En las gradas de un estadio valenciano, preguntándose si formará parte de la primera generación de españoles de la historia que verá a la selección nacional pasar de cuartos de final (el video se grabó a comienzos de junio) este aficionado nos anima a lanzarnos al terreno de juego, y a pisar un césped mucho más decisivo que el de cualquier estadio: el de la vida cristiana.
En la mayoría de los estadios, como en éste, está prohibido acceder al césped: es algo reservado exclusivamente al árbitro y los jugadores.
Pero en la vida cristiana, todos somos jugadores; todos hemos sido convocados por Dios para jugar el partido de la santidad en medio de la vida cotidiana.
Y realmente... ¿qué mejor trofeo que el que nos aguarda -si luchamos- al final de la temporada de nuestra vida?
Escribe san Pablo:
¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis.
Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible.
Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado.