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San Josemaría Escrivá,

el beato Manuel González, obispo de Málaga

y el siervo de Dios Isidoro Zorzano


 

“Un amigo de toda la vida”: Isidoro Zorzano
 

Un amigo de juventud de san Josemaría fue el siervo de Dios Isidoro Zorzano. Isidoro fue uno de esos “amigos de toda la vida”, una de esas personas con las que se comparten las horas de la juventud y de la madurez, los juegos y el trabajo, las horas de alegría y de dolor. Sin esos “amigos de siempre” no entenderíamos nuestra propia vida: en gran medida porque, sin ellos, nuestra vida estaría incompleta: son parte decisiva de ella: son un poco -o un mucho- de nosotros mismos. Y al revés.

Escrivá y Zorzano se conocían desde la adolescencia: habían coincidido en los exámenes del Bachillerato en el Instituto de Logroño, ciudad en la que estudiaban, uno -Josemaría- en el Colegio de San Antonio y otro -Isidoro- en el de los Maristas.

Tenían muchos rasgos en común: eran chicos limpios y nobles; se esforzaban por vivir una intensa vida cristiana; los dos eran de fuera de aquella ciudad: Josemaría procedía del Alto Aragón e Isidoro de la otra orilla del Atlántico. Eran prácticamente de la misma edad: Josemaría había nacido en enero de 1902, e Isidoro en septiembre de aquel año.

Incluso había cierto paralelismo en la trayectoria de sus respectivas familias: la de Josemaría se había trasladado a Logroño a causa de la quiebra del negocio familiar, y la de Isidoro -formada por antiguos emigrantes- se había vuelto a la capital de la Rioja cuando él tenía sólo tres años, con la idea de permanecer una temporada en la Península y volverse de nuevo a América. Pero la muerte de su padre había hecho que aquella estancia en Logroño se convirtiese en definitiva.

Esta coincidencia de destinos se rompió, aparentemente, al acabar el Bachillerato. Como suele suceder con frecuencia, los dos amigos se separaron: Josemaría, que había decidido entregarse a Dios como sacerdote, se fue a estudiar al Seminario de Zaragoza; Isidoro se fue a vivir a Madrid, para preparar el ingreso en la carrera de ingeniería. Y aunque no hay constancia de este hecho, parece que de ahí en adelante no coincidieron ni siquiera durante los veranos: Josemaría solía pasar esos meses en Logroño, e Isidoro se marchaba con los suyos a Tierra de Cameros.

Sin embargo, no perdieron el contacto entre sí: durante 1927 y 1928 se escribieron alguna que otra vez, y san Josemaría, después de ordenarse sacerdote en Zaragoza el 28 de marzo de 1925, se trasladó también a la capital para obtener el doctorado en Derecho Civil -carrera que había realizado en la ciudad aragonesa- y conseguir un título que sólo podía obtenerse en la Universidad Central de Madrid.

Cuando Isidoro terminó la carrera, en septiembre de 1928, parecía que los destinos de estos dos hombres iban a distanciarse definitivamente. San Josemaría seguía ejerciendo su ministerio en Madrid; Isidoro había encontrado un trabajo en Matagorda, un astillero naval de la Bahía de Cádiz, y allá se fue. Un año después, comenzó a trabajar en la Compañía de Ferrocarriles Andaluces en Málaga.

Aparentemente, la distancia amenazaba con ir difuminando, poco a poco, aquella antigua amistad. Mientras tanto, Dios seguía entretejiendo amistades, “casualidades” y destinos en la vida de don Josemaría. El 24 de agosto de 1930, se encontró en una calle de Madrid con su viejo amigo Isidoro Zorzano.

Isidoro se dirigía hacia Logroño para pasar el verano con su familia, y había hecho una breve parada en la capital con el deseo de visitar a don Josemaría, que le había escrito poco antes una postal: “cuando vengas por Madrid, no dejes de verme. Tengo que contarte muchas cosas”. ¿De qué se trataría? También Isidoro tenía cosas que contarle; pero al llegar a Madrid, como no le había avisado, no halló en casa a su amigo, y se dedicó a deambular sin rumbo fijo por las calles de la capital.

Don Josemaría estaba en esos momentos acompañando a un chico enfermo “cuando de pronto -escribió más tarde, evocando aquel hecho- sentí el impulso de tener que salir a la calle. Le dije que me marchaba y, aunque la madre insistió en que me quedara, por la compañía que hacía a su hijo, me despedí. No sabía a dónde iba; ya en la calle, sin saber a dónde me dirigía, me encontré de sopetón con Isidoro, que estaba haciendo tiempo para coger el tren de vuelta y casualmente pasaba también por allí”.

Aquel encuentro marcaría definitivamente la vida de Isidoro. “Nada más saludarme -recordaba el Fundador- me dijo a bocajarro: Quiero entregarme a Dios y no sé cómo ni dónde”. Ya en casa, Isidoro le contó detalladamente sus inquietudes espirituales a su amigo Josemaría, que, al oírle, le habló extensamente de lo que Dios le había hecho ver poco tiempo antes.

Durante esos tres años en la capital de España habían sucedido hechos muy decisivos en la vida de aquel joven sacerdote. Una mañana del 2 de octubre de 1928, cuando hacía unos ejercicios espirituales en la Casa Central de los Paúles de Madrid y se encontraba recogido en su habitación, releyendo las notas en las que había apuntado las insinuaciones y mociones que había recibido de Dios en los últimos años, había visto, con total claridad, la misión que Dios le encomendaba: abrir en el mundo un camino de santificación en el trabajo profesional y en los deberes ordinarios del cristiano...

Isidoro comprendió: aquello que su amigo había visto el 2 de octubre de 1928, era precisamente lo que estaba buscando desde hacía tiempo. Era un camino de santidad, totalmente nuevo para él, donde podría llevar a cabo la locura de amor que presentía él también en el fondo de su corazón y las inquietudes espirituales que sentía en el fondo del corazón. Y aquel mismo día se entregó por entero a la Obra.

Ese rasgo de generosidad pronta retrata de cuerpo entero a este ingeniero joven de veintiocho años. Impulsado por el celo apostólico de D. Josemaría, Isidoro no hizo “esperar a Dios”. Su entrega plena e instantánea fue la consecuencia lógica de toda su existencia, volcada siempre hacia Dios y hacia los demás.

“El tenía ya una inquietud de entrega a Dios -recordaba el Fundador años más tarde-, y no necesitó pensar mucho para decidirse, porque cuando se trata de darse al Señor no es necesaria gran deliberación; es el corazón y la fe lo que ha de mandar”.

Y no es que Isidoro “no tuviese nada que dejar” a la hora de dar sus primeros pasos en aquel camino de santidad que Dios había hecho ver a su amigo Josemaría. En aquellos momentos ejercía una de las profesiones de mayor prestigio social y estaba muy bien cualificado. Sin embargo sabía conjugar su trabajo como ingeniero -que realizaba con competencia y un alto sentido de la justicia- con la dedicación abnegada a los más necesitados.

En Málaga, después de muchas horas diarias de intenso trabajo, se encaminaba hacia un asilo para niños abandonados y les daba clases particulares. “No os podéis dar idea -escribía desde aquella ciudad poco tiempo después a los miembros del Opus Dei que vivían en Madrid- de la extraordinaria satisfacción que experimento cuando estoy rodeado de estos desgraciados chicos, hijos del arroyo, desecho de la sociedad, sin cariño ni consuelo de los suyos; cómo vibran sus corazones cuando oyen hablar de El”.

Era además, muy apostólico; y ese celo le acarreó, como suele suceder, una gran contradicción en torno suyo. Don Josemaría le aconsejaba, en una carta fechada el 3 de marzo de 1931 escrita desde Madrid, cómo debía actuar. Le decía “que, cuanto antes, vayas a visitar al Sr. Obispo y no hagas nada en este asunto sin su aprobación. A ese bendito prelado debes hablarle con claridad de todo: te entenderá bien, porque está más loco que nosotros. No dejes de ir, en cuanto puedas”.

 

 
 
Manuel González, obispo de Málaga
 

Otro santo sacerdote de aquel tiempo era don Manuel González, Obispo de Málaga desde 1915. Antes había promovido una institución religiosa muy popular: la Obra de las Tres Marías, y había impulsado por toda España y Sudamérica la devoción eucarística. En aquella ciudad andaluza había fundado, pocos años antes, el 3 de mayo de 1921, la Congregación de las Hermanas Eucarísticas de Nazaret.

Don Josemaría tenía gran admiración y aprecio por don Manuel desde tiempo atrás: una admiración que se fue convirtiendo con los años en una profunda amistad. Desconocemos las circunstancias concretas en que se conocieron: quizá fuese por medio de alguna mujer que participase en la Obra de las Tres Marías -conocidas como las Marías de los Sagrarios- que impulsaba en Madrid el Padre Rubio, director espiritual del Patronato de Enfermos, o por medio de otra persona.

Sea como fuere el comienzo de aquella amistad, el caso es que don Manuel era, como le comentaba don Josemaría a Isidoro en la carta, un hombre de Dios -con la locura de la santidad- que podría aconsejarle muy bien, porque estaba sufriendo en carne propia los avatares del ambiente político y social.

Ese ambiente, cada vez más anticristiano, se fue enrareciendo por momentos: tres meses después de que don Josemaría le recomendase a Isidoro Zorzano esa entrevista con el Arzobispo, la furia antirreligiosa obligó a don Manuel, el 31 de mayo de 1931, a abandonar la ciudad: las masas incendiaron el palacio episcopal, al igual que todas las iglesias de la ciudad. Un año más tarde, tras un periplo doloroso por Gibraltar y Ronda, la Santa Sede, le indicó que se trasladase a Madrid, ya que temían por su vida si regresaba a Málaga.

 

José Miguel Cejas