracias al hornero

“Soy sacerdote diocesano; pertenezco a la diócesis de Mercedes-Luján, y hace años fui asignado como vicario parroquial de la parroquia de San Andrés de Giles.

Mi encuentro con el Opus Dei fue así: recuerdo que un día vi que circulaba de mano en mano de los feligreses de mi parroquia una estampa de Josemaría Escrivá, y pensé prejuiciosamente que la habría dado una persona de determinada clase social.

Y la sorpresa fue muy grande cuando me encontré que quien la había dado era Eugenio, el hornero, el muchacho que más ladrillos cortaba en toda la zona.

  En un momento muy especial

Esa estampa me llegó en un momento muy especial, porque en aquel tiempo había un sacerdote que estaba pasando una gran prueba espiritual y yo no sabía cómo ayudarle. Recé la estampa con gran devoción, pidiéndole a Josemaría Escrivá que ayudara a ese sacerdote y le concediera la gracia de perseverar en su sacerdocio.

También le recé por mí y le pedí la gracia de que me hiciera fiel en mi sacerdocio hasta la muerte. Y al poco tiempo mi obispo le pidió a un sacerdote del Opus Dei que se acercara a este sacerdote.

Le acompañó, le ayudó… y yo sentí en ese sacerdote que se acercó a ayudar a este compañero mío, en su ayuda a este hermano doliente tirado al borde del camino, la realización de la parábola del buen samaritano. Comprendí que aquello había sido una gracia concedida por intercesión de Josemaría Escrivá.


También considero otro signo de Dios que fuera Eugenio, el hornero, quien diera esa estampa, porque Josemaría Escrivá nos enseñó a santificarnos por medio del trabajo y yo vi claramente cómo en un horno de ladrillos se podía vivir la espiritualidad del Opus Dei.

Una inmensa alegría

Fue para mí una inmensa alegría encontrarme de nuevo con el Opus Dei, al que yo había conocido desde muy chico, aunque luego me había alejado.


Me puse en relación con la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz que supuso una renovación de mi sacerdocio y el encuentro con mi familia espiritual.

Sentí como si se abriera de repente una ventana en mi vida, llenándola de un aire fresco y revitalizador en todos los aspectos: en mi relación con los demás sacerdotes; en mi relación con el obispo, a quien quise mucho más a partir de ese momento; en mi relación con los feligreses…

Yo no conocí a monseñor Escrivá cuando vino a Argentina. Estaba en Buenos Aires el día que llegó, pero no fui donde él. Sin embargo he conocido a sus hijos, especialmente a sus hijos sacerdotes. Y cada vez que me encuentro con un sacerdote del Opus Dei pienso que es como si me encontrara con él.


Para saber más:

Encuentros del Fundador del Opus Dei en Argentina

Escribe Vázquez de Prada en su biografía sobre el Fundador del Opus Dei que el 11 de junio de 1974, tras su llegada a Argentina" salió en coche para Buenos Aires, que veía por vez primera. A las once tuvo una entrevista con el Cardenal Antonio Caggianoen el Arzobispado. Conversaron sobre la dolorosa situación de la Iglesia. El Padre salió conmovido de la visita, por las muestras de afecto del Cardenal. Recorrió luego la zona céntrica de la ciudad y, acompañado de sus hijos dio una larga caminata por el Parque Palermo. Después de comer, tuvo una inolvidable tertulia con los directores regionales y algunos sacerdotes.

¿Tenían impaciencia por hacer cosas? El Padre les trazaría un programa de ambiciosos proyectos. No iba a repetir, como por sistema, lo mismo en todas partes; pero sí debía decirles lo señalado a los del Brasil: ¡En Argentina y desde Argentina! Esta tierra tiene que dar gente. Y continuaba: Al celo de mis hijos de Argentina le brindo el mundo entero. ¡Además de Argentina, que no es poco!. Soñaba cara al futuro, y no quería que sus hijos se quedasen cortos.

Aquellos ratos de tertulia en La Chacra, en la intimidad familiar, los consideraba el Padre un regalo del Cielo. Les estaba transmitiendo el espíritu del Opus Dei. Al revés que sus hijos, soñaba para atrás, con sueños realizados y promesas cumplidas. (...)

El Padre pasó tres semanas en La Chacra, del 7 al 28 de junio. Por esa casa de retiros, en los terrenos de una antigua estancia porteña, desfilaron centenares de hijas e hijos suyos. La sala de estar se llenaba y se vaciaba a diario con gente de la Obra, cooperadores y amigos, sacerdotes o seglares.

Visitó además el Padre los Centros de Buenos Aires, clubs, residencias de estudiantes y otras obras corporativas. Entre los asistentes a esas tertulias había personas de todas las edades, jóvenes y menos jóvenes, padres y madres de familia. Algunos venían de ciudades argentinas, o de Uruguay o Paraguay. (...)

El miércoles 12 de junio fue en romería al Santuario de Nuestra Señora de Luján, Patrona de Argentina, Uruguay y Paraguay, a unas dos horas por coche del centro de Buenos Aires. Se corrió la voz y cuando llegó el Padre a la explanada había una gran muchedumbre esperándole, para rezar con él un rosario a la Virgen.

Por entonces se preparaban las grandes tertulias, a las que asistiría el público en general: familias y amigos de los miembros de la Obra y otras muchas personas que poco sabían del Opus Dei. Las gestiones para conseguir los locales no fueron nada fáciles. En el Centro de Congresos General San Martín consiguieron milagrosamente dos fechas: el 15 y el 16 de junio. Se buscaron recintos de gran aforo.

El del Colegio de Escribanos, céntrico y bien instalado, se dispuso para los días 18 y 21, que eran jornadas de trabajo. (Los hechos demostrarían que la cabida de estas dos salas resultó insuficiente). Otro de los locales que decidieron alquilar fue el Teatro Coliseo. Pídanlo si se les antoja, acaso lo consigan —les dijo un entendido—, pero no lo llenan.

Su amplio escenario tenía por fondo una inmensa platea, coronada por tres pisos de galería en forma de herradura. Los días 23 y 26 estaba a rebosar, superaban el aforo y pasaban de cinco mil los asistentes. Gracias a Dios, de esas tertulias quedaron muchos rollos de película, una espléndida colección de documentos filmados de la catequesis del Padre en América, comenzando con algunas reuniones en Brasil.

Solía hacer el Padre la apertura del acto con unas palabras cordiales o un breve comentario religioso. Era el preludio a la conversación. Inmediatamente surgían las preguntas entre los asistentes. Los micrófonos y un sistema de luces rojas repartidas por la sala indicaban dónde estaba la persona que quería hablar. No se ponía coto a las intervenciones, aunque sí se respetaba la prioridad de quien se hacía con el micrófono. De manera que el Padre era blanco de lo fortuito. No podía hurtarse a las preguntas y contestaba como Dios le daba a entender. Y era evidente que le soplaba el Espíritu Santo, porque sus palabras dejaban paz y alegría en el alma de quienes buscaban solución a sus penas.

Por lo común, los temas que se trataban eran la familia y la educación de los hijos, la vida de piedad, la claridad de ideas en medio del confusionismo doctrinal, la tarea apostólica, la confesión... En las tertulias generales las preguntas eran más heterogéneas y las historias personales no siempre color de rosa. De vez en cuando, perdida entre la muchedumbre, se oía una voz que pedía socorro.

El domingo, 23 de junio, en el Teatro Coliseo una mujer consiguió hacerse con el micrófono. Había perdido un hijo. Pertenecía a la Obra y quería que el Padre explicase a todos con qué paz y alegría se lleva el dolor en el Opus Dei, cuando el Señor lo pide. Les habló el Padre de que Dios no es un tirano ni se porta como un cazador, apostado para pegar un tiro de muerte a la pieza. Dios se lleva a los seres queridos para que gocen de su gloria y de su Amor. Siguió consolando a aquella mujer, pero al darse cuenta de que la emoción prendía en la sala, buscó otra pregunta. Se encendió una luz roja al fondo del teatro y se oyó la voz de una anciana, que trataba de leer un papel, y no acertaba:

— «Padre, le pido a Jesús que haga el milagro de Naím». Se hizo un gran silencio en la multitud, porque aquella mujer, con voz ahogada, rompió a llorar. Entonces el Padre acudió en su ayuda, mientras corría por la sala un escalofrío de expectación.

Dime, dime y con calma. Su vecina de asiento cogió el papel y el micrófono y leyó:

— «Le estoy pidiendo a Jesús que repita el milagro de Naím. Soy viuda, y tengo un hijo único que me ha dado la alegría más grande de mi vida cuando se ordenó sacerdote, y la pena más grande también, porque le veo ir muy mal ahora. Quisiera pedirle que usted encomiende la fidelidad para él y la fortaleza para que yo pueda ayudarle».

Hija, sí; quiérelo más. Quiere mucho a tu hijo. Quizá es que no rezamos bastante... Tú sí rezas mucho; yo rezaré más. Los que rezamos somos pocos, y rezamos poco; y hemos de rogar mucho por los sacerdotes, ¡por todos los sacerdotes! Tu hijo saldrá adelante; será un gran apóstol. Reza, pide. Ya eres escuchada; pero el Señor quiere que reces más. Mi oración se une a la tuya; y estoy seguro de que los corazones de éstos, de todos éstos, desde allá arriba hasta el último, están removidos con el mismo deseo de pedir al Señor que tu hijo sea un santo; y lo será.

Es que hay como una especie de enfermedad. Tú has puesto en tu hijo, con la gracia del Señor, el germen de la vocación en el alma. Sigue pidiendo que esa semilla no sea infructífera. Lo verás echar ramas, flores y frutos de nuevo. Quédate tranquila, hija mía. ¡Todos contigo, y con tu hijo, que merece cariño y comprensión! Es una enfermedad que hay por ahí. Vamos a pedir al Señor por los sacerdotes, por la santidad de los sacerdotes. Eres una mamá valiente. ¡Que Dios te bendiga! ¡El Señor te escucha! ¡Tranquila!.

Para el Padre el asunto no quedó en una simple promesa de oraciones. La petición de aquella madre la llevó clavada en el alma. Y, «en el viaje de regreso a La Chacra —se lee en el diario—, el Padre volvió más callado que lo habitual: se le veía rezar y, de tanto en tanto, decía a don Emilio (el Consiliario) que se intentara ayudar a ese sacerdote que no anda bien. Se veía muy claramente cómo le duele esto al Padre».

El 26 de junio, en el Coliseo, tuvo lugar la última de las grandes tertulias. Uno de los temas largamente tratados por el Padre fue el de la Comunión de los Santos, gracias a la cual podemos tener aquí —les aclaraba— esta conversación tan afectuosa. Hermanos vuestros están rezando en todo el mundo:

Formamos una gran Comunión de los Santos: nos están enviando a raudales la sangre arterial y llena de oxígeno, pura, limpia: por eso podemos conversar así, por eso estamos a gusto.

Veía brillar en la mirada de todos una petición: Padre, quédese.

Hijos míos, gracias, gracias a Dios, gracias a vosotros, y gracias a Santa María de Luján: porque he venido, y porque me iré, pero volveré; y, además, me quedaré.


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