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LA HISTORIA DE JOSEP MÁS

 


  Ayuntamiento de Cerdanyola


Dos accidentes

Josep Mas, octogenario, vive en Cerdanyola del Vallés, un pueblo de la provincia de Barcelona, y ha trabajado en diversas profesiones a lo largo de su vida: ha sido electricista, taxista, viajante de comercio y agente de ventas de una casa de electrodomésticos: primero en Benidorm, y luego en Cerdanyola, desde 1981.

En 1966 sufrió un grave accidente de automóvil, que le dejó como secuela un dolor permanente en la parte inferior de la columna vertebral. Un médico le pronosticó que muy probablemente ese dolor se irradiase a las piernas en el futuro. Afortunadamente, pudo seguir trabajando, aunque en las fases agudas tenía que recurrir a un masajista.

Años después, el 10 de mayo de 1982, sufrió un percance de graves consecuencias cuando regresaba a su pueblo desde Barcelona. “Para ir desde la estación a mi casa tenía que pasar por una zona que entonces estaba despoblada. Serían las seis de la tarde cuando me salieron al encuentro dos grandes perros que se me abalanzaron y me tiraron al suelo, donde quedé sin conocimiento y tuve que ser auxiliado por la policía, que me recogió”.

Lo trasladaron a un hospital de Sabadell, conmocionado por la contusión craneal y con una fractura en una pierna. Como ignoraban la caída que había sufrido, los médicos pensaron que había tenido una insuficiencia cerebral y le pusieron un vendaje en la pierna.

Desgraciadamente, por esta suma de circunstancias, no se le hizo en la pierna la cura adecuada ni el tratamiento que habría requerido. Su hermana se extrañó al ver que le daban de alta sin haberle colocado un yeso. Le dijeron que “no era necesario hacerle más cosas, pues con una fractura de ese tipo se quedaría cojo y no volvería a andar nunca más con normalidad”.

Cuenta el propio Josep Más: “Al salir de la clínica con estas dos limitaciones —la antigua de la columna y la nueva de la rodilla—, me indicaron usar muletas e ir a recuperación. Recuerdo que me dijeron que si no usaba las muletas, no podría andar; pero además me indicaron que las usara porque tampoco debía apoyar el peso del cuerpo en la pierna herida. Yo les dije que quería ir a trabajar, y fue cuando me volvieron a decir que lo mío no tenía tratamiento posible y que se me había terminado la posibilidad de trabajar. Me dieron un certificado de baja laboral definitiva”.

El diagnóstico médico fue de “fractura del platillo tibial externo de la rodilla izquierda”. Al principio, como no podía valerse por sí mismo, le cuidaban una hermana y una sobrina, y sólo podía salir de su casa en ambulancia.

“Después de este tiempo —contaba Más— dejé la recuperación, aunque no me sentía muy mejorado. Quizás lo dejé por eso (...). Una hermana mía me aconsejó preparar un coche que tenía —era la furgoneta que había utilizado en el trabajo—, para poder conducir a pesar de mi invalidez (...). A pesar de los dolores que tenía en la espalda y de la poca movilidad de la pierna, al poder desplazarme en coche —tenía el embrague en la mano—, me animé mucho”.

Así pasó desde 1982 a 1992. “En estos diez años —explica— , no dejé nunca de usar las muletas excepto cuando estaba en casa porque, al ser pequeña, podía desplazarme apoyándome en los muebles, repisas o paredes. A pesar de estos cuidados, en este último tiempo me encontraba peor. Los dolores seguían aumentando y pensé volver al médico por si me podía dar algún otro tratamiento que me aliviase. Pensaba que podía haber salido algún medicamento nuevo”.

17 de mayo de 1992

Un día de mayo de 1992, al salir de misa, un chico joven le ofreció una estampa de Josemaría Escrivá "“Yo a aquel chico no recordaba haberle visto nunca, pero debía conocerme de haberme visto otras veces en Misa. Es evidente que un cojo inválido como yo llamaba siempre la atención”, recuerda.

Era la primera vez que alguien le hablaba de Josemaría Escrivá.“Tomé aquella estampa y la agradecí, como es lógico; al llegar a casa recé la oración de la estampa, pero la dejé encima de un mueble y prácticamente no me volví a acordar”.

Sigue contando: “Llegó el domingo 17, y me fui a la Misa de nueve en la parroquia y, al regresar a casa, puse la televisión pensando que quizá televisarían la ceremonia a la que había ido tanta gente: se decía que iban a asistir más de 200.000 personas y un acto así era lógico que se televisara”. Sin embargo, la antena de su aparato no captaba la señal de la emisora que retransmitía en directo la ceremonia.

“Me fui entonces a desayunar y a arreglar el gallinero. A eso de las once, pensé: `Ahora debe ser la hora de la beatificación´. Entonces le dije al Venerable Siervo de Dios: `Si me has de curar, debido a que estoy haciendo el mes de María y rezo a la Virgen de Montserrat, tienes que curarme hoy. Ya que hoy te hacen Beato, si me curas hoy, habrá que atribuírtelo a ti´.

Recé entonces el Rosario, la oración de la estampa y el Padrenuestro. Inmediatamente de acabar, me di cuenta de que el dolor que tenía constantemente y que me obligaba a tomar aspirina u otros analgésicos, a pesar de que no me aliviaban mucho, me había desaparecido. Fue de repente.

También me di cuenta de que me movía con más soltura. Al encontrarme mejor, le dije al nuevo Beato: `Ahora te haré una novena´ , e inmediatamente la empecé con intención de acabarla el día 25. Pensé entonces que ese mismo día 25, al terminar la novena, si se confirmaba la curación, iría al ambulatorio para que me hiciesen unas radiografías”.

El día 18 de mayo no salió de su casa. Continuaba sin sentir dolor y no tuvo necesidad de tomar aspirina ni ningún otro analgésico: su única preocupación era cómo explicarle a la gente lo que le había ocurrido. El 19 de mayo salió a hacer algunas compras. “Tomé el coche, como siempre, con las placas de inválido, y aparqué en el lugar reservado. Bajé del coche y, no sé cómo, en cuanto me encontré en la acera, levanté las muletas y me dije: `¡Ando bien!´, y pensé que, en efecto, el Beato me había curado completamente, y me dije: `¡Mañana tengo que ir a Misa de ocho para dar gracias!´”

El párroco, Josep Rosell, lo vio llegar a la Misa de ocho. “Me llamó mucho la atención porque el Josep Más que yo había visto hasta entonces era un inválido —contaba—. Cuando le ví acercarse sin muletas quedé sorprendido, extrañado, no me podía caber en la cabeza cómo era posible. Mi reacción fue de una sorpresa mayúscula. Después de diez años de verle siempre con muletas le veía en aquel preciso momento sin ellas y andando correctamente, sin dificultad. Me quedé pasmado y perplejo. Llegué a dudar si sería él, pero no había duda. Le pregunté entonces qué le había pasado. `Aquel señor de Roma´, me dijo”. El párroco comprendió entonces que se trataba de Josemaría Escrivá, al que acababan de beatificar.

Continúa contando: “Pasó a la Capilla del Santísimo donde iba a ser la Misa. Había bastante gente en la iglesia y yo, antes de terminar, me sentí obligado a decir unas palabras: `Todos hemos visto a don José Más con muletas durante diez años y ahora lo vemos sin muletas. Para mí es una agradable sorpresa y doy gracias a Dios porque indudablemente es un don del Señor´.

Después de la Misa entró en la sacristía y me dijo que le había desaparecido el dolor de las vértebras y de la pierna.`Me sostengo de pie sin ayuda de las muletas... y me parece una cosa extraordinaria´. Y, tal como hablaba, se dejó caer de rodillas al suelo y se volvió a levantar como si tuviera un muelle. Yo estaba evidentemente cada vez más extrañado por el contraste entre lo que había visto durante tantos años y lo que veía en aquel momento”.

El 23 de mayo de 1992, un médico le hizo un examen clínico y confirmó la curación. Lo describía como “un paciente bien orientado témporo-espacialmente, deambula sin necesidad de muletas, sin cojera, flexiona la extremidad inferior pudiendo arrodillarse y levantarse sin necesidad de apoyo, y con movilidad normal de la columna vertebral”.

Añadió después: “He tenido oportunidad de entrevistarme con los directores de los centros de rehabilitación de Cerdanyola y Sabadell a los que acudió Josep entre los años 1982 y 1984. Lo recuerdan como una persona inválida, que andaba ayudado de muletas, que se trasladaba siempre en ambulancia, y que dejó de acudir al centro de rehabilitación al no sentir mejoría”.

Dos meses después de la curación, le vio un especialista en Traumatología y Ortopedia, que señaló en su informe que no se trataba de una curación anatómica, ya que las radiografías anteriores al 17 de mayo y las sucesivas son iguales, sino de una curación funcional, quizá más sorprende1nte —señaló— precisamente por la permanencia de la causa de esa invalidez, que había afectado a Josep durante diez años. Y concluía: “Nos sorprende que, con la clínica que refiere dicho paciente y los informes elaborados desde 1982 y que trae consigo, actualmente se encuentre libre de molestias y plenamente capacitado para la deambulación normal sin ayuda de muletas”.

Un año y medio más tarde, la situación permanecía estable. A petición de la Postulación del Opus Dei, el catedrático de Cirugía ortopédica y Traumatología de la Universidad Autónoma de Barcelona, tras reconocer de nuevo al antiguo enfermo y reafirmar la completa normalidad funcional del aparato locomotor, hizo notar en su informe la misma patología radiológica. Un estudio psicológico del paciente, realizado a finales de 1993, mostró la ausencia de cualquier patología de tipo psíquico.

La Postulación sometió este caso al estudio de tres especialistas más, no españoles, que confirmaron que no había una explicación desde el punto de vista científico para la curación.

De todos modos, comentaba Josep Más,refiriéndose a la Causa de Canonización de Josemaría Escrivá: “Que lo reconozcan como un milagro en Roma o no, es igual.para mí lo es. Ahora ando y antes no”.

Le preguntaron recientemente si le haría ilusión que canonizaran a Escrivá y respondió que sería la alegría más grande de su vida. En la actualidad Josep Más lee, cuida de su pequeño huerto, y recomienda a sus conocidos que tengan fe. “Todos los días que pueda seguir andando son un regalo”, dice.

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