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Petra Monterola, numeraria auxiliar del Opus Dei:
para sacar a Venezuela adelante



"Aquí, en Venezuela -escribía Ana Sastre, evocando la visita de san Josemaría, el Padre para miles de personas, a este país sudamericano- y en otros lugares del trópico, sólo hay dos grandes estaciones: la de las lluvias, a la que se llama invierno, y la de sequía, que -aunque sea más fresca- recibe el nombre de verano.

El Padre llega al aeropuerto de Maiquetía, en Caracas, a las cinco de la tarde del día 15 de agosto; el huracán Alma ha mantenido en estado de alerta los aeropuertos nacionales, pero los vientos han pasado rumbo a occidente y la serenidad impera. Monseñor Escrivá de Balaguer viene todavía enfermo, sin recuperar. Un coche le recoge en la misma pista y sale camino de Altoclaro, una casa a varias decenas de kilómetros del aeropuerto.

Distribuir con justicia las riquezas naturales

 

Hacia la mitad del trayecto, los cerros que rodean la ciudad se ven inundados de «ranchitos» -casas muy pobres hechas con materiales diversos: cartón, planchas de zinc donde viven muchas personas que llegan a la capital, desde el interior del país, a buscar trabajo y mejores condiciones de vida.

Al verlos desde el coche, el Padre habla a los que le acompañan de la necesidad de no olvidar a estas gentes, facilitándoles formación para adquirir mejores condiciones de vida.

Les subraya la urgencia de que muchas personas, con mentalidad cristiana, se ocupen de distribuir bien las inmensas riquezas naturales que Dios ha concedido al país venezolano.

Nada más llegar a Altoclaro se reúne con un pequeño grupo de hijos suyos. Es una hora de emoción. Algunos ven hoy por primera vez al Fundador, aunque lleven años en el Opus Dei. Para cada uno tiene una palabra de afecto, un saludo cercano y familiar."

En esos encuentros se habla de los problemas de la vida cotidiana. Un padre de familia venezolano le preguntó qué podía hacer para educar a sus hijos.

-Yo los pasearía un poco... -le contestó- por esos barrios que hay alrededor de la gran ciudad de Caracas, para que vieran las chabolas, unas encima de otras. Que sepan que el dinero lo tienen que aprovechar bien; que han de saberlo administrar, de modo que todos participen de alguna manera de los bienes de la tierra. Porque es muy fácil decir: yo soy muy bueno, si no se ha pasado ninguna necesidad.

Un amigo, hombre de mucho dinero, me decía una vez: yo no sé si soy bueno, porque nunca he tenido a mi mujer enferma, encontrándome sin trabajo y sin un céntimo; no he tenido a mis hijos debilitados por el hambre, estando sin trabajo y sin un céntimo; no me he encontrado en medio de la calle, tendido y sin un cobijo... No sé si soy un hombre honrado: ¿qué habría hecho yo, si me hubiera sucedido todo eso?

Mirad, hemos de procurar que no le pase a nadie; hay que habilitar a la gente para que, con su trabajo, pueda asegurarse un bienestar mínimo, estar tranquilos en la vejez y en la enfermedad, cuidar de la educación de los hijos, y tantas otras cosas necesarias. Nada de los demás puede resultarnos indiferente y, desde nuestro sitio, hemos de procurar que se fomente la caridad y la justicia".

Aunque su deseo era tener diversos encuentros de catequesis con venezolanos, la enfermedad y el cansancio de un largo viaje evangelizador por tierras americanas se lo impidió. Los médicos le aconsejaron que regresara a Europa para reponerse y descandar. Se despidió cariñosamente de los venezolanos, aceptando la voluntad de Dios, con el deseo de volver cuanto antes.



En Venezuela y desde Venezuela

A causa de su estado de salud sólo pudo conversar personalmente con muy pocas personas. Una de ellas fue Petra Monterola, una numeraria auxiliar del Opus Dei, que años después evocaba en un programa de televisión, sus recuerdos de aquel breve encuentro con el fundador.

"Cuando vino el Padre -contaba Petra-, yo estaba aquí en la administración de Altoclaro, y aunque estaba muy enfermo al siguiente día de venir me recibió. Hacía mucho esfuerzo por hablar y respiraba con mucha dificultad. Le costaba mucho para decir las cosas, pero hacía el esfuerzo y luchaba para darse y preguntar. Me preguntó, por ejemplo, cómo era la comida criolla. Y se recordó de cuando me dieron un diploma, que hacía… ¡dos años! antes que yo le había escrito para decirle que me habían dado un diploma. ¡Y él se recordó!

También le conté de la catequesis que teníamos en Maracaibo con los niños. Se alegró muchísimo y me dijo muchas cosas para los venezolanos, como que teníamos que dar muchas catequesis aquí en Venezuela y desde Venezuela.

Teníamos que hacer las cosas bien, me insistió, porque en Venezuela había mucha gente buena y alegre y teníamos que ayudarles, para sacar a Venezuela adelante.

También me dijo que teníamos que trabajar sin chapucerías, no vaya a suceder, se sonrió, lo que me pasó con este barbero, que me cortó el pelo y me lo dejó trasquilado…

Mientras hablaba, tenía una mirada tan cariñosa que yo no sabía si sonreírme o ponerme seria. Una mirada de cariño, como de un papá a una hija, que nunca se me olvidó.

También me dijo que nosotras, las mujeres del Opus Dei, nos teníamos que ayudar con cariño unas otras, con la corrección fraterna, que eso ayudaba muchísimo. Que no lo dejáramos pasar para nada, porque era una manera de santificarnos unas a otras.

Se le entendía muy bien y tenía una manera de decir las cosas muy sobrenatural… ¡y muy natural! Por eso la gente se sentía tan acogida cuando el Padre le hablaba a alguno de cualquier cosa…".


 

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