Tomás Alvira



Transcribo algunos párrafos de la entrevista de la revista Palabra a uno de los hijos de Rafael Alvira, que habla de la personalidad humana y espiritual, y del pensamiento de este ilustre pedagogo español, supernumerario del Opus Dei , a raíz de la publicación de una biografía, escrita por Antonio Vázquez, titulada: Tomás Alvira, una pasión por la familia, un maestro de la educación.

"Tomás Alvira fue una de las figuras más relevantes de la pedagogía española del siglo XX: doctor en Ciencias por la Universidad de Madrid, catedrático del Instituto "Ramiro de Maeztu" en el que trabajó desde su fundación, Vicedirector del Centro Experimental del ICE de la Universidad Complutense, y director de la Escuela Universitaria de Profesorado de Fomento de Centros de Enseñanza...

Uno de sus nueve hijos, Tomás, sacerdote del Opus Dei, da su opinión sobre esta biografía.

-Pienso que son los lectores, especialmente los que no le conocieron, quienes tienen la última palabra, porque es lógico que sus amigos, y especialmente mis hermanos y yo no le encontremos "retratado" por completo en estas trescientas páginas. Y nos sucedería lo mismo si el libro tuviera tres mil...

-¿Eso significa que está en desacuerdo con la imagen de su padre que muestra Vázquez?

-No, todo lo contrario: me parece un perfil biográfico, una semblanza muy ajustada con la realidad. Sólo deseaba subrayar que cualquier vida humana excede los márgenes de una biografía; que cada hombre, cada mujer, es siempre mucho más que una "historia", que una narración o una suma de sucesos.

-Entonces, ¿cómo valora el libro?

-Me parece especialmente valioso porque el autor, además de biógrafo, ha sido testigo de treinta años de su vida; y pocos cuentan, al empezar a escribir sobre una persona, con un bagaje de información tan rico y con un conocimiento tan directo. Él mismo autor reconoce, al comienzo de la biografía, "que la vida es un misterio que sólo Dios conoce en su verdadera realidad". Por eso, ha preferido mostrar las claves fundamentales de la existencia de mi padre, indagando en las "razones últimas" que le movían actuar de un determinado modo.

-¿Está de acuerdo con las "razones últimas" que establece la biografía?

-En lo sustancial, sí; y mis hermanos, cada cual con sus propios matices, coinciden también. Mi padre era, como se señala en el subtítulo, un apasionado de la familia y un maestro de la educación. Y sobre todo, un cristiano profundamente enamorado de Dios. El libro muestra la huella de santidad que ha dejado su vida en tantas personas. Ese amor intensísimo a Dios explica su vivir: sus ideales, su intimidad familiar, su trabajo como educador, su fidelidad a la llamada que Dios le hizo en el Opus Dei, como supernumerario, para santificarse en el matrimonio, con su mujer y sus hijos....

-Podríamos comenzar hablando de su vida familiar.

-Le contaré sólo un detalle sobre la intensa compenetración y sintonía de mis padres. Suele decirse que el amor se acrisola en la medida en que dos personas envejecen juntas. En el caso de mis padres fue al revés: rejuvenecieron espiritualmente juntos, unidos por un amor a Dios cada vez más hondo, con el paso de los años. Esta fue la dedicatoria que le puso a mi madre, en el dorso de una fotografía, cuando cumplió los ochenta: "¡80 años! Sin tí, sin tu ayuda callada, no hubiera llegado a esta edad en plena juventud. Al mirar hoy hacia atrás -sólo por un momento- te veo a ti y a nuestros nueve hijos. ¡Cuánta felicidad nos ha dado Dios! Gracias Paquita. Un abrazo. Tomás."

No es frecuente que una persona de esa edad afirme, con tanta fuerza y convencimiento, que se encuentra en plena juventud espiritual. Pero así fue.

-¿Cúal fue la causa?

-Sin duda alguna, su progresiva identificación con Cristo, su entrega sin reservas al servicio de la Iglesia en el Opus Dei. Tuvo la alegría, además, de que Dios concediera esa misma llamada a mi madre, como supernumeraria; y a sus ocho hijos como fieles de la Prelatura. Fuimos nueve en total; pero el mayor, Josemaría, falleció cuando era muy pequeño, a los cinco años. Amó y respetó siempre las exigencias de nuestra llamada, aunque significara en algunos casos la separación física, porque veía en ella la Voluntad de Dios.

Y cuando, por exigencias de esa llamada, un hijo salía del hogar para vivir en un centro de la Obra, le alentaba a ser muy fiel a su vocación, del mismo modo en que él se había esforzado en ser fiel a la suya, santificando sus deberes familiares y profesionales, viviendo siempre en su hogar, pues mi padre nunca vivió en un centro del Opus Dei.

El autor recoge en el libro un comentario que le hizo al final de su vida: "Con mis años y mi experiencia puedo decirte que mis ocho hijos viven con más intensidad los avatares de sus padres que si vivieran con nosotros. Si estuvieran casados, aunque fueran muy buenos hijos, tendrían mil urgencias de la familia que habrían constituido que acapararían su atención".

-Recoge también un comentario sorprendente: su padre afirmaba que era "la persona a la que más tiempo se le había hecho esperar para pedir la admisión en el Opus Dei"...

-Lo decía medio en broma, medio en serio. Quizá haya habido otra persona en el mundo a la que se le haya hecho esperar más; lo ignoro. Para entender los motivos de esa espera hay que tener en cuenta algunos datos de la historia de la Iglesia y de esa "partecica de la Iglesia", en palabras del Beato Josemaría Escrivá, que es el Opus Dei.

Mi padre conoció al Fundador a primeros de septiembre de 1937, en Madrid, en plena guerra civil, en la pensión donde vivía su amigo José María Albareda. El Fundador tenía treinta y cinco años; mi padre, treinta y uno; el Opus Dei había nacido nueve años antes. Eran los comienzos. Hablaron durante un cuarto de hora, y al terminar, ya en la puerta de la calle, el Fundador le preguntó: "-¿Dónde vas?" Mi padre le respondió: "-Adonde usted vaya".

Esa respuesta, en aquella tarde que marcó su existencia, compendia simbólicamente el sentido de su vida. Aunque tuvo que esperar años para que fuera posible su incorporación al Opus Dei desde el punto de vista jurídico, procuró vivir desde entonces con fidelidad las enseñanzas del Beato Josemaría, esforzándose por santificar sus deberes familiares. Mis padres se casaron dos años después, nada más acabar la guerra, en junio de 1939.

Esa palabra -fidelidad- le retrata y le define: fue un hombre fiel en todos los aspectos. Fiel al querer de Dios. Fiel a sus deberes de estado. Fiel a sus obligaciones como padre de familia. Fiel a las exigencias su entrega en el Opus Dei. Fiel al Fundador. "Tu padre ha sido siempre muy fiel -me dijo en una ocasión, en Roma, el Beato Josemaría-, muy leal". Estoy convencido de que Dios le dio una luz especial desde 1937 para comprender lo que le había dicho el Fundador del Opus Dei: que podía ser santo en el Opus Dei, formando una familia, en el matrimonio.

Desde aquel momento entendió que Dios quería que se entregara por completo a su servicio, viviendo en su hogar, santificándose con su esposa y sus hijos, convirtiendo su casa en una escuela de virtudes humanas y sobrenaturales, en una verdadera iglesia doméstica.

-Entonces, ¿por qué tuvo que esperar tanto?

-¡Eso mismo se preguntaba él! "-Y lo mío, ¿cuando?" -le decía al Beato Josemaría, que le contestaba que lo "suyo" -ser supernumerario del Opus Dei- era un querer de Dios que se haría realidad con el tiempo en la vida de miles de personas -como ha sucedido-; pero entonces -le explicaba-, a finales de los años treinta y a comienzos de los cuarenta, la Iglesia no contaba todavía con el marco jurídico adecuado.

Tuvo que esperar hasta 1947. Ese año se dio un primer paso. Aunque la Santa Sede no permitió todavía la incorporación jurídica de las personas casadas al Opus Dei, les abrió la puerta desde un punto de vista espiritual, como hombres y mujeres "que procuran vivir el espíritu y apostolado de la Institución sin incorporarse a ella por un vínculo jurídico".

El año siguiente el Fundador encontró la solución canónica para hacer posible esa incorporación, y la Santa Sede aprobó su petición el 19 de marzo de 1948. Fue entonces cuando mi padre se incorporó, desde el punto de vista jurídico, al Opus Dei; porque desde el punto de vista espiritual había vivido conforme a este espíritu desde 1937.

-Fue, por tanto, uno de los primeros supernumerarios.

-Sí; y precisamente ahora se cumple medio siglo de su vinculación jurídica con el Opus Dei. Doy gracias a Dios porque su fidelidad y su entrega han tenido una fecundidad extraordinaria en muchos ámbitos: en el espiritual, en el familiar, en el profesional, como educador de tantas generaciones...

-En este último aspecto, ¿cuáles eran las líneas maestras de su pensamiento pedagógico?

-No sabría resumir esas líneas maestras en pocas palabras, aunque puedo afirmar que en ellas el sentido de la libertad y de la responsabilidad estaba muy presente. Se pueden estudiar su pensamiento mediante el análisis de sus publicaciones y las enseñanzas a sus discípulos.

-¿No existen otras fuentes?

-Únicamente lo que pueda recogerse de su amplia correspondencia, porque por su carácter y modo de ser no hizo nunca ningún tipo de diario, ni de su vida espiritual ni de su pensamiento pedagógico. De todos modos, Vázquez recoge algunos rasgos fundamentales de lo que mi padre llamaba un "aula viva": aquella en la que el profesor no está frente a sus alumnos, sino entre ellos.

"Un aula viva -decía- es aquella en la que el profesor no sólo tiene en cuenta la memoria de los alumnos que se refleja en los exámenes, sino también el entendimiento y la voluntad. La que hace pensar a cada alumno cultivando su personalidad y potenciando su libertad, porque libre es el que piensa por cuenta propia, con la debida preparación, y no repite inconscientemente lo que otros le dicen.

Aula viva -concluía- es aquella en la que el profesor procura despertar en el alumno el deseo de saber, de amor al saber, considerándolo como un bien en sí mismo. No podemos instar a los alumnos al estudio por elpremio o por el castigo ¡hay que lograr que sientan deseo de saber!"

En la actualidad estas ideas están muy difundidas, pero durante los años cuarenta constituían una novedad. Y ahora, al evocar su figura como cristiano y padre de familia, sus palabras, sus enseñanzas y su afán evangelizador, pienso que él fue también un aula viva para miles de personas: hijos, amigos, alumnos, conocidos...

Nos enseñó con su vida que la santidad no es una hermosa utopía; que es posible hacerse santo en el trabajo, con una familia numerosa que mantener, entre los mil y un problemas de cada día, sin nostalgias, sin escapismos...

Se ha cumplido aquello que le dijo el Beato Josemaría cuando cruzaban a pie los Pirineos, durante la guerra civil española. En un momento de la travesía mi padre se quedó sin fuerzas, agotado por el cansancio y completamente desfallecido. El guía, al ver que se ponía en peligro la suerte de toda la expedición, le exigió que abandonase. Entonces el Fundador le tranquilizó, con estas palabras, llenas de seguridad y de sentido profético:

"-Tomás: tú llegarás con nosotros hasta el final".

 

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