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José Serret,
padre de familia numerosa y empresario:
un hombre no catalogable


 


Tenía un garbo yendo por la vida...

Tenía un garbo yendo por la vida –recuerda un compañero suyo- que le hacía no catalogable. A ver si me explico... tenía aire de serio... pero no lo era cuando le tratabas; se saltaba alguna clase... pero no era lo habitual; iba al cine alguna tarde entre semana... pero no era adicto; jugaba alguna partida con los amigos... pero no era vicioso del juego: se distraía; podía parecer que al no ser un empollón no era un hombre de consejo... pero era sensato (...)

En la plaza del Sant Esperit, por la que íbamos todos los estudiantes antes de cenar a dar una vuelta, lo encontrabas entrando o saliendo de la Basílica (...).Era un muchacho de sentido común, apreciado por sus compañeros, con el que se podía contar a la hora de distraerse (...). Me hubiera gustado ser su amigo en esta época. Era un elemento interesante”.

 

José Serret Borda nació el 17 de junio de 1941 en Vallfogona (Lérida). Su padre murió cuando tenía cinco años. Estudióel Bachillerato en Reus con los hermanos de la Salle y en octubre de 1957 se matriculó del primer curso de Ingeniero Técnico Industrial en Terrassa, donde destacó por su buen carácter y simpatía.

Durante ese tiempo se alojó en casa de los Cima, que eran abuelos de una chica de dieciesiete años, Roser. Pronto se enamoraron, y cuando formalizaron el noviazgo, se trasladó a vivir a una pensión. Al terminar la carrera se casaron en Monserrat el 23 de abril de 1965.

Encontró trabajo como Perito Industrial en una fábrica de componentes eléctricos: “he entrado de perito industrial –decía, divertido- , pero estoy de peón, tirando de un carro y repartiendo tornillos por toda la fábrica.. Por las tardes, hacía un máster en el Esade.

Llegaron los hijos: en 1966, María Ángeles; en 1967, María del Carmen. En 1968 se trasladaron a Balaguer, donde trabajó en la dirección de un matadero frigorífico. En 1969 nacióMaría Roser.En 1970 se trasladaron a León para poner en marcha una central lechera. Empezó a desarrollar sus cualidades como gestor y jefe de empresa: seganaba la confianza de los ganaderos, y se preocupaba especialmente de la formación profesional de sus empleados y del incremento desus salarios.

En León nacieron tres hijos más: Jaime, en 1970; Toni, en 1971; yJosep en 1976. Se esforzaba por darles una formación cristiana con una mentalidad abierta y sensible a los problemas de los demás; siempre que podía los llevaba a los hospitales para que cuidenenfermos y conozcan de cerca el sufrimiento ajeno.

En 1977 le nombraron Director gerente de una empresa, y se trasladaron a Mollerusa. Matriculó a sus hijos en Terraferma, un colegio promovido por Fomento de Centros de Enseñanza, con asistencia espiritual de sacerdotes del Opus Dei.

Comenzó a participar, igual que su esposa, en los medios de formación cristiana del Opus Dei, y a impulsar junto con otros matrimonios amigos un colegio de niñas para sus hijas: Arabell, formando parte del consejo de dirección. Fue intensifica su vida de piedad y su afán apostólico, compenetrándose con el carisma específico del Opus Dei, hasta que comprendió que Dios le llamaba en este camino para hacer la Iglesia y decidió entregarse generosamente el 20 de abril de 1980.

Fue a Vallcalent, un centro del Opus Dei en Lérida, y habló con el director, que le escuchó, le animó a continuar con sus buenas disposiciones de vida cristiana...y le aconsejó que esperase un poco.

Decepcionado, regresó a Mollerusa con su mujer, en coche. En ese preciso momento Roser le comunicó que acababa de solicitar ser del Opus Dei. Al ver su reacción, ella intuyó lo que pasaba y guardó silencio. Pepe no le dijo nada, pero dos días después se llevó a Roser y a todos sus hijos a Montserrat para agradecer a la Virgen la decisión de su esposa. El 13 de mayo, fiesta de la Virgen de Fátima, se cumplió su ilusión y pidió la admisión en el Opus Dei.

En 1981 nació su octavo hijo, Kiko. Continúaba desvelándose por los demás, esforzándose por corregir los propios defectos. Cuenta un amigo; “Cuando por cualquier circunstancia paseábamos por Mollerussa, eran continuas las paradas por encuentro con algún conocido. ¿Cómo está tu hijo? ¿Se curó tu mujer? ¿Aprobó el examen tu hija? ¿Qué tal aquella gestión de la que hablamos para encontrar trabajo?. Siempre las preocupaciones de los demás, comerciantes, agricultores o ganaderos

La formación que recibe en el Opus Dei le impulsaba a nuevos horizontes de servicio. Decidió colaborar con su amigo Josep Safont, en varias iniciativas: la promoción de varias Escuelas Familiares Agrarias (EFA) y en unos cursos deOrientación Familiar para padres preocupados por la educación de sus hijos. Colaboraba intensamente con las EFA de Bellestar, La Ginesta y El Plà.

 

La familia seguía aumentando: en 1982 nace Rafael; en 1985, Mariona; en 1986,Joan. Ya eran once. Se multiplicaban las alegrías, los problemas, las preocupaciones y las necesidades económicas. Creó, junto con otros dos socios, una empresa de abonos, semillas y maquinaria agrícola

En 1992 se trasladó a Reus al ser nombrado Director Gerente de una factoría. Mientras tanto, iba incorporando en su vida el espíritu del Opus Dei, que lleva a la santificación del trabajo cotidiano. Sorprendía–a los que no le conocían- por su laboriosidad, su alegría constante, y su desvelo por los hijos.

Sorprendía especialmente que un comerciante nato como él, experto en el mundo de los negocios, odiase tanto la mentira: “No quiero ni media mentira –enseñaba a sus hijos-. Por cansado que esté o por muy ocupado que me veáis, no digáis que no estoy, si estoy en casa”. “No mientas nunca –aconsejaba a un amigo-. Si una cosa crees que tienes que deformarla, no la digas. Es mejor callar”.

“No admitía jamás que se criticara a nadie en su presencia”, recordaba un colega. Durante su trabajo –una fusión de empresas- intentaba proteger los intereses de unos y de otros, pero no le faltaron murmuraciones, porque algunos temían perder su puesto en el escalafón. A eso se unía cierta envidia por parte de algunos, porque los directivos de la empresa tenían plena confianza en él. Surgieron las maledicencias y llegron a decir que no permitía comidas de trabajo en un determinado restaurante porque... sus dueños eran testigos de Jehová.

-Pero Pepe –le dijo Roser, al enterarse de estas habladurías- ¿no les has dicho que en ese restaurante nos hemos reunido varias veces toda la familia?

-No.

Prefería callar. Callaba también cuando alguien se adueñaba de sus ideas en las reuniones de trabajo y las presentaba ante otros como propias. Callaba ante las incomprensiones, con una alegría desconcertante. “Nunca me pierdas la paz y la alegría” aconseja a sus hijos.

Era una alegría empapada en confianza en Dios: padre de once hijos, desarrollaba un trabajo agotador para sacar la familia adelante, promoviendo muchas iniciativas apostólicas. Sorprendentemente, encontraba tiempo para todo: para ir a Misa a diario, para hacer oración, para solucionar mil gestiones, para hablar con sus hijos. ¿Cómo? A fuerza de un enorme sacrificio personal. Desde luego, no tenía “tiempo para él”. Meditaba con frecuencia el Vía Crucis, y algunas veces, muy de mañana, consideraba las escenas de la Pasión del Señor, paseando por los pasillos de su casa, mientras los niños dormían.

Conocía con profundidad –aunque muchos se preguntan de dónde sacaba el tiempo para estudiar- la enseñanza de la Iglesia sobre materias sociales. Se planteaba como llevarlas a la práctica, no sólo en su propia empresa, sino también en la de sus amigos. Les hacía llegar libros y publicaciones sobre esa enseñanza, que deberían conocer y aplicar, afirmaba “todos los que se dedican a los negocios. Si cada uno procurásemos vivirla en el nuestro, muchas de las injusticias que vemos en la sociedad desaparecerían, y el mundo sería mejor”.

Era un hombre sencillo, sin complicaciones. Uno de sus colegas lo retrataba como “una persona entusiasta e impulsiva. Con unas ganas enormes de vivir y de disfrutar cualquier situación. Descubrí una persona romántica y soñadora. Y contradictoria. Contradictoria pues con muchísima facilidad pasaba de ese romanticismo soñador a unas posiciones prácticas y cartesianas. A ratos rebelde y sin barreras, y pocos minutos después, metódico, disciplinado y con un gran autocontrol. Contradictoria y estimulante, generosa y entusiasta, impulsiva y sociable”.

La vida de este padre de once hijos de 25 a 6 años presenta aparentes contradicciones si se juzgan los hechos desde una perspectiva meramente humana: es un alto ejecutivo, pero no se permite lujos; utiliza un viejo Citroen que ya tiene diez años y sigue con la misma cartera que llevaba cuando era novio de Roser. “No bebía -recuerda su esposa-, y comía más bien poco. Le gustaba la comida bien hecha pero comía poca cantidad; lo suficiente”. Sin embargo –de nuevo la contradicción- cuando almuerza en un restaurante con sus amigos,toma la carta y pide lo mejor para ellos; pero al final le dice al camarero:

-Para mí, un huevo frito.... ¡pero uno sólo, por favor!

Solía privarse del postre por espíritu de penitencia. “Sin comer no se puede vivir, pero sin postre sí” decía bromeando. Cada vez que hacía un viaje en avión –ese compañero frecuente de los ejecutivos-, en vez de aprovechar el viaje para distraerse, leía algún libro espiritual. Al terminar, ponía los medios para entablar conversación con el vecino de asiento sobre Dios, sobre el sentido de la vida o la visión cristiana de la familia.

Una de sus hijas, que vive en Viena le llamó un día por teléfono, y se extrañó porque las llamadas desde el extranjero son caras. No, le explica ella: le había llamado con el permiso del jefe, desde el trabajo, porque pagaba la empresa...

-No, no hay que hacer así las cosas –le dijo- aunque pague la empresa.

Esas contradicciones –la paradoja cristiana- fueron constantes en su vida: en Balaguer, aunque los Serret pasaban estrecheces económicas, Pepe le prestaba parte de su sueldo a los trabajadores que tenían dificultades para cobrar. Ayudaba a la parroquia, a unas religiosas, a determinadas iniciativas apostólicas del Opus Dei con cantidades generosas. Siempre con una condición: que no se enterase nadie. De vez en cuando visitaba a determinadas familias del pueblo sin causa aparente.

-¿Qué hacías allí?

-Nada. Tenían un problemilla. Ya está solucionado.

El 1 de enero de 1992 cambió otra vez de trabajo y se trasladó con su familia Reus, donde le han nombrado Director General de una empresa importante. Siguió trabajando con gran intensidad, “muy consciente de que las horas tienen sesenta minutos” recordaba un colega.

Escribía otro:

A veces tenía que preparar el consejo de administración en casa, por complicaciones en su horario de trabajo, lo preparaba hasta altas horas de la noche y no asistía a ninguna reunión sin tenerlo todo claro y concreto. Tampoco permitía que una reunión durara más de lo previsto”.

Afirma un tercero:


Era, desde luego, un hombre trabajador y gozaba, entre sus compañeros y amigos, de un gran prestigio profesional, no sólo por la competencia o calidad técnica de su trabajo, sino también por la rectitud moral...»

No era perfecto”, comenta su esposa: tenía defectos, como el genio demasiado vivo a veces, pero se le veía luchar por moderarlo.“Tenía una piedad verdadera, profunda –recuerda una de sus hijas-. Cuando estaba en un oratorio o en la iglesia se notaba que rezaba, miraba fijamente al sagrario o se cogía la cabeza entre las manos. A veces se le sacaba en forma de susurro lo que le decía al Señor. Le gustaba hablar de la fe, innumerables veces nos decía “tingueu fe” o “reseu amb fe” cuando quizás nos veía rezar distraídos”.

Es la tarde del domingo 25 de enero de 1993. Pepe estaba, como de costumbre, sentado con sus hijos, en la terraza.

-¡Qué bien estamos aquí, ¿eh? Pero allí arriba –dice, apuntando al cielo- aún estaremos mejor.

Comienza a hablar del Cielo: “¡Hay que ir al Cielo, eso es lo importante!”

-Ya verás -le dice a su esposa- en el Cielo estaremos muy bien y juntos. ¿Tú te imaginas lo felices que seremos?

La conversación sobre el Cielo se prolongó durante casi una hora. Luego, habló con cada uno de los hijos que estaban en casa.

Tuve la impresión –comenta Roser- de que aquella noche se había despedido de todos”.

Al día siguiente, 25 de enero de 1993 falleció en accidente de tráfico en el kilómetro 11 de la autopista A-2, cerca de Molins de Rei, al regresar del aeropuerto, después de un día de trabajo en Madrid. Se dirigía a una reunión de padres del Colegio de sus hijos.

José Miguel Cejas


 

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