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Alberto Taddei, del Mar de la Plata, Argentina



Para afrontar la enfermedad

He encontrado los medios para santificarme con mis limitaciones físicas y para ayudar a otros a acercarse a Dios.


He aprendido a vivir profundamente el espíritu de oración en la vida ordinaria, a estar en presencia de Dios y a apreciar los Sacramentos.

Todo esto ha significado para mí una gran ayuda para poder superarme y afrontar con generosidad las dificultades que lleva consigo la enfermedad y a darles un sentido de redención.

He descubierto, con alegría, que desde mi incapacidad puedo hacer mucho bien a la Iglesia y a las almas.


El testimonio de Alberto Taddei se entiende mejor al conocer las enseñanzas del Fundador del Opus Dei sobre el sentido de la enfermedad y del dolor. "Los enfermos son el tesoro del Opus Dei", dijo en repetidas ocasiones san Josemaría.

San Josemaría y los enfermos

El Fundador del Opus dei recordó siempre los primeros años del Opus Dei, en los que sólo contaba con la gracia de Dios, buen humor y nada más. No poseía virtudes, ni dinero. Y debía de hacer el Opus Dei... Y explicaba cómo pudo hacerse todo aquello: por la ayuda espiritual de numerosos enfermos que ofrecieron a Dios sus sufrimientos por los frutos apostólicos y evangelizadores del Opus Dei. Una de las primeras mujeres del Opus Dei fue una mujer que, cuando pidió formar parte de la Obra, se encontraba ya gravemente enferma.

El dolor y la enfermedad, llevados con visión sobrenatural y afán corredentor sigue siendo la fuerza de esta realidad de la Iglesia.

Pudo hacerse, decía: "Por los hospitales. Aquel Hospital General de Madrid cargado de enfermos, paupérrimos, con aquellos tumbados por la crujía, porque no había camas. Aquel Hospital del Rey, donde no había más que tuberculosos, y entonces la tuberculosis no se curaba... ¡Y ésas fueron las armas para vencer! ¡Y ese fue el tesoro para pagar! ¡Y ésa fue la fuerza para ir adelante!".

Iba a varios hospitales de Madrid: al Hospital General de la Diputación Provincial, que estaba en la calle de Santa Isabel, muy cerca del Patronato; al Hospital del Rey; o al de la Princesa, en la Plaza de San Bernardo, donde los enfermos -unos 2000- se alojaban en salas enormes de doscientas y a veces trescientas camas, tan apretadas que sólo había espacio entre ellas para una minúscula mesilla de noche o una silla. Los enfermos de aquellos centros eran gentes muy pobres y necesitadas, atendidas gratuitamente por la Beneficencia. El doctor Canales Maeso, que conoció al Fundador algún tiempo después, recordaba que a los enfermos "les gustaba hablar con él porque atraía. Tenía algo especial difícil de definir"

Fueron años de trabajo incesante, de fatiga, de cansancio constantemente vencido, pero agobiante, que recordaría tiempo después con sentido del humor: "Sabéis lo que hacía yo durante una época -hace años, apenas cumplidos los treinta- en la que me encontraba tan fatigado que apenas conciliaba el sueño? Pues, al levantarme, me decía: antes de comer dormirás un poco. Y cuando salía a la calle, añadía contemplando el panorama de trabajo que se me echaba encima aquel día: Josemaría, te he engañado otra vez".

"Un día -recuerda un joven que le acompañaba, Herrero Fontana- me propuso el Padre:

-¿Por qué no me acompañas a visitar a algunos enfermos?

Acepté, y fuimos una mañana al Hospital General, que estaba en Atocha, junto a la Estación de Ferrocarril. Era un caserón enorme, con un gran patio central y techos muy altos. Un edificio frío, triste, desangelado. No podré olvidar nunca la impresión que me causó lo que vi allí dentro. Era casi dantesco: las salas, inmensas, estaban abarrotadas de enfermos que, como no había camas suficientes, se hacinaban por todas partes: junto a las escaleras, en los pasillos, a lo largo de las crujías, sobre colchonetas, en jergones tirados por el suelo... con fiebres tifoideas, con neumonías, con tuberculosis, que era entonces una enfermedad incurable. En su mayoría eran pobres gentes que habían llegado a la capital, huyendo de la miseria del campo para hacer fortuna, y se encontraban con aquello...

En Madrid no había hospitales capaces para atender a tantos enfermos; y en los hospitales tampoco había personal suficiente para cuidar de ellos... Durante sus visitas, el Padre, además de confesarles, les prestaba pequeños servicios materiales. Eran tareas que ahora suelen estar resueltas, pero de las que, en aquellos tiempos, en aquella situación de penuria y abandono, no se ocupaba nadie: les lavaba, les cortaba las uñas, les aseaba el cabello, les afeitaba, limpiaba los vasos de noche... No les podía llevar alimentos, porque estaba prohibido, pero siempre les dejaba una buena lectura.

Les pedía a esos hombres y mujeres enfermos, muchas veces desahuciados por los médicos, que ofrecieran sus dolores, su sufrimiento y su soledad por la labor que hacía con la gente joven

Como yo era muy joven todavía, el día que le acompañé me quedé algo atrás, observándole, mientras atendía a los enfermos. Guardo esa imagen grabada en el alma: el Padre, arrodillado junto a un enfermo tendido en un pobre jergón sobre el suelo, animándole, diciéndole palabras de esperanza y aliento...

Esa imagen no se me borra de la memoria: el Padre, junto a la cabecera de aquellos moribundos, consolándoles y hablándoles de Dios...Una imagen que refleja y resume lo que fueron aquellos años de su vida". JMC.


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