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Margareth Emy Tanioka, de São Paulo, Brasil

Cooperadora del Opus Dei



El día más feliz de mi vida

Margareth Emy Tanioka es analista de sistemas. Hija de japoneses y vive con su marido en São Paulo, Brasil. Contaba:

"Durante un curso de computación, aprovechando un intervalo de clase, hablé con una de mis compañeras de mis preocupaciones. Me hacía muy infeliz ver que con frecuencia en mi profesión sólo se da importancia al dinero. Ella me habló del verdadero sentido de mi trabajo, de la posibilidad de hacerlo por Dios.

Yo casi no conocía nada de Dios y menos aún del Dios de los católicos. Le hice muchas preguntas.

Me dejó un libro sobre la fe, y a medida que lo iba leyendo, apuntaba mis dudas y las aclaraba en nuestros encuentros semanales. Comencé a rezar y recibí la gracia de la fe.

Me bauticé a los 30 años y fue el día más feliz de mi vida.

Me ha dado alegría colaborar en la instalación y puesta en marcha de Elca, una escuela para la capacitación profesional de gente joven.

 


San Josemaría, en Es Cristo que pasa: Una siembra de paz y de alegría

¿Qué hacer? Os decía que no he procurado describir crisis sociales o políticas, hundimientos o enfermedades culturales. Con el enfoque de la fe cristiana, me vengo refiriendo al mal en el sentido preciso de la ofensa a Dios. El apostolado cristiano no es un programa político, ni una alternativa cultural: supone la difusión del bien, el contagio del deseo de amar, una siembra concreta de paz y de alegría. Sin duda, de ese apostolado se derivarán beneficios espirituales para todos: más justicia, más comprensión, más respeto del hombre por el hombre.

Hay muchas almas alrededor de nosotros, y no tenemos derecho a ser obstáculo para su bien eterno. Estamos obligados a ser plenamente cristianos, a ser santos, a no defraudar a Dios, ni a todas esas gentes que esperan del cristiano el ejemplo, la doctrina.

Nuestro apostolado ha de basarse en la comprensión. Insisto otra vez: la caridad, más que en dar, está en comprender. No os escondo que yo he aprendido, en mi propia carne, lo que cuesta el no ser comprendido. Me he esforzado siempre en hacerme comprender, pero hay quienes se han empeñado en no entenderme. Otra razón, práctica y viva, para que yo desee comprender a todos. Pero no es un impulso circunstancial el que ha de obligarnos a tener ese corazón amplio, universal, católico. El espíritu de comprensión es muestra de la caridad cristiana del buen hijo de Dios: porque el Señor nos quiere por todos los caminos rectos de la tierra, para extender la semilla de la fraternidad –no de la cizaña–, de la disculpa, del perdón, de la caridad, de la paz. No os sintáis nunca enemigos de nadie.

El cristiano ha de mostrarse siempre dispuesto a convivir con todos, a dar a todos –con su trato– la posibilidad de acercarse a Cristo Jesús. Ha de sacrificarse gustosamente por todos, sin distinciones, sin dividir las almas en departamentos estancos, sin ponerles etiquetas como si fueran mercancías o insectos disecados. No puede el cristiano separarse de los demás, porque su vida sería miserable y egoísta: debe hacerse todo para todos, para salvarlos a todos (1 Cor IX, 22.).

¡Si viviésemos así, si supiésemos impregnar nuestra conducta con esta siembra de generosidad, con este deseo de convivencia, de paz! De ese modo se fomentaría la legítima independencia personal de los hombres; cada uno asumiría su responsabilidad, por los quehaceres que le competen en las labores temporales. El cristiano sabría defender antes que nada la libertad ajena, para poder después defender la propia. Tendría la caridad de aceptar a los otros como son –porque cada uno, sin excepción, arrastra miserias y comete errores–, ayudándoles con la gracia de Dios y con delicadeza humana a superar el mal, a arrancar la cizaña, a fin de que todos podamos mutuamente sostenernos y llevar con dignidad nuestra condición de hombres y de cristianos.


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