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Guillame Lutard, chef de un famoso restaurante de París:

¿Cómo convertir el trabajo en oración?


 

Muchas personas, como Lutard -casado, con tres hijos y chef prestigioso de un famoso restaurante de París- descubren el Opus Dei a través de Internet.

A Lutard le llamó la atención el mensaje de san Josemaría y se puso en contacto con la Oficina de Información del Opus Dei en París. Años después comentaba en un programa de televisión qué le había aportado a su vida y a su trabajo la amistad con personas del Opus Dei.


"Yo no soy miembro del Opus Dei -explicaba este chef en el programa de televisión- y me parece que lo más interesante que ofrece, junto con la formación teológica, es el mensaje de la santificación del trabajo.

Es un mensaje particularmente atractivo: hacer lo mejor posible cada día el trabajo que tenemos que hacer.

He aprendido que, independientemente de las personas que vengan al restaurante, debo trabajar siempre como una ofrenda al Señor; y que puedo convertir mi trabajo en una oración a Dios.

El espíritu del Opus Dei me ha aportado mucho en este aspecto, y he comprobado que ese espíritu favorece el trabajo en equipo y contribuye a que todos trabajemos mejor".


Para saber más:

Opus Dei en Francia


Enseñanzas de san Josemaría para convertir el trabajo en oración

Del ensayo de José Luis Illanes -publicado antes de la canonización de san Josemaría- "La santificación del trabajo"

¿De dónde le venía esa certeza, ese convencimiento profundo del valor santificable y santificador del trabajo? El propio Beato Josemaría Escrivá lo ha dicho con claridad: de la luz o inspiración, recibida el 2 de octubre de 1928, en virtud de la cual vio que debía dedicar su vida entera a promover, entre personas de todas las condiciones sociales, la búsqueda de la santidad en medio del mundo, en el desempeño de la propia tarea u ocupación humana. Desde ese instante, la proclamación del sentido cristiano del trabajo fue constante en sus labios.

Esa proclamación, por lo demás, estuvo siempre acompañada de una referencia enormemente viva a los textos de la Sagrada Escritura, que constituyen, por eso, una fuente privilegiada de sus enseñanzas sobre el trabajo. „Viejo como el Evangelio, y como el Evangelio nuevo“: así calificó su Fundador el mensaje que el Opus Dei venía a traer al mundo. La lectura del texto sagrado, hecha siguiendo la inspiración que le movió desde 1928, le permitió, en efecto, al Beato Josemaría descubrir riquezas nuevas, y toda una gama de pasajes del Viejo y del Nuevo Testamento cobraron especial relieve, atrayendo fuertemente la atención.

„Persuadidos de que el hombre ha sido creado ut operaretur (Gn 2,15), para que trabajara, sabemos bien -afirmaba, por ejemplo, en una de sus cartas- que el trabajo ordinario es el quicio de nuestra santidad y el medio humano y sobrenatural apto, para que llevemos con nosotros a Cristo y hagamos el bien a todos“. De hecho, el mandato dado por Dios en los comienzos mismos de la historia fue uno de los puntos de referencia preferidos en la predicación del Fundador del Opus Dei: Dios creó al hombre ut operaretur, para que trabajara; tal es la voluntad divina desde el inicio, desde antes del pecado; el trabajo no es maldición ni castigo, sino medio y ocasión de participar en el plan de Dios.

El cristiano debe asimilar esa verdad, superar planteamientos restrictivos, aunque hayan alcanzado amplia difusión, al menos en algunos períodos históricos, y adquirir, más allá de experiencias en ocasiones duras, un sentido positivo del trabajo, aprender a redescubrir en él una ley que, siendo divina, eleva y enaltece. „A la vuelta de dos mil años -podía así añadir, aludiendo a ese contexto-, hemos recordado a la humanidad entera que el hombre ha sido creado para trabajar: homo nascitur ad laborem, et avis ad volatum (Jb 5,7), nace el hombre para el trabajo y el ave para volar“.

Las referencias bíblicas podrían multiplicarse. No vamos, como es lógico, a recogerlas todas1. Hay, no obstante, algunas de las que no podemos prescindir: las que nos recuerdan que la ley divina del trabajo se cumplió plenamente en Cristo, que pasó treinta años viviendo como uno más en Nazaret, conocido precisamente por su trabajo, siendo sencillamente „el artesano“ y „el hijo del artesano“. Porque esos treinta años de trabajo de Cristo encuentran eco, dan contenido a la vida ordinaria del cristiano.

„No me explico que te llames cristiano y tengas esa vida de vago inútil. -¿Olvidas la vida de trabajo de Cristo?“, leemos en Camino. Si los textos bíblicos que hablan del trabajo como ley querida por Dios ponen ya de manifiesto su valor santificador -¿qué es santificarse sino cumplir con el querer divino, identificarse con la voluntad de Dios, y por tanto, con Él mismo?-, los que narran la vida de trabajo de Cristo refuerzan esa enseñanza con una claridad y una fuerza superlativas. No es, pues, sorprendente que el Fundador del Opus Dei se haya referido constantemente a los años de la vida de Cristo con comentarios vibrantes y densos.

Citemos uno, tomado de una meditación pronunciada el día de Navidad de 1963: „Jesús, creciendo y viviendo como uno de nosotros, nos revela que la existencía humana, el quehacer corriente y ordínario, tiene un sentido divino. Por mucho que hayamos considerado estas verdades, debemos llenarnos siempre de admiración al pensar en los treinta años de oscuridad, que constituyen la mayor parte del paso de Jesús entre sus hermanos los hombres. Años de sombra, pero para nosotros claros como la luz del sol.


Mejor, resplandor que ilumina nuestros días y les da una auténtica proyección, porque somos cristianos corrientes, que llevamos una vida ordinaria, igual a la de tantos millones de personas en los más diversos lugares del mundo. Así vivió Jesús durante seis lustros: era faber filius (Mt 13,55), el hijo del carpintero. Después vendrán los tres años de vida pública, con el clamor de las muchedumbres. La gente se sorprende: ¿quién es este?, ¿dónde ha aprendido tantas cosas? Porque había sido la suya, la vida común del pueblo de su tierra. Era el faber, filius Mariae (Mc 6,3), el carpintero, hijo de María. Y era Dios, y estaba realizando la redención del género humano, Y estaba „atrayendo a sí todas las cosas“ (Jn 12,32)”.

Desde Jesús, la mirada del Fundador del Opus Dei se dirigió con frecuencia hacia los que rodearon a Cristo: hacia San José, a cuya protección se confió, en lo humano, el Hijo de Dios; hacia los primeros cristianos, aquellos hombres y mujeres que conocieron a Cristo y convivieron con los Apóstoles, y en los que el cristiano corriente de nuestra época, y de cualquier otra, puede encontrar inspiración y modelo.

Y en todos ellos enseñó a descubrir un testimonio de trabajo. En San José, una vida „sencilla, normal y ordinaria“, llena de „trabajo cara a Dios“. En San Pedro, pescador por oficio y por afición, que, apenas tenía oportunidad, gustaba de volver a las faenas de la pesca. En San Pablo que, cuando se retiró de Atenas y vino a Corinto, se hospedó en casa de Aquila, trabajando „en su compañía, pues eran ambos fabricantes de lanas“; y cuya vida de trabajo le dio autoridad para fustigar, con voz fuerte, la holgazanería.

En los cristianos de las generaciones inmediatamente sucesivas, sobre cuya actitud queda testimonio gráfico en el primero de los escritos que nos ha dejado la tradición, la Didaché, al comentar cómo debe actuarse con los peregrinos: „Si el que llega es un caminante, ayudadle con cuanto podáis; pero no permanecerá entre vosotros más que dos días, o, si hubiera necesidad, tres. Si quiere establecerse entre vosotros, teniendo un oficio, que trabaje y así se alimente. Si no tiene oficio, proveed conforme a vuestra prudencia, de modo que no viva entre vosotros ningún cristiano ocioso“.

Con la misma fuerza que los primeros cristianos, el Beato Josemaría afirmaba: „El Opus Dei, operatio Dei, trabajo de Dios, exige que sus miembros trabajen - maledictus qui facit opus Domini fraudulenter (Jr 48,10)”, maldito el que hace la obra del Señor, el trabajo de Dios, fraudulentamente.


Y en otra ocasión, esta vez en una de sus homilías: „Si alguno de vosotros no amara el trabajo, ¡el que le corresponde!, si no se sintiera auténticamente comprometido en una de las nobles ocupaciones terrenas para santificarla, si careciera de una vocación profesional, no llegaría jamás a calar en la entraña sobrenatural de la doctrina que expone este sacerdote, precisamente porque le faltaría una condición indispensable: la de ser un trabajador“.


 

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