Relaciones del Opus Dei y del Fundador con los Papas

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San Josemaría Escrivá


 

Pío XI

Cuando falleció Pío XI, el 10 de febrero de 1939, a causa de una afección cardiaca, el Opus Dei, nacido once años antes, atravesaba uno de los momentos más difíciles de su historia. La guerra civil española había obligado al joven fundador de 37 años a abandonar Madrid, donde habían sido asesinados numerosos sacerdotes y todas las iglesias estaban cerradas al culto.

Tras una larga y azarosa travesía por los Pirineos, Josemaría Escrivá había logrado instalarse en Pamplona y más tarde en Burgos, desde donde impulsaba la labor apostólica por toda la Península, desplazándose hasta los frentes de guerra cuando podía, si era necesario, para atender a los miembros y cooperadores del Opus Dei.

Alguno de ellos había fallecido durante la guerra; otros estaban en la cárcel, militarizados en los diversos frentes o dispersos por la geografía española, en función de los avatares de la contienda. En cuanto a las mujeres del Opus Dei, san Josemaría sólo contaba con una, que había pedido la admisión un año antes, en plena guerra. Era Dolores Fisac, que ha muerto recientemente, a los 95 años, tras una vida de entrega fiel y fecunda.

Aquel 10 de febrero de 1939, día del fallecimiento de Pío XI, san Josemaría se encontraba en Valladolid en uno de sus múltiples y dificultosos viajes por una España destrozada por el largo conflicto. Fue a Cigales, un pequeño pueblo de la provincia, para estar con Álvaro del Portillo, un joven ingeniero de veinticuatro años que había pedido la admisión cuatro años antes y se encontraba allí cumpliendo con sus deberes militares como teniente. Desde Cigales don Josemaría regresó a Burgos.

En Burgos había estado ultimando la redacción de una de sus obras más conocidas: Camino. Ocho días antes, el 2 de febrero, acababa de mecanografiar el manuscrito original de ese libro. Los puntos de Camino reflejan el profundo amor de su autor por el Romano Pontífice. Se lee en el n. 520: Católico, Apostólico, ¡Romano! -Me gusta que seas muy romano. Y que tengas deseos de hacer tu "romería","videre Petrum", para ver a Pedro. Y en el 573: Gracias, Dios mío, por el amor al Papa que has puesto en mi corazón.

De ese ver a Pedro en Roma, centro de la unidad, se pasa, en el punto 833 a una formulación del reinado de Cristo en el mundo, mediante la expresión: “todos con Pedro, hacia Jesús por medio de María”.

Semanas después se celebró el cónclave en Roma, que duró un sólo día, el 2 de marzo de 1939: Pío XII fue elegido a la tercera votación. Es probable que san Josemaría –que se encontraba en Burgos- escuchara la retransmisión por radio, como tantos miles de cristianos. Fue la primera proclamación de nuevo Pontífice que se retransmitió por ese medio.

El curso de la guerra tocaba a su fin y 26 días después de la elección del nuevo Papa, el fundador regresó a Madrid, donde encontró la sede de la primera labor apostólica corporativa en ruinas a causa de los bombardeos. Tuvo que comenzar materialmente desde cero. Desde el punto apostólico, sólo contaba con un puñado de personas fieles que se podían contar con los dedos.

El nuevo pontificado de Pío XII comenzaba cuando se abría también una nueva y esperanzadora página de la historia del Opus Dei, que daba sus primeros pasos.


Pío XII: las aprobaciones al Opus Dei

Diecinueve años después, cuando falleció Pío XII, el 9 de octubre de 1958, san Josemaría residía establemente en Roma y Dios había bendecido el Opus Dei con abundantes frutos apostólicos.

San Josemaría había llegado por primera vez a la Ciudad Eterna el 23 de junio de 1946. “Le emocionaba –relataba Álvaro del Portillo, que se había ordenado sacerdote hacía dos años, en 1944- pensar que al fin iba a cumplirse una de sus más grandes aspiraciones: videre Petrum. Durante todo el recorrido rezó muchísimo por el Papa.

Llegamos a Roma al atardecer del 23 de junio. Cuando divisó por vez primera la cúpula de San Pedro desde la Via Aurelia, rezó muy conmovido un Credo. Habíamos subarrendado algunas habitaciones de un apartamento en el último piso de un edificio de la plaza de Città Leonina, nº 9, que tenía una terraza desde la que se veía la Basílica de San Pedro y el Palacio Pontificio.

“Al asomarse a esta terraza y contemplar las habitaciones que ocupaba el Vicario de Cristo, el Padre expresó su deseo de quedarse allí un rato, recogido en oración, mientras los demás, cansados de un viaje tan accidentado, se retiraban a descansar. Llevado por su amor al Papa, y emocionado por estar tan cerca de sus habitaciones, el Padre permaneció en la terraza toda la noche, rezando, sin dar importancia al cansancio del viaje ni a su falta de salud, ni a la tremenda sed que le producía su enfermedad, ni a los contratiempos del viaje en barco.

A finales de aquel mes, exactamente el 30 de junio, el Padre pudo escribir a sus hijos del Consejo General del Opus Dei, que tenía entonces su sede en España: “Tengo un autógrafo del Santo Padre para ‘el Fundador de la Sociedad de la Santa Cruz y del Opus Dei’. ¡Qué alegrón! Lo besé mil veces. Vivimos a la sombra de San Pedro, junto a la columnata”.

El 31 de agosto pudo regresar a Madrid, con un documento de la Santa Sede llamado De alabanza de los fines, instrumento canónico que no se otorgaba desde hacía casi un siglo. Las dificultades comenzaban a superarse. El 22 de octubre de 1946, Mons. Escrivá acudió a rezar ante la Virgen de la Merced; después, el 8 de noviembre, volvió desde Madrid definitivamente a Roma, ciudad que sería durante casi treinta años su residencia habitual, hasta el día en que Dios lo llamó a su Presencia”.

Pío XII le había recibido dos veces en audiencia privada: el 16 de julio y el 8 de diciembre, acogiendo positivamente las peticiones del joven fundador, viendo en ellas como el Espíritu enriquecía a la Iglesia con nuevos carismas.

Hay que situar esas dos audiencias en su contexto histórico. A los cristianos del siglo XXI no nos sorprende que el Papa reciba habitualmente a todo tipo de personas y conceda audiencias casi diariamente. Pero esto no era así a mediados del siglo pasado. Sólo muy de tarde en tarde se podía acceder a una audiencia con el Papa, y habitualmente había que esperar muchos meses. Las audiencias a una misma persona solían espaciarse varios años. Que Pío XII le concediese una audiencia al fundador al poco de llegar a Roma y otra pocos meses después, fue algo muy excepcional, que manifiesta el afecto y el interés del Papa.

Ese afecto no se manifestó sólo con las audiencias concedidas al fundador: Pío XII tuvo numerosos gestos de aprecio y reconocimiento hacia el Opus Dei, como demuestran los sucesivos reconocimientos. Con el breve apostólico “Cum Societatis”, del 28 de junio de 1946, concedió diversas indulgencias a los miembros de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y Opus Dei; y en la carta “Brevis sane”, del 13 de agosto de 1946, se alababan los fines del Opus Dei.

Poco después, con la promulgación de la Constitución Apostólica “Provida Mater Ecclesia” el Opus Dei pudo acomodarse a una nueva forma jurídica, no del todo adecuada a su carisma, pero que le permitía subrayar aún más su unidad y universalidad.

Siguieron las aprobaciones pontificias con el “Decretum laudis” del 24 de febrero de 1947 y del 16 de junio de 1950. En ese momento, el Opus Dei contaba con tres mil miembro, con numerosos cooperadores y amigos; y el número de centros distribuidos por el mundo superaba el centenar.

Todo esto explica que san Josemaría le comentase a su gran amigo el Cardenal Dell’ Acqua que si le llamaban a declarar en la posible Causa de beatificación de Pío XII haría constar para la historia de la Iglesia –porque lo consideraba un deber de conciencia- el gran amor de este Papa hacia el Opus Dei, que le había manifestado de obra y de palabra.


Juan XXIII y el Fundador del Opus Dei

 

Si el Fundador pudo seguir la elección de Pío XI por la radio como un gran avance técnico, siguió el Cónclave del que saldría elegido Juan XXIII mediante otro medio novedoso y revolucionario para aquellos tiempos: la televisión..

Desde el fallecimiento de Pío XII, el 9 de octubre, san Josemaría había estado rezando y haciendo rezar por el Cónclave. La periodista española Pilar Urbano transcribe en su libro sobre san Josemaría algunas de las palabras del fundador:

-Sabéis, hijos míos, el amor que tenemos al Papa quien quiera que sea. A este que va a venir ya le queremos. Estamos decididos a servirle con toda el alma, ex toto corde tuo, ex tota anima tua… (con todo el corazón, con toda el alma) Y a este Pontífice lo vamos a amar así.

Pasaron las horas del Cónclave. Fue relativamente largo. Comenzó el sábado 25 de octubre de 1958, entre gran expectación. Dos días después, seguía sin aparecer la fumata blanca.

-Rezad –insistía san Josemaría a los que le rodeaban- ofreced al Señor hasta vuestros momentos de diversión. Hasta eso lo ofrecemos por el Papa que viene, para dar a conocer la eternidad de la Iglesia, como hemos ofrecido la Misa todos estos días, como hemos ofrecido… hasta la respiración”.

Siguen las fumatas negras. El fundador continúa rezando y haciendo rezar. “Cuando vosotros seáis viejos –dice a las personas del Opus Dei que le escuchan- y yo haya rendido cuenta a Dios, diréis a vuestros hermanos cómo el Padre quería al Papa con toda su alma, con todas sus fuerzas”.

Tres días después, a la undécima votación, en la tarde del 28 de octubre fue elegido Papa el anciano Patriarca de Venecia, de 77 años, con el nombre de Juan XXIII. San Josemaría, al ver aparecer su rostro afable en la pantalla se arrodilló inmediatamente en el suelo y rezó por el nuevo Papa.

Estaba felicísimo: “¡Habemus Papam!”. Indicó que al día siguiente se celebrara esa elección como día de “gran fiesta”.

Tres meses después de ser elegido Papa, Juan XXIII anunció al mundo en San Pablo Extramuros la convocatoria del Concilio Ecuménico Vaticano II, que supuso una Nueva Pentecostés para la Iglesia.

El 5 de marzo de 1960, durante una audiencia, Juan XXIII le dijo a san Josemaría con su proverbial sentido del humor: “La primera vez que oí hablar del Opus Dei me dijeron que era una institución imponente, que hacía mucho bien. La segunda vez, que era una institución imponentísima y que hacía muchísimo bien. Estas palabras me entraron por los oídos, pero... el cariño por el Opus Dei se me quedó en el corazón”.

Por medio del cardenal Cicognani, el 5 de julio 1962 el Papa agradeció el apoyo, también material, que el Opus Dei prestaba a los trabajos del Concilio. Y cuando san Josemaría se quedó sin la ayuda de sus más íntimos colaboradores, porque fueron nombrados para trabajar en diversas tareas conciliares, exclamó:

-No importa. Lo ha querido así el Santo Padre. Nosotros hemos de servir a la Iglesia como la Iglesia quiera.

 

Con esa misma actitud de unión incondicional puso en marcha una iniciativa de Juan XXIII, con los fondos recaudados para honrar a Pío XII con motivo de su octogésimo aniversario.

Juan XXIII dispuso que esos fondos se destinaran a una obra social en algún suburbio de Roma especialmente necesitado. El fundador se hizo eco de ese deseo y encargó a varios fieles del Opus Dei la realización del proyecto. Así nació el Centro ELIS, para la formación profesional de obreros, en el barrio Tiburtino de Roma, que era entonces uno de los barrios extremos y peligrosos de la ciudad: tanto que los nazis habían pensado deportar en bloque a sus vecinos durante la invasión de Roma, por la filiación comunista de muchos de ellos.

 

El amor de Juan XXIII hacia el Opus Dei

Juan XXIII había manifestado en diversas ocasiones su amor por la Obra,“destinada – según le dijo a su secretario, que lo puso por escrito en una carta a Pablo VI el 24.V.1978- a abrir en la Iglesia desconocidos horizontes de apostolado universal".

Dos semanas antes de su fallecimiento el Papa recibió en audiencia a un matrimonio, en el que marido y mujer eran miembros del Opus Dei, acompañado por sus hijos.

El Papa les habló del afecto que tenía por el Opus Dei desde que lo conoció por primera vez, durante una peregrinación a Santiago. En Roma, les dijo, había tenido un conocimiento más directo y más profundo de su realidad; y había visto en directo el trabajo apostólico del Opus Dei, su trascendencia y su universalidad.

“Si me llamasen a declarar en los procesos de beatificación de Pío XII y de Juan XXIII –dijo san Josemaría tras la muerte del “Papa Bueno”-, yo no tendría más remedio que hablar del grandísimo afecto que estos Romanos Pontífices —¡los dos!— tuvieron al Opus Dei. Me lo dijeron —uno y otro— expresamente, y considero un deber de conciencia que en el acta de la Historia conste la realidad de ese cariño”.

El ahora beato Juan XXIII -que confió tanto en la fuerza renovadora del Espíritu Santo- murió santamente el 3 de junio de 1963, lunes de Pentecostés, de un cáncer de estómago, con 81 años de edad.


Pablo VI (1963-1978) y el Opus Dei

San Josemaría con Pablo VI en el ELIS

El Cónclave del que salió elegido Pablo VI duró tres días. A la quinta votación fue elegido Papa el conocidísimo Arzobispo de Milán, muy conocido también desde hacía años por san Josemaría. El entonces Mons Montini, que estaba preocupado por el apostolado de los laicos, había entendido con profundidad el alcance de los afanes apostólicos de san Josemaría desde que éste llegó a la Ciudad Eterna.

“Fue la primera mano amiga que yo encontré aquí en Roma –diría muchas veces san Josemaría-; la primera palabra de cariño para la Obra que se oyó en Roma la dijo él”.

«Pablo VI –comentaba el fundador-que tiene esa inquietud por la paz, este amor, este afán por los humildes, este deseo de que haya igualdad en el mundo, de que a nadie le falte nada, me dijo por medio del Cardenal Dell'Acqua que quería inaugurar el Tiburtino antes que se cerrara el Concilio, para que los obispos del mundo vieran cómo quería él al Opus Dei y a la gente necesitada de elevar su posición social, ¡que tiene derecho y no encuentra los medios para ejercitar ese derecho!».

El 8 de diciembre se clausuró el Concilio Vaticano II con una Misa Solemne, y pocos días antes, el 21 de noviembre, Pablo VI inauguró los edificios del Centro ELIS, acompañado por varios Padres Conciliares. En el ELIS le esperaba el fundador y una multitud de personas del barrio. Al ver a aquellas gentes, y aquel sueño apostólico hecho realidad, el Papa se fundió en un largo abrazo con san Josemaría, diciéndole: —Aquí todo, aquí todo es Opus Dei.

Comentaba el Fundador al día siguiente: “Estaba ayer muy emocionado; me he emocionado siempre: con Pío XII, con Juan XXIII y con Pablo VI, porque tengo fe”.

El “Teólogo del Papa”

San Josemaría falleció el 26 de junio de 1975, con gran fama de santidad. Esto hizo que muchas personas pidieran al Papa que se abriese cuanto antes su Causa de Canonización mediante Cartas Postulatorias. El Papa no escribe esas Cartas, pero Pablo VI, cuando supo que su gran amigo Carlo Colombo, conocido como “el teólogo del Papa” en los ambientes de la Curia, quería escribir una de esas cartas, le animó vivamente.

"En el curso de un encuentro con Pablo VI, donde se trataron varios temas –dejó escrito Colombo-, tuve la oportunidad de expresar al Pontífice mi intención de dirigir una carta postulatoria solicitando el inicio del proceso canónico que introdujese la causa de Mons. Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei.

“Sentí el deber de comunicar al Papa que pensaba dirigirle una carta postulatoria, que no habría escrito si personalmente no hubiera tenido serios motivos para hacerlo: no podía permitirme defraudar la íntima confianza que me tenía el Papa.

“Pablo VI me dio su pleno asentimiento y aprobación, por la gran estima que sentía por el Siervo de Dios, de quien conocía el gran deseo de hacer el bien que le movía, su amor ferviente a la Iglesia y a su Cabeza visible, y el celo ardiente por las almas"».

Pablo VI, uno de los grandes Papas del siglo XX, murió santamente en Castelgandolfo el 6 de agosto de 1978, fiesta de la Transfiguración del Señor.


Juan Pablo I (1978) y el Opus Dei

Tras la muerte de Pablo VI tuvo lugar un cónclave que terminó con la elección de Juan Pablo I en la noche del 26 de agosto. Pocas semanas antes, el 21 de julio, el Cardenal de Venecia había publicado un artículo sobre san Josemaría por quien sentía gran afecto y veneración, en una publicación popular, El Gazzetino.

“Escrivá de Balaguer –escribía el entonces Patriarca de Venecia- con el Evangelio, ha dicho constantemente: Cristo no quiere de nosotros solamente un poco de bondad, sino mucha bon­dad. Pero quiere que lo consigamos no a través de acciones extraor­dinarias, sino con acciones comunes; lo que no debe ser común es el modo de realizar esas acciones. En mitad de la calle, en la oficina, en la fábrica, nos hacemos santos, pero con la condición de cumplir el propio deber con competencia, por amor de Dios y alegremente, de modo que el trabajo diario no sea la «tragedia diaria», sino la «sonrisa diaria» (…).

Su gran trabajo –prosigue el futuro Juan Pablo I- fue fundar y desarrollar el Opus Dei. El nombre llegó por casualidad. «Esto es una obra de Dios», le dijo uno. «He aquí el nombre exacto, pensó: la obra no es mía, sino de Dios. Opus Dei.» Vio crecer ante sus ojos esta obra hasta extenderse a todos los continentes: comenzó entonces el trabajo de sus viajes intercontinentales para las nuevas fundaciones y para dar conferencias.

La extensión, el número y la calidad de los socios del Opus Dei ha hecho pensar en no se sabe qué intenciones de poder y de férrea obediencia de gregarios. La verdad es lo contrario, sólo existe el deseo de hacer santos, pero con alegría, con espíritu de servicio y de gran libertad".

Juan Pablo I falleció muy poco después en el Vaticano, a los 33 días de su pontificado, el 28 de septiembre de 1978, a punto de cumplir 66 años. Está abierta su Causa de Canonización.


 

Juan Pablo II (1978-2005) y el Opus Dei

El prelado Javier Echevarría con Juan Pablo I

Tras la inesperada muerte del Papa, 111 cardenales volvieron de nuevo a Roma para reunirse en Cónclave, que fue bastante breve: el nuevo Papa fue elegido a la cuarta votación en la tarde del 16 de octubre de 1987.

El segundo día de su pontificado, el nuevo Papa salió del Vaticano y fue al Gemelli para visitar a su amigo Deskur, que estaba gravemente enfermo. Fue un encuentro emocionante: se había despedido de su amigo horas antes de entrar en el Cónclave, y ahora venía a visitarle como Papa. Por una de esas paradojas de la historia, Deskur fue uno de los últimos cardenales en despedirse del anciano Papa Juan Pablo II en el lecho de muerte.

El nuevo Papa conocía por Deskur la realidad del Opus Dei. Hasta entonces, los contactos de Karol Wojtyla con personas del Opus Dei habían sido escasos y puntuales: había participado, por ejemplo, en un ciclo de conferencias en Roma organizado por sacerdotes del Opus Dei en torno a “La Crisis de la Sociedad Permisiva” durante los días 22, 23 y 24 de octubre, con motivo de la celebración del Sínodo de Obispos sobre el Sacerdocio. El todavía joven Wojtyla acudió al ciclo para escuchar a algunas figuras de la Iglesia alemana –como el cardenal Höffner de Colonia— y a intelectuales de relieve, como el filósofo italiano Augusto del Noce.

Tres años más tarde, participó en un nuevo ciclo de conferencias que tendría lugar en octubre de 1974 en el Aula Magna de la Residencia Universitaria Internazionale (RUI) sobre “La exaltación del hombre y la sabiduría cristiana”. No llegó a conocer a Josemaría Escrivá, que fallecería al año siguiente, aunque tenía referencias de él por medio de su amigo Deskur, que residía en Roma desde 1952 y conocía bien al fundador y el trabajo apostólico de las personas del Opus Dei en Roma y en el mundo.

Deskur era entonces subsecretario de la Comisión Pontificia para los Medios de Comunicación y tenía gran afecto y veneración por san Josemaría, al que consideraba un santo. Como prueba de ello, el mismo día en que falleció, el 26 de junio de 1975, le dijo a del Portillo, que sería su sucesor al frente de la Obra:

—Hoy he celebrado la Misa por su glorificación y espero ser uno de los primeros obispos que postule su beatificación. Quiero agradecer al Opus Dei lo que ha hecho por la Iglesia en el terreno de las comunicaciones sociales, y lo que ha hecho por mi alma.

Juan Manuel de Prada entrevistó en ABC a don Joaquín Alonso, un sacerdote del Opus Dei, que rememoraba estos hechos: «Conocí al cardenal Wojtyla en un curso de conferencias que organicé en la Residencia Universitaria Internacional. Era un hombre vigoroso, de una simpatía contagiosa y una fe firme como una roca. Me permití solicitarle una entrevista sobre el sacerdocio.

" Él por entonces hablaba todavía un italiano defectuoso, comiéndose los artículos; me prometió que contestaría mis preguntas por escrito y en polaco. Cumplió su promesa: en el texto manuscrito que me envió al cabo de varias semanas, figuraba en el encabezamiento de cada página una frase alusiva a la Virgen, o un versículo inspirador: su pensamiento iba siempre unido a la oración», rememora don Joaquín.

" Me ha tendido unos folios -escribe de Prada- en los que rastreo la caligrafía espaciosa y decidida de Wojtyla; algunas tachaduras rectifican, aquí y allá, el hilo de su discurso. «Para los años 77 y 78, las comidas del cardenal Wojtyla con monseñor Álvaro del Portillo y conmigo mismo eran ya relativamente frecuentes. Luego, cuando lo nombraron Papa, me eligió, junto a monseñor Abril, actual nuncio en Eslovenia, para recuperar su español, que había aprendido leyendo a los místicos, durante sus estudios doctorales en el Angelicum.

"Era un superdotado para los idiomas; no tenía miedo de equivocarse, diría incluso que aprendía equivocándose. Yo le advertía: «Como buen sevillano, seseo; tenga en cuenta Su Santidad que aunque yo pronuncie corasón y saserdote, lo correcto es decir corazón y sacerdote». Pero él gustaba de repetir: corasón, corasón, corasón».

"Y el Papa perseveraría en el seseo, incluso durante la lectura de sus discursos, cada vez que viajaba a un país de lengua española. «Mientras preparábamos su viaje a la Conferencia con el Episcopado Sudamericano que se celebró en Puebla, en enero de 1979, me propuso don Álvaro que le regalase una casete con canciones populares mejicanas, La Morenita, Chapala y tantas otras; cuando fuimos a visitarlo al Gemelli un par de años después, mientras se recuperaba de la infección que lo volvió a postrar en cama tras el atentado de Alí Agca, descubrí con emoción que entretenía la convalecencia escuchándolas».

"Monseñor Alonso, entre el barullo de recuerdos que van y vienen, rescata el sentido del humor que galardonaba al Pontífice: «En cierta ocasión, al entrar en sus aposentos, reparó en mi calvicie. «Don Alonso -me dijo con ironía-, ¿ha reparado usted en que se está quedando sin pelo? Vamos a darle la bendición, a ver si le vuelve a crecer». Y, desde ese día, antes de comenzar las clases, me besaba la calva. Pero ya lo ve... -don Joaquín suspira y se pasa la mano por el cráneo desguarnecido-: Ni los besos papales obraron el milagro».


"Las anécdotas fluyen por los labios de monseñor Alonso como ráfagas de ametralladora: «Don Álvaro del Portillo me pidió que le llevara al Papa un vídeo divulgativo sobre la Obra. Unos días después, lo sorprendí partiéndose de risa mientras lo contemplaba: en la pantalla del televisor, transcurría una entrevista con un matrimonio keniata; mientras la mujer hablaba y hablaba sin descanso, el marido asentía medroso y reverencial a sus palabras, mudo como una estatua".

Prosigue contándole Joaquín Alonso a Juan Manuel de Prada: "En los almuerzos con Deskur, salpimentados de chanzas, asistía con frecuencia Sor Tobiana Pobodka, el ángel custodio de Juan Pablo II, vigía insomne de su salud, que con frecuencia lo forzaba a infringir el muy severo ayuno que el Pontífice se imponía: «Ya lo ve, Don Alonso -decía Su Santidad con sorna-: el cardenal y yo compartimos director en el seminario, allá en nuestra juventud; ahora, en nuestra vejez, compartimos madre superiora».

No todos los recuerdos que Joaquín Alonso guarda del Papa difunto son festivos, sin embargo; algunos permanecen asociados a los episodios más dolorosos de su biografía:

«En marzo de 1994 viajé con nuestro Prelado, Álvaro del Portillo, a Tierra Santa; desde Jerusalén, después de celebrar su última misa en el Cenáculo, don Álvaro escribió una postal al Pontífice, en la que se despedía asegurándole que permaneceríamos fideles usquam mortem. A las pocas horas de llegar a Roma, monseñor Del Portillo fallecía de edema pulmonar, en mitad de la madrugada; aquellas palabras cobraban repentinamente un sentido premonitorio.

" Al amanecer, llamé a don Stanislaw Dzwiwisz para comunicarle la triste nueva. Esa misma tarde, Su Santidad visitó la capilla ardiente; de hinojos en el reclinatorio, rezó una Salve que nos puso los pelos de punta».

Las manos delgadísimas de don Joaquín, que no han parado de agitarse durante la entrevista, como pájaros en desbandada, se posan un momento y se entrelazan, buscando un nido de momentáneo silencio; observo entonces que la edad las ha empezado a salpicar de manchas sigilosas. Pero enseguida recupera el brío y su sintaxis de ametralladora: «Escuchar. El Papa sabía sobre todo escuchar. Incluso a alguien tan insignificante como yo».

Se ha puesto de pie, esbelto como un junco; en su gracioso seseo, muy celosamente preservado, se esconde el mejor homenaje al hombre que gustaba de repetir, como en una letanía andaluza: corasón, corasón, corasón."

Juan Pablo II, continuando el afecto hacia el Opus Dei de sus predecesores, tuvo la alegría de erigir el Opus Dei en Prelatura personal en 1982; de proclamar beato a su fundador en 1992 y santo, diez años después, el 6 de octubre de 2002.

Al comienzo de un nuevo pontificado

El Opus Dei cumplirá el próximo 2 de octubre 77 años de vida. Un periodo corto para una realidad de la Iglesia que comienza ahora su tercer milenio.

Dentro de ese periodo, los 26 años y medio del Pontificado de Juan Pablo II ha coincidido con la etapa de madurez y expansión del Opus Dei, y con su consolidación eclesial como Prelatura. Todos los Papas han manifestado, como se ha visto, su apoyo y aprecio a esta realidad genuinamente laical de la Iglesia, que nació muchos años antes de que el Concilio Vaticano II recordara al mundo la llamada evangélica de todos los bautizados. San Josemaría se cuenta entre los pioneros del Concilio y a él le correspondió la siempre difícil tarea de abrir camino.

Pío XII concedió al Opus Dei las primeras, decisivas e imprescindibles aprobaciones para ese camino de santidad; pero fueron Juan XXIII, al iniciar el Concilio Vaticano II y Pablo VI, al concluirlo, los Papas que –al mostrar al mundo la necesidad de una toma de conciencia de los laicos, de su responsabilidad y misión dentro de la Iglesia- mostraron al Opus Dei, como una de las realidades que el Espíritu ha suscitado en la Iglesia para llevar a cabo ese mensaje de santidad en la vida cotidiana, en medio del mundo.

Pensar en cómo se habría podido desarrollar el Opus Dei sin el Concilio Vaticano II es entrar en el ámbito de la fantahistoria: posiblemente el camino habría sido mucho más lento y difícil. Lo cierto es que el mensaje del Opus Dei, profundamente renovador, se anticipó a los documentos conciliares y encontró en ellos raíz y aliento para difundirse por los cinco continentes. Eso explica la profunda alegría del Fundador al conocer la enseñanza y el magisterio conciliar.

Pablo VI y el Concilio abrieron el camino y pusieron las bases para que el Opus Dei obtuviera una configuración jurídica adecuada a su carisma. La nueva figura de las prelaturas personales le permitiría llevar a cabo, conforme a su propio espíritu, su trabajo evangelizador y su misión de servicio.

Con respecto al Opus Dei, Juan Pablo II recibió una herencia de afecto de los Papas anteriores y llevó a término los caminos que habían abierto sus predecesores. Si Pío XII recibió en el Vaticano con los brazos abiertos a un joven fundador con un mensaje espiritualmente revolucionario, Juan Pablo II concluyó ese abrazo –el abrazo de la Iglesia a sus hijos santos- canonizándolo en la Plaza de san Pedro. Se ha dado una sorprendente continuidad entre la actitud de los Papas hacia el Opus Dei, en medio de los caminos, siempre azarosos, del último siglo.

Ha sido una continuidad parecida a la que ha existido entre los últimos Papas entre sí, aunque cada uno guarde su personalidad específica, necesaria para la tarea que le ha correspondido llevar en la Iglesia. Al Beato Juan XXIII le correspondió abrir el Concilio confiando en la fuerza renovadora del Espíritu; el Siervo de Dios Pablo VI lo llevó hasta el final, gobernando la Iglesia en unos inciertos y difíciles. Juan Pablo II, que falleció entre un clamor universal de santidad, comenzó a aplicar durante su pontificado las disposiciones conciliares, que han renovado espiritualmente a la Iglesia a comienzos de un nuevo milenio.


Benedicto XVI (2005...)

¿Qué sucederá con el Papa Benedicto XVI? Éste fue el mensaje que envió el Prelado del Opus Dei, Echevarría.

José Miguel Cejas

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