María Ignacia García Escobar,
en los comienzos del Opus Dei

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2 de octubre de 1928

 

Un sacerdote joven participa, el 2 de octubre de 1928, en unos ejercicios espirituales en la Casa Central de los Paúles de Madrid. Por la mañana, se recoge en su habitación, y empieza a considerar las luces que Dios le ha ido concediendo durante los últimos años. De pronto, ve con total claridad la misión que Dios le pide: abrir en el mundo un camino de santificación en el trabajo profesional y en los deberes ordinarios del cristiano. Comprende que esa es la tarea a la que debe dedicar toda su existencia, mientras escucha el repicar de las campanas de la vecina iglesia de Nuestra Señora de los Angeles. Aquel voltear jubiloso nunca se apagará en sus oídos.

De este modo, tan sencillo y tan sobrenatural, nació el Opus Dei. Aquel sacerdote se llamaba Josemaría Escrivá de Balaguer.

Detengámonos un momento sobre este punto. El Opus Dei no era algo que aquel joven sacerdote hubiese "intuido", ni "pensado", ni "resuelto" o "concretado"; no: lo había visto, como escribiría más tarde. Es decir, le había sido entregado, dado, concedido por Dios. Ese verbo -ver- es el que emplearía siempre para designar aquel momento, y no lo empleaba en el sentido con el que habitualmente se utiliza. Con esa palabra quería designar uno de esos modos misteriosos con los que el Espíritu Santo ilumina el alma, dotándola de una certeza profundísima del querer divino: un modo inefable, que el lenguaje humano no acierta a explicar.

¿Qué es lo que vio? Ante todo -y esto es lo importante- un querer de Dios. Es decir, aquella luz no fue el fruto de largas cavilaciones personales; no fue un "¡al fin lo resolví!", ni el resultado de un plan de acción ante una situación concreta. Fue una llamada, clara y a la vez misteriosa, de Dios; una llamada y una misión: Dios quería que promoviese en la Iglesia una insti­tución que difun­diese entre los cristianos que viven en el mundo una honda conciencia de la grandeza y de las exigencias de la propia vocación cristiana. El Opus Dei debía ayudar a todos los hombres a profundizar en el sentido de la llamada universal a la santidad. Verdadera­mente, "se habían abierto los caminos divinos de la tierra".

 

"Hoy hace tres años -escribió el Fundador del Opus Dei el 2 de octubre de 1931- que, en el Convento de los Paúles, recopilé con alguna unidad las notas sueltas, que hasta entonces venía tomando; desde aquel día el borrico sarnoso se dio cuenta de la hermosa y pesada carga que el Señor, en su bondad inexplicable, había puesto sobre sus espaldas. Ese día el Señor fundó su Obra: desde entonces comencé a tratar almas de seglares, estudiantes o no, pero jóvenes. Y a formar grupos. Y a rezar y a hacer rezar. Y a sufrir...".

Y, en un texto que intercaló en el anterior, añadía: "(recibí la iluminación sobre toda la Obra, mientras leía aquellos papeles. Conmovido me arrodillé -estaba solo en mi cuarto, entre plática y plática- di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el tocar de las campanas de la parroquia de N. Sra. de los Angeles)".

 

"Borrico sarnoso": así se autodenominaba san Josemaría en sus Apuntes íntimos, movido por su humildad. "No valgo nada, no tengo nada, no puedo nada, no sé nada, no soy nada, ¡nada!", repetía, con un reconocimiento de la propia bajeza que le llevaba a alabar constantemente la grandeza de Dios y las maravillas que estaba haciendo en su vida.

Aquel querer de Dios, que había visto tan claro en su alma - aunque las determinaciones concretas de ese querer se fueran perfilando poco a poco- chocaba profundamente con la mentalidad de la época. Muchos pensaban que la santidad era un coto cerrado de frailes y monjas y se quedaban perplejos al oírle decir que las personas corrientes estaban ¡todas! llamadas a la santidad. "Simples cristianos-. Masa en fermento. Lo nuestro es lo ordinario, con naturalidad. Medio: el trabajo profesional. ¡Todos santos!".

A partir de aquel día de octubre redobló su oración y su mortificación. Rezó e hizo rezar. Y empezó a buscar personas que pudieran entender y vivir aquel ideal. Habló con todos los que Dios le iba poniendo en su camino.

 

 

El cimiento del dolor

Habitualmente, como señala Peter Berglar, autor de una biografía sobre el Fundador del Opus Dei, los que comienzan una actividad suelen hacer declaraciones, comparecen ante la prensa, ponen anuncios y explican sus programas. En este caso no sucedió así; y esto es comprensible, si se piensa que las obras sobrenaturales no pueden estar hechas de los mismos materiales que las obras de los hombres. Si aquella Obra de Dios debía poner la Cruz en la cumbre de todas las actividades humanas, lo lógico es que Dios pusiese primero la Cruz en lo más hondo de sus cimientos.

"¿Nuestra labor actual? -le escribía a uno de los primeros miembros del Opus Dei, Isidoro Zorzano, que residía en Málaga-. Cada uno de nosotros somos un sillar de los cimientos. A adquirir vigor espiritual, a prueba de pruebas, para poder resistir el ingente peso de la Obra de Dios. Orar. Expiar".

El Fundador del Opus Dei encontró los cimientos para levantar aquel edificio espiritual en los Hospitales y en los barrios extremos de la capital, a los que acudía habitualmente movido por su afán de almas. Aquellos sufrimientos ofrecidos a Dios de los enfermos desahuciados, los dolores de los más desamparados, las oraciones de los niños: ¡ésa sería la base, el fundamento sólido de aquella Obra de Dios! Esa sería su fortaleza, su gran "tesoro", como escribiría más tarde en Camino: "Yo te voy a decir cuáles son los tesoros del hombre en la tierra para que no los desperdicies: hambre, sed, calor, frío, dolor, deshonra, pobreza, soledad, traición, calumnia, cárcel...".

"La fortaleza humana de la Obra han sido los enfermos de los hospitales de Madrid: los más miserables; los que vivían en sus casas, perdida hasta la última esperanza humana; los más ignorantes de aquellas barriadas extremas. Éstas son las ambiciones de Opus Dei, los medios humanos que pusimos: enfermos incurables, pobres abandonados, niños sin familia y sin cultura, hogares sin fuego y sin calor y sin amor".

No era tarea fácil, en aquellas circunstancias, llevar a cabo aquella labor apostólica. Se podía ver, sobre los tejados de la capital, las cúpulas y los campanarios quemados de algunos conventos; se había desatado la furia antirreligiosa; la prensa anticlerical bramaba todos los días contra la Iglesia con la agudeza sarcástica de los editoriales de periódicos laicistas o con la chabacanería ramplona de revistas como La Traca; muchas de aquellas gentes de los barrios miserables de la periferia madrileña, al ver una sotana explotaban en insultos y amenazas. Don Josemaría era un hombre valiente; realmente, sin esa valentía no hubiera podido realizar toda la labor caritativa y social que realizaba en las barriadas obreras y en las zonas pobres de Madrid.

 

 

En los Hospitales de Madrid

 

A partir de noviembre de 1931 el joven Fundador del Opus Dei concentró sus energías en la atención de los enfermos de algunos grandes hospitales.

Iba, sobre todo, a tres: el Hospital General, o Provincial, de la calle de Santa Isabel; el Hospital del Rey, entonces denominado Hospital Nacional, que estaba dedicado exclusivamente a la asistencia y aislamiento de enfermos infecciosos; y el Hospital de la Princesa, junto a la Glorieta de San Bernar­do. En esos lugares, millares de personas fallecían cada año a causa de la fiebre tifoidea, de la neumonía aguda, de la viruela y de la tuberculosis. Especialmente en lo que se refiere a esta última enfermedad, las cifras de mortalidad eran escalofriantes. Algunas de aquellas galerías repletas de tubercu­losos no eran más que una antesala de la muerte, donde hombres y mujeres consumían, sin esperanza alguna de curación, los últimos días de su vida.

Se apoyaba en aquel dolor, ofrecido por amor a Dios, para llevar a cabo aquella "locura" que tanto le criticaban algunos. "Ese es un loco", había dicho de él el Rector del Seminario de Madrid. Y no era el único...

"Decían que era loco -comentaba el Fundador del Opus Dei años más tarde- y tenían razón: estaba loco perdido y continúa loco. (...) loco perdido por el amor de Cristo. Y ¿sabes cómo pudo? Por los Hospitales. Aquel Hospital General de Madrid cargado de enfermos, paupérrimos, con aquellos tumbados por la crujía, porque no había camas; aquel Hospital, del Rey se llamaba, donde no había más que tuberculosos pasados, y entonces la tuberculosis no se curaba (...). ¡Esas fueron las armas para vencer! ¡Ese fue el tesoro para pagar! ¡Esa fue la fuerza para ir adelante!".

 

María Ignacia García Escobar

 

Casa natal de María Ignacia

 

El Hospital del Rey era un Hospital famoso. Trabajaban en él especialis­tas de prestigio, conocidos en todo el país. Estaba enclavado al norte de la Ventilla, cerca de Tetuán de las Victorias, a siete kilómetros del centro de Madrid. Contaba con un joven capellán de origen asturiano, José María Somoano, buen amigo del Fundador del Opus Dei, que muy pronto llegaría a formar parte de la Obra.

Entre los enfermos del Hospital se encontraba una mujer también joven, que había ingresado en 1930 con una tuberculosis avanzada e incurable. Se llamaba María Ignacia García Escobar y ella es la figura que evocaremos en estas páginas.

María Ignacia había nacido en 1896, en Hornachuelos, un pueblecito de la provincia de Córdoba, formado por un enracimado de casas blancas, agazapadas en torno a unos enormes peñascos. Era una de las hijas de una familia acomodada "de tradición muy cristiana", como comentaba su hermana Braulia. Su madre era una mujer buena y piadosa, a la que sus hijos recordaban siempre "rezando, y enseñándonos a no hablar mal de nadie". Su padre era el médico de la localidad, y les había dado constantes ejemplos de caridad hacia los más necesitados.

Ante los ojos de sus paisanos, en el humilde marco de las calles de su pueblo, María Ignacia había sido siempre una chica simpática, vivaz y serena, buena cristiana - "muy alegre", como recordaba su antigua maestra, Matilde García Vázquez-, con muchas amigas y con un cierto toque de distinción. Era una joven sencilla, como sencillo era el estilo de vida propio de las jóvenes de su entorno: un pueblecito andaluz de 6.000 habitantes.

Hasta su primera juventud, su vida no había tenido demasiadas complicaciones. Sólo alteraban la existencia tranquila y serena de la familia del médico -el matrimonio y seis hijos- el paso de las procesiones por Semana Santa; las fiestas del pueblo, que se celebraban el día 11 de julio; y alguna que otra escapada hasta Córdoba, la capital, que quedaba a cuarenta y cinco kilómetros, para hacer compras o ver la feria de mayo. Y todo, bajo un sol de justicia que sólo amainaba sus ardores en los meses del invierno.

Entre las jóvenes de su pueblo, María Ignacia era una más; aunque la mirada profunda de aquella cordobesa de ojos oscuros delataba una intensa vida interior, que se volcaba en afanes apostólicos. Tenía dirección espiritual con un religioso y "había pertenecido, según Braulia, su hermana, a la Asociación de las Marías de los Sagrarios, fundada por el que fue Obispo de Málaga, don Manuel González García, que llegaría a ser con el tiempo, muy amigo del Fundador del Opus Dei. Era la más joven de la Asociación, pero la propagó mucho en el pueblo entre los chiquillos y entre las personas de edad: era increíblemente apostólica".

Era una "de las hijas del médico"; es decir, una de las "chicas finas", del lugar. Tenía gracia y finura humana; y sobre todo, finura espiritual, que se refleja en sus escritos, en los que se encuentran tantos ecos de la poesía mística castellana. Esas páginas desvelan la intimidad de su alma: un alma recia, sensible y ardorosa, profundamente enamorada de Dios, a la que Dios condujo hacia Sí por el camino por el que suele llevar a los que más ama: por el del sufrimiento que identifica con Cristo en la Cruz.

Todo sucedió de una forma insospechada. "Mientras estudiaba la carrera de Magisterio en la Escuela Normal de Córdoba -explica Braulia-, me hospedé en una pensión donde la dueña estaba enferma de tuberculosis. No tomaron las precauciones debidas y caí enferma. Solicitamos plaza en el Hospital del Rey de Madrid. Poco después, quizá contagiada por mí, cayó también enferma mi hermana. Provisio­nalmente la llevamos al Sanatorio de Valdelasierra".

Allí "tuvo que sufrir mucho moralmente y físicamente ‑comenta su antigua maestra-. Moralmente a causa de su hermana Braulia, enferma tuberculosa, y también porque a la muerte del padre se arruinaron".

Aquella ruina -causada por la quiebra de una empresa en la que los hermanos habían invertido el dinero procedente de una venta familiar- los había dejado en una difícil situación económica. Sólo gracias al famoso torero "Bombita", que era amigo de la familia, pudieron hacer por ella lo único que se podía hacer entonces por un tuberculoso: ingresarla para una "cura de aire" en el Sanatorio del Guadarrama, aunque sólo fuera por un año.

Aquel Sanatorio estaba en plena sierra de Madrid, a 1.050 metros de altura, y ofrecía a sus pacientes "clima muy seco. Confort. Capilla", como pregonaban pomposamente las tarjetas del visita. María Ignacia pudo respirar allí aire puro, y unirse aún más íntimamente a Dios, como se advierte en sus poemas.

En esos versos se revela su rica vida interior. Son composiciones sencillas, escritas en la intimidad del alma con Dios, sin pretensiones literarias. Guardan un encanto especial precisamente por su misma sencillez, a pesar de que se perciban claramente en su forma los ecos románticos del diecinueve. Pero no son sólo "versos románticos"; están hechos con jirones de la propia vida y rezuman amor y sufrimiento, nunca amargura.

Su destinatario siempre es el mismo: Jesús. Su "tema", el amor y el dolor, fundidos entre sí: dolor ofrecido, dolor enamorado, dolor conver­tido en instrumento de corredención y reparación. En uno de sus poemas relata el momento en el que advirtió el primer signo de su terrible enfermedad: "...no llegó a perturbarme Ningún triste pensamiento,/ ¡Sólo poder disgustarte!". Y recuerda su reacción interior ante aquel borbotón de sangre: "llena de amor te decía.../ ¡Jesús mío, cuánto te amo!".

En aquel momento doloroso, María Ignacia entendió que el Señor había querido probarla para ver si era capaz de aceptar con alegría aquella enfermedad inesperada. Y concluía, gozosa: "Para mí no hay más festín/ que es, tu Santa Voluntad".

 

 

En el Hospital del Rey

Hornachuelos

 

Tras su estancia en Valdelasierra, sus familiares la llevaron, en cuanto les dieron plaza, al Hospital del Rey. "Ocupó la plaza que había reservada a mi nombre -cuenta Braulia- porque estaba peor que yo. Era el año 1930".

El Pabellón de tuberculosos, recuerda su hermana, lo atendían dos médicos especialistas: "el Dr. Isla, de ideolo­gía socialista, que no veía con buenos ojos el apostolado que hacían con los enfermos los sacerdotes que los atendían y siempre que podía ponía inconvenientes (...) y don Pedro López, excelente persona".

En el Hospital se perfilaban ya las diferencias políticas entre unos y otros, que llevarían a crear -en palabras de un médico que trabajaba entonces allí, tras una breve estancia en Alemania-"dos bandos irreconciliables, que acabarían en barricadas".

Don José María Somoano, el capellán, que había tomado posesión del cargo en marzo de 1931, iba a ser pronto víctima de esa intransigencia. María Igna­cia lo conoció un día en el que, según ella misma cuenta, "se paró junto a mi cama y en unión de otra compañera que conmigo estaba nos estuvo hablando del favor tan hermoso que Nuestro Señor nos dispensaba, y cómo teníamos que serle agradecidas no entristeciéndonos nunca por habernos enviado la enfermedad". También frecuentaba el Hospital otro sacerdote joven, don Lino Vea-Murguía, que colaboraba con el Fundador del Opus Dei.

 

 

Pida sin descanso

Don José María Somoano le decía con frecuencia: "María: hay que pedir mucho por una intención que es para bien de todos. Esta petición no es de días; es un bien universal que necesita oraciones y sacrificios, ahora, mañana, y siempre. Pida sin descanso...".

Ella ofrecía sus dolores por aquella intención, al igual que otras muchas enfermas del hospital, pero ¿en qué consistía? Un día se decidió a preguntárselo. "Don José María -le dijo-, pienso que su intención tiene que valer mucho porque desde que Vd. me indicó que pidiera, Jesús se está portando muy expléndido conmigo. De noche, cuando los dolores no me dejan dormir, me entretengo en recordarle su intención repetidas veces a Nuestro Señor". Pero don José María no quiso explicarle nada más. "Siga, siga adelante -le contestó-, y no dude, que todo lo merece dicha intención". María Ignacia seguía rezando, pero... ¿de qué se trataría?

Un día, por medio de uno de aquellos sacerdotes, María Ignacia conoció al Fundador del Opus Dei. A partir de entonces, en el cuaderno de notas de María Ignacia -que había comenzado a escribir pocos meses antes, el 9 de agosto de 1931 -se advierte progresiva­mente, de un modo indirecto, la influencia del espíritu del Opus Dei en su alma.

Don Josemaría Escrivá le iba enseñando, poco a poco, el "programa" del que hablaría años más tarde en Camino para cursar "con aprovechamiento la asignatura del dolor". "Spe gaudentes": por la esperanza, contentos, escribiría en uno de los puntos de ese libro, haciendo suyas las palabras del Apóstol. "Sonreiré estos días -le dice María Ignacia al Señor el 7 de febrero- en medio de cuantas sequedades y tribulaciones quieras enviarme. Todo lo podré contigo".

Poseemos un valioso testimonio de su hermana Braulia sobre aquel periodo. "Don Josemaría era el alma de todo el apostolado que se hacía en aquel hospital madrileño. La labor era intensa y había buscado para que le ayudasen a otros tres sacerdotes", y cita a don José María Somoano, a don Lino Vea-Murguía, y a un tercero, don Norberto. Braulia anota que su hermana "estaba maravillosamente aten­dida espiritualmente por el Padre. (...) Cuando había ido el Padre a atenderla era patente y me recibía con un ánimo especial: 'Ha estado aquí don Josemaría. Estoy muy contenta'".

"Me llamaba la atención -añade Benilde, otra hermana de María Ignacia- la alegría y la serenidad de aquellas mujeres, madres de familia, pobres, separadas de sus hijos por el contagio de la enfermedad y que, apenas veían entrar a don Josemaría se llenaban de una felicidad profunda. Lo decían sencillamente así: 'Ya ha llegado don Josemaría'. Quedaba dicho todo".

 

14 de febrero de 1930.

Algo muy importante había sucedido poco tiempo antes en el alma del Fundador del Opus Dei. Menos de año y medio después de la fundación de la Obra, Dios le había hecho entender, el 14 de febrero de 1930, mientras cele­braba la Santa Misa, un aspecto decisivo de aquel querer divino: en contra de lo que había pensado en un principio, Dios quería que hubiera mujeres en su Obra.

Era como si aquella primera luz del 2 de octubre, aquel fogonazo de gracia, hubiese sido tan poderoso que no le hubiese permitido captar, a causa de su resplandor, algunos perfiles decisivos. Ahora, acostumbrados ya sus ojos a esa luz, Dios le daba a conocer unas perspectivas insospechadas en ese primer momento.

"No pensaba yo que en el Opus Dei hubiera mujeres. Pero, aquel 14 de febrero de 1930, el Señor hizo que sintiera lo que experimenta un padre que no espera ya otro hijo, cuando Dios se lo manda. Y, desde entonces, me parece que estoy obligado a teneros más afecto -comentaba a sus hijas-: os veo como una madre ve al hijo pequeño".

Dios le iba llevando paso a paso: al paso de Dios. Y el paso divino es imprevisible: unas veces camina por el alma con ímpetus ardientes; otras, con calma y lentitud; y otras, de forma totalmente inesperada. Así sucedió en el nacimiento del Opus Dei: el 2 de octubre Dios se presentó de improviso. Y dos años más tarde, cuando había escrito: "Nunca habrá mujeres -ni de broma- en el Opus Dei", a los pocos días, el 14 de febrero, Dios le hizo comprender lo contrario: "para que se viera que no era cosa mía, sino contra mi inclinación y contra mi voluntad".

Era "un modo de actuar" plenamente divino; una muestra de la sabiduría de la pedagogía de Dios con los hombres. "Si en 1928 hubiera sabido -comentaba san Josemaría- lo que me esperaba, hubiera muerto: pero Dios Nuestro Señor me trató como a un niño: no me presentó de una vez todo el peso, y me fue llevando adelante poco a poco...".

 

 

9 de abril de 1932

De ese mismo modo Dios iba obrando en el alma de María Ignacia. A medida que los dolores arreciaban - "no tengo nada en mi cuerpo que no me duela", escribía el 10 de febrero -se abrazaba con mayor fuerza a la Cruz, y crecían sus deseos de amor y de reparación. Ahora ansiaba la llegada de aquel dolor que la dejaba exhausta. Y escribía el Miércoles de Ceniza de 1932: "al despertar esta mañana, he visto mi Jesús, que ahora como siempre, no me has olvidado. -Como no se te ocultan las vivas ansias de mi corazón de llegar a amarte hasta perderme dentro de la llaga de tu divino costado, mientras yo dormía, cual Padre cariñosísimo, Tú me preparaste tan agradable sorpresa para hoy".

Esa agradable sorpresa era... encontrarse peor y sufrir dolores indecibles. Y relataba con ese engrandecimiento de las propias faltas que parecen inmensas al contrastarlas con la bondad divina característico de la almas santas: "No sé hacer oración. Rara vez me mortifico. Soy una charlatana...... ¿Cuándo así, voy a purificarme de tantos pecados como en mi vida he cometido, y poder llegarme a Ti? Al enviarme los dolores me dices: 'Si los aceptas con alegría y en medio del sufrimiento me demuestras amor, aunque sea con una leve mirada al crucifijo, Yo te prometo suplir con ello cuantos rezos y mortificaciones pudieras hacer en mi honor'".

Esa "locura" le llevaba a no desperdiciar ocasión alguna para acercar a los demás a Dios, como se advierte en la postal que envió a su hermana Braulia el Jueves Santo de 1932, para felicitarla por su santo:

 

Querida hermana:

Con esta postal desearía enviarte la salud completa, que es una de las mayores felicidades de esta vida pero..... si yo tampoco la tengo ¿dónde ir a buscarla? Pues mira querida hermana vayamos al Calvario..... a los pies de la Cruz de nuestro Divino Redentor..... Allí, la encontraremos no lo dudes. (...).

No te niego que nuestras enfermedades y contratiempos nos hacen a veces llorar gotas de sangre..... pero pensemos querida Braulia, con toda confianza, que ha de ser este el billete para nuestra entrada segura en el Reino de los Cielos. ¡Qué alegría! Allí tendrán término todas, todas nuestras penas y dolores".

Pocos días más tarde, el domingo de Resurrección, anotó sus propósitos del día de retiro: "1º Confianza absoluta en la misericordia del Señor. -2º Indiferencia completa en todas las cosas, aceptando lo que Jesús me envíe, sea como fuere. -3º Alabar al Señor en todos los sucesos de mi vida, ya sean prósperos ya adversos y hacer de ellos la menor referencia posible, sobre todo, de los adversos. -4º Cuando sea reprendida, no contestar; y si alguna vez fuere necesario, muy brevemente. -5º En mis dolores y sufrimientos, no dejar nunca de mirar al Crucifijo y besarle con amor. -6º Viviré siempre como si a cada instante fuera a morir.- 7º Amaré mucho a la Santísima Virgen, mi Madre. =Viernes Santo, del 1932".

 

Doce días después de que formulara estos propósitos, el 9 de abril de 1932, formaba parte del Opus Dei. Fue uno de los días más gozosos de su vida. Su cuaderno de notas rebosa agradecimiento y alegría por aquel inesperado don de Dios. ¡Allí, postrada en aquella cama del Hospital, cuando todos los médicos la desahuciaban y sólo esperaba la muerte; allí, precisamente, Dios le había hecho ver su vocación! Aquella enfermedad era algo más que una cruz que debía soportar: era su trabajo, su instrumento de santificación, su camino concreto para llegar a Dios, su medio específico para hacer el Opus Dei en esta tierra. Vendrían miles de mujeres a aquella Obra de Dios. ¡Y ella, en aquel Hospital, iba a ser parte del cimiento del Opus Dei y allanaría con su dolor los caminos de Dios para los millares de almas que vendrían después...! ¡Qué alegría!

9 de abril de 1932: ésa era la fecha de su encuentro definitivo con el Amor, el día en que Dios la sacaba de aquella noche oscura en la que había pasado tantos años de su vida. Saboreaba al fin la alegría y la paz, "fruto seguro y sabroso del abandono".

Qué alegría y... qué paradoja: ahora, en medio de dolores y vómitos, disfrutaba de un gozo y una serenidad nueva que le llevaba a unirse gozosamente al Señor, gracias al espíritu de confianza filial que aprendía día a día de labios del Fundador del Opus Dei. "Su tranformación fue completa", relata María Ignacia en sus escritos íntimos, refiriéndose al itinerario interior de su alma. "La paz que reinaba en ella no hay palabra con que expresarla". Y concluye su pequeña autobiografía espiritual, fechada el 25 de mayo de 1932, un mes después de pedir la admisión en la Obra, con una exclamación gozosa: "¡Qué bueno y qué grande es Dios nuestro Señor...!".

Dos días más tarde vuelve sobre este mismo tema: "El 9 de abril de 1932 jamás podrá borrarse de mi memoria". Y después de hacer un profundo acto de entrega y de humildad, bañado en agradecimiento por el don de la vocación, concluye, conmovida: "¡¡Gracias, Jesús del alma mía, gracias!!".

Ese agradecimiento a Dios por la vocación recién descu­bierta domina todo ese periodo; aunque precisamente aquel 9 de abril empeoró de salud y le subió de nuevo la fiebre.

Sus momentos de felicidad -como le sucedía al Fundador del Opus Dei- tenían siempre ese reverso de dolor: sólo seis días después, el 14 de abril, cesaron a don José María Somoano como capellán, como consecuencia del nuevo presupuesto estatal para el Clero, aunque siguió atendiendo a sus enfermos sin percibir retribución económica alguna. D. Josemaría Escrivá se ofreció para ayudarle, de día y de noche. También don Lino Vea-Murguía colaboró con ellos.

Durante aquellas visitas don Josemaría comenzó a mostrarle a María Ignacia las características de aquel camino de santidad en medio del mundo por el cual había ofrecido tantos de sus dolores. Y aunque cada vez podía moverse menos, mientras pudo, "salía del Hospital para asistir a las reuniones que dirigía el Padre -comenta su hermana Braulia-, en donde recibían formación doctrinal y les explicaba algunas facetas del espíritu de la Obra. Recuerdo oírle decir a mi hermana algo de lo que les decía el Padre: que 'el Señor escribe utilizando cualquier medio; incluso la pata de una mesa'; que utilizaba instrumentos desproporcionados para que se viese que la Obra era suya. Hablaba mucho de confiar en Dios: de tener seguridad en El".

Las mujeres que seguían a don Josemaría en aquel entonces eran muy pocas: una profesora de colegio, una enfermera, varias empleadas y algunas chicas jóvenes que se reunían en casa de alguna de ellas o iban los domingos a dar catequesis al barrio de la Ventilla. María Ignacia sólo podía seguir de lejos estos planes, pero desde que pidió la admisión en la Obra el ritmo monótono de su vida en el Hospital fue enriqueciéndose con un plan de vida espiritual adaptado a sus circuns­tancias.

 

 

Lo que quieras, cuando quieras, y en la forma que quieras

 

Sufriendo todo por su amor... Ahora, mientras su piel sentía cada día los efectos de la luz ultravioleta de la lámpara de cuarzo -uno de los "remedios" de la época contra la tuberculosis- su alma sentía los efectos de una luz nueva.

Era una luz abrasadora, el "fuego" del que tanto le hablaba el Fundador, que escribía: "Si eres otro Cristo, si te comportas como hijo de Dios, donde estés quemarás: Cristo abrasa, no deja indiferentes los corazones".

Una amiga y una sobrina de Maria Ignacia, Pepita, en Hornachuelos

"Donde estés quemarás...". Y a ella le quedaba poco tiempo en esta tierra. Sentía inminente su despedida: "sólo me restan unos días...", escribe en su Cuaderno. No había tiempo que perder: era el momento de sembrar a manos llenas todo lo que el Señor le había hecho ver en su alma. "El Padre -cuenta Braulia- le pidió que buscase amigas. También señoras casadas. Yo pienso que fue lo que la movió a decírselo a nuestra otra hermana Benilde, que estaba ya viuda".

"Lógicamente -explica Benilde- quiso que las otras dos hermanas participáramos de la dicha que ella tenía con este descubrimiento, que había sido una especial gracia de Dios"

Otra nueva paradoja en su vida: ahora que estaba en el comienzo de su vocación comenzaba la última fase de su enfermedad. Cuando podía dar más aquí en esta tierra, Dios se la llevaba. Pero esto no la inquietaba. Había entendido con toda su profundidad la eficacia redentora del dolor, y aquella idea que le repetía don Josemaría, y que luego escribió en Camino: "De que tú y yo nos portemos como Dios quiere -no lo olvides- dependen muchas cosas grandes".

 

 

Por medio del dolor

 

María Ignacia sabía que su modo de hacer el Opus Dei era precisamente por medio de su dolor, y que eso y no otra cosa era lo que Dios quería para ella; que aquel dolor no era un castigo, sino amor de predilección de Dios para con ella. Su cuaderno refleja su lucha diaria por enamorarse cada vez más del Señor, a pesar de que es­taba físicamente "sumergida en toda clase de dolores que me producen agonías mortales".

"Sufrió mucho durante su enfermedad -recuerda su antigua maestra-. Tenía tuberculosis en el vientre y le hicieron varias operaciones". Entre operación y operación, sentía a veces flaquear sus fuerzas. "Pero con tu ayuda -decía , dirigiéndose, como siempre, al Señor y la de tu Madre Santísima, por fin he logrado vencer".

En sus momentos de mayor sufrimiento don Josemaría la consolaba, mostrán­dole el sentido sobrenatural de aquel dolor que Dios permitía en su vida: "A veces -le decía- puede parecernos que nos trata duramente; no podemos entender las dificultades o penas que nos envía; pero tampoco el niño pequeño entiende por qué su madre no le deja que juegue con un cuchillo o que acaricie con sus deditos la llama de una vela; y menos entiende por qué, en determinadas circunstancias, le da unos buenos azotes. Sin embargo, todo es para bien".

Y así fueron pasando, lentos, dolorosos y alegres, los últimos meses de su vida. Sólo alguna nevada ocasional alteraba un poco la monotonía triste del trasiego hospitalario. Pero María Ignacia estaba más activa que nunca: desde su cama rezaba, encomendaba las futuras labores apostólicas, escribía, hablaba con unas y otras. "Don Josemaría -recuerda Braulia- la atendía espi­ritualmente, dándole muchos consejos y animándola en su labor de apostolado".

El 12 de mayo de 1932 escribía: "El 11 y el 12 de mayo de 931, jamás podré olvidarles". Y en aquel día de aniversario le escribe unas líneas al Señor, "para si con ellas puedo en algo consolar tu Divino corazón". Hacía exactamente un año que habían corrido, como un reguero de pólvora, las noticias sobre los incendios de las iglesias y los conventos: habían quemado uno en la calle la Flor, otro en Vallecas, otro en Bella Vista, otro en...

Todo estos desmanes provocaban en el alma del Fundador un profundo sentimiento de desagravio: "Se había desatado la persecución violenta -se lee en Forja-. Y aquel sacerdote rezaba: Jesús, que cada incendio sacrílego aumente mi incendio de Amor y Reparación".

También el alma de María Ignacia, fidelísima a Dios, se sentía culpable por estos desmanes. "Yo he sido la causa de ello", escribe, y al recordar las faltas de su vida pasada, exclama: "¡Te debo tanto, Dios mío! ¡Me has mirado siempre con tanta misericordia!". Y después de recordar todo lo que Dios le ha dado en su vida, de agradecér­selo y de pedirle perdón, concluye con un acto de entrega plena:

 

"Aquí me tienes....... no me canso de repetirte que dispuesta estoy a recibir de tus manos lo que quieras, cuando quieras, y en la forma que quieras".

Lo que quieras, cuando quieras y en la forma que quieras. Estas palabras son un eco de la predicación del Fundador que enseñaba a identificarse con la Voluntad de Dios diciendo: "¿Lo quieres, Señor?... ¡Yo también lo quiero!". Y cuando se estaba consumiendo entre dolores, se definía a sí misma "borracha de felicidad".

Había llegado al olvido total de sí, a ese abandono de los hombres y mujeres que sólo viven para cumplir la Voluntad de Dios. Ya no le inquietaban las faltas de su vida pasada: "Tú eres quien forma los santos", escribe. Y concluye, llena de confianza: "¿Somos nosotros los llamdos a escoger los materiales para tus obras? ¡No! solamente estar dispuestos a no negarte nada".

Ese amor de Dios se iba apoderando de su alma. Le gustaría sólo una cosa: que la llamaran "la loca del amor de Dios". Y mientras la tuberculosis va minando su organismo, ese amor la va consumiendo, la va "enlo­queciendo", porque, explica, "con un amor tibio, mezquino, pobre, ¡no! Se te ama hasta la locura". Y haciéndose eco de aquellas palabras que fueron durante muchos años la súplica constante del Fundador y que muy posiblemente escu­charía de sus labios, escribe el 30 de junio: "¡Que vean Señor, que vean!".

 

 

16 de julio de 1932

 

El día 21 de julio su cuaderno comienza de un modo grave: "El día 17 de este mes nos dejó nuestro celoso y santo capellán". Se refería al entierro de don José María Somoano, que poco antes se había puesto gravemente enfermo, y había ingresado en el Hospital con un extraño cuadro de quebrantamiento general: afonía, vómitos, fiebres y sudores fríos. Fue perdiendo el pulso y empeorando hora tras hora, hasta que el día 16 de julio, fiesta de la Virgen del Carmen, falleció.

 

Don José María ¡la había ayudado tanto! La había puesto en contacto con el Fundador del Opus Dei; la había acompañado en los momentos duros y le había hecho ver su enfermedad como un don de Dios... Y ahora Dios se lo llevaba.

Escribió, como agradecimiento, un breve opúsculo en su memoria, titulado "Pequeño bosquejo de las virtudes del celoso apóstol D. José Mª Somoano (q.e.p.d.) por una enferma del Hospital Nacional", en el que recordaba sus últimos días: "Sufrió en silencio y siempre con la sonrisa en los labios, abandonos desprecios insultos vergüenzas y toda clase de incomodidades y dolores".

Aunque María Ignacia no haga alusión a este punto y no se conozca a ciencia cierta todas las circunstancias que rodearon aquella muerte, todo apunta a que, como creía el Fundador y parecen confirmar los datos médicos, muriese envenenado a causa del fanatismo antirreligioso. A él se refiere el punto 532 de Camino:

 

"¡Cómo lloró, al pie del altar, aquel joven Sacerdote santo que mereció martirio, porque se acordaba de un alma que se acercó en pecado mortal a recibir a Cristo!

-¿Así le desagravias tú?".

Son los caminos de Dios, tantas veces incomprensibles. El Opus Dei estaba dando sus primeros pasos: don Jose María Somoano era uno de los primeros sacerdotes que habían entendido al Fundador; y Dios se lo llevaba, de un día para otro, de repente... Y María Ignacia, que podía haber ayudado tanto en aquellos comienzos, esperaba también la llegada de la muerte. El Fundador del Opus Dei sufría profundamente con estas pérdidas; pero no había en sus palabras ningún pensamiento de desesperanza ni de pesimismo ante el futuro de la Obra:

"El sábado 16 de julio de 1932 día de Nuestra Señora del Carmen -de quien era devotísimo-, a las once de la noche, murió, víctima de la caridad y quizá del odio sectario, nuestro hermano Jose María.-

Sacerdote admirable, su vida, corta y fecunda, era un fruto maduro que el Señor quiso para el cielo.

El pensamiento de que hubiera sacerdotes que se atreven a subir al Altar menos dispuestos, le hacía derramar lágrimas de Reparación".-

Antes de conocer la Obra de Dios, luego de los incendios sacrílegos de Mayo, al iniciarse la persecución con decretos oficiales, fue sorprendido en la Capilla del Hospital -del que fue capellán y apóstol hasta el fin, a pesar de todas las furias laicas-, ofreciéndose a Jesús -en voz alta (creyéndose solo), por impulso de su oración-, como víctima por esta pobre España.

Nuestro Señor Jesús aceptó el holocausto y, con una doble predilección, predilección por la Obra de Dios y por José María, nos lo envió: para que nuestro h. redondeara su vida espiritual, encendiéndose más y más su corazón en hogueras de Fe y Amor; y para que la Obra tuviera junto a su Trinidad Beatísima y junto a María Inmaculada quien de continuo se preocupe de nosotros.

Yo sé que harán fuerza sus instancias en el Corazón Misericordioso de Jesús, cuando pida por nosotros, locos -locos como él, y... ¡como El!- y obtendremos las gracias abundantes que hemos de necesitar para cumplir la Voluntad de Dios".

San Josemaría comunicaba esta certeza: aquella muerte repentina, aunque a los ojos humanos pudiera parecerlo, no podía suponer un retroceso, porque estaba seguro que don Jose María Somoano intercedería desde el Cielo. Y María Ignacia escribe en su cuaderno, llena de fe, esta misma idea: "A mis hermanos en la Obra de Dios les diré: '¡No tengáis pena! Nuestra hermosa Obra dará un paso adelante; no lo dudéis'".

A partir de entonces el Fundador siguió atendiendo a los enfermos del Hospital y ocupándose más directamente de la vida interior de Maria Ignacia, a la que impulsaba a rezar, a desagraviar y a hacer apostolado sin desfa­llecer: "En el Hospital -cuenta Matilde García- estaba en una habitación con nueve o diez camas y las enfermas eran bastante heterogéneas. Había una que hablaba de tal forma que incluso tuvieron que dejar de llevarle la Comunión. María Ignacia hacía todo lo que podía por ir influyendo en ellas, poco a poco, y logró que se convirtiese".

Cuando el estado de María Ignacia se agravó, su hermana Braulia se trasladó a Madrid para atenderla. Esos últimos meses, en los que se redoblaban los dolores, fueron, sin duda alguna, los más felices de su vida. "De qué paz disfruto -escribía el 31 de agosto- cuando todo y del todo lo pongo en tus manos". Y en medio de esa paz, sentía el amor de Dios de forma arrebatadora; la palabra "amor" recorre todas las páginas del cuaderno, hasta convertirse en la protagonista absoluta; al final sólo deseaba decirle a Dios "cuanto te amo, que deseo amarte más y más, que mi única ilusión es llegar a amarte con locura".

Mientras tanto, los dolores se multiplican y todos se desviven por atenderla. "El Padre iba todos los días a verla -recuerda Braulia-; si no podía ir, la llamaba por teléfono y preguntaba cómo seguía". Salvo esto, todo lo que le rodea, se va volviendo progresivamente más hostil. El ambiente del hospital se enrarece; los acontecimientos políticos se encrespan, crece el odio a la religión y el ambiente social presagia una guerra. Pero a pesar de todas estas circunstan­cias adversas ‑que siente vivamente, en su alma‑ escribe: "¡Qué feliz me siento en medio de tanta obscuridad y tribula­ción!". Sus últimas líneas, fechadas el 9 de enero de 1933, son una súplica ardiente: "¡¡Jesús del alma mía, apiádate de mí!!".

A partir de ahí ya no escribe más.

 

Pocos días antes de morir -recuerda Braulia- la trasladaron de la sala común a una habitación de dos camas para no apenar a las otras enfermas. Yo la acompañaba día y noche. Tenía dolores terribles; estaba llagada de pies a cabeza; la última vertebra la tenía deformada y sobresalía tremendamente. Se había quedado consumida, incluso mucho más pequeña de estatura. Clarita, la enfermera, podía levantarla sin ayuda de nadie".

Ahora, desfallecida y sin fuerzas, María Ignacia sabía que era más eficaz en el Opus Dei que nunca. El Fundador seguía apoyándose en aquellos dolores como en un cimiento poderoso. En una ocasión fue a visitarla acompañado por Juan Jiménez Vargas, uno de los primeros miembros del Opus Dei: "En cuando la vio -cuenta-, el Padre le dijo que ofreciera todos sus sufrimientos por las labores apostólicas que tenía que encomendar cuando estuviera "al otro lado": la catequesis, la gente que trataba...".

 

La última paradoja de la vida de María Ignacia: deseaba vivir y morir; y crecía en ella el deseo del Cielo. Quería quedarse y quería irse. ¡Desde allí podía hacer tanto! A ella se refiere, con toda probabilidad, aquel punto de Forja:

"¡Cómo amaba la Voluntad de Dios aquella enferma a la que atendí espiritualmente!: veía en la enfermedad, larga, penosa y múltiple (no tenía nada sano), la bendición y las predilecciones de Jesús: y, aunque afirmaba en su humildad que merecía castigo, el terrible dolor que en todo su organismo sentía no era un castigo, era una misericordia.

-Hablamos de la muerte. Y del Cielo. Y de lo que había de decir a Jesús y a Nuestra Señora... Y de cómo desde allí "trabajaría" más que aquí... Quería morir cuando Dios quisiera..., pero -exclamaba, llena de gozo-¡ay, si fuera hoy mismo! Contemplaba la muerte con la alegría de quien sabe que, al morir, se va con su Padre".

 

 

13 de septiembre de 1933

A primeros de septiembre de 1933 "vino el Padre -recuerda Braulia- para administrarle la Extremaunción y estuve presente, sosteniendo el farol con dos velas encendidas, que dejé caer ‑del nerviosismo y del cansancio‑ manchando la ropa de cera y quemándome un poco (...).

Cuando María Ignacia murió yo estaba sola con ella. Don Josemaría se enteró inmediatamente -no sé cómo- y vino enseguida. Se encargó de organizar el entierro y lo presidió, junto a otros sacerdotes (...).

Recuerdo al Padre con manteo, caminando deprisa detrás del féretro colocado sobre el coche mortuorio, hasta el cementerio de Chamartín de la Rosa (...).

Cuando llegó el momento terrible de echar la tierra, don Josemaría cogió un puñado, la besó y la echó sobre el ataúd. Me animó con un gesto para que hiciera lo mismo. No sé de dónde saqué fuerzas, pero al ver la serenidad que el Padre tenía yo hice lo mismo con una gran paz".

"En vísperas de la Exaltación de la Santa Cruz, 13 de septiembre -escribió don Josemaría inmediatamente después de su fallecimiento- se durmió en en Señor esta primera h. (hermana) nuestra, de nuestra Casa del Cielo (...).

 

¡Qué paz la suya! - ¡Cómo hablaba, con qué naturalidad, de ir pronto con su Padre-Dios... y cómo recibía los encargos que le dábamos para la Patria..., las peticiones por la Obra!-.

(...) Aún antes de conocer la Obra ya aplicaba María por nosotros los terribles sufrimientos de sus enfermedades. (...) La oración y el sufrimiento han sido las ruedas del carro de triunfo de esta hermana nuestra. -No la hemos perdido: la hemos ganado. -Al conocer su muerte, queremos que la pena natural se trueque pronto en la sobrenatural alegría de saber ciertamente que ya tenemos más poder en el Cielo".

Dios llamó a esta mujer en "la primera hora", en la hora de la fe y de la esperanza, en ese tiempo en el que no se ven los frutos y queda por delante todo un día de trabajo y de calor. "Uno es el que siembra -se lee en la Escritura- y otro es el que siega".

A María Ignacia le tocó la dura tarea de sembrar. Nosotros podemos contemplar ahora el fruto extendido por toda la tierra. Hay miles de personas en todo el mundo que han hecho vida propia el mensaje del Fundador del Opus Dei; se han multiplicado las iniciativas apostólicas por los cincos Continentes, y se ha hecho realidad los frutos de aquella siembra, que fue ardua y fatigosa. "No os podéis imaginar -comentaba años más tarde el Fundador- lo que ha costado sacar adelante la Obra. Pero ¡qué aventura más maravillosa!".


 

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