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El matrimonio y el Opus Dei





El fundador del Opus Dei siempre consideró el matrimonio como una vocación divina.

Respondió a una entrevista en 1968:

«Hablaré de algo que conozco bien, y que es experiencia sacerdotal mía, ya de muchos años y en muchos países. La mayor parte de los miembros del Opus Dei viven en el estado matrimonial y, para ellos, el amor humano y los deberes conyugales son parte de la vocación divina.

El Opus Dei ha hecho del matrimonio un camino divino, una vocación, y esto tiene muchas consecuencias para la santificación personal y para el apostolado. Llevo casi cuarenta años predicando el sentido vocacional del matrimonio.

¡Qué ojos llenos de luz he visto más de una vez cuando –creyendo, ellos y ellas, incompatibles en su vida la entrega a Dios y un amor humano noble y limpio– me oían decir que el matrimonio es un camino divino en la tierra!

»El matrimonio está hecho para que los que lo contraen se santifiquen en él, y santifiquen a través de él: para eso los cónyuges tienen una gracia especial, que confiere el sacramento instituido por Jesucristo. Quien es llamado al estado matrimonial, encuentra en ese estado –con la gracia de Dios– todo lo necesario para ser santo, para identificarse cada día Irás con Jesucristo, y para llevar hacia el Señor a las personas con las que convive.

»Por esto pienso siempre con esperanza Y con cariño en los hogares cristianos, en todas las familias que han brotado del sacramento del matrimonio, que son testimonios luminosos de ese gran misterio divino –"sacramentum magnum" (Eph. 5, 32), sacramento grande– de la unión y del amor entre Cristo y su Iglesia. Debemos trabajar para que esas células cristianas de la sociedad nazcan y se desarrollen con afán de santidad, con la conciencia de que el sacramento inicial –el bautismo– ya confiere a todos los cristianos una misión divina, que cada uno debe cumplir en su propio camino.

»Los esposos cristianos han de ser conscientes de que están llamados a santificarse santificando, de que están llamados a ser apóstoles y de que su primer apostolado está en el hogar. Deben comprender la obra sobrenatural que implica la fundación de una familia, la educación de los hijos, la irradiación cristiana en la sociedad. De esta conciencia de la propia misión depende en gran parte la eficacia y e1 éxito de su vida: su felicidad.

»Pero que no olviden que el secreto de la felicidad conyugal está en lo cotidiano, no en ensueños. Está en encontrar la alegría escondida que da la llegada al hogar; en el trato cariñoso con los hijos; en el trabajo de todos los días, en el que colabora la familia entera; en el buen humor ante las dificultades, que hay que afrontar con deportividad; en el aprovechamiento también de todos los adelantos que nos proporciona la civilización, para hacer la casa agradable, la vida más sencilla, la formación más eficaz.

»Digo constantemente, a los que han sido llamados por Dios a formar un hogar, que se quieran siempre, que se quieran con el amor ilusionado que se tuvieron cuando eran novios. Pobre concepto tiene del matrimonio –que es un sacramento, un ideal y una vocación–, el que piensa que el amor se acaba cuando empiezan las penas y los contratiempos, que la vida lleva siempre consigo. Es entonces cuando el cariño se enrecia.

Las torrenteras de las penas y de las contrariedades no son capaces de anegar el verdadero amor: une más el sacrificio generosamente compartido. Como dice la Escritura, "aquae multae" –las muchas dificultades, físicas y morales– "non potuerunt extinguere caritatem" (Cant. 8, 7), no podrán apagar el cariño».


Testimonio de Ketty, madre de seis hijos, miembro del Opus Dei:

Me suelo levantar a las siete generalmente muy cansada. Es el momento de organizar a la familia para que lleguen a tiempo a los autobuses y al colegio. Después suelo ir a Misa de diez. Y a continuación me dedico a organizar la casa... Es un trabajo maravilloso, porque supone entregarte continuamente a los demás. Pero esto tampoco te exige estar siempre encerrada, sin abrirte a un horizonte más amplio.

Cuando nos casamos, mi marido y yo estábamos muy enamorados, como es normal... No necesitábamos de nada ni de nadie para ser felices, pero esto no quiere decir que nos encerráramos el uno en el otro y nada más... Y aunque todavía procuramos reservar momentos de serenidad para tratar los asuntos más personales y delicados, esto a veces resulta difícil.

Cuando los niños se van haciendo mayores, toman parte en todas las conversaciones con los padres. Durante año y medio no hemos tenido apenas tiempo de hablar... Entonces lo que hacíamos era comer rápidamente y yo le acompañaba al trabajo: tomábamos café en una cafetería y así podíamos estar unos minutos a solas. Todo es cuestión de buena voluntad, de ordenarte.

Mi trabajo profesional es la casa. A mis hijos y a mi marido les hace una ilusión enorme que sea yo la que arregle la casa y cuide de todo. Además es la única forma de poder ir educando y enseñando a los niños... De nada sirve predicarles si se dan cuenta de que tú no vives eso que mandas.

Me preocupa que ahora a los niños se les educa con un excesivo bienestar material. ¡Pero qué cariño es ése! Pienso que a mí me ha venido tan bien pasar una infancia con privaciones... el mayor manjar que ha existido para mí durante años era el pan con tocino. Por eso creo que el educar a los niños con un exceso de comodidades y de caprichos es uno de los mayores daños que se les puede hacer...

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