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El Padre Rafael Pérez, religioso agustino, habla sobre la causa de canonización de Escrivá


 

 

 

En esta entrevista el agustino Rafael Pérez -especialista en causas de Canonización- habla de diversas Causas de Canonización, y en concreto, de la de Josemaría Escrivá.

El Padre Pérez comenzó a trabajar en 1960, con Juan XXIII, en las Causas de los Santos, en el Vaticano. Participó durante sus quince años de trabajo en Roma en 19 beatificaciones y 14 canonizaciones.

Tras su jubilación, culminaron en beatificación 106 casos en los que había participado y la canonización 19 beatos.

La entrevista fue realizada antes de la beatificación de Escrivá.


Se ha dicho en ocasiones que es bueno dejar pasar bastante tiempo antes de canonizar a una persona, para poder juzgar con perspectiva histórica al candidato a los altares. ¿Qué piensa Vd. de esto?

No estoy de acuerdo: cuanto menos se tarde, mejor. Los santos son modelos que presenta la Iglesia a sus fieles. Es evidente que, para los hombres y mujeres de nuestro tiempo, no es un modelo igualmente válido una persona del siglo XII que uno de nuestros contemporáneos, una figura de pleno siglo XX, cuya vida podemos conocer al detalle, día a día y casi hora a hora.


Un santo de hoy es un modelo que vivió en un mundo como el nuestro; que tuvo las ocasiones de practicar el bien que tenemos nosotros, que encontró en la vida las dificultades y tentaciones que encontramos nosotros..., y hasta es posible que hayan tenido las mismas caídas en que caemos nosotros.


Esta semejanza nos anima a imitarles y a invocarlos con más fervor y confianza que si se tratase de Siervos de Dios de siglos pretéritos, de quienes desconocemos tantas cosas; y las que conocemos, a veces no sabemos si son historias o historietas.

-El actual Pontífice ha beatificado y canonizado a muchas personas, hasta el punto de despertar algunas críticas sobre una pretendida "inflación de santos". ¿Para qué sirve proclamar un santo, y qué sentido tiene hoy?

Hoy los santos hacen más falta que nunca. Cuantos más sean reconocidos, mejor. Los que son declarados santos por la Iglesia son, en primer lugar, una glorificación de Dios y, después, modelos para imitar e intercesores ante el Señor.

Alegrémonos de que el Santo Padre celebre con frecuencia beatificaciones y canonizaciones. Estas ceremonias muestran una gran variedad de personas virtuosas propuestas al Pueblo de Dios como modelo de imitación: casi tan variada como es la diversidad de profesiones de vida de los fieles de nuestros días.

También hemos de alegrarnos por esa multiplicación de intercesores ante el Señor, que comprenden nuestras necesidades -¡tan semejantes a las que padecieron en vida!- y abogan para remediarlas.

-Después de su jubilación como Promotor General de la Fe en la Congregación, ¿ha seguido trabajando en Causas de Beatificación y Canonización?

Sí, desde 1976 he intervenido en la instrucción de algunas Causas españolas. Por ejemplo, fui Juez Delegado del Tribunal que instruyó el Proceso de Virtudes de la Sierva de Dios Genoveva Torres, Fundadora de la Congregación del Sagrado Corazón de Jesús y de los Santos Angeles (las "Angélicas"); y desempeñé la misma función en el proceso sobre una curación, presuntamente extraordinaria, atribuida a la Sierva de Dios María Rodríguez Sopeña, Fundadora del Instituto de las Damas Catequistas.

De 1981 a 1984 intervine, también como Juez delegado, en el Proceso madrileño sobre las virtudes del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei; y de 1987 a 1990, en el del Siervo de Dios Adolfo Lanzuela Martínez, de la Congregación de los Hermanos de La Salle.

Presté también mi colaboración en varios procesos de curaciones milagrosas, como el de la Madre Petra Pérez Florido, Fundadora de las Madres de los Desamparados y San José de la Montaña; y ayudé, por ejemplo, a la madrileña familia González-Barros para iniciar la Causa de Canonización de la niña Alexia González Barros, de 14 años de edad. Pero sería interminable mencionarlos a todos.

 -¿Quién le eligió como Juez para instruir la Causa de Mons. Escrivá de Balaguer?

El Arzobispo de Madrid. Todos los Procesos los preside, como Juez Ordinario, el Obispo del lugar. Cuando llegó el momento de instruir el Proceso madrileño de Mons. Escrivá de Balaguer, me nombró Juez delegado -como a todas las personas que iban a intervenir- el Cardenal Vicente Enrique y Tarancón que, como digo, fue el Juez ordinario hasta su jubilación.

Cuando el Cardenal Angel Suquía fue nombrado su sucesor, se estaba ya acabando la instrucción y consideró oportuno confirmarme en el encargo.

-La Causa del Fundador del Opus Dei ha marchado a buen paso. ¿A qué ha sido debido?

En primer lugar, al relieve universal de su figura. Y, en segundo lugar, a que ha habido personas -el Actor y los Postuladores- que la han sabido llevar, facilitando en cada momento la documentación precisa.

También puede decirse que ni en la instrución ni en el estudio de la Causa se han encontrado dificultades importantes.

-¿Todas las personas que manifiestan su interés en declarar en un Proceso, son escuchadas por el Tribunal?

Los Tribunales escuchan sólo a personas fiables. Por eso en primer lugar se juzga que los testigos sean fidedignos. Esto supuesto, se deben oír a las personas que muestran interés: también si son adversas, ya que se las cita expresamente en el Edicto que se hace público al comienzo de la Causa.

En cambio, no hay que llamar a los "enemigos" de la Causa o del Siervo de Dios, que no buscan que resplandezca la verdad sino que únicamente desean el mal, que actúan por pasión o pretenden que se les oiga sólo para hacer daño.

Por tanto, sí a los adversos, no a los "enemigos". Estos últimos se les reconoce fácilmente porque refieren únicamente lo desfavorable y silencian todo lo que podría ser favorable al Siervo de Dios; o bien por el modo agresivo y poco sereno con que se manifiestan. Además, en ocasiones, oírles no añade nada, porque el Tribunal conoce ya lo que pueden decir porque lo han publicado repetidamente en libros o en otro tipo de medios.

Para seleccionar los testigos favorables, hay que hacer una selección según la intimidad del trato que han tenido con el Siervo de Dios, el período de tiempo en que lo trataron u otras circunstancias, hasta conseguir una buena documentación de toda su vida.

-¿Cuántos testigos declararon en la Causa de Mons. Escrivá de Balaguer? ¿Cuántos de ellos eran del Opus Dei?

En el Proceso madrileño se recogieron las declaraciones de 66 testigos, de los cuales 30 eran fieles de la Prelatura y 9 habían sido miembros del Opus Dei durante algún tiempo. Todos estos testigos conocieron y trataron a Mons. Escrivá en diferentes períodos de su vida. En el Proceso romano se debieron oír a unos treinta testigos más.

-¿Esos testigos hablaban de lo que conocían directamente, o contaban sucesos que les habían referido otras personas?

Todos, tanto favorables como contrarios, eran testigos directos, oculares, y declararon de lo que habían visto, aunque también referían lo que habían oído o leído. Además, su testimonio cubre toda la vida de Mons. Escrivá: desde que era niño o estudiante en Barbastro, hasta su fallecimiento.

Puedo asegurar que, con sus declaraciones, quedó perfectamente documentado todo el conjunto de su vida, de una manera completa. Escuchar a más testigos sólo hubieran dado lugar a repeticiones de lo ya sabido.

De todas maneras, en la instrucción de un Proceso de Canonización se hace especial hincapié en los 10 ó 15 últimos años de la vida. Si acaso se encontrara algún "lapsus" en alguno de los tramos más antiguos de la vida -en su infancia o juventud, o en los primeros años de sacerdocio, p. ej.-, tendría mucha menos importancia, como es lógico.

-El que la Causa del Fundador del Opus Dei haya sido instruida a buen paso, ¿ha sido en detrimento del rigor del Proceso o del in­cumplimiento de alguna de sus formalidades?

No. La Causa se ha llevado adelante con extremado rigor. Las leyes actuales permiten que una Causa llegue a su término en menos tiempo que antes porque, desde el año 1969, en el Pontificado de Pablo VI y, posteriormente, desde 1983, tras la promulgación de la Constitución Apostólica Divinus perfectionis Magister por el actual Papa Juan Pablo II, se simplificaron algunos procedimientos administrativos que se consideraron superfluos.


Pero en ningún momento se pretendió disminuir la seriedad de los juicios, que ha sido la norma en la Congregación para las Causas de los Santos desde que fueron regulados los Procesos en el siglo XVII.

En esta Causa de Beatificación no ha habido ninguna dispensa de los requisitos establecidos. En el Proceso de Madrid, que yo dirigí, se inte­rrogó a los testigos con todo cuidado, siguiendo estrictamente el exhaustivo Interrogatorio que había enviado la Congregación.

Además, conmigo inter­vinieron, en distintos momentos, hasta cuatro Cojueces, dos Promotores de Justicia y cuatro Notarios-Actuarios. Todos ellos sacerdotes muy rectos y sumamente competentes. Tuvimos más de seiscientas sesiones, que es un número que se sale de lo ordinario. Me consta también que el Proceso romano se instruyó igualmente sin prisas.

Y también con pausa -aunque sin perder tiempo- se llevó a cabo el estudio dentro de la Congregación, cumpliéndose todas las etapas señaladas.

Es obvio decir que el poco tiempo que ha pasado desde la Declaración de la heroicidad de las virtudes hasta la Beatificación ha sido debido a que, inmediatamente después de aquel Decreto, se pudo presentar un milagro atribuido a su intercesión, pues estaba ya instruido el proceso correspon­diente.

-Ahora que nos encontramos ya próximos a la Beatificación de Mons. Escrivá de Balaguer, Vd. que ha tenido ocasión de conocer bien, y de una manera directa, su figura, ¿qué destacaría de su personalidad?

Me atrevería a decir que el Venerable Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer es una figura gigante y señera de la Iglesia del siglo XX: un apóstol infatigable, el precursor por antonomasia de la santidad universal: la meta inculcada a todos en el Concilio Vaticano II. Así como fueron muchos los profetas que anunciaron a Cristo, pero hubo uno solo -Juan el Bautista- que fue su Pre­cursor, puede decirse análogamente que el precursor de la llamada universal a la santidad ha sido Mons. Escrivá de Balaguer.

Ciertamente no ha sido el "inventor" de esta doctrina, que es del mismo Cristo ("Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto"), ni el único que la ha recordado, pues ya San Agustín en el siglo V la predicaba a sus fieles: "Este precepto -'si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo'- no se refiere sólo a las vírgenes, con exclusión de las casadas; o a las viudas, excluyendo a las que viven en matrimonio; o a los monjes y no a los casados; o a los clérigos, con exclusión de los laicos; toda la Iglesia, todo el Cuerpo místico y cada uno de sus miembros, de acuerdo con su función propia y específica, debe seguir a Cristo".

También San Francisco de Sales, en el siglo XVII, y otros santos, en momentos diversos de la historia, han escrito cosas semejantes.

El Fundador del Opus Dei fue el primero que la propuso como tema fundamental y central de su apostolado y de su enseñanza, la desarrolló en sus abundantes escritos, y predicó este mensaje a los cuatro vientos. En sus muchos viajes por Europa y América, este Venerable Siervo de Dios insistió machaconamente en que la vida del cristiano no debe ser floja, desganada o tibia, plagada de caídas y recaídas, sino entusiasta, fervorosa, alegre, pletórica de vida, de enamorado de Cristo.

Y esto para toda clase de fieles cristianos: hombres y mujeres; niños, jóvenes y ancianos; analfabetos, profesores y académicos; soldados rasos y generales; pobres y ricos; todos, absolutamente todos, deben aspirar y esforzarse por seguir de cerca a Cristo, por ser santos. Y quien así predicaba, fue por delante con su vida, con su ejemplo de hombre enamorado de Dios y fiel a la Iglesia.

-¿Qué interés tiene para toda la Iglesia su canonización?

Lo único que hemos buscado todos cuantos hemos intervenido en la Causa de Mons. Escrivá de Balaguer ha sido la gloria de Dios y el bien de las almas: justamente lo que constituye el fin de la Iglesia. No creo que sea exagerado afirmar que el Venerable Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, con la institución por él fundada, con su vida ejemplar y con sus escritos, ha inyectado una fuerte dosis de ansias de santidad y de vitalidad espiritual en el Pueblo de Dios en pleno siglo XX. Estoy seguro que su ya próxima beatificación servirá para que, Dios mediante, este influjo benéfico se multiplique.



 

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