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José María Pagola Lacarra. Médico vasco.

Supernumerario del Opus Dei



Un vasco de pura cepa

José María Pagola Lacarra, como su mismo nombre pone de manifiesto, era un vasco de pura cepa; un hombre de carácter alegre y cordial, que nació a comienzos del siglo XX (27.IX.1916) en el seno de una familia numerosa de profundas raíces católicas. Era el octavo de once hermanos -recuerda su hija Asunción- "pero tres de ellos fallecieron cuando eran pequeños. Según las costumbres de la época, hizo la primera comunión el 31 de mayo de 1924, a los ocho años, en las Canónigas de San Agustín de Hernani."

Su padre era catedrático de piano y composición del Conservatorio municipal de San Sebastián, que tras pasar un tiempo en Hernani, en el barrio de las Villas, se instaló con su familia en una casa de la calle Urbieta, donde su hijo Jose María vivió hasta su muerte.

Comenzó su ejercicio profesional, como tantos médicos jóvenes, atendiendo a gente humilde del barrio de pescadores, trabajando en un dispensario antituberculoso y en el Seguro de enfermedad, primero en Pasajes y, después, en la capital.

En 1945 conoció a su mujer, Pilar Lagarde, con la que casó dos años después. Con el correr del tiempo se convirtió en un médico prestigioso , que contaba con una amplia clientela, a la que atendía en su consulta y en el dispensario de Villa Cristeta, creado por él, aunque con frecuencia iba a visitar a sus pacientes en su domicilio.

Constante y trabajador, tuvo que enfrentarse día tras día, como tantos padres de familia numerosa, con los agobios económicos propios de un hogar con muchos hijos pequeños.

A pesar de su trabajo incesante, no siempre se llegaba con desahogo a fin de mes, porque algunos de sus pacientes se retrasaban en los pagos y otros muchos eran gentes de condición muy modesta a las José María no sólo no cobraba, sino que ayudaba con delicadeza. A veces, al comprobar la penuria en la que vivía la familia del enfermo, dejaba un sobre bajo la almohada con una cantidad oportuna.

Recuerda su hija Asunción: "no sólo vivió una caridad material con sus enfermos, sino que los atendió también moral y espiritualmente , dándoles consejos. Conservo también una carta de una religiosa de Villa Cristeta que escribió a un tío mío diciéndole como mi padre había ayudado a recibir los sacramentos a un matrimonio al que le había hecho ochenta visitas...".

Un amigo suyo, Barcaiztegui, contaba las razones por las que le eligió como médico y amigo, preocupándose por la salud del cuerpo y del alma: "Él fue -contaba- quien me inició en el conocimiento y contactos con el Opus Dei y quien hizo despertar mi vida depiedad y mi preocupación religiosas un tanto dormidas.”

"Además de a los pobres -recuerda su hija- también sabía adaptarse y dedicar lo mismo a gente de todo tipo. Acudió en varias ocasiones como médico en el tren de la esperanza con enfermos a Lourdes. Y tanto mi hermana como yo recordamos como estuvimos en Misa en casa de la Condesa de Urquijo, que tenía un pequeño oratorio en su casa. Conservo la tarjeta de pésame en la que además de dar las condolencias a mi madre, le dice: “no es fácil olvidar a aquel santo que fue su compañero, a él me encomiendo a veces en mis difilcutades. ¡Era de tan buen consejo!".

Su don de consejo era un fruto más de la intensa vida cristiana con la que este médico vasco se esforzaba en vivir, haciendo realidad el carisma de santificación del trabajo en la vida cotidiana que había aprendido de labios del propio fundador del Opus Dei. José María había conocido a Escrivá en Madrid, durante su juventud, cuando estudiaba Medicina en Madrid, durante el curso 1933/34, en la Academia DYA, la primera obra corporativa del Opus Dei. Aquel encuentro con San Josemaría marcó su vida.

 

Una mirada de San Josemaría

Los testigos de su vida recuerdan el profundo cariño que guardaba hacia san Josemaría. Llevaba siempre en su cartera una pequeña estampa, muy gastada por el uso,donde san Josemaría había escrito a manoesta jaculatoria: ¡San Rafael, San Juan, ruega por nosotros!

Aquella estampa había supuesto para él un gran motivo de consuelo y un aliento constante en los años difíciles de la guerra civil española. Había rezado con frecuencia aquella jaculatoria durante los tiempos azarosos en los que tuvo que ir de un frente de guerra a otro trabajando como enfermero. Eas palabras le traían a la memoria otras muchas, llenas de cariño y aliento, que le había dicho san Josemaría en su juventud.

Tenía grabada una mirada de san Josemaría, cuando fue a despedirse en 1935 de él a la Academia DYA. No había obtenido buenas calificaciones y sus padres habían decidido que regresara a San Sebastián.

Contaba a veces que aquella mirada – que duró un instante- le produjo una impresión profunda: comprendió que al Fundador le apenaba su marcha de Madrid, porque le quería como un verdadero padre. No le hizo ningún comentario por sus calificaciones; al contrario, le estuvo consolando y animando para que, después de descansar unos días, reemprendiera el estudio con renovado empeño.

Aquella mirada de san Josemaría –decía- le había ayudado decisivamente a estudiar con empeño durante ese verano y el curso siguiente. Y la tuvo siempre presente, como un estímulo para amar a Dios, durante los años de la guerra y en tiempos posteriores.

Al terminar la guerra siguió en contacto con algunas personas del Opus Dei, de forma esporádica, y años después, en abril de 1953, tuvo la alegría de poder pedir la admisión como supernumerario del Opus Dei.

 

La unidad de vida

Todos los testigos de su vida señala la lucha constante de este médico vasco por luchar para amar cada día más a Dios y a los demás. Llamaba la atención por su profunda serenidad, fruto de su vida interior y de su gran confianza en el Señor.

En medio de los errores y limitaciones que todos tenemos, Pagola se esforzaba día tras día por santificarse y santificar su vida familiar y profesional, por cumplir sus deberes como hijo de Dios, como médico, como padre de familia y como ciudadano. Tenía un gran empeño por armonizar todos los aspectos de su existencia –algo siempre difícil en un padre de familia con un trabajo intenso y absorbente- y ponía los medios para lograr lo que san Josemaría llamaba “unidad de vida”.

Luchaba especialmente para conseguir que el trabajo no se convirtiera en activismo, ni acabara robándole horas de dedicación a la familia. "Han pasado muchos años -recuerda su hija Asunción- y los recuerdos que conservo son cosas normales que cualquier padre de familia haría, pero con un aspecto muy subrayado: su esfuerzo por santificar su hogar, su matrimonio, la educación de sus hijos.

Nos ha dejado un ejemplo inolvidable: fue un padre que influyó muy positivamente en nuestras vidas. Supo compaginar su intensa vida profesional con sus obligaciones familiares. Además de su esposa y de sus hijos, atendía a su madre y a sus cuatro hermanas, solteras, que vivían en el mismo edificio que nosotros, en el cuarto piso.

En 1950, cuando murió su padre, le acompañó con desvelo filial en sus últimos momentos, como hijo y como médico, facilitándole la administración del sacramento de la Unción de Enfermos.

Como tantas familias cristianas de la época, mi padre y mi madre nos iniciaron cuanto antes en la vida cristiana y en la recepción de los sacramentos: bautizando pronto a los hijos que venían y preparándonos para recibir la Sagrada Comunión a los seis o siete años.

Cada mañana, antes de ir a trabajar, le veíamos ir a Misa y algunas veces le acompañábamos a hacer una Visita al Santísimo en la iglesia. Todavía le estoy oyendo rezar el Rosario... Los mayores lo rezábamos a veces con él y con mi madre. También solán hacer una romería en honor de la Virgen durante el mes de Mayo, rezando el Rosario.

Todos los domingos -menos uno, que mi padre iba al Retiro espiritual- íbamos a Misa con ellos y nos quedábamos un ratito dando gracias por la Comunión. Recuerdo con mucha alegría las costumbres reciamente cristianas que nos enseñaron: los Oficios de Semana Santa, las Visitas a los Monumentos el Viernes Santo. Mi madre nos llevaba a confesar con un Padre Carmelita, y no se me olvida la alegría de mi padre cuando le contábamos que veníamos de confesarnos.

Siempre sabía sacar tiempo, a pesar de sus intensas obligaciones profesionales, para estar con sus hijos. Las hermanas mayores -de diez, nueve años- recordamos especialmente como nos ayudaba a estudiar las preguntas y respuestas del atecismo. Yo todavía recuerdo una de las preguntas que me enseñó a responder. Jugaba con nosotros, nos contaba historias, y nos transmitió su afición a la música, como hijo de un Compositor de Música que era.

En 1953 se quedó viudo un hermano de mi madre con cinco niños pequeños, y mi padre propuso que nos reuniéramos todos durante el verano en una villa alquilada en Hernani, para que pudiéramos estar juntos todos los primos. Y él le dedicaba tiempo a todos.

Le recuerdo así: generoso, magnánimo... Cuando nos portábamos bien o hacíamos algún encargo nos daba un pequeño regalo, para hacernos ver que las obras buenas merecen un premio....

Tenía la consulta en la misma vivienda, y al acabar, antes de que saliera para hacer las visitas a domicilio íbamos a contarle nuestras pequeñas historias. Nos trataba con mucho cariño y nos enseñaba muchas cosas. Tenía la ilusión de que todos fuéramos buenos cristianos y nos entregáramos a Dios. Hay una pequeña anécdota que no he olvidado y que refleja su sentido sobrenatural: un día fui a quejarme de no sé qué. Como respuesta me leyó un pasaje del Evangelio para que lo meditara.

Muchas veces le acompañábamos durante el viaje cuando iba a visitar a sus enfermos. De ese modo, aprovechaba ese tiempo para estar con nosotros, que le esperábamos en el coche mientras entraba en las casas para atender a los pacientes.

Recuerdo también su cariño y su delicadeza con mi madre: en medio de sus obligaciones profesionales, procuraba llevarla al cine de vez en cuando y salir a cenar con los amigos. Y los domingos por la mañana solíamos ir todos juntos al campo si hacía bueno. Por las tardes nos quedábamos en casa, por si había alguna llamada de urgencia de algún paciente. No se olvidaba nunca de ellos: por eso, siempre había alguien en casa para atender las llamadas de algún paciente que requiriera su atención".

 

La página del dolor

En la primavera de 1958 se abrió la página del dolor en su vida. Le descubrieron una úlcera con un divertículo en la parte media del esófago. En los meses siguientes fueron apareciendo nuevos síntomas, con fuertes dolores lumbares, que le impedían descansar por la noche. A pesar de todo, seguía atendiendo con solicitud a sus enfermos, hasta el día de Año Nuevo de 1959. A partir de entonces tuvo dejar de trabajar y ponerse en manos de los médicos sus colegas.

Tras varias consultas, los médicos acudieron al prestigioso doctor Eduardo Ortiz de Landázuri –cuya Causa de Canonización se encuentra abierta- y llegaron a la conclusión de que su mal podía deberse a una tuberculosis en la columna o a un cáncer un cáncer de páncreas.

Como ese tipo de cáncer no tenía tratamiento en aquel tiempo, decidieron hacer lo único que estaba en sus manos: tratarle como si tuviera la tuberculosis y el 21 de febrero le enyesaron el cuerpo. Era lo que se denominaba “cama de yeso”. Esto le causó numerosos sufrimientos. Al día siguiente tuvo una hemorragia, que hizo que tuvieran que administrarle la primera de una larga serie de transfusiones de sangre.

Empezó a llagársele la espalda. Durante los últimos meses de su vida los que le rodeaban (su familia, sus parientes, sus amigos, las personas del Opus Dei que han dejado por escrito sus recuerdos –en los que me baso para realizar esta semblanza) fueron testigos de la admirable entereza y serenidad con la que afrontó el sufrimiento. Estaba siempre en cama, cada vez más demacrado. Con frecuencia alzaba la vista para mirar al crucifijo.

“Parecía mirar la imagen por dentro –cuenta el sacerdote que le atendía- como taladrándola, hasta penetrar en el Corazón mismo de Jesucristo vivo. No era una mirada de súplica, ni de contrición, sino gozosa y enamorada. Comprendí hasta qué punto no sólo había perdido miedo al dolor, sino por qué razón lo estaba asumiendo de aquella forma, con entera conformidad: estaba plena y serenamente identificado con Jesucristo en la Cruz”.

"Nos llamaba la atención -recuerda su hija Asunción- que todo el mundo se interesara tanto por su salud. Incluso la “cestera” como llamábamos a la señora que vendía chucherías para los niños en la puerta del colegio nos preguntaba por él. Nos llamaba la atención también el número elevado de visitas de diferentes ámbitos de la sociedad que iban habitualmente a verle durante su enfermedad. Y nos decían muchas personas: "vuestro padre es un santo" ".

 

Con san Josemaría

El 27 de marzo de 1959, Viernes Santo, los médicos le quitaron el yeso para explorarle de nuevo. Al ver la tumoración que tenía en diversas partes del cuerpo pudieron llegar a un diagnóstico claro: padecía un cáncer de páncreas, con metástasis en hígado y en otros lugares. No había nada que hacer: sólo podían administrarle medicación sintomática. Calcularon que podía vivir de cuatro a seis meses en aquel estado.

Cuando le comentaron a san Josemaría del modo profundamente cristiano con el que este médico vasco estaba viviendo los últimos meses de su vida, señaló que todo aquello era una gracia que Dios le daba; y que lo mismo había sucedido varios meses antes, el día de Jueves Santo, cuando Montse Grases, una joven estudiante barcelonesa de diecisiete años, numeraria del Opus Dei, había muerto en Barcelona con fama de santidad, afrontando con entereza y amor de Dios las penalidades de su dolorosa enfermedad.

"Mis últimos recuerdos -cuenta su hija Asunción- son desde el mes de mayo, porque a otra hermana y a mí nos llevaron a casa de unos tíos. Yo iba todos los días a verle, salvo cuando estaba peor. Tuvo la gran alegría de que se celebrara la Misa en casa, diariamente.

 

 

 

 

Al principio sólo le llevaban la Comunión pero no recuerdo a partir de qué mes (quizás marzo o abril) los sacerdotes que venían a verle comenzaron a celebrar la Santa Misa -con mucha dignidad- en el salón de la casa, que se comunicaba mediante un pasillo cn su habitación. A esa Misa acudían familiares y amigos.

La celebraban sacerdotes diocesanos conocidos suyos, o religiosos de distintas órdenes que le conocían y apreciaban. También venía alguna vez desde Pamplona algún sacerdote del Opus Dei".

Pagola falleció de forma edificante el sábado 6 de junio de 1959. Aquel día se celebró la Santa Eucaristía en su habitación, como en días anteriores, por privilegio de los miembros de la Adoración nocturna. Dejaba esposa y seis hijos, la mayor con diez años y el pequeño con dos recién cumplidos.

Su recuerdo sigue vivo en muchas personas de San Sebastián, para las que fue un testimonio animante y esperanzado de vida cristiana y de entrega a Dios con el carisma del Opus Dei. Murió con fama de santidad, como testimonian los recortes de prensa y las personas que le conocieron. Le consideraban un hombre santo, un padre de familia y un médico inolvidable, un miembro del Opus Dei ejemplar. Un periódico tituló: "Ha muerto don José María Pagola, el médico de los pobres".

 

"Cuando se ha tenido el privilegio de ver morir a un hombre como Pagola -escribía José de Arteche en un diario local- uno se siente más desasido; se ven las cosas de distinta manera. Trasfiguraba cuanto decía; estaba ya del otro lado, pasando por la crucifixión con todos sus dolores; pero sus ojos limpios en la palidez de su rostro, trasparentaban a Dios.

-Mirá José- me dijo a solas una tarde, después de revelarme el curso inexorable de su enfermedad, cuyo nombre, sin embargo, evitó pronunciar con suprema delicadeza-: lo más difícil del Padrenuestro es el "hagase su voluntad". Si aceptas esto, todo lo demás es fácil". Tres días antes de morir me dijo con voz apagada que se estaba acabando, pero que tenía paz. Me repitió la palabra paz tres veces, y luego, con su dedo índice, apuntó a lo Alto".

 

José Miguel Cejas


 

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