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Poveda Longo, Rafael. Primer agregado del Opus Dei


 

Sierras del Guadarrama


Este administrativo español fue la primera persona que pidió la admisión en el Opus Dei como agregado. Nació en Madrid en 1918 y el entrenador Lázaro Linares trazaba su perfil en su libro de memorias “Antes, más y mejor”:

“Rafa Poveda, un madrileño de 32 años, fue el siguiente en pedir la admi­sión, el 8 de diciembre de 1950. Era el mayor de los que acudíamos por Bravo Murillo, y trabajaba como administrativo en la Comisión de Abastos.

Era un gran amante de la naturaleza, y hacía frecuentes salidas a la montaña. Tenía un carácter afable y sencillo, y un trato acogedor, aunque de pocas palabras. No recuerdo haberle visto nunca enfadado. Siempre estaba dispuesto a echar una mano al que lo necesitara.

La infancia de Rafa había tenido un pequeño punto de contacto con la historia de los primeros años del Opus Dei. Cuando tenía diez años, conoció a un sacerdote muy joven y simpático que apareció en su clase un día de mayo de 1929, en el colegio de las Damas Apostólicas en la calle Isabel la Católica.

«Calculo —contaba Rafa— que serían las cinco de la tarde cuando llegó. Era un sacerdote de cara muy joven y paso rápido. Vestía un manteo y sombrero de teja, de esos de copa redonda y alas planas y rígidas, muy del uso de la época.

»Nosotros éramos unos diez o doce chicos. Todavía no habíamos hecho la Primera Comunión, y Doña Luz Rodríguez Casanova, la Fundadora de las Damas Apostólicas y de aquel colegio, llevaba desde febrero enseñándonos el catecismo para que pudiéramos recibir por primera vez al Señor en el mes de mayo. Faltaba apenas una semana y el día antes Doña Luz nos había anunciado que vendría un sacerdote muy simpático y agradable para prepararnos para la confesión e imponernos el Escapulario del Carmen.

»Desde que aquel sacerdote entró en la clase, me llamó la atención su rapidez de movimientos y su desenvoltura. No estuvo mucho tiempo con nosotros, pero su carácter y su modo de expresarse me impresionaron mucho y, no sé bien por qué, su figura quedó grabada con viveza en mi memoria.

»Al día siguiente volvió de nuevo. Nos estuvo preparando para la confesión y después nos impuso el Escapulario del Carmen».

Rafa contaba estas cosas precisando muchos detalles que ya no recuerdo. Explicaba cómo, bastantes años después, siendo ya de la Obra, hizo un descubrimiento sorprendente. Viendo la película que habían grabado de un encuentro del Fundador con varios miles de personas en Buenos Aires, se dio cuenta de que aquel sacerdote joven que conoció en el año 1929 era precisamente el Padre. No le cabía duda, por una pequeña anécdota que contó el Fundador y que Rafa recordaba perfectamente, y puso por escrito:

«El día 10 de mayo de 1929, yo cumplía once años de edad. A primera hora de la tarde, fuimos a la Iglesia que tienen las Damas Apostólicas en la calle Nicasio Gallego. Nos juntamos un grupo de muchachos de diversos colegios de las Damas en Madrid, con idea de confesarnos, pues haríamos la Primera Comunión al día siguiente.

»Aquella iglesia era una capilla, no muy grande, y tenía dos hileras de bancos, con un pasillo central y dos laterales más estrechos. A la derecha de la nave, en unos espacios enmarcados por arcos, había dos confesonarios. El primero estaba en el mismo sitio donde sigue actualmente, nada más entrar a la derecha, y el segundo se encontraba más cerca del presbiterio, donde ahora está precisamente la sepultura de Doña Luz Rodríguez Casanova, que como he dicho era quien nos estaba preparando para la Primera Comunión y que falleció unos años más tarde en olor de santidad.

»Uno de mis amigos, que ya había hecho la Primera Comunión y se había confesado otras veces en ese lugar, me recomendó que fuera al sacerdote que estaba en el segundo confesonario, que era joven y bastante simpático. Lo malo es que había una larga cola de chicos que esperaban a confesarse con él, y como ese día era mi cumpleaños y quería irme enseguida a la merienda que había preparado en casa con mis amigos, decidí confesarme con el primero, que tenía sólo tres o cuatro chicos haciendo cola.

»Aquel sacerdote del primer confesonario era un hombre mayor, de buen peso y aspecto apacible. Empecé a confesarme y, después de hablar yo, el sacerdote estuvo un buen rato dándome unos consejos, pero en una voz tan baja que casi no le podía oír. Como se alargó bastante, me distraía contemplando la fila de botones de su sotana, que me parecía interminable. Entonces me pregunté cuántos botones tendría, y me vino el deseo repentino de contarlos. Cuando estaba casi acabando mi recuento, el sacerdote se dio cuenta y me preguntó qué hacía. Yo, con gran sencillez, se lo dije. Y se ve que le molestó bastante, porque se puso hecho un basilisco, dando unas voces que a mí entonces me parecieron tremendas.

»Entonces observé que mis compañeros del otro confesonario se estaban riendo ante el alboroto que yo había organizado. Al volver la mirada, vi también al segundo sacerdote, que asomaba la cabeza para ver cuál era la causa del revuelo. En ese momento reconocí a aquel sacerdote joven que daba catequesis en la Colonia de los Pinos y había venido al colegio a explicarnos la confesión.

»El sacerdote mayor, muy enfadado, me mandó ponerme frente al altar y pedir perdón al Señor por lo que había hecho. Y allí estuve, hasta que se acabó la cola y aquel sacerdote, que de nuevo presentaba un aspecto apacible, me preguntó con una sonrisa si me había arrepentido. Le dije que sí, y me fui a casa tranquilo, aunque con cierto disgusto porque acabé saliendo el último y se me hizo tarde para la fiesta de cumpleaños, y además me sentía humillado porque se habían reído de mí todos los compañeros.

»Este episodio quedó como un recuerdo de una pequeña humillación pasada siendo niño, y la verdad es que nunca había llegado a contárselo a nadie. Pasaron más de cincuenta años, hasta que un buen día veo una película de una tertulia que tuvo en Buenos Aires en 1974 el Fundador del Opus Dei. Durante aquella tertulia, hablaba de aquella labor que hizo durante los primeros años de la Obra, confesando miles de niños que se preparaban para su Primera Comunión, y de pronto el Padre cuenta la siguiente anécdota:

 

—Iba a confesar niños y procuraba que me acompañase algún sacerdote un poco anciano, porque tratando con los niños los viejos se hacen de nuevo jóvenes. Una vez venía conmigo un sacerdote ya mayor, de aspecto venerable. Era un hombre de estudio que se había pasado la vida escribien­do, confesando, predicando... Quizá por eso había desarro­llado una panza también venerable. La capilla donde íbamos a confesar no era muy grande, y estábamos bastante cerca uno de otro.

De repente oí ruido. Volví la cabeza y vi que aquel sacerdote —muy santo y muy manso— estaba como fuera de sí, riñendo a un niño. Cuando acabamos le pregunté: ¿qué ha pasado? Y me lo contó. Aquel amigo mío, ya mayor, se olvidó de que estaba confe­sando a un niño y se puso a hacerle muy seriamente algunas recomendaciones. Debió de alargarse y el muchacho, niño al fin, como se aburría, miró la venerable panza del sacer­dote, se fijó en los botones de su sotana, tan brillantes, y comenzó a contarlos: uno, dos... Cuando aquel buen confesor se dio cuenta, le dijo: muchacho, ¿qué haces? —¡Treinta y cinco! ¡Le he contado treinta y cinco botones! Y mi amigo, tan manso y tan santo, se enfadó por no saber hacerse él también un poco niño.

»Al escucharlo —continuaba Rafa—, sentí un impresión muy fuerte. Las circunstancias y coincidencias eran tantas y tan claras, que difícilmente podría tratarse de sucesos distintos. En aquel momento asocié de modo instantáneo el gesto y la figura vivaz de aquel joven sacerdote, que tan grabado quedó en mi memoria de niño, con la imagen que se puede observar del Fundador del Opus Dei en las tertulias filmadas.

»El hecho de que Mons. Escrivá, pasados tantos años, recordara con detalle aquella anécdota, me hace pensar que muy probablemente rezara en aquel momento por ese pobre chico que había protagonizado el pequeño incidente. Y pienso —concluía Rafa— que quizá aquella oración del Fundador haya tenido bastante que ver con mi llamada al Opus Dei, veinte años más tarde.

»A mí siempre me ha llamado la atención esa intensa actividad sacerdotal del Fundador por todo Madrid durante aquellos primeros años del Opus Dei. Visitaba barria­das pobres de las cuatro esquinas de la capital —Tetuán, Dehesa de la Villa, Campo del Moro, Vallecas, etc.—, aten­diendo enfermos en las chabolas, ayudan­do a los niños y acudiendo a los hospitales para consolar a los que sufrían, buscando en el dolor los cimientos y fortaleza de la Obra que Dios le pedía. No contaba, dice él mismo, más que con “la gracia de Dios, buen humor y nada más. No poseía virtudes ni dinero. Y debía hacer el Opus Dei”.

»Dedicó miles de horas a esa labor, y estaba convencido de que si pudo sacar adelante la Obra fue “por los hospitales: aquel Hospital General de Madrid cargado de enfermos, paupérri­mos, tumbados por la crujía, porque no había camas; aquel Hospital del Rey, donde no había más que tuberculo­sos, y entonces la tuberculosis no se curaba...”».

Bastantes años después, cuando oía al Padre contar estas cosas, hablando de los comienzos del Opus Dei, me acordaba siempre de la historia de Rafa Poveda.”

Rafael Poveda falleció en Madrid en 1992, tras largos años de fidelidad y entrega generosa a Dios y a los demás en el Opus Dei.

 

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