Inicio
 

 

San Josemaría y el Concilio Vaticano II

 

En 1967, cuando conocí a san Josemaría, acababa de terminar uno de los sucesos más decisivos y grandiosos de la historia de la Iglesia del siglo XX: el Concilio Vaticano II. Pude comprobar personalmente –en los encuentros a los que asistí- la profunda alegría que le produjo el Concilio, cuyos documentos expresaban de forma magisterial lo que había sido su predicación durante años.

El Cardenal Franz König, una de las figuras más destacadas del Vaticano II, afirmaba que Escrivá se había anticipado desde la fundación del Opus Dei a muchas enseñanzas que, tras el Concilio, se convirtieron en patrimonio común del Pueblo de Dios.

Las enseñanzas de san Josemaría, como ha señalado Mons. Herranz, están en sintonía profunda con la de los Padres Conciliares, especialmente en los siguientes puntos:

 

  • en la necesidad de dar un fuerte impulso al desarrollo de la teología sobre el Sacramento del Bautismo.
  • en la doctrina sobre la llamada universal a la santidad y al apostolado. Este ha sido uno de los grandes frutos del Concilio, que ya son doctrina común; pero no lo era en 1928, cuando san Josemaría recordaba –ante la sorpresa de muchos- la llamada universal a la santidad.

 

  • en la unidad de vida, entendida como una coherencia vital entre la llamada a la santidady la vida ordinaria del cristiano.

 

  • en la visión del trabajo profesional como una ocasión y medio de santificación personal y de apostolado.

 

  • en la concepción del apostolado de los laicos, maduro y responsable, y en su participación en la misión de la Iglesia.

 

  • en la libertad personal del cristiano en las cuestiones temporales.

 

  • en la consideración de la Santa Misa como centro y raíz de la vida interior.

 

  • en la participación activa de los fieles laicos en la liturgia de la Iglesia, especialmente en la Eucaristía.

 

  • en el afán de que los fieles adquieran una profunda cultura doctrinal y espiritual.

 

José Miguel Cejas

Ir a la página de Inicio