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Minusválidos psíquicos y Opus Dei



 

Miles de familias de todo el mundo –entre ellas numerosos madres y padres de familia del Opus Dei, cooperadores o personas que se forman cristianamente en esta Prelatura, se plantean el problema del presente y del futuro de sus hijos minusválidos. Su ilusión es, en muchas ocasiones, que, en la medida de sus posibilidades, puedan ganarse la vida; y asegurarle un futuro digno.

Las iniciativas en este campo son muy numerosas, y hay muchos miembros del Opus Dei que trabajan profesionalmente en este campo en diversos países del mundo.

También hay algunos miembros de esta Prelatura que han creado iniciativas de carácter privado, junto con otros padres de familia, alentados por el espíritu del Opus Dei, que espolea a dar una respuesta personal y responsable a los problemas de la sociedad.


La Veguilla

Una de esas respuestas es “La Veguilla”, un Centro Especial de Empleo para deficientes mentales en los alrededores de Madrid, gestionado y promovido por un profesional en la materia, José Alberto Torres, miembro del Opus Dei. Transcribo parte de un artículo en el que se describe esta iniciativa, que conozco bien, porque de ella se benefician algunas familias de amigos míos.

Gallego de Pontevedra, José Alberto Torres pidió la admisión en el Opus Dei en 1966 y se trasladó por motivos familiares a Madrid, donde poco después comenzó a trabajar en tareas de gestión de diversos centros educativos. Desde su puesta en marcha en 1982 dirige "La Veguilla". Nos cuenta cómo el espíritu del Opus Dei puede hacerse realidad en esta iniciativa con deficientes mentales.

"Antes de trabajar en "La Veguilla" fui gerente del colegio Retamar, obra corporativa del Opus Dei, y del colegio de educación especial "Virgen de Lourdes". Ser "gerente" de una obra educativa de este tipo significaba entonces hacer un poco de todo, porque estaban en sus comienzos muchas de estas iniciativas educativas, alentadas por el Fundador del Opus Dei. Teníamos un ideario, unas fuentes de inspiración, pero se trataba que hacerlas realidad en un hoy y un ahora: en un lugar concreto, con unos padres, con unos alumnos, con unos retos pedagógicos determinados.

Fue entonces cuando leí con nuevos ojos algunos escritos del Fundador. Nos animaba a trabajar con optimismo, a no limitarnos a cumplir sino a esforzarnos en amar, que es siempre excederse gustosamente en el deber y en el sacrificio.

Poco después, me encontré con este proyecto: unos padres habían creado un centro para la educación de sus hijos deficientes mentales. Pero les faltaba la orientación. -¿Y cuándo salgan del colegio, qué? -se preguntaban con cierta angustia-. -¿Y cuando nosotros les faltemos...?

Entonces se hablaba mucho de "la terapia ocupacional". Era una idea que me parecía válida, pero insuficiente, porque la ocupación, el trabajo, se reducía sólo a eso: a una terapia, a una excusa, a un simple instrumento para aliviar el peso de una enfermedad.

No estaba de acuerdo con aquella concepción tan reductiva del trabajo. Había aprendido en el Opus Dei el valor santificante de todas las ocupaciones humanas nobles, y su profunda dignidad y me propuse que estas personas -a las que Dios también llama a la santidad- descubrieran en sus tareas un medio para encontrar a Dios y para servir a los demás.

Pensé que aquel era un campo profesional magnífico, donde se podía prestar un gran servicio, y me embarqué en esta aventura en la que estaba todo por hacer. Esto no es una labor corporativa del Opus Dei: pero yo procure desde el comienzo sembrar el espíritu del Opus Dei en estas iniciativas con discapacitados psíquicos.

Unos pensaban que era un iluso; otros creían que me desanimaría enseguida al toparme con la realidad; y alguno me dijo, bromeando: -¡Pero hombre! ¡Hacer trabajar precisamente a unas personas que se pueden librar de esa carga!

Todas estas consideraciones partían de una concepción obsoleta de las deficiencias mentales y de una idea empobrecida del trabajo. Hoy se ha avanzado mucho en este aspecto: se entiende que un deficiente es una persona capaz de llevar una vida normal de trabajo, a pesar de sus carencias y limitaciones. Entonces los problemas se resolvían solo desde perspectivas pedagógicas: hoy el médico, el neurólogo y el pedagogo coordinan sus saberes y funciones para ayudar a estas personas.

-Es una locura -me decía el padre un muchacho enfermo- pensar que mi hijo sea capaz algún día de sostenerse por sí mismo... ¡Si yo, cuando tengo necesidad de que mis hijos me hagan un recado en la calle, acabo enviando a su hermano menor, porque temo que a éste le suceda algo!

Hoy ese muchacho no sólo se mantiene económicamente con su trabajo, sino que goza de un contrato laboral fijo; y hay algunos, con su misma enfermedad -como Gonzalo, que trabaja en La Veguilla- que han formado un hogar y sostienen a su mujer y a sus hijos.

El espíritu del Opus Dei me han animado mucho durante estos años en los que no han faltado dificultades. Ahora tengo la alegría de comprobar cómo estos chicos cuidan las cosas pequeñas como nos enseñaba el Fundador del Opus Dei; y veo cómo luchan por mejorar en su trabajo y en el trato con los demás: y cómo avanzan en su vida cristiana...

-¡Pero don Alberto -se lamentaba uno, hace pocos días- si es que estoy siempre estoy empezando!

Y yo le explicaba lo que nos decía el Fundador del Opus Dei, que la vida cristiana es eso: comenzar y recomenzar...

1982

1982 fue un año muy importante para mí. Se celebraba el Año Internacional del Minusválido, y ese año la legislación española aprobó los centros especiales de empleo, con los que mis sueños se convertían en realidad. Me estimularon mucho unas palabras del Papa sobre el trabajo del minusválido en la encíclica Laborem Exercens, que salió ese mismo año... y pusimos en marcha "La Veguilla".

-¿Y cuando se jubilen, qué haremos? me preguntan algunos padres. Ya estamos pensando en hacer residencias para la tercera edad, de forma que se les atienda en el ciclo completo de su vida".

En un complejo situado entre los pueblos de Villaviciosa de Odón y Boadilla del Monte está ubicada ahora La Veguilla, que es un centro especial de Empleo. Están contratados 70 trabajadores deficientes, además de otras siete personas no deficientes que dirigen las distintas actividades de la empresa. Reciben el sueldo y gozan de todos los seguros laborales estipulados por la Ley. Muchos son de Madrid; algunos -unos quince- son de otras provincias o no tienen familia, y viven en una residencia que está junto al centro de empleo y que se costean con su propio trabajo.

Para asegurar el empleo de personas minusválidas, la ley española establece que las empresas con más de 50 empleados les reserven al menos el 2% de sus puestos de trabajo. Muchas empresas la cumplen contratando a minusválidos físicos (cojos, mancos, etc.). Parte del mérito de centros como La Veguilla es lograr un negocio rentable cuya idea original es dar trabajo, sobre todo, a deficientes mentales.

Los empleados realizan trabajos de jardinería, cerámica, carpintería y costura. Además, este año se ha inaugurado un laboratorio de biología vegetal que permitirá ampliar la oferta de plantas. Actualmente se dispone de cinco modernos invernaderos -un universo ordenado de claveles, alegrías, margaritas, tajetes, alisos y otras lindezas- y de los talleres relacionados con cada una de las tareas, desde el potente horno de alfarería hasta las mesas con retales para la confección de reposteros.

En muchos aspectos los deficientes serán menos inteligentes que la mayoría. Pero son eminentemente prácticos. "Ordinariamente -explica José Alberto- se apuntan a algo en la medida en que ven que pueden tener éxito. Coincide lo que les gusta con aquello para lo que tienen mejores disposiciones. Y normalmente no pasan por situaciones como las del estudiante que quiere hacer una carrera universitaria exigente -una ingeniería o similar- después de un Bachillerato mediocre".

"Al deficiente mental -continúa-, como a la mayoría de la gente, lo que le gusta es triunfar. En su caso esto tiene un contrapartida fuerte. Pues cuando no están ocupados, se pasan el día en la calle. Y si encuentran a alguien que les dice que son muy buenos ladrones o cualquier otra cosa, es muy fácil que están dispuestos a delinquir. Hay bastantes casos tristes de este estilo -sentencia-: son más los que terminan en la cárcel que en empresas familiares". Por eso las empresas que, como La Veguilla, dan trabajo a deficientes tienen el valor añadido -frente a otras empresas- de prevenir más directamente el problema social de la delincuencia.

Diversas épocas

Como casi toda empresa, La Veguilla ha pasado épocas de vacas flacas. Al principio José Alberto visitó algunos colegios de Educación Especial para conocer cómo enseñaban a jóvenes discapacitados: "Ví qué hacían. Y me acomplejaban, porque eran trabajos muy bien hechos... Dejé de ir cuando supe que me enseñaban lo que hacían los expertos, no los deficientes".

A falta de experiencia previa, de proveedores y contactos, equivocarse era inevitable. Sonríe recordando sus errores de empresario principiante: "Una de las equivocaciones es pensar que crear empleo es algo sencillo. Cuando tratas con estas personas es fácil caer en el defecto de usar el corazón en lugar de la cabeza. Por ejemplo, durante un tiempo estuvimos trabajando en ebanistería con muebles de contrachapado. Desconocía lo que los expertos en psicología de los deficientes llaman 'perseveraciones'. Antes de barnizar el contrachapado había que lijarlo... Como consecuencia de las perseveraciones, los empleados lijaban más de la cuenta y estropeaban la madera. Así que cambiamos a madera maciza".

"Otro error -continúa- es pensar que el mercado tiene el mismo gusto que tú. Para ser rentable hay que mirar los gustos de los otros. Y, a la hora de vender, es fundamental no decir que nuestros productos los han hecho deficientes. Así vendemos relativamente bien. En cambio, si lo dices, la gente encuentra enseguida defectos, pues ninguna artesanía es perfecta -y tampoco la nuestra-. Estamos convencidos de que no vendemos caridad, sino calidad.

"Desde hace tres años, -concluye José Alberto- el negocio está resurgiendo, especialmente por la jardinería, que ha alcanzado gran prestigio. Tenemos esperanzas de que la oferta de empleos aumente con el laboratorio de biología".

Jornada laboral

Al igual que muchas otras empresas, la jornada laboral arranca a las 9.00 de la mañana. Gonzalo entra en el taller de cerámica y artesanía, junto con Pilar, que ayer dejó sobre una mesa los modelos que usará hoy para pintar algunos jarrones. Por un pasillo del mismo edificio se accede al almacén-tienda, atestado de muebles y obras de cerámica. Junto a la ventana desde donde se divisan los viveros, Carmen atiende las llamadas telefónicas. Si llaman a alguien que está trabajando fuera, con las plantas, lo avisa por la megafonía. Entre llamada y llamada aprovecha para hacer centros de flores.

 

A las 11.00 am hay tiempo para un refrigerio. Luís, que es el cocinero jefe, saca a las mesas del comedor varias bandejas cargadas de bocadillos. Algunos empleados se acercan allí para tomarlos con café. Pero como la finca es grande, otros van hasta el comedor, recogen varios bocadillos y se marchan para comerlos con sus colegas en el vivero o el taller, o quizá paseando al aire libre si acompaña el buen tiempo.

Reparadas las fuerzas, cada cual vuelve a lo suyo: a fabricar y trasladar el cemento para asentar el suelo del nuevo vivero, inmenso, con cabida para 117.000 macetas o 470.000 bandejas de plantas; a cocer el barro en el taller de cerámica; a repicar del semillero a la bandeja plantas vivaces (cerastium, bellis, arabis...) y anuales (petunias, pensamientos, prímulas...); a cargar con plantas variadas el camión de un transportista que acaba de aparcar a la entrada.

A las 14.00 horas es la comida. Luís ha preparado -con ayuda de Ángel, Olga, Carmen, Rosa, Elena y Beatriz- un cocido que desaparece de fuentes y platos en pocos minutos. Se come bien y en abundancia. Una breve sobremesa, y vuelta al trabajo, que termina a las 18.15 horas. La jornada laboral de estos empleados es la de un trabajador medio español: ocho horas diarias, de lunes a viernes. Cuarenta horas bastan para producir y vender 3 millones de plantas al año y centenares de piezas de cerámica, muebles o reposteros.

Para la vuelta a casa de los empleados, los padres pidieron que se contratase un autobús, pues así estaban más tranquilos. Pero los hay que utilizan el transporte público y hasta alguno que vive cerca regresa caminado a casa.

Laboratorio de plantas

Pared con pared del taller de carpintería se encuentra el laboratorio de producción de plantas in vitro. Es el proyecto más moderno de cuantos hay en La Veguilla: cultivar en frascos y sin tierra, en condiciones de máximo rendimiento, millones de plantas que no soportan fácilmente las condiciones ambientales de la zona. Está previsto que en la primavera del 97 comience la producción de plantas, una vez el laboratorio acabe de ser acondicionado y alcance la esterilidad ambiental requerida. "Con este laboratorio se ampliará el número de empleos en La Veguilla, pues está diseñado para producir tres millones de plantas al año. Trabajarán de catorce a dieciséis personas en el laboratorio, y algunas más en los invernaderos, adaptando las plantas a la tierra", explica María José Borja, doctora en Biología que ha trabajado en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

La construcción del laboratorio se inspira en centros de producción similares de Estados Unidos, Holanda y España. "En Madrid y en la zona centro -dice la Dra. Borja- no hay ningún centro de producción de estas características. Hay centros en las universidades y en el CSIC, pero producen poco, para investigar, no para la venta. En Cataluña sí hay algunos centros productivos, aunque actualmente ninguno reúne las condiciones para una producción tan elevada como éste".

Bajo la supervisión de la doctora Borja, la mayoría de los trabajos serán realizados por deficientes: "Pueden hacer casi todo: traspasar las muestras de plantas de un medio de cultivo a otro en la cabina de flujo de aire, trasladar los frascos a las cámaras de cultivo, o ayudar en las tareas de preparación de medios, como llenar y vaciar botes, esterilizarlos en el autoclave, o desinfectar paredes o suelos para lograr la asepsia imprescindible".

Hablando de asepsia, para entrar en el laboratorio es obligado esterilizarse las manos con un aparato que hay en un vestuario y es preciso revestirse de pies a cabeza con ropa estéril (las calcetas, el mono, la capucha y los guantes). El aire de las salas se filtra para que las bacterias o microorganismos patógenos no penetren en el interior de las salas y dañen los cultivos. La primera meta del laboratorio es ampliar la oferta de plantas de La Veguilla con plantas de ornamentación que requieren especiales condiciones ambientales, y que no pueden cultivarse por esqueje en el exterior sin graves riesgos. Algunas de esas plantas son las tropicales de interior (el ficus, entre otras), la violeta africana... En una segunda etapa, el laboratorio servirá para conseguir variedades de plantas por biología molecular. También se analizarán enfermedades de plantas.

La formación que reciben los alumnos en el colegio "Virgen de Lourdes" se complementa habitualmente con las prácticas que pueden realizar en los distintos talleres de La Veguilla; pero esa es sólo una faceta de la estrecha colaboración establecida entre los dos centros. Existe un aspecto en el que el trabajo desarrollado en La Veguilla es especialmente valioso. Se trata de la coordinación de las investigaciones llevadas a cabo por el personal del colegio "Virgen de Lourdes" y los profesionales del Centro Especial de Empleo.

Profesores

Treinta profesores de aula, diez profesores de taller, dos psiquiatras, cinco psicólogos, cuatro fisioterapeutas, siete logopedas y un médico generalista trabajan conjuntamente en distintos proyectos encaminados a paliar las consecuencias de las enfermedades que causan la discapacitación de esas personas. Hay en proyecto siete Tesis Doctorales y tres están ya aprobadas -en Medicina, Psicología y Pedagogía-.

Siempre con el apoyo de la experiencia de los niños deficientes, y pensando la mejor manera de enseñarles. Los que llevan más años educando a deficientes coinciden en que el clásico baremo del coeficiente intelectual (CI) que maneja la Organización Mundial de la Salud simplifica demasiado la medición de la inteligencia. Y, desde luego, es insuficiente a la hora de plantearse cómo mejorar la enseñanza de personas con deficiencias psíquicas. En estos casos es preciso un estudio más detallado de cada persona.

Jorge Muñoz, uno de los psiquiatras del colegio, está investigando, entre otras cosas, sobre potenciales evocados visuales, gracias a los cuales se puede saber la actividad de diversas partes del cerebro (que coordinan las actividades sensoriales e intelectuales). Jorge aprendió la técnica en el Medical College of Pennsylvania, en Filadelfia (USA). Y aquí la puede aplicar a los deficientes, en parte gracias a la coordinación con la que se trabaja. "No es lo mismo el análisis frío de los datos exclusivamente psiquiátricos, que la observación de los mismos datos junto a especialistas en psicología, logopedia o trabajo de taller".

La colaboración entre el colegio y La Veguilla se manifiesta de también en la ayuda que reciben del personal docente, sobre todo con cursos de refuerzo de las habilidades sociales (capacidad de diálogo, carácter estable, etc.), pues las consideran una clave para la integración de los disminuidos.

Para saber más sobre la Veguilla


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