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Una vivencia personal de la historia del Opus Dei en Perú

ORBEGOZO, Ignacio. Obispo del Perú

(Bilbao, 1923- 1998)


 

Yauyos


Antes de telefonear a este obispo vasco, Orbegozo, fallecido hace años, para solicitarle una entrevista, repasé mis datos. Había nacido en Bilbao en 1923. Era doctor en Medicina -cirujano- y en Teología. Del Opus Dei desde 1942. Sacerdote desde1951. En 1957 fue nombrado Prelado de la recién creada prelatura nullius de Yauyos en la sierra de Lima (Perú). Era obispo desde 1963. Fue Padre conciliar en el Vaticano II.

Se puso al teléfono con voz ronca. Estaba acatarrado y con fiebre. Le propuse que dejáramos la entrevista para cuando se mejorase.

—¡No¡ Cuando me ponga bien estaré trabajando y no tendré un minuto libre. Venga ahora.

—¿Y su fiebre?

—¿La fiebre? ¡No importa!

Fue a verle poco después. Era un tipo del norte, alto, vigoroso, fuerte, con uno de esos perfiles que pintó tantas veces Zuloaga. Tenía ese humor bilbaíno, simpático y socarrón, y hablaba con energía, aunque el acento peruano suavizaba sus expresiones, como la nieve en las crestas de los Andes.

Este fue el hombre en el que recayó, a propuesta de san Josemaría Escrivá,el gobierno de una Prelatura confiada por la Santa Sede al Opus Dei. La historia, a grandes trazos, fue la siguiente: petenecían a la Archidiócesis de Lima unos territorios extensos, de misión, que la Iglesia en Perú no podía atender por falta de brazos. En vista de la situación, la Santa Sede decidió segregarlos para convertirlos en Prelaturas. Le preguntaron al Fundador si estaba dispuesto a hacerse cargo de alguno de aquellos territorios. Aceptó. ¿Qué zona quiere? –le preguntaron. Respondió que la que no quisiese nadie. Y fueron a Yauyos Ignacio Orbegozo y otro vasco, Francisco Onaindía.

“Cuando llegamos –me contó- sabíamos que era duro, que no había carreteras, que toda la comunicación con los pueblecitos se hacía a caballo, que era una zona paupérrima, que no teníamos de nada... Vino conmigo Juan Francisco Onaindía, que era médico. Lo desconocíamos todo... Recuerdo mi entrada como obispo. Habían hecho un arco con unas ramas de eucaliptus y lo pusieron a la entrada de Yauyos.

Y así tomé posesión. Yauyos, que era la Sede, tendría unos dos mil habitantes. Estábamos cinco sacerdotes y yo para los 37.000 habitantes de la Prelatura...

El primer año, íntegro, lo pasé con Enrique Pelach, a caballo, conociendo la Prelatura, a veces juntos, a veces cada uno en una zona, visitando pueblo por pueblo. No teníamos más que un plano chiquito de ésos que usan en los colegios... Íbamos por caminos muy estrechos y peligrosos, y gracias a Dios no hubo accidentes mortales... Caídas de caballos y accidentes, muchos. Pero mortales, no. No llevábamos de nada: algo de comida y algunas medicinas en las alforjas y ya está. Y pasábamos un hambre... ¡y un frío...!

Salíamos a medianoche, a caballo, a la una de la madrugada; y cuando llegábamos a los cinco mil metros empezaba a verse el sol. Y allí, frío. Soledad. A veces, en muchas horas no se encontraba nada. Horas y horas de sierra. De fatiga...

Al llegar a cada pueblo, estábamos horas y horas bautizando, predicando, confesando, toda la mañana, la tarde y parte de la noche. Y luego, a otro pueblo. Y al siguiente. Y al siguiente. Y así, durante diez, doce días, veinte... Al final regresábamos a Yauyos, para asearnos y tomarnos unos días de descanso. Y también, para que pudieran descansar los caballos. Y luego, a empezar de nuevo....

Al cabo de un año viajé a Roma y al llegar me preguntó Mons. Escrivá. “¿Y las vocaciones sacerdotales?”Padre -le dije- este año nos lo hemos pasado sobre un caballo recorriendo la Prelatura”. Y me dijo, con delicadeza, con un gran respeto hacia mi libertad, que si él estuviera en mi lugar se preocuparía fundamentalmente por las vocaciones sacerdotales...

Cuando volví a Yauyos, creé una Asociación de acólitos, con chiquillos que estaban en las parroquias, de doce, de trece años… Y vinieron más sacerdotes a ayudarnos... Al comienzo teníamos dificultad para encontrar caballos y nos los prestaban. Luego pudimos tener ¡caballo propio! Gran progreso... Las gente eran muy sencillas, de un gran religiosidad popular, de fiesta de santo, pero no tenían ni noticia de la fe; del bautismo sí, pero la penitencia, por ejemplo, era desconocida.

Muchos no habían visto a un sacerdote en veinticinco años, y tenían una gran ignorancia religiosa, también entre el escaso clero que había.

Cuando supo el Padre toda la labor que se estaba haciendo y los medios que estábamos poniendo para promover vocaciones sacerdotales, me dijo que estaba muy contento, que bendecía nuestro trabajo y que en veinte años veríamos mucho fruto.

¡Veinte años! ¡Y a mí que la experiencia de aquellos primeros años me había parecido siglos de largo!

Ahora, echando cuentas, descubro que Chama era uno de los muchachos que conocimos entonces. Era un chiquito de tercer o cuarto año de primaria. Y se ordenó a los veinte años justos.

Es doctor en Teología, ha estado en Roma, y ahora es el director del Seminario. Y ya se han ordenado más de treinta sacerdotes..."

Recuerdos de Yauyos

El libro “Fuentes para la historia del Opus Dei” recoge esta cartas de Orbegozo, durante su época como Prelado de Yauyos. Está fechada en 1958

(…) Puedes imaginarte mi alegría, mi orgullo y todo lo que quieras por esos sacerdotes que son heroicos hasta decir basta, alegres, humildes y dóciles. ¡Jamás encuentran tropiezo, nada es difícil, todo se puede! Para mi son estímulo permanente y fuente de maravillosa paz. ¡Otro gran milagro de la Gracia…!

Cuando pienso que pronto seremos veinte, la misión se me hace pequeña. ¡Son ahora cinco y atienden con frecuencia increíble, dadas las distancias y penalidades de los caminos, más de 100 iglesias repartidas en 16.000 Km2! De los datos de la estadística de la Curia, (y diario de viajes y labor que también llevamos), leía ayer y gozaba con toda el alma, que en estos meses de trabajo hemos hecho unos seis mil bautizos, entre otras cosas. ¿Verdad que es para quererlos a rabiar? Son la admiración de estas gentes: no piden nada, se contentan con todo, comen lo que ellos, duermen en un rincón o en el camino, no tienen medida en nada que sea servir, atenderlos, quererlos. ¡Esta es la gracia y la garantía del éxito de sus tareas! Cuando ahora leo a San Pablo y sus andanzas evangélicas y miro a estos hermanos míos, siento envidia y unas ganas tremendas de imitarlos (…)

(…) Todos mis curicas están buenos gracias a Dios y a la Reina de los caminantes y al Santo Ángel Custodio. No es sólo por decirlo: a poco de llegar tuvieron que lanzarse a conocer, y luego atender la parte de territorio que les tocó en suerte: al principio y por unos días los acompañé yo (mientras se soltaban a montar a caballo y se hacían el ánimo a los caminos) y luego ellos a diario a sus tareas. A poco uno de ellos, galleguiño, salió disparado de la caballería y cuando despertó se encontró solo, molido todo el cuerpo y a más de cuatro horas de camino del primer poblado que tuvo que hacer a pie, pues no pudo volver a montar siquiera en su caballo…

Me avisaron (estaba lejos yo) y como no hay médicos y no se sabía qué podía tener “por dentro” (la noticia era que “el padrecito se golpeó duro”) fui lo más pronto que pude: quince horas a caballo a marchas forzadas. Lo encontré tan contento y satisfecho, lo miré bien y no tenía nada importante; me lo llevé a Yauyos, lo dejé allí de “descanso y decoloración” durante un par de semanas y otra vez al monte. Ahora me dicen que monta mejor y más seguro que nunca y que “el Custodio le ha enseñado más en un porrazo que un profesor de equitación en diez años”. Y es verdad, todos hemos aprendido en la misma escuela y con el mismo maestro”.

José Miguel Cejas

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