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Recordando a don José Meroño
sacerdote numerario del Opus Dei


 

A la 5.15 de la mañana del lunes 11 de junio, fallecía don José Meroño, un sacerdote del Opus Dei de 84 años. Era un hombre paciente y afectuoso. Granada ha sido su pequeña patria durante 34 años.

Su vida comenzó en 1922 en Los Martínez, un pequeño barrio anejo a la capital murciana. Su padre era agricultor. Entre almendros y frutales decidió estudiar la carrera de Filosofía "porque le daba respuestas que otras carreras no se hacían".

A los 21 años se doctoró en esa carrera humanística. Durante su carrera entró a formar parte del Opus Dei. "Y como pensé que la filosofía me daba para comer, pero no para cenar, comencé a trabajar en un banco".

Estuvo varios años de empleado bancario, hasta su marcha a Roma, donde pasó unos años formándose junto a San Josemaría Escrivá.

En agosto de 1955 se ordenó sacerdote y marchó a Estados Unidos. Residió en Washington durante los años sesenta. "En esa época -recuerda al otro lado del Atlántico John Debicki- intentaba enseñarnos los conceptos filosóficos clásicos y en boga". "Era muy simpático -recuerda otro miembro del Opus Dei-. Recuerdo que desarrolló un apostolado muy extenso y fraternal con amigos sacerdotes, especialmente en Baltimore, en la costa este americana".

A su regreso de Estados Unidos pasó algunos años en Puerto Rico, donde comenzó la labor estable del Opus Dei, y luego residió, hasta su fallecimiento, en Granada. "Ya con casi 85 años -escribía Cayetano Burgos- estaba casi ciego. Sin embargo hasta los últimos días y hasta que la enfermedad se lo impidió, acudió a confesar a la iglesia de San Antón. Allí muchas personas iban y recibían su serenidad pues era buen confesor, consejero y santo.

"También en su casa lo visitábamos con frecuencia -prosigue Burgos-. En su habitación era muy pequeña y tenía unas lupas grandes que le habían proporcionado desde la O.N.C.E pues, al final de su vida, se iba quedando ciego. Como la ventana daba a un patio interior hacia calor. En fin, en tan poco espacio estábamos, pero el espacio era lo de menos, pues lo importante es que estaba él, y él con Dios".

Los últimos días de su vida los pasó en el Clínico de San Cecilio, acompañado por muchas personas que se turnaban para devolverle en vida lo que la muerte se llevaba: gratitud.

"Musitaba avemarías con la respiración ahogada. No se quejaba de los fuertes dolores", señala Lourdes Nievas. También en el Clínico recibió unas letras personales de Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei. Era una carta muy cariñosa donde le animaba a ofrecer los dolores por el bien de la Iglesia.

El lunes 11 de junio, tras una vida dedicada a Cristo fallecía en el hospital. En todos esos días no faltaron flores frescas en su habitación.... y la sonrisa de Dios en el fondo de su alma.


 

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