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Mi experiencia como supernumeraria en el Opus Dei

Isabel Terán: comienzos del Opus Dei en Costa Rica



Conocí a doña Isabel en su casa de Costa Rica, durante un viaje por Centroamérica en 1995. Mons. Rodríguez Pedrazuela recogió esa entrevista en su libro de memorias Como un mar sin orillas.

Doña Isabel hablaba con la fuerza de los pioneros. Era una de las primeras mujeres del Opus Dei en Costa Rica. Su marido había fallecido recientemente y con frecuencia se refería a él, evocando nostalgias y recuerdos.


Comenzamos a hablar de su encuentro con el Opus Dei. Parecía –y lo era- una persona con inquietudes desde muy joven:

“Ésa es la palabra: ¡inquietudes! ¡Eso es lo único que entonces tenía yo...! Porque nunca me habían pedido más de lo que hacía... ¡y yo creía que ya hacía bastante!

En aquel tiempo llevaba pocos años de casada. Mi marido era un hombre buenísimo; un vasco fortote, recio, bueno, con un corazón así de grande y mucho carácter... como yo. Pero en ningún sitio me exigían lo suficiente. Como si se conformaran con que fuera buenecita...Y yo sentía que Dios esperaba más de mí... pero no sabía qué era. Mientras tanto, procuraba ayudar a todo el que llamaba a mi puerta.

Por eso, cuando el 29 de agosto de 1959 -era sábado, no me olvidaré- me llamó un sacerdote por teléfono, pensé: '¡lo que faltaba!: ¡uno más, que viene a pedirme cualquier cosa!' Y quedamos el lunes siguiente, día 31, a las diez de la mañana. La verdad, al principio, no le hice demasiado caso... Llegó, me dijo que se llamaba José Luis Masot, y le dije que me contara rápido qué venía a pedir, porque tenía poco tiempo: estaba escribiendo un artículo -entonces en el periódico no exigían ni cédula ni nada-, y me urgía acabarlo, porque la ministro de Educación, Estela de Quezada, quería dictar unas medidas contrarias a la libertad de enseñanza.

Entonces don José Luis comenzó a hablarme con una elegancia, con una suavidad, con una amabilidad tan costarricense (¡qué inteligente debe ser el Fundador -decía mi madre- para enviar este sacerdote a Costa Rica! porque parecía talmente de aquí por la forma de ser) que me sorprendió. Me dijo que era de Mallorca, que era del Opus Dei, que había llegado el día 8 a San José, y que había estado viviendo con el Arzobispo hasta que se nos murió de repente, por infarto, el 22 de agosto.

Don José Luís tuvo que ocuparse de todo: ayudó a amortajarlo, estuvo pendiente de las exequias, y como es costumbre que en esos casos se cierre el Palacio Arzobispal, se había ido a vivir a una pensión con otros sacerdotes. Y acababa de llegar, el día 24, otro sacerdote del Opus Dei, don Fernando Sáenz, que estaba con él en la pensión...

Yo le escuchaba un poco nerviosa porque tenía que escribir el artículo del periódico, pero lo del Opus Dei me intrigó. Y él seguía:

-...Y me dijo Monseñor Odio, doña Isabel, que quizá usted podría ayudarnos a buscar una casa que nos sirviera para instalar una residencia...

-Perdone -le corté yo- pero ¿qué es eso del Opus Dei?

Me lo explicó, y siguió hablándome de la futura residencia. Yo le iba poniendo dificultades: '¡Uy! Aquí la gente no va a reaccionar! ¡Eso que usted me cuenta no cuajará en Costa Rica! Y le escuchaba, aparentemente, como el que oye llover -ésa fue la impresión que se llevó-, pero por dentro el espíritu del Opus Dei me impresionó de tal modo, que me dije: 'Ay, ay, ay... ¡Esto es lo que andabas buscando, Isabel!'

-Si lo que le interesa -le dije- es ayuda económica, yo podría ayudarle con...

-No; -me contestó- no es ayuda económica lo que venía a pedirle. En el Opus Dei nos interesan las almas, una a una. En concreto... la de usted.

Aquello, dicho tan a las claras, tan en directo, me gustó; yo quiero que me digan las cosas así: de frente y a la cara. Y me fue explicando que además de dar, era yo la que debía darme a Dios y a los demás; me dijo que podía ser santa en la vida ordinaria, me habló del matrimonio como un camino de santidad y me aconsejó que tratara a los Ángeles Custodios... ¡Los ángeles! ¡Nadie me había vuelto a hablar de los ángeles desde que salí del colegio!

Cuando nos despedimos le dije que procuraría ayudarle en la búsqueda del terreno, y me quedé dando vueltas. Uf... aquello me comprometía; no como antes, que daba una limosna y me olvidaba... ¡Santos en el mundo! ¡Contemplativos en medio de la calle, en el propio trabajo! ¡El matrimonio, camino de santidad! ¡El Opus Dei! ¡Eso era lo que buscaba yo! ¡Que me exigieran, que no se conformaran con que fuera buenecita!

Aunque, cuando me paraba a pensar, me preguntaba: ¿realmente, Isabel... es eso lo que buscas tú? Porque del dicho al hecho...



Poco tiempo después...

Poco tiempo después me dijo mi confesor: 'me han destinado a Honduras, doña Isabel, así que tendrá que buscarse otro director espiritual'. Vaya contrariedad... Fui a la catedral y vi a don José Luis Masot sentado en un confesonario. Estuve dudando... porque yo quería que me exigieran y... ¡que no me exigieran al mismo tiempo! Quería las rosas, pero sin las espinas... Gracias a Dios, al fin decidí dirigirme espiritualmente con don José Luis, que me propuso un plan intenso de vida cristiana.

Poco después, el 7 de septiembre, se alquiló el primer centro del Opus Dei en San José, 50 varas al sur de la Pulpería de la Luz, y don José Luis y don Fernando vinieron a visitarme: 'doña Isabel, queremos organizar unos ejercicios espirituales. ¿No podría convidar a alguna amiga suya?'

-'Con mucho gusto', les dije, y acto seguido agarré el teléfono y el directorio, y entre una señora y yo reunimos a unas catorce amigas y conocidas nuestras. El martes empezó el Retiro, que me impactó muchísimo; y al día siguiente, miércoles, me planteé pedir la admisión en el Opus Dei. ¿Por qué no? ¡Si estaba requeteconvencida que aquella era mi camino! Para qué esperar? Recé y me decidí.

¡Ahora doy tantísimas gracias a Dios! ¡He visto crecer el Opus Dei por toda Centroamérica y el espíritu de la Obra me ha ayudado tanto a lo largo de mi vida! Cuando era una casada joven, llena de proyectos, y ahora, viuda... Mi marido murió hace unos años y le echo tanto de menos... Siempre respetó mi llamada y fue muy bueno y muy generoso con el Opus Dei. Además, ¡nos entendíamos tan bien, con aquel geniote de puro vasco que tenía!

Pero estaba contando como se desarrolló el Opus Dei en Costa Rica. En 1960 llegaron las primeras mujeres del Opus Dei. ¡Con qué ilusión fuimos a recibirlas aquella noche al aeropuerto!

¡Qué regalazo, verdad!

Tres años después, como tengo familia en Europa, estuve allí durante una temporada y aproveché el viaje para conocer al Padre. Recordaré esa visita durante toda mi vida. Estuvimos hablando con gran sencillez, porque como lo vi tan humano, tan Padre, me inspiró muchísima confianza. 'Ay, Padre -le dije-, tengo una gran preocupación'. 'Sí, hija mía, ¿qué te preocupa?' 'Pues que no vaya a ser fiel, porque como soy tan rebelde...'

Era verdad. En el Opus Dei nos ayudan a tratar a Dios, a querer y comprender a los demás, a hacerlo todo por amor; pero no nos cambian el temperamento. Y yo tenía -y sigo teniendo- un genio que... Entonces el Padre comenzó a hablarme de la devoción a la Virgen y me aconsejó que me apoyara siempre en Ella. Y con una mirada llena de comprensión me aseguró:

-Pero no te preocupes: tú serás fiel. Y si algún día te viene esa preocupación a la mente, acuérdate de que yo, el Padre, te lo he dicho: ¡tú serás fiel!

¡Qué don de Dios más grande! ¡Qué regalazo! ¿Verdad? "

 

 


 

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