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Recorrido histórico. San Josemaría Escrivá y Madrid

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X Itinerario

Desde la calle de Serrano
hasta la avenida de Arturo Soria

Es un recorrido para realizar en automóvil


La Plaza de Castilla se encuentra al fin de la Avenida de la Castellana

El paseante sale de la calle Serrano, y baja hasta la Castellana, en dirección hacia la Plaza de Castilla. Recorre toda la Castellana hasta la Plaza de Castilla.

En este trayecto puede admirar un conjunto de palacetes y edificios modernos. Se suceden la Glorieta de Emilio Castelar y la Plaza del Doctor Marañón. Luego, el paseante puede ver, a su derecha el Museo de Ciencias Naturales, con la estatua de Isabel la Católica y el monumento a la Constitución de 1978.

En los años 30 la mayoría de los terrenos que ahora ocupan embajadas y edificios bancarios lo ocupaban palacios de dueños bien conocidos: el palacio de Montellano, el del Marqués de Medinaceli, el de Motrico, del Marqués de Larios, del duque de Arión...

Quedan todavía en pie los Palacios de Linares (Casa de América), del Marqués de Salamanca (sede de un Banco), de Alcalá Galiano (Ministerio del Interior), de Buenavista (Cuartel superior del Ejército), del marqués de Fontalba, (Fiscalía del Estado), del marqués de Villamejor (Ministerio de Administraciones Públicas)...

Deja más tarde, a la izquierda un conjunto de edificios denominado Nuevos Ministerios La primera fase de este proyecto, encargada por el Ministerio de Obras Públicas de la Segunda República, es de Secundino Zuazo y Eduardo Torroja. Fue llevada a cabo tomando como referente —en cuanto al espíritu del proyecto— el Monasterio de El Escorial. La segunda fase del proyecto, que continuaría hasta los años sesenta desvirtuó, en opinión de Carlos de San Antonio, el proyecto inicial en muchos aspectos.

Subiendo por la Castellana se llega hasta la Plaza de Lima, desde la que se contempla, a la derecha, el Estadio de Fútbol Santiago Bernabeu; y a la izquierda, el Palacio de Congresos y Exposiciones, con un gran mural de Miró.

Tras la siguiente Plaza, llamada de Cuzco, el paseante llega hasta la Plaza de Castilla. Desde esta plaza de Castilla, siguiendo por la misma Avenida de la Castellana encuentra un desvío a la derecha, a la altura de la calle Ravel. El paseante deberá tomar ese desvío para cruzar la Avenida de la Castellana en dirección a la izquierda.

Este desvío le lleva a la calle Monforte de Lemos, desde la que se llega hasta la calle Sinesio Delgado. En esta calle Sinesio Delgado se encuentra el Hospital del Rey, que se denomina en la actualidad Hospital de Carlos III.

 


1. Hospital de Carlos III, antiguo Hospital del Rey

 

San Josemaría en el Hospital del Rey

 

San Josemaría acudió a este Hospital con mucha frecuencia para atender a los enfermos, tuberculosos en su mayoría. Les pedía que ofrecieran sus dolores al Señor, por una intención concreta: el Opus Dei. Esos dolores y sufrimientos, decía el Fundador, fueron los cimientos de la Obra de Dios.

Escribió en sus Apuntes el 2 de octubre de 1930, en el segundo aniversario de la Fundación del Opus Dei:

Vengo considerando -y lo pongo aquí, porque luego, leyéndolo, se graba más en mí y me hace bien- que los edificios materiales, en su construcción, tienen gran semejanza con los espirituales.

Y así como aquella veleta dorada del gran edificio, por mucho que brille y por alta que esté, no importa para la solidez de la obra, mientras, por el contrario, un viejo sillar oculto en los cimientos, bajo tierra, donde nadie lo ve, es de importancia capital para que no se derrumbe la casa..., aunque no brille como el pobre latón dorado allá arriba...

Así, en ese gran edificio, que se llama “la Obra de Dios” y que llenará todo el mundo, no hay que dar importancia a la veleta brillante. ¡Eso ya vendrá! Los cimientos: de ellos depende la solidez toda del conjunto.

Cimientos hondos, muy hondos y fuertes: los sillares de ese cimiento son la oración; la argamasa que unirá estos sillares tiene un nombre solamente: expiación. Orar y sufrir, con alegría. Ahondar mucho; pues, para un edificio gigante, se precisa una base gigante también.

 

 

 

 

José María Somoano capellán de la Enfermería del Hospital del Rey

El 2 de enero de 1932 el Fundador conoció aquí a José María Somoano, Capellán de la Enfermería de este Hospital. Escribía pocos días después:

El sábado, día dos de enero, fui al Hospital del Rey con Lino. Hablé con D. José Mª Somoano. No fue inútil la oración y la expiación. Yo, a consecuencia de la charla con D. Norberto en la mañana de ese día, andaba caído de fuerzas y estuve, por la tarde al charlar con Somoano, más premioso que de costumbre.

Ya pertenece este amigo a la Obra.

Le recomendé que se dirija por mi P. Sánchez. Me gustó mi tocayo: es un alma de Apóstol. Con D. Norberto rezamos el Te Deum.

Vida de José María Somoano

 

San Josemaría ejerció su ministerio sacerdotal más intensamente en este lugar a partir de julio de 1932, tras la muerte santa de José María Somoano —probablemente envenenado por odio a la fe— en la Enfermería de este Hospital. Desde el exterior del Hospital puede contemplarse el Edificio de Enfermería, y los pabellones de Enfermos.

 

María Ignacia, enferma en el Hospital del rey

María Ignacia García Escobar, enferma de tuberculosis, una de las primeras mujeres del Opus Dei, ingresó en este Hospital el 22 de julio de 1930 y se alojó en el primer cuarto del segundo piso del tercer pabellón.

Pidió la admisión en el Opus Dei el 9 de abril de 1932 y murió santamente en este hospital el 13 de septiembre de 1933. La tumba donde fue enterrada, en el cementerio de Chamartín de la Rosa, desapareció durante la guerra civil española.

Vida de María Ignacia García Escobar

Mi amiga María Ignacia

María Ignacia, en los comienzos del Opus Dei

 

 

 

San Josemaría tras la muerte de José María Somoano

Escribe Váquez de Prada: "Murió Somoano la noche del sábado 16 de julio, después de dos días de agonía, envenenado. El lunes se le enterró; y don Josemaría, que tantas esperanzas había puesto en esta vocación, la ofreció al Señor. Había muerto mártir, envenenado por odio al sacerdocio. Al regreso del entierro anotó en sus Apuntes:

Día 18 de julio de 1932: El Señor se ha llevado a uno de los nuestros:

José María Somoano, sacerdote admirable.

Murió, víctima de la caridad, en el Hospital del Rey (de donde ha sido Capellán hasta el fin, a pesar de todas las furias laicas) en la noche de la fiesta de N. Sra. del Carmen —de quien era devotísimo, vistiendo su santo escapulario—, y, como esta fiesta se celebró en sábado, es seguro que esa misma noche gozaría de Dios. Hermosa alma [...].

Su vida de celo le hizo ganarse las simpatías de cuantos convivieron con él. Se le enterró esta mañana [...]. Hoy, de buena gana, le he dado a Jesús ese socio.

—Está con El y será una gran ayuda. Tenía puestas muchas esperanzas en su carácter, recto y enérgico: Dios lo ha querido para El: bendito sea.

Pabellón de Enfermos del Hospital

San Josemaría se sintió impulsado a cubrir la baja que la muerte del capellán había ocasionado. «Por esa época —refiere sor Engracia— nos quedamos sin capellán y en esas circunstancias, se presentó ante mí D. Josemaría Escrivá de Balaguer, por entonces era un joven sacerdote que apenas contaría con treinta años de edad, y me dijo que no me apurase por no tener ya Capellán oficial. Que de noche y de día, y a cualquier hora que fuese, y bajo mi responsabilidad, debía llamarle según fuera la gravedad del enfermo que pedía los Santos Sacramentos».

El capellán de Santa Isabel tuvo que hacer un hueco en su horario, que ya era bastante más que apretado. Cruzaba todo Madrid, de sur a norte, de Atocha a Fuencarral, y se llegaba a campo través hasta el Hospital. Aparecía allí todos los martes, para confesar enfermos. Pero, al aumentar los penitentes y alargarse las visitas, se vio obligado a ir a confesar también los sábados.

Sala de enfermos del Hospital

Los enfermos aguardaban con verdadera ansia la aparición del joven sacerdote. Esperaban de él una palabra de aliento, un gesto, una simple sonrisa que encendiera por dentro. «Cuando venía a confesar y ayudar, con su palabra y su orientación, a nuestros enfermos —cuenta sor María Jesús— les he visto esperarle con alegría y esperanza. Les he visto aceptar el dolor y la muerte con un fervor y una entrega, que daban devoción a quienes les rodeábamos».

«Los enfermos que morían en el Hospital no tenían miedo a la muerte —asegura sor Isabel—. La miraban cara a cara y hasta la recibían con alegría». Y recuerda la monja el caso de una chica enferma, cuya única consolación era mirar y remirar el retrato de su novio, que tenía encima de la mesilla de noche. Le habló don Josemaría, y le infundió tal consuelo, que no se preocupó más del retrato y «murió muy santamente».

Casi todos los domingos y días festivos celebraba misa para todo el hospital; y predicaba la homilía. Si hacía buen tiempo, se decía la misa en el jardín, al aire libre, aunque la situación política no estaba como para hacer manifestaciones de carácter litúrgico.

Jardín del Hospital del Rey

El joven sacerdote no se encogía ante el peligro. «Cuando yo le conocí —aclara sobre este punto la Superiora, sor Engracia—, era joven, pero era ya muy sensato, muy serio y muy valiente». Por su aspecto e indumentaria daba testimonio de su condición, vistiendo siempre de sotana.

Existía, sin embargo, en el ambiente un desafío continuo al sacerdote, como se desprende del modo en que sobrevino la muerte de Somoano y de las palabras, claras y lacónicas, de sor Engracia: «Nuestro Hospital estaba entonces distante de la ciudad. Había oposición al clero por parte de la mayoría de las personas que trabajaban allí. Y D. Josemaría tuvo siempre una actitud serena pero enérgica. Se veía, desde entonces, que valía para gobernar. Era un hombre con gran serenidad para todo».

El llegar hasta el Hospital del Rey, por entre descampados, en hábito religioso o clerical, era exponerse a insultos y pedradas. («A nosotras —dice de pasada sor María Jesús— nos apedreaban frecuentemente». No tratarían a don Josemaría con más afecto). Y luego, dentro del hospital, el sacerdote estaba expuesto al contagio de los enfermos infecciosos.

Para confesar en aquellas salas comunes era preciso estar con el oído pegado cerca de la almohada, sufriendo el estertor cargado de los moribundos, y los esputos y las toses de los tuberculosos."

Más información sobre los primeros fieles del Opus Dei


2. La Ventilla

El paseante recorre toda la calle Sinesio Delgado con el Hospital del Rey a la derecha y el Parque de la Ventilla a su izquierda.

Para que el paseante pueda hacerse idea de la zona durante los años treinta, debe imaginar este barrio moderno tal como era entonces: un gran descampado y una zona de arrabal con traperos que vivían entre montañas de inmundicias, en pequeñas chabolas.

En estos barrios —barrio de Almenara, antiguo poblado de los Pinos, Tetuán, etc—, el Fundador del Opus Dei llevó a cabo una intensa labor sacerdotal con los más desfavorecidos, cuando sólo había casas bajas e infraviviendas de personas de condición social muy modesta.

 

 

 

Un enfermo de la calle Almenara

Escribía San Josemaría en sus Apuntes el 20 de marzo de 1931:

Un enfermo gravísimo. Vivía en la Almenara. (...) llegué a casa del enfermo. Con mi santa y apostólica desvergüenza, envié fuera a la mujer y me quedé a solas con el pobre hombre. “Padre, esas señoras del Patronato son unas latosas, impertinentes. Sobre todo una de ellas”... (lo decía por Pilar, ¡que es canonizable!).

Tiene Vd. razón, le dije. Y callé, para que siguiera hablando el enfermo. “Me ha dicho que me confiese... porque me muero: ¡me moriré, pero no me confieso!”

Entonces yo: hasta ahora no le he hablado de confesión, pero, dígame: ¿por qué no quiere confesarse? “A los diecisiete años hice juramento de no confesarme y lo he cumplido”. Así dijo.

Y me dijo también que ni al casarse se había confesado. Al cuarto de hora escaso de hablar todo esto, lloraba confesándose: rezó conmigo a la Ssma. Virgen”.

 

 


3. Calle del Divino Redentor

Avanzando por la calle Sinesio Delgado el paseante se encuentra con un nudo de carreteras en la confluencia de las calles de Guinzo de Lima y la Avenida de Asturias. Deberá dar una vuelta a ese nudo de carreteras para tomar la Avenida de Asturias. Torciendo a la derecha se puede tomar el Paseo de la Dirección.

Bajando por este paseo, el paseante deja a su izquierda la calle de los Yeros; la calle de Alvarez; la calle de Molina; la calle de los Pinos; la calle de Mariano Serrano, hasta llegar a la calle del Arroyo.

Torciendo por la calle del Arroyo el paseante llega hasta la calle Divino Redentor, dejando a su izquierda, sucesivamente, la travesía del Arroyo, la calle de Pinos Baja y la calle de Baracaldo.

Subiendo por esta calle del Divino Redentor, el paseante puede imaginarse una idea del estado del barrio en los años treinta: casas bajas e infraviviendas, sin agua y sin luz, y sin los servicios higiénicos necesarios. En esta calle se puede ver el edificio y la iglesia del Colegio Divino Redentor, donde tuvo lugar la primera catequesis que impulsó san Josemaría, dentro de la labor apostólica del Opus Dei.

   

Escribe Vázquez de Prada que en los años 30 esta zona estaba formada por "grupos de chabolas, repartidas entre las casuchas miserables, formaban "La Ventilla" o "Barriada de los Pinos". En 1927 las Misioneras de la Doctrina Cristiana construyeron en Los Pinos el Colegio Divino Redentor para los chiquillos de aquellas pobres gentes. El colegio estaba en una vaguada; si llovía, bajaban por allí en torrentera las aguas de los alrededores.

«Una mañana, que recuerdo muy bien —cuenta la hermana San Pablo— porque había caído una nevada muy fuerte y estaba todo cubierto de blanco, vimos desde la sala de recreo de la Comunidad, que estaba en el piso alto, acercarse al Colegio dos sacerdotes vestidos con sotana y manteo.

Era temprano pues todavía se veía todo blanco y limpio; después se convertía todo en un barrizal. Era D. Josemaría —acompañado por otro sacerdote llamado D. Lino—, que venía a pedir que le dejáramos organizar una catequesis en el Colegio».

El martes 17 de enero fue el día de la visita a que se refiere la monja, como se lee en los Apuntes:

Día 19 de enero de 1933 [...] Estuve el domingo último en Pinos Altos o Los Pinos, donde hay un colegio de religiosas, en el que tendremos desde el próximo 22 nuestra catequesis. El martes, a pesar de la gran nevada, fuimos Lino y yo a ver el local y a saludar a las monjitas, que tienen muy buen espíritu, y al Capellán. Se pasmaron de vernos llegar entre la nieve: con tan poca cosa, nos hemos ganado al Señor.

uve el domingo último en nos Altos o Los Pinos, donde hay un colegio de religiosas, en el que te

De la calle Divino Redentor el paseante puede dar la vuelta por la calle Baracaldo hasta tomar la calle de Molina primero, y la siguiente, calle de Marcelina.

La calle Marcelina termina en la calle del Cañaveral, por la que el paseante puede bajar hasta alcanzar la calle Monasterio de Leire, recorriendo antes un pequeño tramo de la calle del Capitán Blanco Argibay. Una vez en la calle Bravo Murillo en dirección a Atocha, debe llegar hasta la Glorieta de Cuatro Caminos.

Toda esta zona que ahora recorre el paseante, en los años treinta estaba prácticamente despoblada. Sólo había algunas casas bajas y edificios muy modestos, entre zonas de cultivo y descampados, y no contaba con medios de transporte público de ningún tipo, salvo la Maquinilla. El Madrid urbano terminaba entonces la Glorieta de Cuatro Caminos.

Durante este recorrido el paseante pasa junto a la Estación de Metro de Estrecho.

 


4. Calle de Bravo Murillo

En esta misma calle Bravo Murillo, en el nº 179, cerca de la estación de Metro de Estrecho, comenzó el 15 de agosto de 1951 el centro de Bravo Murillo, al que acudían trabajadores de las más diversas profesiones y oficios, para recibir formación humana y cristiana: administrativos, pintores, albañiles, fontaneros, etc.

 

Los Agregados del Opus Dei. Centro del Opus Dei de la Calle Bravo Murillo

En su libro de recuerdos, el entrenador nacional de Atletismo Lázaro Linares habla de este centro, una de las numerosas iniciativas apostólicas alentadas por san Josemaría en Madrid, que fue el germen de numerosas obras apostólicas de carácter similar, esparcidas por los cinco continentes.

Seguimos viéndonos y charlando, hasta que en una ocasión, Juan Francisco Campillos, que así se llamaba, me invitó a ir a un lugar que estaba en la calle Bravo Murillo, número 179, cerca de la estación de Metro de Estrecho. Me explicó que era un Centro del Opus Dei donde se desarrollaba una labor apostólica entre muchachos de nuestra edad.

Comencé a ir por ese Centro. Era el tercer piso de una casa un poco destartalada, como casi todas las del barrio. No tenía calefacción ni agua caliente. Cuatro habitaciones, cocina, cuarto de baño y un pequeño trastero, al final de un largo pasillo en forma de ele.

Me contaron que ese día, cuando don Amadeo de Fuenmayor, entonces Consiliario del Opus Dei en España, fue a bendecir la casa, sólo había un par de sillas viejas y una mesita auxiliar de máquina de escribir..., pero sin la máquina. En los meses siguientes, con el esfuerzo de todos los que iban por allí, se fue amueblando la casa; y así la encontré yo.

Apenas se entraba, había una habitación a la derecha con un armario a un lado y dos camas plegables al otro. Tenía una ventana que daba al patio de atrás y dos sillones pequeños, una mesita rinconera y un par de cuadros.

Al otro lado de la casa, el salón, que era más amplio. Había una lámpara de pie, además de la del techo, y varios cuadros; uno de ellos representaba una forja. Lo que más me llamó la atención fue un gramófono o gramola, de esos de trompeta de la Voz de su Amo, que estaba todavía en uso, y al que se le daba cuerda con una manivela. El ambiente era acogedor, aunque saltaba a la vista que los muebles eran de muy poco valor.

La última habitación hacía de comedor y de sala de estudio, con una mesa en el centro y seis u ocho sillas. Era más pequeña que el salón y tenía, como éste, una ventana que daba a la calle de Bravo Murillo.

Allí conocí a mucha gente: Paco Navarro, Rafael Poveda Longo, Paco Uceda, Juan Soria, Pepe Guallart, Guillermo García Somozas, Santi García, Bernardino Cuesta, Juan Marco, Antonio Mamblona, Pepe Navas y algunos más. El director se llamaba Juan María Dexeus, un arquitecto de 27 años .

Se organizaban charlas de formación humana y cristiana, excursiones y partidos de fútbol en un campo del barrio de Tetuán. Era un club cultural y deportivo, aunque quedaba bien claro que era algo más que eso. Guardo un recuerdo entrañable de aquellos ratos de tertulia y aquellas meriendas. Algunas veces cantábamos o veíamos "la" película, porque casi siempre era la misma: La calle de la paz, de Charles Chaplin, propiedad, como la vieja máquina de 8 milímetros, de Rafa Poveda. Aquella película era interminable, porque cada vez que se rompía el celuloide, nos eternizábamos pegándolo con acetona.

Pero había algo más que un ambiente simpático y agradable. Enseguida noté que se respiraba un aire de familia muy especial en toda la casa y que aquello me atraía de modo particular.

 

 

 

 

 


5. Parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles

 

Llega el paseante hasta la Glorieta de Cuatro Caminos. En el nº 93 de esta calle de Bravo Murillo, está la Parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles.

Esta iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles se construyó gracias a la tenacidad y constancia de don Manuel Sánchez, el popular párroco de Cuatro Caminos, “don Manolito”, mediante donativos de los fieles. El templo, de estilo neogótico, fue inaugurado el 31 de julio de 1892.

Cuando en 1974 le preguntaron por qué fundó el Opus Dei, dijo san Josemaría:

El Opus Dei no es mío. He tenido que pedir perdón muchas veces a mis hijos por no haber sido buen instrumento. No quería fundarlo porque era cobarde.

Pero ahora tengo una alegría muy grande, y de aquel 2 de octubre de 1928 me queda aún en el oído el sonido de unas campanas, las de la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, de Madrid... (Eran las que repicaban aquel día, celebrando la festividad, cuando «vio» el Opus Dei).

Ordenación sacerdotal en Nuestra Señora de los Ángeles, por Mons. Echevarría

 

 

 

Las campanas

En octubre de 1972 el obispo y el clero de Madrid le ofreció la única campana que quedaba. El odio antirreligioso la había tirado a la calle desde lo alto de la torre.

De las tres que había, se rompieron dos.

Comentó san Josemaría:

Esa campana me la quiso regalar el clero de Madrid —el párroco, el Cardenal y sus obispos—, y está en Torreciudad. Cuando en la explanada se celebre la Santa Misa, en el momento de la Consagración sonará la campana de Nuestra Señora de los Ángeles.

En la fotografía puede verse la campana, colocada cerca de un altar al aire libre, en el Santuario Mariano de Torreciudad, cerca de Barbastro, Huesca.

Campanas de la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles. Audio

 

 

Video: san Josemaría habla del 2 de octubre

Regresando por la calle de Santa Engracia, que confluye, al igual que la calle Bravo Murillo, en la Glorieta de Cuatro Caminos, el paseante se encuentra con el arranque de la calle Maudes a su izquierda.

En mayo de 1931 el Fundador trasladó el Santísimo Sacramento, para evitar profanaciones, desde el Patronato de Enfermos hasta el domicilio de Manuel Romeo Aparicio, en el nº 144 de la calle de Santa Engracia, esquina a la calle Maudes.

Desde la Glorieta de Cuatro Caminos el paseante se dirige ahora hasta la Plaza de la República Argentina por la calle de Raimundo Fernández Villaverde, que en uno de sus tramos atraviesa la Castellana. Desde esta Plaza de la República Argentina el paseante puede bajar por la calle Vitrubio hasta la calle Jorge Manrique, que la corta.

 


6. Calle de Jorge Manrique

 



Edificio y oratorio

 

Fundación de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz

 

En el nº 19 de la calle de Jorge Manrique se encuentra un centro de mujeres del Opus Dei, donde san Josemaría fundó la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz el 14 de febrero de 1943.

La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz era la solución que el Fundador había buscado durante mucho tiempo, sin encontrarla.

Respondía plenamente a la luz que había recibido el 2 de Octubre de 1928, en la que había visto el Opus Dei, con seglares y sacerdotes en íntima cooperación.

Con la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz -a cuyo título se ordenarían los nuevos sacerdotes del Opus Dei y que formaría parte integrante einseparable de la Obra- se hacía posible la ordenación sacerdotal de algunos laicos del Opus Dei, que podrían asistir espiritualmente al resto de los miembros y atender las actividades apostólicas promovidas por ellos.

 

Esta calle de Jorge Manrique tiene en uno de sus costados los muros del Instituto Ramiro de Maeztu, Tomás Alvira trabajó en este instituto como catedrático desde su fundación. Alvira fue uno de los primeros que vivieron el carisma específico del Opus Dei en el matrimonio.

Esta calle de Jorge Manrique, subiendo por la calle de Juan de la Cierva lleva hasta la calle de Joaquín Costa. El paseante debe bajar hasta la Glorieta de López de Hoyos.


7. Otros lugares cercanos donde residió san Josemaría

 

Clínica de San Francisco de Asis

Durante esa bajada, el paseante puede ver, a su derecha, en la calle Pablo Aranda, la Clínica de San Francisco de Asís, dirigida por las Franciscanas Misioneras de María. En esta clínica ingresaron a Isidoro Zorzano el 2 de junio de 1943, en penosas condiciones de salud; y en ella falleció santamente el 15 de julio de 1943.

 

Al llegar a la Glorieta López De Hoyos, el paseante debe hacer un giro para tomar el tramo de la calle de López de Hoyos que le conduce, subiendo, hasta la calle del Príncipe de Vergara. Subiendo por esta calle del Príncipe de Vergara se llega hasta la Plaza del Perú.

A partir de esta plaza la avenida se llama de Pío XII subiendo por ella, se llega hasta el cruce con la calle Caídos de la División Azul. En esta calle tuerce a la derecha para tomar la calle Santa María Magdalena. En la primera manzana se encuentra la calle Maestro Chapí.

Calle Maestro Chapí

En el nº 11 de la calle Maestro Chapí estaba la casa de Eugenio Sellés, un joven profesor universitario, al que el Fundador había conocido meses antes en el nº 50 de la calle de Ferraz,

Está casa fue refugio provisional del Fundador del 3 al 6 de octubre de 1936, hasta su ingreso en el Sanatorio del Doctor Suils.

Dando la vuelta por la calle paralela, llamada del Maestro Lassalle, el paseante puede tomar de nuevo la calle de Santa María Magdalena y llegar, de nuevo, a la calle Caídos de la División Azul.

Ya en esta calle, por medio de la Cuesta del Sagrado Corazón, que pasa sobre la Avenida de la Paz (M-30) se llega hasta la Avenida Arturo Soria (1844—1920) urbanista, fundador de ferrocarriles, periodista y matemático.Entre sus iniciativas está la Ciudad Lineal, un proyecto innovador en su época.

 

 

Imagen actual de la Clínica Fuensanta. Sólo permanece el tímpano de la antigua fachada y las paredes laterales con ventanas de la época.

 

 

 

 

Sanatorio del Doctor Suils

El edificio del Sanatorio del Doctor Suils se encuentra conservado en parte en el nº 17 de la Avenida Arturo Soria. En la actualidad se ha convertido en un centro médico quirúrgico: la Clínica Fuensanta.

En la actualidad se conserva tal como lo conoció el Fundadorel tímpano de la fachada del edificio y dos de las paredes laterales. San Josemaría estuvo refugiado en esta clínica -cuando se dedicaba a enfermos mentales-, desde el 7 de octubre de 1936 hasta el 14 de marzo de 1937.

El edificio constaba de tres plantas y un semisótano, y residían allí una veintena de personas.

Ángel Suils Pérez había nacido en 1906 en Logroño, en una familia originaria del Altoaragón. Coincidió en el instituto con San Josemaría, cuando los Escrivá se trasladaron a la capital de la Rioja. Su padre era médico y atendió a la madre de San Josemaría en 1919 con motivo del nacimiento de su hermano Santiago en Logroño.

En los primeros meses de la guerra civil, San Josemaría encontró un refugio transitorio en casa de los Herrero Fontana; pero como aquel no era un lugar seguro, Joaquín Herrero Fontana —médico nacido en Logroño, amigo de Ángel Suils y de San Josemaría—, gestionó el ingreso de Escrivá en la clínica psiquiátrica que Ángel dirigía en la Ciudad Lineal de Madrid.

Al comenzar la guerra, el sindicato socialista UGT creó una sociedad que se constituyó en propietaria del sanatorio y nombró director a su antiguo propietario, Ángel Suils. Bajo esa cobertura legal, el lugar ofrecía una relativa seguridad frente a los registros arbitrarios de las milicias. A pesar de todo, se produjeron algunas detenciones y fusilamientos de personas que residían allí.

—Cfr. VÁZQUEZ DE PRADA, A., El Fundador del Opus Dei. Vida de Josemaría Escrivá de Balaguer, Vol. II: Dios y Audacia, Rialp, Madrid 2002., p. 41 y ss.

 

 

 

Aquí residió san Josemaría con otros refugiados, que se hacían pasar ante las autoridades por personas con enfermedades nerviosas o desequilibrios psíquicos para salvar la vida. Se alojaron con el fundador su hermano Santiago Escrivá, y un miembro del Opus Dei, Jose María González Barredo.

Aunque era muy arriesgado en aquel tiempo de persecución religiosa -le podía haber costado la vida- san Josemaría celebraba muchos días la Santa Misa y repartía la comunión entre los refugiados, a los que también atendía espiritualmente.

Después de abandonar este sanatorio se refugió en la Legación de Honduras.

 

Fachada posterior del Sanatorio, que no se conserva, salvo uno de los árboles más proximos al edificio.

 

 

 


 

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