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Myriam de Tinoco, madre de familia venezolana supernumeraria del Opus Dei, invidente


 

El fundador del Opus Dei estuvo en América del Sur desde el 22 de mayo al 31 de agosto de 1974. Recorrió seis países: Brasil, Argentina, Chile, Perú, Ecuador y Venezuela. En este último país tuvo un encuentro con miles de personas.

Una madre de familia invidente se levantó entre los asistentes y le preguntó como podía vivir su fe cristiana en su situación. Años después, recordaba ese encuentro en una entrevista en televisión.

Fotografía: orquídea venezolana


“Apenas empecé, me dijeron: “habla Miriam, que te va a atender”, escuché el fogonazo de la linterna y me sentí, al escuchar “Hija mía”, como que estaba sola con él y que las cinco mil o tantas personas que habían allí no contaban.

Le dije que había perdido la vista hacía diez años y entonces me contestó:

-Hija mía, no has perdido la vista: ¡ahora ves mejor!

-Durante ese tiempo de diez años -le dije- he tenido tres hijos que son mi tesoro, y aunque no los pueda ver con la luz de mis ojos, los veo con la luz de mi corazón.

Entonces me respondió:

-Hija mía, eres doblemente madre.

Yo quería preguntarle algo así como: “Padre, ¿qué puede hacer una persona inválida de cualquier tipo para hacerle ver a los demás que la enfermedad es un tesoro que Dios nos da y para comunicarles que cuando se ama a Dios, lo demás no importa? ¿Qué puedo hacer que se sientan felices, sabiendo de que Dios los ama…?” Pero él ya había comenzado a hablarme de amor a la Voluntad de Dios:

-Hágase –me fue diciendo- cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la Justísima y Amabílisima Voluntad de Dios sobre todas las cosas. Amén. Amén. Amén.”

Cuando me llamó “Hija mía” sentí una profunda alegría. Era tan tierno, tan cariñoso, tenía tanto sentimiento de padre… Él solía decir que era padre y madre a la vez.

Le puedo decir que esa respuesta -“No has perdido la vista, ahora ves mejor”- que me dio el Padre ha tenido un señalamiento muy grande en mi vida, porque a través de estos años he crecido interiormente muchísimo y estoy convencida de que lo único que uno tiene que ver realmente es a Dios.

Lo demás no importa; si uno no ve a Dios, de nada le sirven los ojos, los oídos, la lengua, los sentidos en general. Cuando me dijo que yo veía mejor, yo ya intuí que era por eso, y que tenía que pedir al Espíritu Santo los siete dones, los frutos, especialmente el don de piedad y el don de temor, que me han ayudado muchísimo durante todos estos años.

Yo, como supernumeraria, creo que si no hubiera tenido ese llamado de Dios al Opus Dei, a lo mejor sí, a lo mejor hubiera sido muy buena, muy cristiana, como era yo antes, siempre piadosa, siempre yendo a misa y todas esas cosas, comulgando, confesándome con frecuencia, pero… no en la forma que produce el tener una vocación específica al Opus Dei.

A lo mejor, para las personas que no creen en Dios o que tienen una fe débil, estas palabras -“No has perdido la vista, ahora ves mejor”-, no significarán mayor cosa, pero para mí han sido algo que ha trazado en mi vida como un camino ascendente para todos los días de mi vida; me han ayudado de una manera muy especial en mi vida interior.

Por eso, aquel encuentro fue inolvidable; fue vivir unos momentos muy profundos y alegres, llenos de un gozo y de una caridad muy grande. Fue un gran don, porque era plenamente consciente de que estaba delante de un santo.


 

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