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Martine Liminski
Experiencia de
una supernumeraria francesa del Opus Dei


Dios me concedió la gracia de conocer el Opus Dei y a su fundador, Monseñor Escrivá, en 1969. Me estaba preparando para mi examen de Selectividad cuando el profesor de alemán preparó un intercambio con una clase de Bonn, Alemania.

En esa clase había algunos jóvenes que eran supernumerarios de la Obra. Su fe, su alegría y su ideal me fascinaron de inmediato.

Eso me hizo plantearme muchas preguntas en mi interior que había ido postergando, puesto que el entorno en el colegio, con mis amigos y en el seno de mi familia ya no me permitían encontrar soluciones o tomar nuevas decisiones.


Me crié en una familia de cinco hermanos. Mi padre no era creyente, pero fue un gran ejemplo de virtudes. Su lealtad, su humildad, su honestidad, su solidaridad, su sentido del deber, de la responsabilidad, y sobre todo, su amor por el trabajo bien hecho, de forma competente, sin buscar el aplauso de nadie, por espíritu de servicio, me prepararon mucho para comprender y amar el espíritu de la Obra: la santificación del trabajo y de las circunstancias ordinarias.

Mi madre, que era creyente, me dio, con frecuencia y con mucha valentía, la posibilidad de seguir el catecismo y el acceso a los Sacramentos. Tuve también la oportunidad de conocer a un sacerdote muy piadoso y con mucho carisma, que me preparó para renovar el Bautismo y el sacramento de la Confirmación.

En un internado laico, resultaba muy difícil afirmar que era creyente, pero recuerdo haber llorado muchas veces por las noches al renovar mi fe en Dios a través de la oración.

Sucedió un acontecimiento un tanto extraordinario que me hizo darme cuenta de golpe de que Dios tenía planes más ambiciosos para mi vida. Estaba un día, esperando a unos jóvenes alemanes a la salida de una capilla, cuando escuché que alguien estaba tocando el órgano. Esa tocata de Bach me conmocionó. Sólo podía pensar en una cosa: “puedes dar mucho amor, hacer grandes cosas. Sólo sigue mi camino”. Estallé en llanto y después de una larga conversación muy reconfortante con quien más tarde sería mi marido, volví a la iglesia donde el organista estaba tocando Jesús, conserva mi alegría.

Estaba invadida por una gran tranquilidad y por el sentimiento de que Dios me había tomado de la mano. Ya sabía qué camino iba a seguir. Poco después, con la ayuda de un sacerdote de una pequeña parroquia de Nantes, que conocía el espíritu de la Obra, retomé una vida de oración intensa. Ese mismo sacerdote celebró la Misa de mi boda.

A partir de ese momento, gracias a las lecturas y a la oración, me di cuenta de que ése era el camino que estaba buscando desde hacía tanto tiempo. Mis estudios se intensificaron aún más. Cada instante tenía una gran importancia. Dios estaba presente en todo momento y yo le dejaba participar, dirigir mi jornada. Después de la estabilización de mi situación material, profesional y privada, tuve la gran alegría de solicitar la admisión en la Obra.

El espíritu de la Obra, un gran don de Dios gracias a la generosidad y obediencia de Monseñor Escrivá, ha impregnado todas las circunstancias de mi vida. Cada trabajo, incluso el más banal o el más desagradable, tiene un valor eterno ante Dios. Es una ocasión única de demostrar a Dios mi amor por Él y por cada persona que me hace conocer.

En mi trabajo diario como ama de casa, cada camiseta o camisa planchada tiene un nombre, el de su dueño. Cada comida preparada con amor y dedicación tiene a personas concretas reunidas alrededor de la mesa y por todos ellos, esos pequeños trabajos hechos con amor y espíritu de sacrificio son grandes oraciones. Humanamente, proporciona un gran sentimiento de satisfacción y una ocasión única para demostrar un poco de amor y comunicar ese espíritu de servicio gratuito. Nadie reconoce a menudo el trabajo del hogar, pero Dios sabe cuánto amor se pone. Lo que importa no es ya la perfección del resultado para que los demás lo juzguen. Lo que importa es ser un buen instrumento para hacer sentir a los demás que Dios está ahí y que les ama precisamente a través de nosotros.

En situaciones más difíciles, como la aceptación de los embarazos y nacimientos, Dios me ha acompañado siempre gracias a unas palabras reconfortantes aunque exigentes de Monseñor Escrivá: “bendito sea el dolor, santificado sea el dolor, glorificado sea el dolor”.

Sus escritos siempre me han ayudado a encontrar la visión sobrenatural de los acontecimientos, incluso de los más incomprensibles. Ha sido a menudo, a través de su biografía y sus escritos, una ayuda clara para vivir esa sencillez de los hijos de Dios.

Cuando las críticas de las personas de mi entorno se hacían demasiado duras y humillantes, me fortalecía con la oración y la certeza de que Dios estaba conmigo en las circunstancias que se me habían confiado y que dichas circunstancias eran el medio único de crecer hacia la santidad. Cuando las dificultades en la educación se hacían demasiado pesadas y la duda se apoderaban de mí, me sostenía la certeza de que Dios se servía de esas circunstancias para ayudarme a creer en las virtudes humanas y que necesitaba todos esos sacrificios, dolores y acciones para hacer milagros.

La enseñanza de Monseñor Escrivá me ayudó a descubrir el tesoro oculto del sacrificio que nadie puede ver y que nadie sabrá nunca. Cada circunstancia os una oportunidad para crecer en la confianza en Dios, que es un Padre que recopila todas las notitas en las qúe uno de sus hijos ha escrito cuánto le ama.

Así me fue posible cerrar el círculo entre la vida de oración y las circunstancias ordinarias del trabajo y disfrutar las ventajas de un sentimiento de unidad de vida. Rezar con uno o varios de mis hijos sobre mi regazo, esforzarme por asistir a Misa y encontrar así todos los valores, aprovechar cada instante para encontrar al Señor gracias a las pequeñas normas de piedad, ofrecer el cansancio de calmar a un niño que llora, eso también se hace siempre en presencia de Dios.

El trabajo de una madre

El trabajo de una madre es sin duda uno de los trabajos con más espíritu de sacrificio y de servicio por amor. Pero es también ahí donde resulta más fácil vivirlo, puesto que se trata de quienes más queremos en el mundo. Es preciso tener paciencia y humildad para no querer obtener resultados inmediatos o concretos de la oración o del trabajo de uno, sino aprender también a dejar a Dios la última palabra.

Se trata de aprender el amor sin condiciones con la certeza de que Dios pone el resto si hemos sido generosos. ¡Qué oportunidad en una sociedad en la que todo el mundo espera ser premiado o remunerado por cada uno de sus gestos! ¡Qué oportunidad de poder, en cada situación, incluso en las más desesperadas, ofrecer cada esfuerzo, cada dolor, cada alegría, teniendo la certeza de que Dios no espera nada más para continuar su Obra!

La Cruz deja de ser un castigo personal y se convierte en una oportunidad. Las enfermedades, los accidentes, la falta de reconocimiento, las dificultades de todo tipo son más llevaderas. Ver a los demás con sus errores y sus faltas, con los ojos de Cristo, ofrece otra perspectiva. Siempre me fue más fácil así, y aún sigue resultánclome más fácil así ver con mayor claridad lo que Dios espera personalmente, ahora, de mí: una ocasión muy íntima de seguirle y de mostrar el camino a los demás
.
Todas las circunstancias, todas las profesiones honestas, incluso las que todavía no existen, pueden ser una forma de encuentro personal con Dios. No es preciso esforzarse en extremo o crear ciertas circunstancias para vivir el espíritu de la Obra. Basta con ser flexible para tomarse siempre la molestia de afrontar las circunstancias buscando a Dios. No hay situaciones tipo o fijas. Las posibilidades que Dios nos ofrece son infinitas.

A decir verdad, mi vocación a la Obra no ha cambiado en absoluto ninguno de los datos de mi biografía, pero no hay duda de que lo ha cambiado todo. Se han impregnado de un sentido, de una dimensión eterna, sin dejar de tener repercusiones humanas bien concretas.

Al educar a los diez hijos que Dios nos ha confiado, no he cambiado el rostro del mundo pero, por mi parte, con los pequeños y grandes sacrificios hechos en el momento preciso, con todo el amor que Dios me da, sí cambia todo para cada persona. Si miro un poco hacia atrás, puedo decir que incluso los errores o las malas decisiones tienen sentido si los pongo en manos de Dios. Ningún premio, ninguna remuneración, incluso ser a menudo acusada y cuestionada y a la vez haber aprendido a hacer todo por amor a los demás y también por amor a Dios, eso es lo que el espíritu de la Obra ha inscrito en mi trabajo y mi vida. Y eso es lo que fundamenta también mi inmensa gratitud hacia Monseñor Escrivá de Balaguer.


 

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