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San Josemaría: un encuentro con empresarios catalanes


 

Transcribo fragmentos de un encuentro de J. Escrivá con empresarios del IESE (Universidad de Navarra), publicada en la red por Domenech Melé. Tuvo lugar durante el 27.XI.1972.


"Emplearé el Nuevo Testamento –comenzó diciendo- para que el maestro, durante unos minutos, sea Jesús Nuestro Señor.” Y comenzó a glosar el capítulo XIX de san Lucas.

Entre otros comentarios, dijo:

-“A veces hay en nuestros negocios muchas dificultades. En el Evangelio de San Mateo se nos recuerda al sembrador que siembra buena semilla... Viene el enemigo, el contrincante, y le siembra cizaña. ¿Qué hace? Tiene paciencia: esto lo dejamos ahí, y no lo movemos; ya llegará el momento. Y viene el tiempo oportuno y lo siega todo... Y ha hecho negocio. Ha vencido la dificultad.

­(…) Mañana, en la Santa Misa - ­hoy tenía razones para ocuparme de otra cosa-­ os tendré especialmente presentes a vosotros. Pediré al Señor que os bendiga; que nos dé la serenidad del dueño del campo, cuando le plantan cizaña”.

Les previno contra la búsqueda del éxito por el éxito –lo que años más tarde se denominó coloquialmente cultura del pelotazo, contra el deseo del puro triunfo económico que a menudo se presenta como objetivo último y exclusivo del trabajo empresarial.


-”No olvidéis el sentido cristiano de la vida. No os gocéis con vuestros éxitos. No os sintáis como desesperados si alguna cosa fracasa. Además, si tenéis cien cosas en movimiento, alguna tiene que ir mal, porque las otras noventa y nueve van bien”. Y les dijo con fuerza:

 

--“¡Acordaos de los que tienen menos que vosotros!”.


Poco después, un profesor del IESE le preguntó como podía vivir personalmente la virtud cristiana de la pobreza y el desprendimiento de los bienes materiales, necesarios para seguir e imitar a Cristo. En concreto, ¿cómo podía conjugar esta virtud él, que manejaba habitualmente dinero?


- “Tú sabes –le contestó san Josemaría- que el hecho de manejar dinero, o de tenerlo, no quiere decir que se esté apegado a la riqueza. Te voy a poner un ejemplo. Conocí a un pobrecito que iba a un comedor de caridad y no tenía siquiera la tarjeta que daban a los necesitados; acudía a recibir un poquito de lo que sobraba.

Era un tiempo duro para el corazón de un cristiano: ver aquella gente con verdadera hambre. Para comer, todos llevaban sus cacharros. El traía su puchero roto. Pero sacaba su cuchara de peltre, de la hondura de un bolsillo, y la miraba con satisfacción. Los otros no tenían cuchara. Se ve que pensaba: esto es mío, esto es mío. Y con su cuchara comía los garbanzos y el caldo que le daban. Después, la volvía a mirar apasionadamente, como un avaro contempla las piedras preciosas. Le daba dos chupetones y la guardaba de nuevo. ¡Era rico!

Pues también he tenido cerca de mí a una persona, a la que he querido mucho, y que indudablemente está en el cielo. Era Grande de España. Aun después de muerta, no diré más que su nombre propio, y porque es muy corriente: se llamaba María. En su casa tenía muebles estupendos, un gran servicio y mucha plata... todo lo que es normal en una casa bien puesta y de abolengo. Y aquella pobrina gastaba en su persona menos que en la última de sus sirvientas. Lo daba todo; soy testigo de su generosidad”.


Enseñó quela pobreza cristiana no consiste sólo en estar desprendido: implica saber vivir con sobriedad y, a veces, sin poder disponer incluso de lo necesario. Contó como el Opus Dei había empezado en tantos países con la más absoluta carencia de medios materiales. Las labores se habían ido sosteniendo gracias al trabajo de las personas del Opus Dei y al apoyo económico de muchas personas; un apoyo –explicó- que “viene de gentes como vosotros, de gente buena, estupenda, que hay en todos los países. El último dinero que he recibido para Cavabianca, estando ya en España, una suma bastante considerable, ha venido... ¡de Holanda”.


Durante ese tiempo se estaba construyendo Cavabianca, sede del Colegio Romano de la Santa Cruz, donde acudirían profesionales de todo el mundo para mejorar su formación teológica. Muchos de ellos serían ordenados sacerdotes para trabajar después en los cinco continentes.


-“Todos sois muy importantes en esta casa ­–prosiguió diciendo-: los alumnos, los miembros, los profesores, los empleados y el personal que cuida el edificio. Todos sois igualmente importantes. Como cristianos, hemos de tener un sentido de la igualdad maravilloso, y saber que ­en todo caso­ es más importante aquel que trabaje con más amor. De modo que quien se ocupa de la limpieza, puede ­por amor de Dios­ hacer el mejor negocio de su vida”.


Un antiguo del IESE le preguntó:

-¿Cuál es la primera virtud que ha de esforzarse en adquirir un empresario?

­-“La caridad, porque con la justicia sola no se llega. (…) Pero es San Pablo quien enseña que es la primera virtud. Trata siempre con justicia a la gente y déjate llevar un poco del corazón. Hasta donde puedas (…) . Vive bien, como tienes que vivir; que vivan tus hijos bien, y toda tu familia. Tranquilo, sereno, con eso no ofendes a nadie. Haz lo que puedas por los demás, por medio de tu trabajo. Y vive, con la justicia, la caridad. La justicia sola es una cosa seca; quedan muchos espacios sin llenar”.

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