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Sobre san Josemaría

Rosalina Tuyuc, de Guatemala





Tengo la estampa con una oración dirigida a Dios y una breve biografía de Josemaría Escrivá. Me la regaló mi hermano Eleobardo, párroco de Santiago Atitlán, junto con un libro de homilías: Es Cristo que pasa. ¡Cuántas veces he visto esta estampa en las manos de un catequista del altiplano o en las de una joven maya, junto al comal de un hogar de Comalapa, o clavada en la pared de adobe en casas campesinas de Sololá o del Quiché!

Un hijo mío estudió en Kinal y ahora un sobrino estudia allí, en el Instituto de la zona 7, junto al relleno sanitario. En Kinal, que promovió Josemaría Escrivá, encuentro siempre verdadero afán de servicio, respeto y acogida cordial.

Si los que nos llamamos cristianos viviéramos el Evangelio como enseña el fundador del Opus Dei ¡otro gallo cantaría en Guatemala!

Leo en sus homilías:

“No hay más que una raza en la tierra: la raza de los hijos de Dios. Todos hemos de hablar la misma lengua, la que nos enseña nuestro Padre que está en los cielos: la lengua del diálogo de Jesús con su Padre, la lengua que se habla con el corazón y con la cabeza. Una lengua que se manifiesta en decisiones de vida recta, de bien, de contento, de paz”.

No puedo entender una fe en Dios que no lleve al compromiso de vida. Ser cristianos es seguir a Jesús y “conmueven a Jesús el hambre y el dolor, pero sobre todo le conmueve la ignorancia”, señala Josemaría Escrivá.


En esta Guatemala nuestra que decimos pluriétnica y multilingüe, porque lo es, nos viene muy bien escuchar el mensaje claro de un sacerdote santo que predicaba así: “Es necesario repetir una y otra vez que Jesús no se dirigió a un grupo de privilegiados, sino que vino a revelarnos el amor universal de Dios. Todos los hombres son amados de Dios, de todos ellos espera amor.

De todos, cualesquiera que sean sus condiciones personales, su posición social, su profesión u oficio. La vida corriente y ordinaria no es cosa de poco valor: todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo, que nos llama a identificarnos con El, para realizar -en el lugar donde estamos- su misión divina”.

El Papa Juan Pablo II, en su viaje a Guatemala, el año 1983, en medio de una guerra cruel en la que el pueblo maya pagó culpas ajenas con un enorme tributo de sangre, sufrimiento y muerte, lanzó un grito en Quezaltenango que todavía resuena en tierra fría: ¡Guatemala, no más divorcio entre fe y vida!

Vuelvo a encontrar el eco de aquel grito en la predicación de Josemaría Escrivá: “ Dios nos llama también a través de los grandes problemas, conflictos y tareas que definen cada época histórica, atrayendo esfuerzos e ilusiones de gran parte de la humanidad.

¿Habrá algún guatemalteco que no sienta retratada nuestra realidad al escuchar el mensaje del fundador del Opus Dei?:

“Se comprende muy bien la impaciencia, la angustia, los deseos inquietos de quienes, con un alma naturalmente cristiana, no se resignan ante la injusticia personal y social que puede crear el corazón humano. Tantos siglos de convivencia entre los hombres y, todavía, tanto odio, tanta destrucción, tanto fanatismo acumulado en ojos que no quieren ver y en corazones que no quieren amar.

Los bienes de la tierra, repartidos entre unos pocos; los bienes de la cultura, encerrados en cenáculos. Y, fuera, hambre de pan y de sabiduría, vidas humanas que son santas, porque vienen de Dios, tratadas como simples cosas, como números de una estadística. Comprendo y comparto esa impaciencia, que me impulsa a mirar a Cristo, que continúa invitándonos a que pongamos en práctica ese mandamiento nuevo del amor.

Todas las situaciones por las que atraviesa nuestra vida nos traen un mensaje divino, nos piden una respuesta de amor, de entrega a los demás.”






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