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Un violoncelista francés
hace un análisis para la televisión
de los medios de formación del Opus Dei


 







Philippe es un joven violoncelista contaba para un programa de televisión cómo conoció el Opus Dei. Es un testimonio valiente y audaz, que muestra el verdadero rostro de esta institución.

¿El cine o la música?

Los músicos profesionales solemos comenzar muy pronto. Yo empecé a tocar el violoncelo a los 8 años, y me parecía lo más normal del mundo, porque mi padre y mis hermanos tocaban diversos instrumentos y mi madre nos llevaba diariamente a clases de música.

Sin embargo no me planteé ser músico profesional hasta los veintidós. Antes quería dedicarme al cine, que me apasionaba. Estuve mucho tiempo en un tira y afloja entre las dos vocaciones, la cinematográfica y la musical, hasta que conocí el Opus Dei y me di cuenta que no se puede vivir sólo de sueños, que había que tomarse las cosas en serio y decidirse por algo.

La vida de un músico es bastante irregular, con días totalmente distintos unos de otros: días de ensayos, días de conciertos, días de giras… Tocamos los fines de semana: los domingos y muchas veces los sábados; en fin, que es un trabajo difícil de compaginar con las obligaciones familiares, un trabajo diferente, con un sabor especial.

Por otra parte es un trabajo que exige mucha regularidad, mucha constancia y autoexigencia, además de una gran capacidad de convivencia con el resto de los componentes de la orquesta.

Convivimos intensamente durante seis horas cada día y eso acaba creando entre nosotros una relación muy honda, muy fuerte y muy enriquecedora, más allá de la música: una relación de amistad. Somos gente joven: la edad media de la orquesta está entre los 30 y los 35 años, y como suele suceder en el mundo artístico, no hay muchos creyentes.

En mi orquesta, en concreto, hay pocos católicos practicantes.


Mi sorprendente encuentro con el Opus Dei

 

He dicho antes que decidí ser músico cuando me tomé la vida en serio gracias al Opus Dei. Entonces tenía veintidós años y estudiaba música en Colonia. Mi práctica religiosa era mediana. Hasta que un día, al salir de Misa, un anciano de aspecto muy sencillo se me acercó y me preguntó: ¿es usted del Opus Dei?

La verdad es que no entendía que me quería decir; además, yo nunca había oído hablar del Opus Dei.“Pero, cómo ¿no conoces el Opus Dei? Y empezamos a charlar.Total, que acabé invitándole a un café, y mientras charlábamos me dijo que él no era del Opus Dei, pero que le tenía gran admiración, y me dio un folleto.

Pero como yo no sé alemán, no entendí nada de lo que ponía el folleto: sólo me fijé en las fotografías, y en concreto, en el rostro sonriente del fundador, que me atrajo mucho.

Un mes después… no tanto; unas semanas después, me encontré en el buzón una invitación a la novena de la Inmaculada. Fui. El sacerdote que celebraba la Misa era del Opus Dei y me impresionó lo que nos dijo en la homilía. Aquello, la verdad, me llegó al corazón.

Tenía una forma de hablar tan directa que me impactó, y decidí ponerme en contacto con personas del Opus Dei. Fui a un centro y me sorprendió gratamente el buen humor que reinaba allí: se veía a la gente feliz. Yo tenía muchos amigos en la ciudad, que eran muy divertidos, pero no había conocido nunca un ambiente de alegría como ése. Y comencé a asistir a algunos medios de formación cristiana.

Luego me fui a París, y más tarde a Estados Unidos. Y siempre procuré seguir en contacto con el Opus Dei, del que soy cooperador, que consiste en rezar por el Opus Deitodos los días, y en colaborar materialmente en lo que pueda, siempre de acuerdo con mi esposa, claro.

Ahora voy a Nancy todos los meses a recibir medios de formación: los círculos, que son clases de vida cristiana, las meditaciones espirituales de los sacerdotes… Me parecen fantásticos. Es una ayuda espiritual que me ayuda mucho, mucho. Valoro especialmente poder confesarme con un sacerdote del Opus Dei: es algo que me ayuda poderosamente en mi vida interior.

Los medios de formación del Opus Dei: encuentros en Nancy

El encuentro en Nancy suele durar en torno a las dos horas, no más. Primero se hace una lectura con un libro de espiritualidad durante un cuarto de hora y luego un sacerdote nos predica sobre un tema espiritual tomado del Evangelio o de la lectura del domingo.

Tras esa predicación, tenemos un rato de tertulia entre los asistentes, para conocernos y charlar entre nosotros. Luego se lee en voz alta un examen de conciencia, que cada uno hace por su cuenta.

Son unas quince preguntas, más o menos, que van cambiando cada mes: preguntas incisivas, sobre aspectos precisos de la vida cristiana, con cuestiones que nos afectan a todos. Yo creo que cada uno de los que asistimos nos podemos reconocer en esas preguntas y que nos sirven para hacer un buen examen de conciencia personal.

Bueno, no siempre todas las preguntas te sirven lo mismo; quizá en una ocasión te quedas con una o con dos, que te ayudan especialmente para reforzar tu oración y tu vida interior. Por ultimo, hay otra meditación predicada por el sacerdote, que dura media hora, igual que la primera, y la gente se despide y se va a su casa a cenar.

Es algo breve y asequible. He observado que los medios de formación del Opus Dei suelen ser breves: no se le pide a la gente toda una tarde, porque todos tenemos muchas cosas que hacer y muchas obligaciones familiares. Son actividades cortas, que te permiten acudir con cierta facilidad. Cortas, pero densas, porque activan en el alma toda la energía espiritual.

Los círculos o clases de vida cristiana

Las clases de vida cristiana, los círculos, son más cortos todavía: duran, como mucho, media hora o tres cuartos. Es una charla que da una persona del Opus Dei a un grupo reducido de cinco, seis, o siete personas sobre diversos temas de la vida diaria, de la fe, sobre cómo santificar el trabajo, cómo hacer apostolado con nuestros amigos, cómo querer más a la Virgen, etc.

En este círculo se lee también un examen de conciencia con quince preguntas, siempre las mismas, de forma que si vas de forma regular, acabas profundizando en ellas, al escucharlas una y otra vez. Supongo que su objetivo será alentarnos a la perseverancia en la lucha espiritual, para que esa lucha por amar a Dios deje de ser algo esporádico y se convierta en un estilo de vida.

Se me olvidaba la lectura del Evangelio, que se comenta brevemente al comienzo del círculo. Antes de acabar, hay tiempo para una pequeña conversación amigable, que dura unos cuantos minutos. Luego se rezan tres Avemarías, nos despedimosy cada uno se va a su casa.

He dicho antes que todas las actividades son breves. Bueno, hay una excepción, que ocurre una vez al año: es el retiro, que dura dos o tres días y se celebra en una casa de retiros como Couvrelles, que está cerca de Reims., o en un sitio adecuado. En los retiros hay Misa diaria, meditaciones y charlas; y sobre todo, tiempo para rezar.

 

Qué he aprendido en el Opus Dei




Rezar… ésa es una de las cosas que he aprendido en el Opus Dei: que nuestra relación con Dios debe ser como la que se tiene con un amigo íntimo, con el mejor amigo que tengamos. Cuando se tiene esto presente la vida nos resulta más llevadera, y cobra otro sentido, porque sabemos que, pase lo que pase, siempre hay Alguien con nosotros, a nuestro lado.

Además, la misma vida nos lleva a tratar a Dios continuamente: si no, la vida acaba pareciéndonos absurda, y la existencia se reduce a levantarse por la mañana y acostarse por la noche. Cuando le damos un sentido a nuestra vida cotidiana; cuando sabemos que hay un Dios Padre que nos ama, que hay un Dios al que queremos servir y amar, todo cambia; y nos levantamos cada día con el deseo de agradarle como buenos hijos, disponiéndonos a hacer lo que Él quiera.

Esto se puede aplicar a todas las horas del día: todo lo que hacemos, todo, lo podemos hacer pensando en Él con el deseo de agradarle, aunque en realidad, nosotros no le demos nada: es Él quien nos lo da todo. Realmente, deberíamos recibir como un don todo lo que nos sucede.

Porque la vida no es fácil, la vida es costosa, y nuestras debilidades son patentes: por eso necesitamos esforzarnos en mejorar en ese trato con Dios. Dios es nuestro creador. En este sentido, todo lo que hacemos, si lo hacemos en su presencia, por amor a El, representa una colaboración con su obra.


Somos todos colaboradores de Dios

Somos todos colaboradores de Dios, no importa cual sea nuestro trabajo, todos podemos colaborar a nuestra manera. En el terreno artístico, en el musical, esto se experimenta de un modo especial, nos sentimos colaboradores, creadores en su aspecto más hondo…no me viene la palabra, no sé cómo explicarlo.


Ahora estoy preparando un programa de música clásica, música de cámara para ser exactos, para un programa que realizo semanalmente para esta radio. Me dieron carta blanca para hacer lo que quisiese y lo he emprendido con mucha ilusión.

Me gusta mucho la música de cámara, y pensé que era una buena ocasión para profundizar en ella y conocerla mejor, ayudando a apreciarla a los oyentes. Y trato de mostrar esa belleza como colaboración con la obra de Dios.

Es una belleza que nos acerca a la perfección divina, porque todo lo que El hace es perfecto. Pero no sólo podemos lograr eso mediante la música: todo ser humano está llamado a la perfección, a participar con su trabajo en la obra y la belleza de la creación, mediante la unión con Dios.

La vida interior consiste precisamente en eso: en cultivar esa relación con Dios. Es un afán por mejorar, por cultivar ese amor y esa esperanza que nace de saber que Él está siempre con nosotros, a nuestro lado, para ayudarnos…


Un rato de oración, un rato de charla con Dios

Por eso, todos los días, al levantarnos, podemos hacer en un rato de oración antes de desayunar. Un rato de oración es una charla, una conversación personal con el Señor, en la que le contamos qué vamos a hacer durante ese día, dejándole que Él nos hable y pidiéndole que nos ilumine, que me ilumine.

Yo, cuando entro cada día en la sala de la orquesta suelo pensar unos segundos en mi trabajo, en mis amigos y mis colegas; y le pido ayuda a Dios para ayudarles a que vivan cerca de Dios.

Es frecuente que los amigos te pregunten sobre cuestiones relacionadas con la Iglesia o con la fe, y hay que aprovechar esas ocasiones para hablarles de Dios, porque Dios quiere, a Dios le gusta que se hable de Él.

Además de hacer oración, procuro ir a Misa todos los días, que para mí es lo principal, y rezo el Rosario. Es algo que he oído muchas veces en los círculos: la Misa es el centro y la raíz de la vida interior, el centro del trato con Dios. No podía ser de otra manera, porque en la Misanos encontramos con Dios, le tocamos incluso: Podemos darle gracias, hablarle, abandonarnos en sus manos, consagrarle toda nuestra vida...

También rezo el Rosario todos los días: es algo que siempre me ha ayudado mucho. El Rosario es una forma muy sencilla de dirigirse a la Santísima Virgen. Ya sé que una oración repetitiva: siempre se dice lo mismo; pero se trata de decirlo cada vez con más amor, con más confianza, poniendo nuestra vida en las manos de María.

Y así, mientras vas diciendo, una y otra vez, Dios te salve María, le vas pidiendo por una intención concreta: por tu mujer, por tus hijos, por tus padres, por tu familia, por tus amigos…

No hay nada más actual

Además de ese rato de oración por la mañana se puede hacer otro rato de oración durante el día, si es posible por la tarde, antes de cenar; y un examen de conciencia antes de acostarse, porque conforme van pasando los días nos vamos olvidando de nuestros buenos propósitos.

Yo personalmente no me fío de mí, quiero decir que puedo olvidarme a media tarde de algo que me he propuesto esa misma mañana. En el examen de conciencia se dan gracias a Dios, se pide perdón y ayuda, siempre en la presencia de Dios, claro, al repasar lo que hemos hecho en ese día.

Es un momento privilegiado de oración en soledad, en silencio, que nos ayuda, día tras día, a enderezar el timón, a afinar las cuerdas, a mantener vivo, actual, el mensaje de Jesús para cada uno.

Yo pienso que no hay nada más actual que ese mensaje. Todas esas noticias “de actualidad”, entre comillas, que oímos todos los días, tienen menos actualidad, a mi modo de ver, que el mensaje de Cristo.


Es cierto que el Evangelio nos transmite lo que Cristo les decía a las personas de su época, en el siglo primero; pero eso mismo nos lo está diciendo a nosotros, ahora mismo. La presencia de Dios consiste en eso: en escuchar lo que Cristo que me está diciendo ahora a mí. Es el mismo mensaje de hace dos mil años, para mi. Un mensaje de amor, que nos convierte, que nos cambia por dentro, como te cambia el nacimiento de un hijo.

"Soy otra persona"

Recuerdo que teníamos unos vecinos muy fríos en este tipo de cosas espirituales. Al principio nos tratábamos poco, salvo alguna conversación en la escalera. Nos hicimos amigos gracias a los hijos, porque ellos tenían un niño y nosotros estábamos esperando entonces a la niña.

El marido me contaba que aquel hijo le había cambiado la vida por completo, que desde que nació era otra persona. Antes, vivían los dos para su profesión, salvo alguna que otra escapada al cine... en fin, una vida muy egoísta. Y cuando nació el niño cambiaron completamente.


Es lo mismo que nos sucede cuando conocemos a Dios.

Algo que me preocupa mucho

Hablando de la familia, me preocupa mucho algo que se da con cierta frecuencia en nuestra sociedad: la banalización de las rupturas familiares. Porque el divorcio es algo realmente terrible para una familia, y eso lo saben bien los que lo han sufrido. Por eso es tan importante cultivar cada día el amor, el amor humano, el amor de los esposos.


Cultivarlo cada día. Y eso requiere esfuerzo. No es un amor que esté ahí, y ya está, no es algo que se conserve siempre fresco, maravilloso: no es verdad. Hay que cultivarlo cada día para que crezca, para que florezca y de frutos, mediante pequeños detalles, mediante esos gestos de cariño que tienen tanta importancia, aprendiendo a olvidar, a perdonar; es más, a amar los defectos del otro.


De ese amor depende la unidad de la familia, y si ese amor se apaga, la familia se queda sin fuerza, sin energía interior.

Por eso, en mi opinión, uno de los mayores problemas de hoy es que hay muchos que no creen en el amor de los esposos, que son la base de la familia. Es un mensaje que la Iglesia nos recuerda constantemente, pero me parece que no se acaba de entender bien, en parte porque los grandes medios de comunicación no nos los transmiten con fidelidad.

Y luego, junto con el amor conyugal, están las obras de caridad, en su sentido más amplio: me refiero a la caridad entendida como una norma de vida, como un afán constante y habitual de servicio a los demás. Es algo para todos, no sólo para los cristianos: todos tenemos que aprender a servir; nuestra vida entera debe ser un servicio. Yo le he visto en mi orquesta, donde hay muchos no cristianos que tienen un gran espíritu de servicio.

Con mi grupo de violoncelistas

Yo intento servir también: tengo un grupo de violoncelistas y me ayuda mucho pensar que estoy a su servicio, y que tengo que dirigirles con una sonrisa, sin herir, con respeto… Cuando se me olvida esto y comienzo a pensar: ¡qué desastre! ¡Aquí voy a poner orden como sea!... mal.

Si me dejara llevar por estos impulsos, además de tratarles de forma agresiva, no les entendería. Y gran parte de nuestro servicio consiste en esforzarse por entender a los demás, uno a uno: hablarle, escucharle, darle el consejo que necesita….

Pienso que esa nueva evangelización que pide la Iglesia consiste, en mi caso, en ser un cristiano coherente, y en llevar el mensaje de Cristo a mis amigos.

Como tantos jóvenes, he tenido la oportunidad de estar con el Papa en muchos lugares: en Lyon, en Czestokowa, en Santiago de Compostela, en Roma… y no se me olvida lo que nos dijo en Estrasburgo: "El Papa es vuestro amigo, pero es un amigo exigente, Cristo es exigente".

No nos pide sólo bondad, sino santidad. Monseñor Escrivá lo decía así: "las crisis actuales son crisis de santos".

Ése, sí, ese es el quid de la cuestión.

 


 

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