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Masaharu Muraoka, párroco en el puerto de Nagasaki, Japón:
me entusiasmé


Puerto de Nagasaki


Me entusiasmé con sus libros

Llevaba ya treinta años de sacerdote cuando en 1980 me destinaron a una parroquia de Nagasaki. Un párroco amigo no tardó en presentarme a un sacerdote del Opus Dei. Cuando empecé a leer las obras del beato Josemaría, me entusiasmé.

Supusieron un impacto refrescante para mí. Recuerdo que cuando leí que cada uno tenía que ser "santo de altar" me dio un vuelco el corazón. Porque aunque siempre había tenido claro que tenía que ser santo, para ser "santo de altar" tenía que exigirme mucho más.

He comprado cientos de ejemplares de las obras del beato Josemaría que he distribuido entre toda clase de personas.

Mi parroquia, en la entrada del puerto de Nagasaki, es muy pintoresca y acuden católicos y catecúmenos de todo el Japón. Pocos vuelven sin algún libro del beato Josemaría.


Para saber más:

La aventura de Seido

Oficina de Prensa del Opus Dei en Japón


Un sueño de san Josemaría

Japón estaba en el corazón y en los afanes evangelizadores de san Josemaría desde su juventud. Quiso que el que sería años después su sucesor, Álvaro del Portillo, aprendiera japonés durante los años treinta, con el deseo de comenzar pronto en este país de Oriente.

El Prelado del Opus Dei en Japón

Años después, cuando Mons. del Portillo visitó Japón como Prelado del Opus Dei, al llegar a Osaka -cuenta Salvador Bernal- "lamentó no haber culminado su antiguo propósito de aprender japonés:

"-Ahora ya no me acuerdo de nada: sólo de algunos verbos, de contar hasta diez, y pocas palabras más. Ha pasado tanto tiempo... Lo estudié durante uno o dos años, pero como luego no lo practiqué, se me olvidó".

Durante su estancia en Japón, pudo admirar y agradecer a Dios una vez más la riqueza del espíritu del Opus Dei, capaz de vivificar cristianamente circunstancias humanas nobilísimas tan propias de esas tierras -el trabajo, la delicadeza en el trato, la lealtad, el amor a la familia-, evitando a la vez las eventuales secuelas egoístas del ostensible bienestar material. Y hacía participar a todos de un sueño grande:

"-Que Japón se convierta a Cristo, que este pueblo llegue a ser creyente y fervoroso. ¡Qué gran bien para todo el mundo!"


 

 

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