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Antonia Peñuelas, la música callada


Rosas de azafrán


Camuñas, años 30











Camuñas, situado en la Mancha Alta, al norte del Cerro Cabalgador, es un pueblo a medio camino entre Madridejos y Villafranca de los Caballeros.

Si nos trasladáramos allí durante los años treinta para buscar a Antonia, tendríamos que pasar de largo por la puerta de la escuela, donde pudo ir poco, porque había que sacar la familia adelante. Aprendió a leer y a escribir tiempo después

Lo más probable es que la encontráramos trabajando en la cocina de su casa, ayudando a su madre, haciendo las camas, o sembrando patatas en la huerta, agachada. “Agacharse y volverse a agachar/, trabajando a los aires y al sol...” cantaban las campesinas de la zarzuela “La Rosa del Azafrán”.

Ése era todo el trabajo que podía encontrar en Camuñas: la recogida del azafrán para las mujeres, y las faenas del campo para los hombres.

En vista de la situación Antonia se marchó a trabajar a Villaviciosa de Odón, un pueblo pequeño de la provincia de Madrid.

La decisión de su vida

Cuando estaba trabajando en Villaviciosa, Flor Cano, que era de su mismo pueblo, le habló del Opus Dei; y el 28 de marzo de 1946, Antonia tomó la gran decisión de su vida: se entregó a Dios, célibe, con el afán de buscar la santidad en los trabajos de la casa.

Y así transcurrió su existencia, trabajando en las tareas de la casa, sin que le sucediera nada de particular (externamente, claro). Cuidaba de su casa —del centro del Opus Dei en que vivía— y trataba de acercar a los demás a Dios; hasta que en 1976 tuvo la primera enfermedad grave: un tumor cerebral. En 1981 la operaron de un cáncer de abdomen. Tres años después, en 1984, falleció.

A primera vista, no parece que la vida de esta mujer pueda servir de argumento para una novela de aventuras. Su existencia es semejante a la de millones y millones demujeres de todo el mundo, que cuidan de su casa y de los suyos.

Lo excepcional en Antonia, es que supo convertir esos días aparentemente anodinos en una gran novela; mejor dicho: en una historia de amor, porque Antonia era una mujer poco novelera y no veía gigantes donde sólo había molinos de viento, esos molinos de su tierra que conocía tan bien.

 

Castellana de pura cepa






Era una castellana de pura cepa. Tenía el temperamento de las mujeres de lo que antes se llamaba Castilla la Vieja: decidida, resuelta, alegre, fuerte; y —todo hay que decirlo— a veces, de respuestas contundentes, recias y algo secas, como las mujeres de su tierra.

Se expresaba con hechos más que con palabras.

Era realista y tenía un gran sentido común. Poco soñadora. Mejor dicho, poco fantasiosa, poco dada a los sueños.

Tenía un único sueño, el más maravilloso de todos: la santidad, el amor pleno a Dios y a los demás en las cosas pequeñas hechas por amor.

Por ese amor a Dios lo hizo todo: hasta mejorar de carácter, y se fue volviendo más abierta, comunicativa y conversadora. Para alegrar a los demás, aunque no tuviera buena voz, era capaz de cantar unas seguidillas manchegas.


Fue un cambio discreto: nada de lo que hizo Antonia fue espectacular. Vivió sin sobresaltos, siempre en su mismo ser y en su mismo sentir, tranquila, sosegada, con paz, y en paz con todos.

Mujer rezadora y sacrificada, trabajaba bien y le cundía mucho. No dejaba las cosas a medias y procuraba hacer un acto de amor cada vez que daba una puntada, que fregaba los platos o hacía la colada. Tenía mucha sabiduría, esa sabiduría que sólo se aprende en la intimidad con Dios, en la escuela de la oración y de la Eucaristía.

 

Las grandes aventuras

Esa fue su vida: días de trabajo callado, como tantas mujeres del mundo, para sacar adelante a su familia. Fue la suya una santidad del día a día: días y días encendiendo con carbón la cocina económica (eran otros tiempos) haciendo la chapa; días y días limpiando las ventanas; poniendo y recogiendo manteles, quitando y reponiendo platos y vajillas; regando las plantas; recogiendo cortinas; metiendo y sacando dobladillos; apilando la ropa en los cubos, colgándola en el tendedero, planchándola...

Se pasó la vida agachándose y volviéndose a agachar, como las labradoras de su pueblo, para recoger las briznas de amor de la vida corriente.

Trabajaba mucho y bien; era muy buena profesional; y además, trabajaba con rapidez. “Esta mujer es como un rayo”, decían. Pero no trabajaba por trabajar. No era de ese tipo de personas que no saben estarse quietas, culebreando de acá para allá, dirigiéndose muy deprisa hacia ninguna parte. Ella aseguraba que en Camuñas, antes de conocer el Opus Dei, no daba un palo al aire. El motor de su actividad era el amor a Dios.

Esto es habitual en las personas que aman mucho: tienen más capacidad de trabajo y se cansan menos que los demás, porque el egoísmo acaba convirtiendo la existencia en una tarea agotadora. Sólo el amor se atreve con todo.

Por eso, Antonia fue mucho más soñadora, mucho más ambiciosa que las mujeres que sólo buscan realizarse a sí mismas: ella quiso que se realizaran en su vida los planes grandiosos de Dios y se esforzó por convertir su jornada en una sucesión de actos de cariño y desagravios con el Señor.

La música callada

"La música callada, la soledad sonora..."

A partir la decisión que había tomado en Villaviciosa de Odón fue descubriendo, día tras día, en las labores de su casa, en el cuidado de su hogar, el valor corredentor de lo pequeño, convirtiéndolo en música, en una música muy especial: la música callada de la que hablaba aquel poeta castellano, Luis de León.

Del mismo modo que tantas mujeres se pasan el día escuchando las radionovelas o coplas de su tierra, Antonia trataba de sintonizar en su alma con esa música a todas horas: cuando meditaba sobre la Pasión de Cristo, cuando remendaba una sábana, cuando rezaba el Rosario o zurcía unos calcetines.

Daba igual lo que fuera: bajar el cubo de la basura a la calle, quitarle el polvo a una lámpara, recoger los manteles: todo servía para componer esa música de amor a Dios. Era un son callado y silencioso, del que sólo se enteraba el Público al que ella lo dirigía. “Yo no digo mi canción sino a quien conmigo va...”

Esas fueron las grandes aventuras de Antonia, las aventuras de una vida que parece, a primera vista, sin grandes anécdotas. Supo hacer lo difícil con gran naturalidad: por ejemplo, trataba al Espíritu Santo mientras se ocupaba de las tareas más incómodas. Rezaba por las almas de las tierras inmensas de América, o de África, mientras cosía (y cosía muy bien).

Dios le concedió su petición de años, y vio morir a su madre cristianamente y reconciliada con Dios.

 

¿Cómo era Antonia?

¿Cómo era? Cuentan las personas que la trataron que se estaba muy bien a su lado; que nunca hablaba mal de nadie; y que los días de fiesta se ponía unachaqueta rosa que le gustaba mucho. En realidad, eso fue lo único que hubo en su vida de color rosa: porque los trabajos de la casa son pesados y duros, desagradables a veces. Y más durante el siglo pasado, en los años cuarenta y cincuenta, cuando había tan pocos electrodomésticos.

Eran tiempos de cocinas de leña, tablas de lavar y pocos medios. Todavía se fregaba de rodillas.

Antonia no se limitó a soportar la dureza de esas tareas, ni las consideró sólo un simple medio para ganarse la vida o para sacar adelante a su familia, como tantas mujeres de su generación. Las hizo con la ilusión del que interpreta una sinfonía para un único Espectador. “Se sentía orgullosa –contaba Helena Serrano - porque sabía que Dios la quería en esa ocupación y procuraba hacerlo del mejor modo que podía”.

La enfermedad

Y así, a fuerza de mirar al Crucifijo en lo pequeño, cuando Dios le envió una cruz grande, su enfermedad, la recogió con tanta alegría y sencillez que muy pocos se dieron cuenta del peso que llevaba encima. Su música interior se hizo más intensa y más profunda.

Comenzó a dolerle la cabeza. Luego se le desfiguraron el rostro, las manos, los pies. Podía haberse sentado en un sillón para que la cuidaran, diciéndose que bastante había trajinado ya en su vida (cosa que era verdad); podía haber hecho una tragedia de aquello, pero no quiso. Sabía que el trabajo y la enfermedad eran dos veredas por las que podía realizar el mismo camino: identificarse con el Señor.

Llegó a tener todos los dedos deformes y las facciones de la cara se le hincharon de forma desproporcionada.


Aceptó su situación. Dios lo quería: Dios la quería así. Siguió rezando, ofreciéndole sus dolores al Señor y su pena por no poder hacer más que lo poquito que le permitían sus fuerzas: repasar la ropa interior con sus manos desfiguradas, o doblar con mucha dificultad unos cuantos pañuelos.

¡Antonia!

Cuando ya no pudo hacer nada, aceptó su nuevo trabajo: ser buena enferma. Se dejó cuidar, sin preguntar ansiosamente por el curso de su enfermedad, procurando acercar a Dios a los que venían a verla.


Seguía, entre visita y visita, como siempre, con su rosario en la mano, rezando por esta persona y por aquélla, hasta el día en que falleció, el 6 de abril de 1984.

San Josemaría conocía bien la extraordinaria calidad humana y espiritual de Antonia, y en alguna ocasión alabó su fidelidad en público, en presencia de otras personas. A veces, al verla, le decía: ¡Antonia!

En esa exclamación le expresaba su agradecimiento por haber sido uno de los pilares firmes sobre los que se construyó el Opus Dei, y también, por la fe que había tenido —en Dios y en el Fundador— desde los comienzos.

Antonia, al oír aquellas alabanzas, no decía nada. Ya se ha dicho: ella se expresaba con hechos más que con palabras. Era poco habladora. Sin embargo, la música callada de su vida revela muchas cosas.

Para el que sabe escuchar esa música, naturalmente.


 

José Miguel Cejas

 

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