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Recuerdos de mi tío

Juan Francisco Montuenga Aguayo


Mi tío Juan Francisco, en los últimos años

Monti. Una entrega a Dios a los 34 años

Mi tío Juan Francisco -Monti para tantos de sus amigos- nació en Barcelona en 1924. Allí estudió el bachillerato entre las dificultades propias de la guerra civil. que estalló cuando tenía doce años. Al terminar la guerra se matriculó en la Escuela de Altos Estudios Mercantiles, graduándose como Perito Mercantil en 1946. Al año siguiente era Profesor Mercantil.

En 1958 fue Intendente, y más tarde, en 1972, se licenció en Ciencias Económicas y Comerciales. Hombre de prestigio profesional ya desde entonces, comenzó a trabajar en una empresa internacional de productos químicos, donde ocupó cargos directivos relevantes.

Conoció el Opus Dei cuando era relativamente mayor -tenía 34 años-. Poco después se entregó a Dios en la Obra como numerario, el 22 de abril de 1959.

Desde ese momento puso en servicio de Dios sus valiosas cualidades profesionales. Yo le recuerdo siempre con una sonrisa, atento a las necesidades de los demás, pensando en el bien de la Iglesia.


Entre sus primeros empeños de carácter apostólico están realizaciones muy diversas como la puesta en marcha de una Casa de Retiros en Bilbao -Islabe-, la ampliación de un colegio de segunda enseñanza -Gaztelueta- o la puesta en funcionamiento de varios centros del Opus Dei.

Llevó a cabo estos trabajos con gran sentido profesional, honradez, rectitud y una dedicación, tan entusiasmada como sacrificada, que nacía de su amor a Cristo, de su fe en Dios. Esa era la clave de su personalidad.


En la Universidad de Navarra

A partir de 1966 fue Administrador General de una iniciativa apostólica que nació gracias al aliento directo de san Josemaría: la Universidad de Navarra. Su aportación a ese empeño universitario tuvo gran importancia, como escribió tras su fallecimiento el que era entonces rector de la Universidad. Ponz Piedrafita le describe con dos rasgos difíciles de conciliar: "sencillo y magnánimo".

En unos momentos difíciles para esa Universidad supo diseñar -con fe en Dios, competencia profesional y capacidad creadora- la estructura necesaria para afrontar una etapa de consolidación y fuerte crecimiento de ese centro docente en profesores, alumnos, planes de estudio, personal de administración, edificios, etc.

Era uno de los aspectos de su personalidad que más me admiraban: acometía grandes empeños -siempre con el deseo de servir a la Iglesia y a la sociedad- sin perder tierra, con un gran sentido de lo concreto, consciente de la importancia de la última peseta.


Era profundamente sobrio, con una sobriedad llena de equilibrio y sencillez. Esto era motivo para que sus sobrinos nos divirtiéramos mucho con él. Por ejemplo, ya sabíamos que si nos invitaba a comer a algún restaurante él sólo pediría para sí lo que llamaba "carne blanca" ( es decir, pollo) y de bebida, solamente agua.

Y, lo que me parece más sorprendente, supo conjugar esa sensibilidad ante el gasto -que es un profundo sentido de la pobreza cristiana, vivida con naturalidad- con la acometida de importantes fuentes de recursos financieros cuando veía que se necesitaban para servir a Dios y la Iglesia.


En sus años como Administrador General de la Universidad de Navarra supo desplegar una ingente capacidad de trabajo, empapada de una audacia llena de serenidad y buen seny; una audacia nacida de la fe en Dios que acabó contagiando a los que colaboraban con él en la Asociación de Amigos de esa Universidad.

El trabajo que llevó a cabo fue formidable, como puso de relieve el Rector: vitalizó la junta directiva; se crearon delegaciones regionales y se organizaron numerosas reuniones de delegación para que llevaran a término su misión con eficacia y responsabilidad. "Evitaba llamar la atención -escribe Ponz Piedrafita-; huía de los primeros planos; resultaba difícil apreciar si algo le molestaba; desconocía la susceptibilidad. Trabajaba enormemente; en su despacho, en su casa; hablando con unos y con otros; estudiando documentos durante los viajes".

 

Amable, optimista, acogedor, humilde

Le recuerdo siempre así: amable, optimista, acogedor, humilde, tanto en sus años de Pamplona como en los años en los que trabajó en la Comisión Regional de España como Administrador, impulsando numerosas iniciativas apostólicas: escuelas para campesinos, centros para la formación de obreros, residencias universitarias, etc.

Al mismo tiempo que impulsaba estas iniciativas, se comportaba en su vida personal con gran sencillez: siempre que podía iba en medios públicos, y durante muchos años condujo un modesto SEAT 600 sin crearse necesidades artificiales; durmiendo sólo cuando resultaba ineludible en hoteles y buscando siempre habitaciones baratas y soluciones económicas. Con frecuencia -y como una manifestación personal de su modo intenso de vivir la pobreza cristiana- se contentaba, a la hora de comer, con tomar unos bocadillos dentro del coche.

Le ví, día tras día, año tras año, gastar sus energías en servicio de la Iglesia, trabajando en servicio de los demás con un gran sentido de responsabilidad y una notable agudeza para proponer soluciones originales, que sabía compaginar con el respeto a las opiniones de los otros, sin protagonismos.

Era profundamente leal. No le oí jamás murmurar de nadie: y nos habló en diversas ocasiones a los sobrinos de la necesidad de no enjuiciar a los demás, en la medida de lo posible. Se le notaba a disgusto cuando veía -en la televisión, por ejemplo- a personas que, por ligereza, descalificaban acciones de otros.

Tenía una gran amor a la Virgen. Todas las mañanas, antes de entrar en el oratorio para asistir a la Santa Misa, se acercaba hasta a una imagen de la Virgen para decirle unas oraciones sentidas. Entre sus papeles de trabajo encontramos varias estampas de la Virgen con las que hacía muchos actos de amor mientras iba trabajando.

Era de una austeridad ejemplar. Tenía una elegancia natural y cuidaba mucho sus trajes: algunos llegaron a durarle más de un cuarto de siglo. Ayunaba con frecuencia, y vivía pendiente de los demás, procurando que su sacrificio no se notara; por ejemplo, cuando había una reunión se sentaba siempre lo más cerca posible del teléfono, de tal forma que cuando sonaba era el que se levantaba habitualmente, evitando que lo hicieran los demás.

Procuró mantenerse en forma haciendo footing, muchas veces con sus amigos. Y hasta que se le declaró su enfermedad en mayo de 1997, gozó de bastante buena salud. Cuando le diagnosticaron un gravísimo cáncer de cerebro, siguió haciendo, mientras pudo, una vida normal, acudiendo a trabajar diariamente. Dios le concedió la gracia de afrontar la muerte con abandono filial. "Señor, que no tenga miedo porque sabes que te amo", se lee en una anotación suya del 26.11.1997.

"Rezar es más que repetir la misma palabra -anotó en su agenda, poco antes de morir-, es participar de una Presencia que envuelve el alma y el cuerpo. Es elevarse para reunirnos en el Cielo con quienes rezan en esta misma hora, y a quienes, si no fuera por nuestra plegaria, no les conoceríamos nunca".

El médico que le reconoció en sus últimos días salía muy impresionado. Comentaba que lo habitual en una situación como la suya eran las lágrimas, la irritabilidad y la depresión, y no la serenidad que él mantenía.

Falleció el día de la Virgen, a la que fue siempre tan devoto, el sábado 21 de marzo de 1998. Le velaron en la Cripta donde reposan los restos mortales de los padres de san Josemaría a quien estuvo siempre tan unido. Reposa en el cementerio de la Almudena de Madrid.

Fue para muchas personas -y de un modo muy singular para nosotros, sus sobrinos- un ejemplo de entrega y fielidad a la voluntad de Dios en el Opus Dei.

Juan F. Montuenga


 

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