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Francisco Uceda. Un tipo con madera


 









Paco Uceda ( 20.I.1922 – 1.I.1986) fue uno de los primeros miembros agregados del Opus Dei.

Yo le traté sólo de forma esporádica, ya mayor. He tenido ocasión de conocerle mejor tras muerte, al leer sus memorias, que ofrezco a continuación, junto con algunos detalles de ambiente de la época en que vivió.

Los recuerdos de Uceda comienzan el 14 de abril de 1931, día en que se proclamó la II República Española. El rey Alfonso XIII se había exiliado a Italia muy poco antes: a él alude la canción "No se ha marchao".


En busca del oro



Proclamación de la II República en Madrid

14 de abril de 1931. “Ese día —escribió Francisco Uceda en la primera página de sus memorias, 73 hojas mecanografiadas con la letra grande y desigual de las antiguas máquinas Olivetti, de las que recojo aquí sólo lo que cuenta de su infancia — todo el pueblo se tiró a la calle: hombres, mujeres, niños, y a veces pienso que hasta los animales se creyeron liberados de todas las injusticias”.

¡Se había ido por fin! Uceda —un niño de nueve años— salió corriendo, antes de que su madre se diera cuenta, por los arrabales del suburbio marginal en que vivía, hacia la parada más cercana del tranvía.

Centenares de personas se dirigían hacia allá. “Nadie me podía sujetar —explica— y también me lancé a la calle. Subí a los techos de los tranvías y recorrí de punta a punta el trayecto, gritando hasta quedarme ronco:

No se ha marchao,
le hemos echao...

Fue recorriendo, en medio de aquella borrachera colectiva de alegría, los barrios del centro de la capital, hasta la Puerta del Sol, riendo, cantando en contra de la monarquía y dando vivas a la nueva República con las nuevas banderas. Las calles estaban llenas de gente exultante.

No era para menos: se abría un mundo nuevo, un mundo maravilloso donde a partir de entonces todo iba a ser para el Pueblo y por el Pueblo: ¡se acabaron el hambre y las penas! ¡Los pobres se volverían ricos! ¡Adiós para siempre a la miseria!

Pero, cuando estaban cantando a pleno pulmón, cuenta Uceda, “se oyeron tiros de pistola o fusil, no podría determinarlo. Asustado, me escondí debajo de un tranvía que había parado en la plaza. Las personas corrían despavoridas de un lugar para otro, sin saber donde esconderse”.

Se escapó como pudo. Días después vio “como los hombres del pueblo entraban en un convento” y se introdujo en el edificio tras ellos. Decían que aquello debía estar lleno de plata y oro.

¡Oro! Aquel oro, pensó el pequeño Uceda, le sacaría definitivamente de la pobreza. Buscó afanosamente, jadeando, por los pasillos del convento, hasta que vio salir “humo del edificio, y más tarde fuego; se decía que habían encontrado un niño recién nacido”.

Fue un convento más para añadir a la cifra de lo que se llamó "quema de conventos" de Madrid, una triste costumbre española, que ya había practicado en el siglo XIX.

Para su decepción, no vio ni oro, ni plata, ni a un niño recién nacido por ninguna parte. Sólo encontró “unos cuadernos nuevos cuadriculados y lapiceros, de los que me posesioné como si fueran míos. Una vez terminado el recorrido, marché detrás de aquellos hombres con mis cuadernos debajo del brazo, y me paré en el patio del convento.

Alguien, con potente voz, gritó que la puerta principal estaba ardiendo y que no podríamos salir; la gente se encaramaba a la valla y saltaba a la calle.

En aquel momento me di cuenta del peligro y comencé a llorar desconsoladamente. Recuerdo que escuché unas voces diciendo: ¿pero qué hace este niño aquí? Recuerdo también que me cogieron por los brazos y me llevaron a la valla”.

No se acabaron ahí las aventuras de aquella mañana: “Una vez en la calle, oí decir que en cierto convento de una barriada de los ricos había mucho oro y, me monté en el primer tranvía que paró, subido en el techo, siempre con mis cuadernos cuadriculados y mis lápices en los bolsillos. Al pasar por la barriada donde residía, pude escuchar una voz potente que me llamaba; eran mis padres que me habían localizado.

Los vi perfectamente, pero me hice el distraído y seguí hasta el final. Grande fue mi sorpresa y desilusión cuando llegué al convento y comprobé que estaba quemado, y que había bastantes ornamentos que, según mi mente, eran oro; estaban todos amontonados y custodiados por la Guardia Civil; y no pude coger aquel oro”.

Aquel oro, pensaba una vez y otra, le habría sacado de la miseria. Con aquel oro él podría vivir como los ricos; comer bien, como los ricos; y tener una casa con muchas habitaciones; ¡ah!, y podría comprarse un coche grande, con un chófer de librea como los que se veían por los Altos del Hipódromo.

Pero a falta de pan, buenas son tortas: algo sacó aquel día, ayudado por sus amigos: “siguiendo el caos nos llevábamos cañerías, sábanas, camisas y todo cuanto veíamos, y cómo no, siguiendo este curso, se terminaba metiendo las manos en los bolsillos de los demás, con ocasión de aglomeraciones en los espectáculos, en la calle y en todo lugar”.

Sus padres no sabían que hacer con él. Eran personas pobres, modestas, profundamente honradas, que habían intentado darle buenos principios. Su madre había conseguido incluso que hiciera la Primera Comunión, a los “ocho años, dirigido por unas damas catequistas que aparecían en el suburbio los jueves por la tarde”.

Pero parecía que no había forma de educar a aquel chiquillo. Su padre procuraba “enderezarle” mediante guantazos. “Las palizas eran constantes”. La eficacia del método, a pesar de la contundencia, era nula, porque Paquito ni se inmutaba.

“Vas a matar a tu madre a disgustos”, le decía su padre, que llegó a conseguirle una beca para que hiciera el Bachillerato... hasta que se enteró en qué se gastaba el dinero de la beca: en pasearse de acá para allá por las calles de Madrid, subido en el tope de los tranvías. “Total, que me sacaron del Instituto y me llevaron a Artes y Oficios. Todavía recuerdo el manejo de calibradores, tornos y limas”.

Su atracción por el riesgo le perdía. “En una ocasión en que iba yo en el tope del tranvía, mi padre me vio, pero no vio una bicicleta que venía, y al intentar cogerme, fue atropeyado (sic). Vi a mi padre y al de la bicicleta en el suelo, y en aquel momento se apoderó de mí tanto horror, que marché a casa, di un beso a mi madre y me fui”. Tenía 12 años.

Tras vagar por las calles con otros cinco descuideros y carteristas como él, intentó subir a un tren para llegar a una ciudad donde se iba a celebrar una corrida de toros: en esas aglomeraciones, lo sabía por experiencia, siempre se sacaba algo.Hasta que la Guardia Civil los detuvo en el andén y los metió en el calabozo.

No hay mal que por bien no venga: por lo menos aquella noche durmieron tranquilos. Al día siguiente, en cuanto los soltaron, subieron a otro tren y se encaramaron sobre el techo. Pero todo les salía del revés: cuando el convoy se puso en marcha, les volvió a descubrir la Guardia Civil. Sus amigos empezaron a correr hacia delante, saltando de vagón a vagón, pero Paco no sabía saltar bien y se quedó mirando al vacío, sin saber qué hacer. Al fin se lanzó al aire y ... “como todo el tren estaba pendiente de mí, terminó porparar en la próxima estación”.

Tuvo suerte de nuevo. No le pillaron los agentes; logró escabullirse y volvió asu casa en un camión, con una buena tabaquera en el bolsillo. De propiedad ajena, naturalmente.

 

La Universidad de la calle

A su padre se le agotaba la paciencia. Logró, como última solución, y con gran pesar de su corazón, que lo internasen en un reformatorio. Era mejor que la cárcel, a la que parecía abocado. Esperaba que allí le pusieran firme como una vela, y que le educaran; porque aquel hijo, pensaba, tenía buen corazón: lo único que necesitaba era disciplina. Ya se lo decía, una vez y otra, de todas las formas posibles:

— ¡Si tú quisieras, hijo! Porque tienes buena madera.

Los jefes del correccional decidieron que el mejor modo de tallar aquella madera era dándole hachazos, y Uceda pasó allí una de las peores temporadas de su vida: palizas y más palizas; golpes y castigos, que más que castigos eran torturas. Pensaban redimirle por el trabajo, pero aquel “trabajo de esclavos” lo único que hizo fue destrozarle la salud.

Cuando su padre tuvo noticia de los métodos educativos lo sacó del reformatorio y se lo llevó a casa, donde las cosas parecían haber cambiado para mejor. “Mi padre, por una recomendación fuerte, se colocó de peón de albañil”.

Eso era importante para la familia; en aquellos años —1934, 1935— no era fácil encontrar trabajo, y lo que vio Paco a continuación le aprovechó más que las palizas del correcional: su padre llegaba todas las noches completamente agotado, sin ganas siquiera de cenar, con el único deseo detumbarse en la cama.

Aquello le tocó el corazón y decidió hacer algo para ayudar en su casa: vender periódicos por las calles. Sujetaba los periódicos con unas cuerdas a los hombros, y los iba vendiendo, ayudado por su simpatía natural y por la astucia que había aprendido en lo que llamó siempre la “universidad de la calle”.

Poco después, sus padres lograron colocarse como guardeses de un hotel y lo llevaron a un Colegio. Como era previsible, al poco tiempo le echaron. Fue la gota que colmó el vaso. Adiós Colegio. “Mi padre, en vista de esta nueva experiencia, me colocó de botones en una agencia”.

Tampoco allí duró mucho. Le llevaron a kiosko de bebidas, de chico para todo. Y así, fue obteniendo nuevas licenciaturas en la universidad de la calle.

Su doctorado en esa “universidad” llegó con la guerra. En los comienzos del conflicto asesinaron a su padre, que trabajaba como Guardia de Asalto, a causa de una denuncia malintencionada. Aquella herida le sangró a Uceda siempre en el corazón.

Su madre y sus hermanos decidieron irse a un pueblo del Mediterráneo donde nadie les conociera. Uceda intentó enrolarse en el Ejército de la República, pero no le admitieron por ser demasiado joven. Comenzó a trabajar como maletero en la estación.




Cuando cumplió 17 años marchó al frente como sargento; conoció el hambre, la destrucción y los interrogatorios; y su vida siguió dando tumbos y bandazos, de un frente a otro, de una orilla ideológica a otra, hasta que en los años cuarenta se alejó del Ejército y de la vida política, y sacó el título de practicante, como se denominaba entonces a los ayudantes técnicos auxiliares.

Durante ese periodo, casi sin darse cuenta, había ido madurando y acercándose a Dios. Tenía veintitantos años y estaba a punto de casarse. Aparentemente, era joven; pero la Universidad de la calle le había hecho madurar mucho y estaba sentando cabeza.

La gran aventura

Y cuando parecía haber dejado atrás sus aventuras, se embarcó en una gran aventura espiritual, la gran aventura de su vida: conoció el Opus Dei por medio de un amigo y decidió entregarse a Dios en su profesión, viviendo el celibato.

—Dios llama cómo y cuándo quiere —le comentaba a su amigo Lázaro Linares, que trabajaba como pintor de decorados de unos teatros de Madrid—. Yo me sentí de pronto llamado a una vida de entrega y comprendí cuál era. Así que le dije a mi novia: lo siento, no te voy a dejar porque haya encontrado a otra mujer. Lo que he encontrado es un camino de servicio a Dios que estoy convencido de que es el mío y lo voy a seguir hasta el final. Y pedí la admi­sión en la Obra el 14 de febrero de 1951, cuando tenía 30 años.

Lázaro Linares recuerda al Paco Uceda de aquellos años como un tipo mediano de estatura, de cara delgada, grandes cejas negras y unas profundas entradas en el pelo. Un tipo con genio, que pedía perdón enseguida cuando se enfadaba. Alegre, dicharachero, simpático, y con un corazón con el que se ganaba a las gentes, a las que conocía bien. Ya lo decía él: “Soy un hombre del pueblo”.

Practicante de la Casa de Socorro de Tetuán

“Trabajaba como practicante en la Casa de Socorro de Tetuán —recuerda Linares—. Solía visitarle los domingos por la tarde, porque casi siempre estaba de guardia, y me pasaba horas charlando con él. Me hablaba de todo: de lo divino y lo humano, y siempre con gran entu­siasmo.

—Mira, Lázaro, la misión del Opus Dei es muy sencilla. Todo el mundo debe buscar a Dios en cualquier estado y profesión. Yo de practicante, tú pintando decorados, el médico como médico, y el abogado y el oficinista y el campe­sino; cada uno en lo suyo. Se trata de ser santos a través de las ocupaciones normales de cada día, en el trabajo ordinario. Vamos, que ser santo es cosa de todos, y no de privilegiados.

—A mí, eso de ser santo me suena a cosa de curas, de monjas y de frailes —le contesté yo.

—Eso han pensado muchos y durante muchos años, pero no es así. Sería como pensar que la santidad fuera un oficio, a los que unos se dedican y otros no. Sin embargo, Dios quiere que todos los hombres se salven. A todos los ha redimido y todos están llamados a ser santos y hacer su voluntad.

Todos tienen una vocación. Algunos, la de ser frailes o monjas y encerrarse en un convento o en un monasterio, o dedicarse a atender enfermos, o irse a las misiones, o lo que sea. Pero los que se quedan en el mundo no es que no tengan una llamada de Dios, sino que tienen precisamente esa llamada, la de hacerse santos trabajando en medio de la calle, sintiéndose hijos muy queridos de Dios. Aquí no hay primera, segunda y tercera división, como en el fútbol. ¡Que todos somos de primera, vamos!

Recuerda Linares que en otra ocasión le decía:

—No creas que el Opus Dei es algo que está sólo en Madrid o en España. Está ya en Francia, Italia, Portugal, Inglaterra, Irlanda..., y ha llegado hasta América. Hay centros... en Estados Unidos, México, Argentina, Chile, Colombia, Venezuela..., por ejemplo.

A Linares, como a tantos otros, le conmovió la fe y la clarividencia de Uceda, que “le hablaba con una gran pasión de la necesidad de ganar el mundo entero para Dios y de poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas. Era el espíritu del Opus Dei y, desde luego, puedo asegurar que entonces sonaba muy novedoso. Paco me fue transmitiendo una profunda inquietud por acercarme más a Dios. Me insistía en que mejorase mi formación y en que estudiase. De hecho, fue él quien me convenció para que comenzase el bachillerato”.

Hasta su muerte, acaecida el 1 de enero de 1986, Paco Uceda fue ejemplar en su entrega a Dios en el Opus Dei. El fundador, aludiendo a su pasado como carterista, le decía cariñosamente que era un hombre que robaba el corazón. Durante el resto de su vida cuidó solícitamente de su madre; y con su gran capacidad para querer y ser querido, acercó a Dios a miles de personas.

Ya lo decía su padre, y con razón: Paco tenía buena madera.

 

José Miguel Cejas


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