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Recorrido histórico. San Josemaría Escrivá y Madrid

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VII Itinerario

Desde la Plaza de España
hasta la iglesia del Perpetuo Socorro,
en la calle Manuel Silvela

Duración aproximada a pie: dos horas


 


 

1. Universidad Central, en la calle de San Bernardo.

 

Esta séptima etapa comienza al pie del edificio España, en la Plaza de España.

 

 

Universidad Central. Fotografía de la época. Años 30

Universidad

 






Saliendo de la Plaza de España, el paseante tuerce a la izquierda, y encuentra, en un costado del edificio, la calle de los Reyes, que le lleva hasta la calle San Bernardo.

En el nº 49 estaba la antigua sede de la Universidad Central.

 

Poco después de su llegada a Madrid, en 1927, san Josemaría se matriculó de las asignaturas correspondientes al doctorado en Derecho Civil.

El 18 de diciembre de 1939 realizó en ella el examen del Grado de Doctor, con un "Estudio histórico canónico de la Jurisdicción eclesiástica Nullius dioecesis de la Abadesa de las Huelgas de Burgos", que mereció la calificación de sobresaliente.

Muy pronto Dios le hizo ver el camino que debía seguir. Escribió en sus Apuntes el 3 de abril de 1932:

Dos caminos se presentan: que yo estudie, gane una cátedra y me haga sabio. Todo esto me gustaría y lo veo factible. Segundo: que sacrifique mi ambición, y aún el noble deseo de saber, conformándome con ser discreto, no ignorante. Mi camino es el segundo: Dios me quiere santo, y me quiere para su Obra.

Entrada principal

 

 

 

 

 

En lo que ahora es la sede del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte y sede del Instituto de España, estaba en los años 30 la sede de la Universidad Central. Este barrio era, en el siglo XIX y a comienzos del XX, el “barrio universitario” por excelencia. En la fotografia, entrada principal.

 

 


2. Academia Cicuéndez

En el primer piso del nº 42 de la calle San Bernardo, haciendo esquina con la calle del Pez, junto a la Universidad Central, estaba la Academia Cicuéndez, donde san Josemaría comenzó a dar clases en el curso 1927-28, de Derecho Romano y Derecho Canónico.

Cuenta Vázquez de Prada: "El curso 1927-1928 fue el primer año que trabajó en la Academia. El contrato de enseñanza se fue renovando anualmente, a satisfacción mutua, tal vez hasta 1933. Don Josemaría daba sus clases en el turno de la tarde. (...)

Hasta en los cortos ratos libres, antes y después de las clases, hacía apostolado con los estudiantes. Mariano Trueba lo describe, bajo esta faceta de su vigor apostólico, como «un hombre dinámico, de aspecto fuerte y buen color en el rostro. Muy directo en el trato, y con deseo de meterse en la vida de todos».

Las disposiciones interiores de aquel profesor sacerdote eran tan transparentes para sus discípulos que, guardando las distancias propias de la docencia, le trataban como amigo y compañero. Les impresionaba la pulcritud de su aspecto y la elegancia de sus modales. Grande fue, pues, la sorpresa de los alumnos cuando un día se presentó en clase con la sotana toda manchada de blanco.

Edificio donde estaba la Academia

Algo raro debía haberle ocurrido para no tener tiempo de cepillarse. Le tiraron de la lengua —refiere Mariano Trueba— y les contó lo sucedido. Venía en la plataforma del tranvía cuando notó que un obrero albañil, con un mono manchado de cal, se le iba acercando con una aviesa intención, que el sacerdote adivinó en su mirada. Y, adelantándose a su propósito, se le abrazó estrechamente mientras le desarmaba diciendo: ¡Ven aquí, hijo mío, rebózate conmigo!; ¡¿te has quedado a gusto?!.

«En mi interior —refiere Mariano Trueba— pensaba yo que aquello sólo era posible hacerlo si D. Josemaría era un santo, y así lo comenté con mis compañeros».

Mayor asombro les produjo el comentario de uno de los profesores que enseñaban en la Academia. Por lo visto, aquel joven sacerdote aragonés (...) alternaba la explicación del Codex y las Pandectas con las visitas a pobres y enfermos en barriadas miserables. Se lo creyeron a medias y, sobre si era o no cierto, hicieron apuestas. Siguiéndole a escondidas fueron a parar al extremo norte, al barrio de Tetuán de las Victorias; y, otro día, al arrabal del pueblo de Vallecas, al sur."

 

Siguió dando clases en esta Academia en los cursos siguientes. En esta calle de San Bernardo residía la familia de Juan Jiménez Vargas. En su casa se refugió el Fundador la mañana del 2 de octubre de 1936, a causa de la persecución religiosa.

Bajando por la calle del Pez hasta el final, y pasando junto a la plaza de Carlos Cambronero, se llega hasta la Corredera Baja de San Pablo.

 

 

 

 

 

En esta calle el paseante encuentra, en el nº 16, la sede de la Santa Pontificia y Real Hermandad del Refugio y Piedad de Madrid.

Los miembros de esta antigua hermandad recorrían por las noches las calles de Madrid repartiendo agua, pan blanco y un huevo duro a los menesterosos.

La iglesia de San Antonio pasó a depender de la Hermandad del Refugio en 1701, por orden de Felipe V, ya que los reyes de España han pertenecido siempre a esta hermandad.. Era conocida popularmente como La Ronda del pan y el huevo. Aún se conserva la plantilla de madera con un agujero redondo con la que se garantizaba el prestigio de la Hermandad. Solía decirse: si pasa no pasa, porque los miembros de esta hermandad procuraban dar siempre alimentos de calidad.

En el templo de San Antonio de los Alemanes, que se encuentra en este lugar, el único de Madrid de espacio elipsoidal, el paseante puede admirar el fresco que recubre todas las paredes y la bóveda con temas relacionados con San Antonio de Padua (1195—1231). Los frescos de la bóveda son de Carreño de Miranda(1614—1685) y Francisco Ricci (1614—1685). Hay obras de Vicente Carducho y Eugenio Cajés.

Cruzando esta calle el paseante encuentra la calle Colón, que le lleva a la calle de la Farmacia, donde está el edificio de la Real Academia de Farmacia, construida en tiempos de Fernando VII.


3. Calle Farmacia

 






San Josemaría
estuvo viviendo en el nº 2 de la calle Farmacia que debe su nombre al Real Colegio de Farmacia que da nombre a la calle, en una pensión que ya no existe, ni el edificio que la albergaba, durante los diez primeros días que pasó en Madrid al llegar en 1927. La pensión diaria en aquel tiempo era de siete pesetas.

Desde la calle Farmacia se llega hasta la calle Hortaleza. Aquí estaba el colegio de los Hermanos de las Escuelas Pías, el famoso Colegio de San Antón, que muestra en la iglesia de su convento“La última comunión de San José de Calasanz”, obra de Goya.

 

En los años veinte se apreciaban en el suelo los raíles de los tranvías que transitaban por esta calle, y proseguía la costumbre del siglo XVIII de acudir a esta iglesia el día de la fiesta de San Antón para la bendición de los animales y degustar los panecillos del Santo.

Este Colegio fue convertido en cárcel durante la guerra civil.

Álvaro del Portillo estuvo preso en el Colegio de San Antón, convertido en cárcel, desde el 4 de diciembre de 1936 al 29 enero de 1937. Padeció en esta prisión hambre, malos tratos, torturas psíquicas y físicas, penalidades y humillaciones.

 

Había una capilla —dijo años después Álvaro del Portillo, en una de las raras ocasiones en que habló de este periodo de su vida— en la que estaban encerrados cuatrocientos presos. Una vez, un miliciano comunista se subió al altar pateándolo y puso una colilla en los labios de un santo; entonces, uno de los que estaban conmigo se subió al altar y le quitó la colilla. Lo mataron inmediatamente por haber hecho eso. Era un odio a la religión increíble. Pues hay que saber perdonar.

Colegio de San Antón

Yo no había intervenido en ninguna actividad política —precisó Alvaro del Portillo en la isla de Cebú, en enero de 1987—- (...) y me metieron en la cárcel, sólo por ser de familia católica. Entonces llevaba gafas, y alguna vez se me acercó uno de los guardas —le llamaban Petrof, un nombre ruso—, me ponía una pistola en la sien y decía: tú eres cura, porque llevas gafas. Podía haberme matado en cualquier momento. (...) Fue algo tremendo.

En esta cárcel estuvo también, a partir del mes de noviembre de 1936, procedente de la Cárcel Modelo, José María Hernández Garnica, uno de los primeros sacerdotes del Opus Dei.

 


4. Calle Larra

Subiendo la calle Hortaleza, el paseante deja atrás, a su izquierda, la calle de Santa Brígida, y tuerce por la calle de San Lorenzo hasta llegar a la de San Mateo, que le llevará, cuesta abajo, hasta la calle de Fuencarral.

Subiendo la calle Fuencarral el paseante llega hasta los Jardines del Arquitecto Ribera, junto al Museo Municipal. Este Museo tiene su sede en la casa, con magnífica portada, que Pedro de Ribera levantó para Hospicio. Contiene numerosas obras de arte relacionadas con Madrid: cuadros, planos, porcelanas y retratos de madrileños ilustres.

La primera calle que cruza la calle Fuencarral, tras los jardines, es la calle Barceló, por la que el paseante comienza a caminar, torciendo a la derecha. El paseante comienza a recorrer la calle Barceló, hasta encontrarse, tras la calle Churruca, con la calle Larra.

En esta calle Larra, vivió san Josemaría desde el 1 de mayo de 1927 hasta noviembre del mismo año, en una Residencia Sacerdotal que dirigían las Damas Apostólicas situada en el actual nº 9. Este edificio, totalmente restaurado es en la actualidad una residencia de la Tercera Edad.

Un poco más adelante, a la derecha, en esta misma calle Larra, se encuentra un edificio que fue sede desde 1908 a 1963, de importantes periódicos, como “El Sol”, en los que escribían figuras de la intelectualidad española.

Fidel Gómez, un sacerdote que convivió con Josemaría Escrivá en esta Residencia de la calle Larra, recuerda: “estábamos comentando algún acontecimiento que ahora no recuerdo, y me habló de la necesidad de hacer apostolado también con los intelectuales, porque, añadía, son como las cumbres con nieve: cuando ésta se deshace, baja el agua que hace fructificar los valles. No he olvidado nunca esta imagen, que tan bien refleja ese ideal suyo de llevar a Cristo a la cumbre de todas las actividades humanas”

 


5. Calle Sagasta

La calle Larra lleva al paseante, subiendo, hasta la cercana calle Sagasta. El paseante debe pasar a la acera contraria de esta calle Sagasta.

 

 





En el tercer piso del actual nº 33 de la calle Sagasta estaba el domicilio de la familia Sáinz de los Terreros, donde estuvo refugiado san Josemaría desde el 9 al 31 de agosto de 1936, durante la guerra civil española.

En este mismo edificio de la calle Sagasta se encuentra la buhardilla en la que se refugió el 30 de agosto de 1936 junto con Juan Jiménez Vargas y Juan Manuel Sáinz de los Terreros, con motivo de un registro en la casa en que estaba refugiado. Uno de ellos —Juan Manuel— no sabía quien era don Josemaría. Años más tarde recordaba lo que sucedió en un momento crítico:

“Los milicianos habían entrado para uno de esos registros que hacían: revisaban desde el sótano a la buhardilla... comenzaron a inspeccionar los sótanos y pasaban después a cada uno de los pisos. Antes de que llegaran al nuestro, por una escalera interior, nos subimos a una buhardilla, llena de polvo de carbón y de trastos, como todas las buhardillas, y en las que no nos podíamos poner de pie porque llegábamos con la cabeza al techo... Hacía un calor insoportable.

En un momento oímos cómo entraban en la buhardilla de al lado para hacer el registro... Estando en esta situación se me acerca don Josemaría y me dice: Soy sacerdote; estamos en momentos difíciles; si quieres, haz un acto de contrición y yo te doy la absolución. Inexplicablemente, tras haber registrado toda la casa, no entraron en aquella buhardilla.

Supuso mucha valentía decirme que era sacerdote ya que yo podía haberle traicionado y, en caso de que hubieran entrado, podía haber intentado salvar mi vida, delatándolo”

En el cuarto piso de esta casa vivía la familia de los Conde-Luque Herreros, que acogió al Fundador en su domicilio ese mismo día 30 de agosto (cuando fue clausurado, tras el registro, el domicilio de los Sáinz de los Terreros) hasta el 1 de septiembre de 1936.

 


6. Glorieta de Alonso Martínez

La calle Sagasta termina en la Glorieta de Alonso Martínez. En las inmediaciones de esta glorieta señala Répide, estaba el campamento gitano al que alude Cervantes en “La Gitanilla”. En la acera en la que se encuentra ahora el paseante hay una estatua a Manuel Alonso Martinez (1827—1891) “Estadista, Jurisconsulto, Codificador”.

 

Imagen de San Josemaría
Iglesia del Espíritu Santo (Madrid)

Esta glorieta o plaza de Alonso Martínez fue un lugar muy transitado por el Fundador del Opus Dei, que contaba en Sao Paulo (Brasil) en 1974 que había hecho allí una oración muy intensa, después de haber atendido a un joven moribundo, al que confortó en sus últimos momentos.

Le tuve envidia. Dije: ¡éste se va al cielo! Además pensé que esas palabras le consolaban, como le consolaron efectivamente.

El Señor me premió porque fui haciendo oración desde allí abajo —aquello era un descampado— subiendo hasta Atocha y andando después hasta Santa Engracia, por la plaza de Alonso Martínez.

Probablemente los que me vieron creerían que estaba loco. Sólo después me di cuenta del camino que había hecho.

 

"La Mezquita"

Al otro lado de la Plaza, junto a una boca de Metro, donde está ahora el kiosko de la Plaza de Santa Bárbara, estaba un restaurante llamado “La Mezquita”, en el que se encontró Álvaro del Portillo durante la guerra civil con Álvaro González Valdés, padre de José María González Barredo, uno de los primeros miembros del Opus Dei.

Ese encuentro resultó providencial para el Fundador del Opus Dei, ya que Álvaro González le dijo a Álvaro del Portillo que Escrivá estaba refugiado en su casa, y le explicó que era un lugar inseguro, porque el portero del edificio podía delatarle si descubría su condición sacerdotal. Al oír esto, exclamó del Portillo: Pues que se venga conmigo. Y llevó al Fundador al edificio donde estaba refugiado, en casa de unos parientes, en la calle de Serrano.

De esta Glorieta de Alonso Martínez, arranca, entre otras, la calle de Santa Engracia, por la que tantas veces transitó Josemaría Escrivá . Para llegar al arranque de la calle de Santa Engracia, si el paseante se encuentra junto al kiosko, deberá dar la vuelta a la Plaza.

 

 

Escribió el Fundador el 29 de diciembre de 1931 en sus Apuntes:

Ayer por la mañana, en la calle de Santa Engracia, cuando iba yo a casa de Romeo, leyendo el cap. segundo de San Lucas, que era el que me correspondía leer, encontré a un grupo de obreros. Aunque yo iba bastante metido en mi lectura, oí que se decían en voz alta algo, sin duda preguntando qué leería el cura.

Y uno de aquellos hombres contestó también en voz alta: “la vida de Jesucristo”. Como mis evangelios están en un libro pequeño, que llevo siempre en el bolsillo, y las cubiertas forradas con tela, no pudo aquel obrero acertar en su respuesta, más que por casualidad, por providencia.

Y pensé y pienso que ojalá fuera tal mi compostura y mi conversación que todos pudieran decir al verme o al oírme hablar: éste lee la vida de Jesucristo.

 


7. Esquina de Santa Engracia con Nicasio Gallego

El Patronato de Enfermos

Patronato de Enfermos

Si el paseante sube calle arriba, por la acera de la izquierda, tras pasar la calle Longoria, se encontrará con la calle José Marañón.

Aquí se encuentra el Patronato de Enfermos, fundado por doña Luz Rodríguez Casanova.

 

El Patronato de Enfermos y la fundadora Luz Rodríguez Casanova

 

Mientras tanto, durante sus primeros años en Madrid don Josemaría desarrollaba una incansable actividad sacerdotal en su trabajo como capellán de una institución benéfica, el Patronato de Enfermos, que había fundado doña Luz Rodríguez Casanova, cuya Causa de Canonización se encuentra abierta.

Esta mujer asturiana, de origen aristocrático -era la cuarta hija de los marqueses de Onteiro-, había decidido, durante una estancia en Lourdes, cuando tenía 24 años, dedicarse por entero a la labor apostólica con los pobres, enfermos y niños de la periferia de Madrid.

El Patronato de Enfermos era una de las múltiples iniciativas asistenciales que había impulsado. Había fundado tres años antes, en 1924, una Congregación religiosa: las Damas Apostólicas.

San Josemaría atendía sacerdotalmente a la madre de la fundadora.




San Josemaría en el Patronato de Enfermos

Una Dama Apostólica, Asunción Muñoz, que era entonces una de las más jóvenes, evocaba su primer encuentro con don Josemaría en el año 1927. "Recuerdo perfectamente -escribe- que se trataba de un sacerdote muy joven, con la carrera eclesiástica recién terminada, pero con una personalidad muy definida y muy grata. Si tuviera que definir alguna cualidad que me impresionara más que otras, me pronunciaría por la franqueza, la sencillez, el agrado, la simpatía. Todo eso tenía. Llano, sencillo, fervoroso.

Desde el primer momento se compenetró admirablemente con doña Luz Rodríguez Casanova, nuestra Fundadora, porque ella también poseía una gran sencillez y porque le preocupaban las mismas cosas.

Comprendió muy bien nuestro espíritu aun cuando luego él fundara el Opus Dei, con un modo de buscar la santidad muy diverso. Habiéndole conocido, esto se explica con facilidad ya que él acataba todo lo bueno, todo lo grande, todo lo santo...

Tenía un espíritu muy universal. Quería todo cuanto fuera para la Gloria de Dios. Y por eso nos conoció muy bien y nos ayudó muchísimo y nos tuvo un gran afecto".

Primeras comuniones en el Patronato.
El sacerdote cuya figura que se adivina en la puerta es san Josemaría

"El Capellán del Patronato de Enfermos -prosigue- era el que cuidaba los actos de culto de la casa: decía Misa diariamente, hacía la Exposición y dirigía el rezo del Rosario. No tenía que ocuparse, por razón de su cargo, de atender la extraordinaria labor que se hacía desde el Patronato entre los pobres y enfermos -en general, con los necesitados- del Madrid de entonces.

Notas del Patronato con encargos a san Josemaría

Sin embargo D. Josemaría aprovechó la circunstancia de su nombramiento como capellán para darse generosamente, sacrificada y desinteresadamente a un ingente número de pobres y enfermos que se ponían al alcance de su corazón sacerdotal".

Durante ese periodo, don Josemaría instruyó a miles de niños para que pudieran recibir la Confesión y la Primera Comunión; y atendió a millares de enfermos y desvalidos en sus propias casas o en los hospitales. Recorría Madrid de un extremo a otro, día tras día, para administrar los últimos sacramentos a los moribundos y a los desahuciados de los barrios más pobres y miserables de la ciudad.

"Nuestra madre Fundadora -comenta Asunción Muñoz- le tenía gran cariño. Se le notaba y nos lo decía abiertamente: porque el fervor de don Josemaría era admirable y tenía un atractivo especial. Contagiaba su piedad y era de una llaneza y una claridad abiertas a toda confianza".

 

Mercedes Reyna

"En la época en que don Josemaría era capellán del Patronato -recuerda Margarita Alvarado, una mujer que ayudaba a aquellas religiosas y que luego se hizo carmelita descalza- murió en olor de santidad Mercedes Reyna, una Dama Apostólica que había llevado una vida de sacrificio ejemplar: tenía los pies totalmente deformados y así iba a visitar a los pobres, por los distintos barrios".

San Josemaría ayudó a esta mujer hasta el último momento. "Le dio los últimos Sacramentos", recuerda Asunción Muñoz, "a pesar de que él, por su cargo de capellán del Patronato, no tenía que ver con la atención espiritual de la comunidad de Damas Apostólicas. Posiblemente D. Josemaría haría una excepción con Mercedes Reyna atendiendo a sus circunstancias personales.

Me contaron que no se apartó, prácticamente, del pasillo al que se abría la puerta de su habitación durante todo el tiempo que duró la agonía. Paseaba, rezando, dispuesto a entrar en cuanto lo necesitara; escuchaba, con la piedad de quien asiste a la muerte de un santo, las palabras entrecortadas de Mercedes. Asistió, con absoluta devoción, a los últimos momentos de aquella mujer cuya entrega total al sufrimiento y al amor de Dios no dudó ni un instante".

   

 

Cuando administraron los últimos sacramentos a Mercedes Reyna, descubrieron que tenía los dedos de los pies absolutamente deformes. Comprendieron entonces cuál era la causa de su frecuentes caídas por las calles y barrizales cuando iba a visitar a los enfermos. Aquellos pies eran la confirmación del heroísmo silencioso de esta mujer que quiso siempre -como escribió en sus Apuntes Espirituales- "vivir una vida recogida, callada, ingeniándome en ocultarme y desaparecer".

D. Josemaría, relata Asunción Muñoz, "tuvo siempre conciencia de la santidad de esta mujer y la ayudó intensamente en su búsqueda de Dios. La entendió en el profundo silencio de su entrega, en la mortificación constante, en la humildad, en la unión con su amor crucificado. La entendió a pesar de lo original de su forma; a pesar de que el ánimo de don Josemaría barruntaba una entrega a Dios por caminos diferentes. La entendió con la apertura de los que saben distinguir la Presencia de Dios en un alma por encima de todos los matices".

 

Calle José Marañón: Vivienda del capellán

 

 







El Fundador
estuvo residiendo con su madre y hermanos en la calle José Marañón, en la vivienda del Capellán del Patronato de Enfermos
, desde el 4 de septiembre de 1929 al 13 de mayo de 1931 y trabajó como capellán de este patronato desde junio de 1927 hasta el 28 de octubre de 1931.

Las ventanas de la casa del capellán son las del medio, de forma cuadrada, sin arcos.

 




La entrada desde la calle a la casa del capellán está presidida con un hermoso azulejo que representa a la Virgen Inmaculada.

El capellán tenía acceso directo a la capilla del Patronato. En la actualidad se conserva sólo de esa capilla, tras la guerra civil, la imagen de Jesucristo con los brazos abiertos que está en lo alto, sobre el retablo.

Las Damas Apostólicas recuerdan a san Josemaría haciendo largos ratos de oración junto a la Eucarístía. Ellas acudían a la Misa que celebraba todas las mañanas, a la que asistían también algunos enfermos del Patronato y vecinos del barrio.

 

 

 

Calle de Nicasio Gallego

Subiendo por la calle de Santa Engracia, el paseante se encuentra, en la esquina con la calle de Nicasio Gallego, con el edificio del Patronato de Enfermos que ocupa casi toda la manzana.

Este edificio fue construido por el arquitecto Ferrero Llusiá entre 1921 y 1924.

Carlos de San Antonio recoge en su estudio El Madrid del 27, unos párrafos de la Memoria del proyecto arquitectónico: “Se procurará que sea una composición sencilla, pero bien hecha, sin lujos decorativos, pero verdadera y permanente, como debe ser la caridad, que es la idea principal que mueve este edificio”.

Sobre la puerta principal, con azulejos de Talavera pintados en azul y amarillo, de J. Navarro y F. Vidal, se lee: Patronato de Enfermos. Fue inaugurado por Alfonso XIII en 1924. Destaca, entre otros elementos constructivos y ornamentales, el trabajo del ladrillo en las arquerías corrida.

San Josemaría trabajó como capellán en este Patronato desde junio de 1927 hasta octubre de 1931.

 

En la fotografía, algunas de las numerosas notas en las que las Damas Apostólicas le pedían que fuese a atender sacerdotalmente a enfermos, moribundos y personas necesitadas en los barrios más pobres y extremos de Madrid.

Si se tuerce a la izquierda, por la calle Nicasio Gallego, por la acera contigua al Patronato, el paseante se encuentra con la antigua puerta de la iglesia del Patronato. Esta puerta, presidida por una imagen del Sagrado Corazón, está habitualmente cerrada.

Solamente se puede acceder a la iglesia los domingos a la hora de Misa. San Josemaría solía celebrar la Santa Misa, a una hora bastante temprana, en esta iglesia pública del Patronato de Enfermos, desde junio de 1927 hasta el 28 de octubre de 1931.

Notas que le pasaban a san Josemaría desde el Patronato para que fuese a atender a personas necesitadas de todo Madrid

Iglesia del Patronato de Enfermos

 

 

 

 

Los que asistían a esas Misas han testimoniado que san Josemaría celebraba la Eucaristía de modo devoto y pausado, llegando a emplear a veces hasta tres cuartos de hora. Años después emplearía sólo media hora, en atención a los fieles. Al terminar la Misa explicaba el catecismo a los niños y pasaba por los comedores del Patronato hablando con las personas necesitadas que acudían allí, e interesándose por sus problemas.

El 7 de agosto de 1931, fiesta de la Transfiguración del Señor, cuando celebraba la Santa Misa en un altar lateral de esta iglesia, san Josemaría escuchó sin ruido de palabras, en latín: Yo, cuando fuera levantado sobre la tierra, todo lo atraeré hacia Mí.

Escribió el 21 de noviembre de 1931 en sus Apuntes, el ofrecimiento al Señor de su salud:

El día once de Agosto de 1929, según nota que tomé aquel día en una estampa que llevo en el breviario, mientras daba la bendición con el Santísimo Sacramento en la iglesia del Patronato de Enfermos, sin haberlo pensado de antemano, pedí a Jesús una enfermedad fuerte, dura, para expiación...

En esta iglesia el Fundador pasó muchos ratos de oración que se le quedaron íntimamente grabados en su alma. Contaba el 8 de septiembre de 1931:

 

Iglesia del Patronato de Enfermos, antes del conflicto bélico (1936-39)

 

Ayer, por la tarde, a las tres, salí al presbiterio de la Iglesia del Patronato a hacer un poco de oración delante del Ssmo. Sacramento. No tenía gana. Pero, me estuve allí hecho un fantoche.

A veces, volviendo en mí, pensaba: Tú ya ves, buen Jesús, que, si estoy aquí, es por Ti, por darte gusto. Nada. Mi imaginación andaba suelta, lejos del cuerpo y de la voluntad, lo mismo que el perro fiel, echado a los pies de su amo, dormita soñando con carreras y caza y amigotes (perros como él) y se agita y ladra bajito... pero sin apartarse de su dueño.

Así yo, perro completamente estaba, cuando me di cuenta de que, sin querer, repetía unas palabras latinas, en las que nunca me fijé y que no tenía por qué guardar en la memoria: Aún ahora, para recordarlas, necesitaré leerlas en la cuartilla, que siempre llevo en mi bolsillo para apuntar lo que Dios quiere (En esta cuartilla, de que hablo, instintivamente, llevado de la costumbre, anoté, allí mismo en el presbiterio, la frase, sin darle importancia): + dicen así las palabras de la Escritura, que encontré en mis labios: “et fui tecum in omnibus ubicumque ambulasti, firmans regnum tuum in aeternum”: apliqué mi inteligencia al sentido de la frase, repitiéndola despacio.

Y después, ayer tarde, hoy mismo, cuando he vuelto a leer estas palabras (pues, -repito- como si Dios tuviera empeño en ratificarme que fueron suyas, no las recuerdo de una vez a otra) he comprendido bien que Cristo-Jesús me dio a entender, para consuelo nuestro, que la Obra de Dios estará con El en todas las partes, afirmando el reinado de Jesucristo para siempre.

En esa iglesia conoció el Fundador a un joven que comulgaba a diario, y que se convertiría con el tiempo en uno de los primeros miembros del Opus Dei: José María González Barredo.

Desde este Patronato de Enfermos desarrolló una intensa labor sacerdotal con pobres y enfermos de todo Madrid, fundamentalmente con los que vivían en barrios más humildes y necesitados.

Escribió con este motivo: “En el Patronato de Enfermos quiso el Señor que yo encontrara mi corazón de sacerdote”.

 

 

Calle Santa Engracia, nº 143, actual García Morato 144

Domicilio de los Romeo

Quema de conventos e iglesias en 1931

 

El 11 de mayo de 1931, durante la llamada “quema de conventos”, en la que ardieron numerosos conventos e iglesias de Madrid, el Fundador trasladó el Santísimo Sacramento, para evitar profanaciones, desde el Patronato de Enfermos hasta el domicilio de Manuel Romeo Aparicio padre de dos conocidos del Fundador: Colo y José –al que llamaba afectuosamente Pepito—.

Los Romeo residían en el nº 143 de la calle de Santa Engracia, esquina a la calle Maudes.

Anotó el 20 de mayo de 1931:

Comenzó la persecución. El día 11, lunes, acompañado de D. Manuel Romeo , después de vestirme de seglar con un traje de Colo, comulgué la Forma del viril y, con un Copón lleno de Hostias consagradas envuelto en una sotana y papeles, salimos del Patronato, por una puerta excusada, como ladrones...

 

 

Encuentro de san Josemaría con el Siervo de Dios Isidoro Zorzano

 

En esta misma calle de Nicasio Gallego, en la esquina con la calle Covarrubias, san Josemaría se encontró providencialmente el Siervo de Dios Isidoro Zorzano, uno de los primeros miembros del Opus Dei, el 24 de agosto de 1930.

Cuenta Vázquez de Prada que escribía el Fundador en sus Apuntes el 25 de agosto de 1930:

Así las cosas, ayer día de S. Bartolomé, estaba yo en casa de Romeo y me sentí desasosegado -sin motivo- y me fui antes de la hora natural de marcharme, puesto que era muy razonable que hubiera esperado a que vinieran a su casa D. Manuel y Colo.

Poco antes de llegar al Patronato, en la calle de Nicasio Gallego, encontré a Zorzano. Al decirle que yo no estaba, salió de la Casa Apostólica, con intención de ir a Sol, pero una seguridad de encontrarme -me dijo- le hizo volver por Nicasio Gallego. Antes de que yo le dijera nada, me manifestó sus deseos...”.

Calle de Nicasio Gallego, por Rodríguez Eyre

 

La calle de Nicasio Gallego cruza primero la calle de Covarrubias y luego. la de Manuel Silvela. Torciendo a la derecha, muy cerca, en el nº14 de esta calle se encuentra la iglesia del Perpetuo Socorro.


 

8. Iglesia del Perpetuo Socorro

 

Iglesia del Perpetuo Socorro,
por Rodríguez Eire

 

 

Convento de los Redentoristas. Ejercicios

En el convento de Redentoristas que hay junto a esta iglesia de estilo neogótico hizo san Josemaría los ejercicios espirituales en los años 1933 (18-24.VI), 1934 (16-22.VII) y 1935 (15-21.IX).

Iglesia del Perpetuo Socorro. La "prueba cruel"

El 22 de junio de 1933, mientras oraba en una tribuna de esta iglesia del Perpetuo Socorro, contemplando el sagrario, el joven Fundador sufrió lo que llamaría más tarde la “prueba cruel”. Tenía habitualmente la íntima certeza del querer divino: Ni una sola vez se me ocurre pensar que ando engañado escribió en sus Apuntes el 24 de junio de 1933 — que Dios no quiere su Obra. Todo lo contrario.

...vísperas del Sagrado Corazón, por primera y única vez desde que conozco la Voluntad de Dios, sentí la prueba cruel (...): A solas, en una tribuna de esta iglesia del Perpetuo Socorro, trataba de hacer oración ante Jesús Sacramentado expuesto en la Custodia, cuando, por un instante y sin llegar a concretarse razón alguna -no las hay-, vino a mi consideración este pensamiento amarguísimo: “¿y si todo es mentira, ilusión tuya, y pierdes el tiempo..., y -lo que es peor- lo haces perder a tantos?”

Fue cosa de segundos, pero ¡cómo se padece! Entonces, hablé a Jesús, diciéndole: “Señor (no, a la letra), si la Obra no es tuya, desbarátala ahora mismo, en este momento, de manera que yo lo sepa”.

Inmediatamente, no sólo me sentí confirmado en la verdad de su Voluntad sobre su Obra, sino que vi con claridad un punto de la organización, que hasta entonces no sabía de ningún modo solucionar”.

 

El día siguiente, 25 de junio, san Josemaría escribió:

Hoy he encontrado una nota, escrita en la misma tribuna de la iglesia en el instante de suceder el hecho que va relatado. Dije así al Señor, refiriéndome a la O. de D. (Obra de Dios): “Si no es tuya, destrúyela; si es, confírmame”

El 22 de marzo de 1934 escribió el Fundador: “Hicimos el primer día de retiro de la Obra el domingo último.

Se reunían en esta iglesia del Perpetuo Socorro con el joven Fundador unos veinte o treinta jóvenes los domingos por la mañana y terminaban el retiro a media tarde.

 

En esta iglesia concluye esta séptima etapa del recorrido.

 

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Lugares cercanos

Cerca de la Plaza de España se encuentra la calle Leganitos que se corresponde a la parte trasera de la antigua calle de la Flor, donde estuvo la iglesia de los PP. Jesuitas, incendiada el 11 de mayo de 1931. Por esta calle se entraba a la casa profesa de la Compañía de Jesús, y por la calle de la Flor, a la Iglesia.

En esta casa de la Compañía de Jesús san Josemaría habló por vez primera con el Padre Valentín Sánchez Ruiz, que fue su confesor durante años, y allí se vieron en algunas ocasiones.

La Obra de Dios

Álvaro del Portillo, en su libro Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei cuenta que san Josemaría rememoró por escrito el 14 de junio de 1948 un hecho sucedido a finales de los años 30:

Un día fui a charlar con el Padre Sánchez, en el locutorio de la Residencia de la Flor. Le hablé de mis cosas personales (sólo le hablaba de la Obra en cuanto tenía relación con mi alma), y el buen padre Sánchez al final me preguntó: "¿cómo va esa Obra de Dios?". Ya en la calle, comencé a pensar: "Obra de Dios. ¡Opus Dei! Opus, operatio..., trabajo de Dios. ¡Este es el nombre que buscaba!" Y en lo sucesivo se llamó siempre Opus Dei.

 


 

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