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El arzobispo de El Salvador, Óscar Romero, y el Opus Dei



Romero y san Josemaría

En su libro de memorias “Un mar sin orillas”, un sacerdote del Opus Dei, Rodríguez Pedrazuela cuenta el gran afecto que sentía Oscar Arnulfo Romero hacia el Opus Dei desde su juventud, cuando lo conoció. Romero se sintió muy próximo espiritualmente con el Opus Dei, colaboró activamente con sus empeños apostólicos y participó en muchas de sus actividades formativas hasta el mismo día de su muerte

Durante el tiempo en que era Vicario General de San Miguel recibía cordialmente en su parroquia a los sacerdotes del Opus Dei que iban a verle, y se dirigía espiritualmente con uno de ellos, participando en sus afanes evangelizadores.

Por ejemplo, ayudó especialmente los miembros del Opus Dei a la puesta en marcha de la primera residencia universitaria del Opus Dei en El Salvador, Doble Vía, que se inauguró en marzo de 1960. El propio Romero, que valoraba mucho el carisma del Opus Dei, llevó personalmente a dos jóvenes conocidos suyos a esa residencia: Carlos Espina y Elmer Ávila.

En 1970 le nombraron Obispo de la diócesis de Santiago de María y tuvo que viajar a Italia. Fue a conocer a san Josemaría a la sede central del Opus Dei en Villa Tevere.


San Josemaría estuvo conversando con gran afecto con él; y como conocía bien su trabajo y la situación de tensión que se vivía en El Salvador, se preocupó y puso los medios para que le ayudaran a descansar durante aquellos días en la Ciudad Eterna.



Cinco años después, el 12 de julio de 1975, tras el fallecimiento del fundador, Romero –que tenía gran afecto por san Josemaría y valoraba el alcance de su mensaje en la Iglesia- escribió esta carta al Papa solicitando la apertura de su Causa de Beatificación y Canonización:

 

"Beatísimo Padre:

Muy reciente aún el día del fallecimiento de Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, creo contribuir a la mayor gloria de Dios y al bien de las almas solicitando a Vuestra Santidad la pronta apertura de la causa de beatificación y canonización de tan egregio sacerdote.

Tuve la dicha de conocer a Monseñor Escrivá de Balaguer personalmente y de recibir de él aliento y fortaleza para ser fiel a la doctrina inalterable de Cristo y para servir con afán apostólico a la Santa Iglesia Romana y a esta parcela de Santiago de María que Vuestra Santidad me ha confiado.

Conozco desde hace años la labor del Opus Dei aquí en El Salvador y puedo dar fe del sentido sobrenatural que lo anima y la fidelidad a la doctrina del Magisterio eclesiástico que lo caracteriza.

Personalmente, debo gratitud profunda a los sacerdotes de la Obra a quienes he confiado con mucha satisfacción la dirección espiritual de mi vida y de otros sacerdotes.

Personas de todas clases sociales encuentran en el Opus Dei orientación segura para vivir como hijos de Dios en medio de sus obligaciones familiares y sociales. Y esto se debe sin duda a la vida y doctrina de su fundador".

 

Dos años después, en 1977, nombraron a Romero Arzobispo de El Salvador.


Mons. Fernando Sáenz –actual Arzobispo de El Salvador, y sucesor de Romero- era entonces Vicario Delegado del Opus Dei en aquel país y le invitaba regularmente a las convivencias para sacerdotes que organizaba cada mes la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

El último día de Óscar Romero

Juan Pablo II, rezando ante la tumba del Arzobispo Romero

"El día 24 de marzo de 1980 -recordaba Mons. Sáenz- tuvimos una de esas convivencias. Al principio habíamos previsto otra fecha, pero Mons. Romero me pidió que la cambiáramos porque no le venía bien y tenía mucho interés en asistir a aquel encuentro. Cambiamos de fecha y la fijamos para el día 24.

Hacía las 10.30 de la mañana aquel día fui a recogerle a las oficinas del Arzobispado, que estaban situadas entonces en la actual sede del Seminario Menor. Le saludé y me dijo que acababa de recibir un documento sobre la formación de los seminaristas en el llamado Curso Propedeútico. Deseaba que aprovecháramos aquel encuentro sacerdotal para estudiar y comentar el documento.

Fuimos en carro hasta la playa de San Diego, donde nos habían prestado una casa para la convivencia. Sin embargo, a pesar de las previsiones que se habían hecho, hubo una confusión, y cuando llegamos la casa estaba cerrada. Decidimos sentarnos sobre la hierba del pequeño jardín y comentamos aquel documento a la sombra de unas palmeras. A continuación extendimos un mantel sobre el suelo y disfrutamos de una agradable comida y de un rato de sobremesa. Al poco llegó el guardián de la casa, que se excusó por lo sucedido y nos trajo unas sillas.

Durante aquella tertulia hablamos de cuestiones muy diversas. Entonces era frecuente que las guerrillas urbanas ocuparan los templos, y Mons. Romero nos dijo que estaba preocupado por la custodia de los vasos sagrados y los ornamentos litúrgicos de la catedral, que eran antiguos y de gran valor histórico, Le sugirió a un sacerdote que los custodiara en un lugar seguro mientras durara la situación de desorden.

Y seguimos conversando sobre asuntos variados. Recuerdo que le propuso al párroco de San José de Guayabal que cultivara maíz y frijoles en el entorno de su parroquia, para que pudiera servir de aprovisionamiento al seminario. Luego hablamos del Padre Pro, de los cristeros mexicanos, etc.

A las tres nos sugirió que acabáramos la reunión, porque debía regresar a la ciudad, donde tenía un compromiso. Y hacia las tres y media lo dejé en el Hospital de la Divina Providencia".

Tres horas más tarde, a las seis y cuarto, mientras celebraba la Santa Misa, Romero era asesinado. Le habían disparado desde el exterior del templo.

Miles de personas velaron su cadáver en la Basílica del Sagrado Corazón y unas cincuenta mil acudieron a su funeral en la catedral. Mientras se celebraba, estalló una bomba en los alrededores, entre tiroteos y ráfagas de ametralladora, a causa de la cual murieron 27 personas y más de doscientas resultaron heridas.

A partir de entonces, su figura sería cada vez más conocida en todo el mundo.

 

José Miguel Cejas