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Peter Takaaki Hirayama, obispo de Oita, Japón,
recuerda la vida de san Josemaría




“Gracias sean dadas a Dios, que siempre nos hace triunfar en Cristo y por medio de nosotros manifiesta el aroma de su conocimiento en todo lugar; porque somos para Dios el buen olor de Cristo.” (2 Cor 2, 14-15). Para nosotros, reunidos aquí para celebrar la canonización de San Josemaría Escrivá, me parecen muy apropiadas estas palabras de San Pablo que derramó su sangre en esta Roma querida. Vamos a darle de nuevo gracias a Dios mientras resuena aún sonora la alegría de la canonización.

En una familia cristiana

 
Demos primero gracias a la Santísima Trinidad que envió al Santo Josemaría a este mundo nuestro. Dios le hizo nacer en el seno de una familia fervientemente católica y le preparó a través de muchas penalidades para ser su fiel instrumento. Cuando todavía era niño murieron sus tres hermanas pequeñas. El fracaso del negocio de su padre, un hombre honesto y trabajador, hizo que la familia tuviera que trasladarse a una ciudad extraña.

Su padre murió pocos meses antes de la ordenación sacerdotal de San Josemaría. Desde la fundación del Opus Dei en 1928 tuvo que sufrir muchas incomprensiones, y al estallar la guerra civil en 1936 su vida estuvo en peligro de muerte muchas veces. Pero Dios Nuestro Señor se valió de todas estas penalidades para forjar el instrumento idóneo para llevar a cabo su misión. Su misión era ser el precursor de la proclamación del Concilio Vaticano II de que “todos están llamados a la santidad” (Gaudium et Spes, 39), haciéndole fundar el Opus Dei en 1928.

Y el deseo expreso de Dios era extender el mensaje del Opus Dei a todos los rincones de la tierra. Y el Opus Dei se está extendiendo por Europa, América, Asia y Oceanía. Agradezcamos con todo el corazón esta gracia de Dios.



La oración de los enfermos

 
Demos gracias también a sus padres y hermanos, y a todos los que le ayudaron, especialmente a aquellos pobres y enfermos que ofrecieron con toda generosidad sus sufrimientos por el Opus Dei.

San Josemaría se apoyó con gran confianza en la fuerza de la oración de estas personas. Fueron muchos los enfermos que ofrecieron sus dolores y su agonía “por la intención de don Josemaría” que desconocían.

Sin los sacrificios y oraciones de estos enfermos no habría sido quizá posible que el Opus Dei llegara a ser lo que ahora es. Estos enfermos gozan ahora en el Cielo junto al Santo Josemaría.


También elevamos nuestro agradecimiento a tantos obispos, sacerdotes, religiosos y fieles laicos que le apoyaron espiritual y materialmente. Hemos de mencionar en primer lugar a Mons. Leopoldo Eijo y Garay, obispo de Madrid, que concedió las primeras aprobaciones al Opus Dei. Sin las oraciones y sacrificios de todas estas personas no hubiera sido posible sacar adelante la Obra que Dios confió a San Josemaría.

Demos gracias también a los señores obispos ahora presentes en Roma, y a los que en todos los rincones donde el Opus Dei lleva a cabo su misión alientan nuestro trabajo. San Josemaría ordenó a todos los fieles del Opus Dei rezar por sus obispos diocesanos y seguir sus instrucciones, ya que la misión de la Prelatura Opus Dei consiste precisamente en su engarce dentro de la misión de la Jerarquía de la Iglesia.


A esto se refería precisamente Su Santidad Juan Pablo II el 17 de marzo del año pasado con ocasión de la Jornada de reflexión sobre la Carta ApostólicaNovo millennio ineunte que tuvo lugar en Roma. Éstas son sus palabras: «La naturaleza jerárquica del Opus Dei, que se establece en la Constitución Apotólica en la que he erigido la Prelatura (Cfr. Const. Ap. Ut sit , 28-XI-1982), ofrece un punto de partida para consideraciones pastorales ricas en aplicaciones prácticas.

Deseo subrayar especialmente este punto: la pertenencia de los fieles laicos -tanto a la propia Iglesia particular como a la Prelatura a la que se han incorporado- hace que la misión peculiar de la Prelatura confluya en el mismo empeño evangelizador de cada Iglesia particular.»

Fidelidad heroica

 
Y nuestras acciones de gracias se dirigen, como no, a San Josemaría. Fue su constante fidelidad heroica de instrumento, ese saber hacer suya la voluntad de Dios en todo momento, lo que hizo posible el nacimiento y desarrollo del Opus Dei.

Decía San Josemaría con gran humildad que Dios puede escribir con la pata de una mesa, y que para mostrar que la Obra era suya le escogió a él como instrumento. Aquí vemos hacerse realidad aquellas palabras del Evangelio: “Es necesario que él crezca y yo disminuya.” (Juan 3, 30)

Los japoneses y san Josemaría

Nosotros los japoneses tenemos un especial deber de dar gracias a San Josemaría porque deseó y no escatimó esfuerzos para que la Obra que le había confíado Dios llegara cuanto antes al Japón, que desde Europa está en el Lejano Oriente. Vemos en esto una señal de su predilección por el Japón. Desde su juventud deseó San Josemaría ir como misionero al Japón. Incluso después de la fundación del Opus Dei tuvo la “tentación” de venir a evangelizar en el Japón.

En Camino, su primer libro y el más leído, queda constancia de este sueño suyo: «Misionero. -Sueñas con ser misionero. Tienes vibraciones a lo Xavier: y quieres conquistar para Cristo un imperio. -¿El Japón, China, la India, Rusia..., los pueblos fríos del norte de Europa, o América, o Africa, o Australia? -Fomenta esos incendios en tu corazón, esas hambres de almas. Pero no me olvides que eres más misionero "obedeciendo". Lejos geográficamente de esos campos de apostolado, trabajas "aquí" y "allí": ¿no sientes -¡como Xavier!- el brazo cansado después de administrar a tantos el bautismo?» (n. 315)

El fundador del Opus Dei, mientras trabajaba silenciosamente en Roma, confió a sus hijos la labor del Japón. En 1958, respondiendo a la petición del entonces arzobispo de Osaka, Mons. Taguchi, don José Ramón Madurga empezó la labor en el Japón, donde hay tan pocos católicos. Quizá por eso siguió sus pasos, y de los que le siguieron, con oración encendida y palabras de ánimo que les envíaba continuamente.

San Josemaría y el sueño del Japón

 
No pudo San Josemaría hacer realidad su sueño de ir al Japón, pero sabemos muchos detalles de su celo por nuestro país. Todos los días le llegaban al Fundador cartas de todo el mundo, pero si entre ellas se encontraba alguna del Japón, la leía en primer lugar.


Esta costumbre suya nos permite entrever su cariño por el Japón.

También, un par de horas antes de morir, en un encuentro con sus hijas les encareció que rezaran por las gestiones que se estaban realizando para poner en marcha un colegio en Nagasaki.

¿Cómo podemos nosotros corresponder hoy, con ocasión de su canonización, a todas estas muestras del amor de San Josemaría por nuestro país? Me parece que con dar gracias no basta. Este sentimiento agradecido hemos de traducirlo en obras, cada uno en su lugar y en sus circustancias de vida. ¿Por qué esta predilección de San Josemaría por el Japón? Una de estas razones es sin duda la diligencia de los japoneses, su fervor y esmero en el trabajo.


San Josemaría repitió durante toda su vida el mensaje de “santificar el trabajo, santificarse en el trabajo y santificar a los demás a través del trabajo.” Y los japoneses se encuentran en una situación privilegiada para llevar a cabo este mensaje. Enseñaba San Josemaría que no se trataba sólo del trabajo remunerado económicamente, sino también del trabajo del ama de casa, de todo trabajo realizado con perfección humana y con delicadeza, y que para los enfermos, la enfermedad es el trabajo que han de santificar.

La enseñanza de San Josemaría de “santificar a los demás a través del trabajo”, aunque dirigidas a todos, se puede decir que tienen especial resonancia para los laicos. Así lo muestran las siguientes palabras de Juan Pablo II del 17 de marzo de 2001:

«Los laicos -en cuanto fieles cristianos- deben llevar a cabo un apostolado misionero. Cada uno, en su trabajo profesional concreto dentro del ámbito de las actividades humanas, es un instrumento en el que Dios confía para que “el anuncio de Cristo llegue a las personas, modele las comunidades e incida profundamente mediante el testimonio de los valores evangélicos en la sociedad y en la cultura” (Novo millennio ineunte, 29). De este modo pueden poner sus conocimientos profesionales al servicio de esas nuevas fronteras, de esos nuevos desafíos con los que se encuentra la presencia salvífica de la Iglesia en el mundo.»

Lanzarse a aventuras apostólicas audaces

 
El Santo Padre nos anima con las siguientes palabras: «Es tiempo de apartar cualquier tipo de temor, tiempo de lanzarse a aventuras apostólicas audaces. Duc in altum! (Lc 5,4): la invitación de Cristo nos estimula a seguirle, a fomentar sueños ambiciosos de santidad personal y de fecundidad apostólica.

Ciertamente, el apostolado es siempre sobreabundancia de la vida interior; pero también es acción; acción sostenida por la caridad. Y la fuente de la caridad se encuentra siempre en la dimensión más íntima de cada persona, allí donde se escucha la voz de Cristo, que nos llama a que le sigamos. Acoged en vuestra alma esta llamada de Cristo a corresponderle con mayor generosidad cada día.»


Vamos a acudir a la intercesión de San Josemaría para que, siguiendo estas palabras del Santo Padre, sepamos escuchar esta llamada de Cristo y ponerla en práctica con obras.

San Josemaría, a quien tantos llaman Padre, decía, aplicándoselo a sí mismo y a los padres y madres de familia, que su función empieza antes de que nazcan los hijos, la ejercen durante toda la vida de éstos, y han de continuarla también desde el Cielo. Vamos a pedirle a San Josemaría que como buen padre interceda por nosotros.



San Josemaría, escucha las oraciones que te dirigimos. Te damos gracias por esa fidelidad a la voluntad divina con que supiste se hiciera realidad en este mundo esa obra de Dios que es el Opus Dei.

Ayúdanos a ser buenos instrumentos para que, respondiendo a la llamada de Dios, sepamos hacer realidad el reino de Dios en el mundo a través del cumplimiento fiel de nuestras ocupaciones diarias.

Guíanos como buen padre a los que estamos aquí reunidos para celebrar tu canonización.

San Josemaría nos dejó una buena fórmula para poner en práctica nuestra misión. “Todos con Pedro a Jesús por María”. Y vamos a continuar esta misa de acción de gracias pidiendo a Santa María, estrella del mar, estrella del Oriente, para que el espíritu de San Josemaría llegue a todos nuestros parientes, amigos y conocidos que desde el Japón están unidos a esta canonización, y a todos los japoneses.
Así sea.

Homilía pronunciada por S.E.R. Mons. Peter Takaaki Hirayama durante la Misa de acción de gracias para los participantes de Japón
Iglesia de S. Girolamo della Carità
Martes, 8 de octubre



 

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